La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cincuenta y cuatro
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Capítulo Cincuenta y cuatro

MALINI

Con Chandra prisionero y los sacerdotes a su lado, no había nece sidad de someter Harsinghar a asedio. Y la fortaleza-ciudad de Saketa seguía asediada. Podían limitarse a abrir las puertas.

Los sacerdotes y sus propios guerreros fueron hospitalarios.

Le dieron la bienvenida al ejército de Malini.

Se inclinaron ante ella en gesto de lealtad antes de dar comienzo a una audiencia improvisada.

Los sirvientes, en un primer momento aterrorizados, no tardaron en hallar algo parecido a la tranquilidad cuando Malini ordenó que no se les hiciera daño.

Pidió que se preparase un festín, y el mahal se convirtió en un hervidero de actividad ante la inminente celebración.

—Tu hermano está prisionero en una celda —dijo Kartik con gran calma sacerdotal, una vez que hubieron acabado con toda la pompa y ceremonia—. ¿Quieres que te llevemos a verlo?

—Por supuesto —asintió Malini—. Os estaría muy agradecida.

En su día había querido darle una muerte lenta.

Había querido verlo humillado ante todos sus iguales: ante reyes y príncipes, nobles y guerreros…

y ante su corte de mujeres, a quienes Chandra jamás consideraría sus iguales, pero que a partir de aquel momento estarían por encima de él.

Durante mucho tiempo se había consolado con la maliciosa idea del gozo que supondría reducir a añicos aquella consideración que tenía hacia sí mismo, aquel orgullo inflado.

Pero ya había saboreado algo parecido cuando los sacerdotes se habían vuelto contra él, y sin embargo no había servido en absoluto para aplacar su rabia. En realidad, lo único que quería Malini era que Chandra desapareciese.

Lo habían encadenado, pero su celda era bastante lujosa. Contaba con una buena cama. Una jarra de vino. Mucho más de lo que se merecía. Chandra la contempló con una furia desagradable, apenas contenida, cuando Malini entró en la estancia.

—He ido a mis viejos aposentos —dijo con tono despreocupado y se señaló el atuendo con un gesto, la resplandeciente seda del sari, el oro que llevaba en las muñecas, en la cintura. El sable que tintineaba en su cintura—. No esperaba que estuvieran intactos.

Él guardó silencio, los ojos entornados.

—Me he pensado qué hacer contigo —continuó—. No creo que temas carecer de poder. Creo que ni siquiera te habías planteado qué se siente al ser pequeño, estar indefenso, con un cuchillo en la garganta. Crees que el mundo obedece a un orden natural. Una corrección. Pero te equivocas, Chandra.

—Si me matas, tu nombre quedará mancillado —dijo él con tono impersonal—. Todos sabrán que eres una mujer impura que asesinó a su propio hermano.

—Chandra —dijo ella—. Hermano. Nada me daría más placer que hundirte esta espada en el cuerpo. Carezco de fuerza física. Además, no me han entrenado bien en el uso de la espada. No lo haría nada bien. Creo que tardarías mucho en morir.

”Tú, en cambio —prosiguió, llenando el silencio que Chandra había dejado—.

Tú sí que sabes usar el sable. Creo que, si eres lo bastante valiente, podrías atravesarte tú mismo con él y ahorrarte la indignidad de la muerte lenta, desagradable y humillante que pienso darte. Déjame darte todos los detalles.

Desenganchó un frasquito de una cadenita que llevaba en la cintura.

Era un vial pequeño. El líquido que contenía era oscuro, casi oleaginoso. Lo dejó en la mesa junto a la cama de Chandra con un tintineo audible.

—Destilado de flor de aguja —dijo—. Una dosis como esta podría matarte.

Dosis más pequeñas a lo largo del tiempo te destruirán.

Y voy a darte dosis, hermano. Te las pondrán en el vino.

En las comidas. Morirás poco a poco. La mente se te pudrirá en el cráneo.

El veneno te matará sin prisa, y para cuando llegues ante la presencia de los reyes y guerreros de Parijatdvipa, para cuando te coloque frente a la corte, no serás más que una sombra de lo que fuiste.

—Se inclinó hacia él—. Permitiré que te pongan tus antiguas galas principescas, para que los hombres que en su día se postraron ante ti vean lo demacrado que estarás.

Presentarás una estampa miserable, te lo prometo.

Entrarás en la corte dando tumbos, con tus oros, tu turbante y la piel pegada a las costillas.

Te pediré que defiendas tu caso, y todos esos hombres verán que no te saldrán las palabras.

Se reirán de ti, hermano. Te lo robaré todo, al igual que tú has intentado robármelo todo a mí.

Chandra tragó saliva. No dijo nada.

—En otras circunstancias, jamás se me ocurriría condenar a nadie a un destino tan aciago —dijo Malini—.

Pero tú me condenaste al mismo destino. Me condenaste al escarnio público.

Me arrastraste ante la corte para que me quebraran y me asesinaran ante todos los poderosos nobles de tu imperio.

Intentaste asesinarme, y como no morí por voluntad tuya, intentaste arrebatarme la mente.

Bien que puedes negar ahora con la cabeza.

Bien que puedes haberte convencido de que actuabas por un propósito más elevado, por Parijatdvipa, pero lo cierto es que sabes la verdad.

—Tienes una mente monstruosa, hermana —dijo él.

Tenía la voz preñada de desagrado, pero en el semblante asomaba una expresión angustiada, visible en el modo en que le temblaban las manos engrilletadas, como si apenas pudiese contener el impulso de cerrar los dedos en torno a la garganta de Malini.

—Si pudiera volver a vivir mi vida —añadió—, te arrebataría la tuya mientras aún eras una niña pequeña. Le ahorraría al mundo la mancha que le supones. Le diría a nuestra madre que pariese una hija mejor.

—¿Me matarías ahora mismo si pudieras? —Malini echó la cabeza hacia atrás y lo escrutó como si no fuese más que un montón de mugre. Esperaba que Chandra notase aquella mirada, que recordase que, para ella, él tampoco era más que mugre.

—La única valía que tienes reside en tu muerte.

Hasta los sacerdotes lo entienden. Para ellos eres una herramienta —escupió, con aire salvaje—.

Solo quieren usarte. Recuerda lo que te digo, Malini: arderás, tal y como yo quería, aunque yo no vaya a estar aquí para verlo.

Es tu propósito, tu destino. Se escribió en las estrellas cuando naciste.

—Ay, pero arderé por mi propia gloria, no por la tuya —replicó, enseñando los dientes en una sonrisa feroz—. Y me recordarán como Madre, como una diosa, mientras que a ti…, a ti no te recordará nadie.

Se apartó de él.

—Tienes otra alternativa, hermano —dijo, de pronto con tono amable. Podía permitirse ser amable—. La flor de aguja que descansa a tu lado. Haz lo que quieras.

Entonces se giró y lo dejó tras de sí. Cerró la puerta al salir.

Apoyó la espalda en la pared. Y esperó.