Capítulo Cincuenta y tres #2
—¿Te refieres al fuego de las Madres? —preguntó Mahesh. Aditya asintió y él añadió con voz grave—: Príncipe Aditya, no contamos con ese fuego.
—A veces se puede oír la voz del dios sin nombre, aunque no haya un estanque de agua para facilitar el camino. —Las palabras de Aditya transmitían una certidumbre. Seguridad—. A veces, el sin nombre habla claramente.
—El fuego mengua —observó Rao al contemplar las llamas.
—Una magia nacida de un sacrificio imperfecto —murmuró Aditya— jamás será otra cosa que una burda imitación de lo que las Madres nos otorgaron.
En su voz había una cadencia y una firmeza que captaban la atención de todos sus hombres. Rao vio en él una sombra de Malini.
—Sacrificio —decía Aditya—. Un sacrificio que no sea forzoso. Un sacrificio voluntario.
Cerró los ojos. Volvió a abrirlos.
—Las lámparas aún no se han ahogado —añadió.
—No —dijo Rao. El fuego se arremolinaba y escupía, erizado, en los apliques. No lo entendía—. Aún no. Deberíamos irnos. Ya.
Aditya se acercó a las llamas, tan cerca que casi podía tocarlas.
—Aditya —se apresuró a decir Rao—. ¿Qué haces?
Entonces, Aditya giró la cabeza, con los ojos húmedos y relucientes, y Rao comprendió. Lo comprendió.
—Sois hombres de Parijat —dijo Aditya con voz bronca, quebrada y, aun así, recia—.
Sois hombres de Parijat, Dwarali, Alor, Srugna y Saketa.
Cuando decidisteis luchar a mi lado, sabíais que este camino podía costaros la vida.
Pero os quedasteis, por el bien del imperio.
Porque creíais, y aún creéis, que el imperio no puede ser fuerte si lo gobierna mi hermano.
”Soy sacerdote del dios sin nombre —prosiguió, reuniendo coraje a ojos vista.
Rao trató de avanzar hacia él, pero Mahesh lo agarró del brazo con un puño de hierro—.
Pero también soy del linaje de Divyanshi.
Recuerdo y honro los juramentos que vuestros ancestros hicieron ante ella: lealtad al trono parijatdvipano, a una visión compartida, a un imperio compartido.
Y ahora os pido un nuevo juramento: será aquí donde realice mi sacrificio.
Habré de ver el fin del reinado del gran príncipe.
Le arrebataré el control del fuego y, con mi sacrificio, lo volveré en contra de él y de sus soldados.
Ellos arderán y vosotros podréis salir de aquí ilesos, sin daño alguno.
Y habréis de regresar junto a mi hermana para decirle que he muerto por ella.
Diréis que la emperatriz Malini fue coronada gracias a un sacrificio voluntario.
Será un nuevo pacto entre todos nosotros.
Tragó saliva. Esbozó una sonrisa brillante, al borde de las lágrimas.
—Y tendréis que honrarlo.
Kunal emitió un horrible sonidito. Y Rao, temblando, negó con la cabeza.
—No —dijo—. Aditya, no.
Pero Mahesh seguía sujetándolo. Fue Mahesh quien habló:
—Mis ancestros estuvieron presentes cuando Divyanshi exigió que jurásemos servir a sus hijos. Mis ancestros la vieron arder. No puedo hacer menos por ti, mi príncipe. No haré menos por ti.
Tenía la expresión sombría, y aunque a sus ojos no asomaban lágrimas, tragaba saliva desesperadamente para contenerlas. Se llevó un puño al pecho e hizo una pronunciada reverencia, obligando a Rao a inclinarse con él.
Y, de algún modo, los hombres de Rao también se inclinaron.
—¿Te despedirás de mí, Rao? —preguntó Aditya.
Rao negó con la cabeza. No, no, no. Pero no podía hablar.
—Lo siento, Rao —dijo Aditya, y sus ojos resplandecían, aunque sonreía, sonreía como si albergase un gozo y un dolor demasiado grandes para su cuerpo, tan grandes que los sentimientos lo desbordaban—.
Sé que has perdido a demasiada gente. Pero no veas esto como otra pérdida.
Por fin he comprendido lo que el dios sin nombre quiere de mí.
—Pedir que alguien se sacrifique de ese modo es monstruoso. —Rao hablaba a trompicones, destrozado—. Aunque seas tú, Aditya.
Consiguió zafarse de Mahesh. Se acercó a su amigo. Lo sujetó de la pechera de la túnica y se lo acercó de un tirón.
—¿Qué tipo de dios te exigiría algo así? —Rao quería gritar, pero no podía. Solo pudo aferrase a las ropas de Aditya, acercárselo aún más—. ¿Qué tipo de dios exigiría algo así de nadie?
—Nuestro dios —respondió Aditya.
Lo apartó con suavidad. El ruido de pasos se acercaba.
—No arderás —dijo Rao—. No es tan fácil. No tienes aceite, ni…
—Las Madres me guiarán.
—No puedes hacerlo.
—Ay, Rao —dijo Aditya. Con dulzura—. Claro que puedo.
Las lámparas empezaban a brillar con más fuerza a su alrededor, una llama tras otra. El aire parecía una ola creciente, una tormenta en ciernes, a punto, a punto, a punto de estallar.
Como si sintiese a Aditya. Como si lo hiciese por él.
—Ahora sé por qué soñé contigo —dijo Aditya—. No olvides lo que son las estrellas, Rao.
Entonces alzó una mano. Y tocó una de las llamas.
El fuego le recorrió el cuerpo como una estrella fugaz que atravesase el cielo nocturno. Rao lo aferró y no sintió nada, nada más que piel. Su cuerpo, intacto, un sacrificio que nadie quería, un sacrificio que nadie había pedido.
—Príncipe Rao —masculló el Señor Mahesh—. Lo hemos presenciado todo. Lo hemos visto. Ahora hemos de sobrevivir. ¡Vamos!
—Me quedaré contigo —prometió Rao, la voz entrecortada. Se dio cuenta de que estaba llorando—. Aditya, me quedo contigo. No te dejaré solo.
Aditya ya no podía responder. El fuego lo recorría, rápido, arqueado, con llamas tan dulces como las flores que crecían por una enredadera.
Pero ardía, ardía, y Rao olía el humo. Veía…
vio la piel de Aditya. El fuego se cebó con ella con una agresividad casi consciente.
Los chakrams de sus brazos eran círculos de oro.
Rao vio luz, luz, luz. Una mano lo agarró de la espalda.
Y luego, la nada.