La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cincuenta y seis
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Capítulo Cincuenta y seis

MALINI

Aguardó hasta que tuvo la certeza de que Chandra no sobrevivi ría. Aflojó la mano con la que la aferraba. Se quedó tumbado bocabajo en medio de sus propios vómitos y bilis, la respiración ape nas un silbido, manchado con su propia sangre.

Malini contempló la pared de enfrente. Había una pequeña mancha de vino. Se sintió curiosamente vacía, hueca y tal liviana como el aire. Supo que los sentimientos la asaltarían luego. Al igual que la marea siempre volvía a la orilla.

Se puso de pie y salió de la estancia.

Había guardias al fondo del pasillo. Les había dicho que se mantuviesen lejos para poder hablar en privado con Chandra.

—Está descansando —les dijo en aquel momento—. Aseguraos de que nadie lo molesta.

—Emperatriz —dijo el soldado con una inclinación.

Malini se alejó.

Fue a los aposentos de las mujeres en el mahal. Lata la esperaba, con la expresión tensa y decidida.

—Me alegro de que hayas venido —dijo Lata, que estuvo a punto de preguntarle dónde se había metido, pero que sabía que no debía hacer ese tipo de preguntas en presencia de desconocidas.

Malini no tenía el menor interés en responder esa pregunta no formulada. En cambio, dijo:

—La esposa de Chandra. ¿La tenéis?

—Por suerte —dijo Lata sin más inflexión en la voz—, las criadas de la reina Varsha la trajeron directamente ante mí. Si la hubiesen encontrado ciertos soldados…

—Llévame con ella —ordenó Malini.

La reina Varsha. La hija del gran príncipe.

Una criaturilla delgada y de ojos grandes, melena esponjosa aceitada y recogida en una trenza rizada.

Estaba arrebujada en el extremo de una habitación junto con dos mujeres que a todas luces eran sus sirvientas.

Todas ellas lloraban. Varsha alzó la mirada y, al ver a Malini, se encogió.

Malini sintió unas repentinas náuseas. Se desprendió del sable y lo dejó a un lado. Entró en la estancia.

—¡Por favor! —Varsha cayó de rodillas y arrastró consigo a las dos mujeres. Estaba llorando. Grandes lágrimas de pesar le corrían por la cara—. No he hecho nada malo, emperatriz. Soy una hija leal. Obedecí a mi padre y me casé con quien me ordenó. ¿Acaso es un delito?

—¿Crees que voy a hacerte daño? —preguntó Malini.

Aquella pregunta causó otro ataque de llanto.

—Por favor, no lo hagas —suplicó Varsha—. Por favor, perdóname la vida.

—Te he hecho un gran favor —dijo Malini—. Dudo de que mi hermano fuese un marido digno o siquiera útil.

—No, emperatriz —dijo ella entre lágrimas—. No era buen marido en absoluto.

Se oyó un ruido al otro lado de las puertas. Malini se giró. Lata las abrió y entraron dos soldados. Uno de ellos tenía la cara cubierta de sudor y se estremecía a ojos vista.

—Emperatriz —dijo—. El emperador…. tu hermano… está…

—Se ha envenenado —añadió el otro guardia—. Debía de tener un frasquito oculto en alguna parte. Emperatriz, te damos nuestras más sinceras disculpas. Estamos dispuestos a aceptar cualquier castigo que quieras imponernos.

Se postró en el suelo. El otro soldado lo imitó.

—Está… está muerto.

Tras Malini, a Varsha se le cortó el llanto.

—Muerto —repitió Malini. Contempló a los soldados. Muerto. El mundo entero la atravesó como el lamento de una caracola—. ¿Estáis seguros de lo que decís?

—Sí, emperatriz.

—¿Se ha quitado la vida?

—Había un vial en su celda. Y vino. Emperatriz, por favor…, te suplicamos clemencia.

—Calmaos. Esto no es responsabilidad vuestra —dijo Malini—. Id a buscar a un médico que lo confirme. Y a un sacerdote también. ¿Os puedo confiar esta tarea?

—Sí, emperatriz —se apresuró a decir uno de ellos, y luego el otro.

—Entonces levantaos —ordenó—. Y marchaos.

Se pusieron en pie a trompicones y se marcharon tan rápido como habían venido.

Se oyeron cuchicheos detrás de Malini, gritos ahogados de pura conmoción.

Ella se cubrió los ojos con las manos y sintió que le temblaba todo el cuerpo, desbordado.

Por fin la embargó un alivio enorme, poderoso.

Estaba muerto. Estaba muerto. Estaba muerto.

Parte de ella había creído imaginarlo, soñarlo, por más que hubiese sido ella misma quien lo había asustado y herido con la probabilidad de una muerte lenta.

Por más que le hubiese dejado un tarro lleno de acónito y hiedra venenosa, un veneno destinado a quemarlo por dentro, y le había dicho que no era más que destilado de flor de aguja. Una muerte suave como el sueño.

Quiso echarse a reír.

No se rio. Tampoco gritó de alegría a causa del peso que se acababa de quitar del pecho, de la belleza salvaje de la situación.

Claro que sí, flor de aguja. Qué necio había sido Chandra al creer que se lo pondría tan fácil, que permitiría que fuese tan rápido.

Malini sintió una mano en el brazo. Se apartó la mano de la cara y vio que era Lata quien la tocaba. Le clavaba la vista. Había preocupación en los ojos de Lata, pero también una certeza.

—¿Qué puedo hacer por ti, emperatriz? —preguntó Lata—. ¿Cómo puedo aliviar tu carga?

—Informa a mi general —respondió Malini—. Y ocúpate de… esto. —Hizo un gesto hacia la viuda de su hermano. A las mujeres que las rodeaban. No podía aguantar que llorasen más ante ella—. Necesito estar a solas.

—Por supuesto —murmuró Lata.

Malini salió de la estancia. Sentía el cuerpo liviano y al mismo tiempo muy pesado.

No echó mano del sable otra vez. En cambio, se alejó de los aposentos de las mujeres y cruzó los grandes pasillos del mahal.

Caminó bajo los techos incrustados de piedras brillantes, bajo columnas recubiertas de esmeraldas y perlas, sobre flores adornadas con tracerías de oro, rayos de sol de luz líquida.

Tal y como Malini había sospechado, los soldados no habían sido muy discretos cuando corrieron a informarle de la muerte de Chandra.

Tampoco habían sido discretos más adelante, cuando fueron a buscar un médico y un sacerdote.

La noticia de la muerte de Chandra ya empezaba a extenderse por el mahal.

Los pocos sirvientes que vio Malini o bien bajaban los ojos al pasar, o bien hacían una reverencia.

Los guerreros que vio, sus guerreros, bajaron la cabeza y se llevaron la mano al corazón en señal de respeto.

El emperador había muerto. Malini había ganado la guerra para ellos.

No necesitaba arma alguna. Su propio relato la escudaba.

Llegó hasta el salón del trono. Los guardias le hicieron una reverencia y abrieron las puertas.

—Emperatriz —dijeron.

Ella cruzó las puertas. Oyó que se cerraban a su espalda.

Por fin a solas, contempló la estancia en la que debería haber ardido, la estancia en la que habían perecido sus hermanas de corazón.

El fuego aún ardía. Sombras y luces jugueteaban en las paredes.

La fragancia de la flor de aguja y el jazmín flotaba en el aire, empalagosa, mezclada con el aroma a ceniza.

Malini cerró los ojos y se permitió sentirlo todo: el miedo que le daba el fuego. El pesar. La rabia. El alivio. El sangriento y malicioso peso de su propia alegría.

Sonrió. Una sonrisa tan brillante y fiera que sintió que le resplandecía todo el cuerpo. Lo había conseguido. Por fin lo había conseguido.

Había vencido.