Capítulo Cincuenta y cinco
CHANDRA
Chandra contempló el vial de flor de aguja.
La sangre le retum baba como un tambor en la cabeza.
Pensó en despanzurrar a su hermana con un sable.
Pensó en verla arder en la hoguera, chillando de agonía, suplicando clemencia.
Y sintió una desesperación absoluta, como una ola que lo envolviese, como si se ahogase.
Jamás la vería morir. No podía mentirse a sí mismo. Hemanth lo había traicionado, con lágrimas en los ojos. Con remordimiento. Con amor, había dicho.
Chandra alargó la mano hacia el vial y lo agarró. Lo alzó. No quería morir.
El recuerdo de una hoja en su garganta lo recorrió.
Apretó los dientes de pura humillación y sintió el sabor de la sangre en la boca.
¿Lo había querido de verdad Hemanth? Cuando el sumo sacerdote le había dicho que estaba destinado para la grandeza, cuando le había dado a Chandra esperanza y propósito, ¿había sabido que algún día lo traicionaría?
El mundo era defectuoso, decadente. Estaba podrido. Y Chandra era la única persona noble que quedaba en él. Lo habían traicionado todos aquellos que deberían haberse arrodillado a sus pies. Lo había humillado y condenado la hermana que debería haber muerto por él.
Chandra merecía vivir. Tenía que vivir. Parijatdvipa caería sin él.
Apretó el vial en la mano, con fuerza. Sintió el poderoso impulso de arrojarlo contra la pared, de ver cómo se hacía pedazos. Quería sentir el mezquino placer que supondría destruirlo, ver el cristal hecho pedazos y el destilado de flor de aguja desparramado por el suelo y las paredes.
Le temblaba la mano. Su brazo no quería alzar el vial. Sentía como si lo contemplase desde una gran distancia. No podía tirarlo. No podía bebérselo. Estaba paralizado.
Una humedad abatida y débil le brotaba de los ojos. Aquellas no eran sus lágrimas. Aquel dolor de corazón no le pertenecía.
“Hemanth”, pensó, “¿cómo has podido traicionarme?”
Pensó en dejar de nuevo el vial junto a la cama. Pensó en lanzarse a la grandeza de su propio destino.
Volvió a pensar en Hemanth y sintió que se le marchitaba la fe.
Pensó en las amenazas de su hermana: en esas dosis de flor de aguja administradas poco a poco.
En desgastarse. En que lo arrastrasen y se burlasen de él ante los nobles de Parijatdvipa, mientras su propia mente lo traicionaba y su cuerpo hacía lo propio.
Esa idea le inspiró un terror tan enorme que le faltó el aire.
Se sintió una vez más como un niño, atrapado en un mar de oscura emoción, por completo a la deriva.
Ya no había nadie que lo rescatase. Nadie que le mostrase el camino. Solo había miedo. Y el vial.
“Moriré siendo yo mismo. Moriré con orgullo y honor”.
Aquella era la alternativa más valiente. La única. Una muerte rápida. Una muerte limpia.
Antes de que pudiese disuadirse a sí mismo, se vertió la flor de aguja en la boca con una mano que temblaba tanto que casi se le escapó el vial.
Luego agarró la jarra de vino y también la apuró del todo.
El sabor del vino disimuló el de la flor de aguja, y no dejó le dejó nada más que un regusto a frutas pasadas y la amargura de su propio pánico.
Arrojó la jarra contra la pared. Chocó contra la piedra con un tañido, cayó al suelo y rodó hasta el pie de la cama. Chandra dejó escapar un horrible sollozo, amortiguado por su propia mano.
Que las Madres condenasen a su hermana. Que se pudriese y se marchitase. Chandra iba a ser el emperador, iba a morir de viejo en su cama, rodeado de hijos y herederos. Malini había condenado a Parijatdvipa al condenarlo a él. Había…
Él.
Se le entumecían las manos.
Empezó a retumbarle el corazón. Más y más rápido. La habitación se sacudió y le dio vueltas la cabeza. Su cuerpo se deslizó de la cama al suelo, enganchado en una postura incómoda por los grilletes. “Esto no es flor de aguja”, pensó.
Vomitó. Violentamente. Una y otra vez.
El estómago le seguía dando vueltas cuando oyó que la puerta volvía a abrirse.
—Malini —susurró con voz rasposa, y volvió a vomitar—. Malini.
Ella se sentó en su cama y apoyó las manos en el regazo. Él alzó la vista hacia ella. Hacia ese rostro calmado. La luz en los ojos. “Traidora”, pensó. “Zorra. Monstruo”.
Intentó levantarse a zarpazos del suelo, pero lo único que consiguió fue agarrarse al dobladillo del sari de Malini. Tenía las manos empapadas de sudor. El corazón no dejaba de retumbarle a toda velocidad. Apenas podía respirar entre el estruendo de su propia sangre.
Malini canturreó con aire pensativo. Se inclinó hacia él.
—Dime —dijo, colocando una mano sobre la de Chandra. Él no se sentía los dedos. Le hormigueaba la piel, cada vez más pesada—. ¿Te duele?
Él abrió la boca. No le salió más que un sonido ronco. Sintió que se le escapaba la baba de los labios.
Ella asintió, como si Chandra hubiese hablado.
Se le empezaba a nublar la visión. No podía respirar. Las náuseas en el estómago aumentaban, lo vaciaban por dentro. Lo estaban rajando, destripando.
El suelo a sus pies era ceniza, y todo lo que vivía en la ceniza lo devoraba, caliente, frío, amargo. Ansiosos dedos huesudos.
A su alrededor había novias sin rostro con saris del color de la sangre que le rozaban el cuerpo retorcido. De sus ropas saltaban llamas que le lamían la piel. Se reían y siseaban su nombre. Lo contemplaban bajo coronas de leña de hoguera derretida y luz de estrellas.
Chandra ardía y ardía. Se le desprendía la piel desde el interior, el fuego le abría ampollas en la suave piel, en los órganos. No podía escapar. El fuego era él y él era el fuego, y en el vacío que se abría ante él no había sino más fuego.
Sí, dolía. Dolía, y Chandra habría pagado lo que fuese para ponerle fin.
Lo que fuese.
—Bien —dijo Malini desde la lejanía, su voz apenas un eco—. Me alegro.