La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cincuenta y tres
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Capítulo Cincuenta y tres

RAO

Se reunieron al acabar.

—Odio tener que fiarme de lo que me cuenta alguien bajo tortura —murmuró Rao.

—¿Te atribula tu preciosa moral, príncipe Rao?

Rao le dedicó a Mahesh una sonrisa tensa.

—En absoluto —dijo Rao—. Lo único que me preocupa es que el miedo impulsa a la gente a mentir. Igual que el dolor. La gente dice lo que sea con tal de no sentir más dolor.

—Creo que no mentía —dijo Mahesh.

Tenía buenas razones para creer que así era. Inmóvil junto a Rao, había contemplado cómo torturaban a Kunal, cómo le sacaban un dato tras otro, entre sangre y gritos.

—Tenemos un modo de acceder al bastión —añadió Mahesh—. Una ruta a través del laberinto. Nos enfrentaremos al gran príncipe y acabaremos con todo esto.

Rao no estaba convencido, pero, antes de que pudiera hablar, Aditya se adelantó.

—Así lo haremos —convino el príncipe—. Y guiaremos a los hombres. El Señor Mahesh y yo lo haremos.

—Como digas —murmuró Mahesh con una inclinación de cabeza.

—Aditya —se apresuró a decir Rao una vez que Mahesh se hubo marchado.

Sabía cómo sonaba. Bronco. Algo enojado.

Aun así, Aditya le dedicó una mirada sosegada, misericordiosa, como si la ira de Rao no estuviese justificada.

Como si todo aquello no fuese una absoluta locura—.

No deberías enviar príncipes ni generales al interior de una fortaleza. Con este tipo de batalla, no.

—¿A quién habría de enviar, pues?

Rao podría haber recurrido a respuestas políticas. Hombres dotados para la guerra más sutil. Espías que pudieran moverse sutilmente a lo largo y ancho de una ciudad fortaleza sin que los descubriesen.

—Deberías enviar a hombres a los que tu hermana pueda permitirse perder —dijo a las claras—. Si mueres de la manera más tonta, con una flecha clavada en la garganta, ¿quién liderará a los hombres aquí?

—Ya no nos quedan hombres que podamos permitirnos perder. No podemos permitirnos perder a nadie. —Aditya hablaba con tono sosegado—. En esta batalla, la vida de cada soldado tiene valor.

—Aditya, admiro tu bondad y tu moral, pero…

—Ese es mi sentido de la ética —reconoció Aditya, interrumpiendo las palabras de Rao—. Pero en realidad lo digo desde un punto de vista práctico. Hemos perdido a demasiados hombres, Rao. No hace falta leer los registros de arroz, grano o armamento, ni tampoco los recuentos de bajas, para saberlo.

—Yo he venido —dijo Rao—. De algo tendrá que valer.

—¿Quieres que te exponga al peligro? —preguntó Aditya—. ¿Que te envíe a ti a la muerte en lugar de acudir yo mismo?

Rao tragó saliva. Le retumbaba el corazón. El miedo por Aditya le despertaba náuseas. Quizá…, quizá también era miedo por sí mismo.

—Cuando mi padre me mandó al palacio imperial de niño, lo hizo para afianzar lazos con el príncipe de la corona —expuso Rao—. Me envió a ser tuyo, como amigo, pero también como una suerte de rehén. Si he de luchar por ti… —Se encogió de hombros—. No sería tan malo. Resultaría… adecuado.

—Tú me mostraste la señal —dijo Aditya con tono calmado—.

La señal que estaba esperando. El brazo cercenado de un yaksa, insuflado de vida.

Un portento que viniste a ponerme directamente en las manos.

Cada una de las visiones oscuras y terribles que me ha enseñado el dios sin nombre se cumplirán.

Ahora mismo se están cumpliendo. Estoy aquí y lo siento.

Lo siento en mi interior. Por una vez, estoy seguro.

Se tocó el pecho con el puño a la altura del esternón.

—He de luchar contra el gran príncipe. He de ir allá donde me lleve la guerra.

Y si este asedio tiene un sentido Rao, un orden natural, como el monzón, el alba o las fases de la luna, entonces ese orden natural es lo que me guía hacia la fortaleza.

A poner fin al desafío del gran príncipe. A la victoria de mi hermana.

—Si ese es tu camino —dijo Rao—, entonces has de seguirlo. Pero yo también.

Miró a Aditya a la luz de las palabras que Lata le había dicho mucho tiempo atrás. Pensó que, al final, el dios sin nombre lo había llevado de regreso hasta allí: al lado de Aditya, a compartir su propósito.

—Allá donde vayas —dijo—, habré de ir contigo.

Planearon la incursión a la ciudad-fortaleza, pero no con arreglo a lo que le habían sonsacado a Kunal dolor mediante, sino dejándose guiar por su propio conocimiento.

Un puñado de hombres elegidos por Mahesh había vigilado el cambio de patrullas en las murallas para decidir el momento en que sería más seguro acercarse.

Cuando no intentaba sabotear a la gobernante a quien seguía, Mahesh demostraba ser un buen general.

Rao trató de no pensar en todo lo que Mahesh podría haber hecho por la causa de Malini si hubiese depositado en ella aunque fuera la mitad de la confianza que tenía en Aditya.

Para su alivio, la información de Kunal no había sido la mentira desesperada de un hombre coaccionado.

Encontraron la entrada a la fortaleza donde Kunal les había indicado: un orificio perforado en uno de los muros de piedra, solo accesible desde un saliente apenas lo bastante grande como para que un hombre se acercase de costado.

Rao examinó la entrada y le murmuró a Aditya:

—Es una puerta baja.

Aditya asintió para mostrar su conformidad.

Tras él, Mahesh tenía el semblante lúgubre.

Las puertas bajas eran un rasgo arquitectónico característico de todos los edificios diseñados para resistir asedios: si se colocaba un guardia escondido al otro lado, espada en mano, solo había que esperar a que entrase el enemigo con el cuello solícitamente preparado para que se lo rebanasen.

—Tú primero —le dijo Rao a Kunal.

Le tendió una mano. Kunal le devolvió la mirada, con el rostro ceniciento. No se movió.

—Nadie te hará más daño —le dijo Aditya con una sinceridad noble.

No era un tipo de promesa que estuviera en condiciones de mantener y, a juzgar por la cara de Kunal y la mirada precavida que le dirigió a Rao, el príncipe lo sabía.

Rao le devolvió una mirada firme.

—Ahora eres nuestro aliado —dijo—. El hermano de la mismísima emperatriz te ha prometido que estarás a salvo si nos ayudas de corazón. No tienes nada que temer.

“A menos que nos aguarde una trampa”, fue lo que Rao no dijo. “A menos que intentes engañarnos y condenarnos. En ese caso morirás con nosotros”.

Kunal apretó la mandíbula. Dio un paso al frente, haciendo caso omiso de la mano de Rao, y pasó por la abertura.

Rao se apresuró a seguirlo sin apenas dejar distancia entre los dos.

Sintió que algo le oponía resistencia a los pies en la oscuridad: una tela de araña o quizá maleza que crecía en el suelo, quién sabía, pero siguió caminando.

La fortaleza era un laberinto a la altura de su fama. Cada pasadizo era estrecho y se abría a múltiples aberturas que llevaban de un corredor a otro. Sin embargo, ellos avanzaban con seguridad, siguiendo el camino que Kunal había trazado para ellos y por el que los guiaba en aquel momento.

Llegaron a una habitación amplia flanqueada por columnas.

Había puertas a cada lado. La estancia carecía de ventanas, pero el espacio estaba extrañamente iluminado gracias a lámparas que colgaban de las paredes, tan fuertes que los muros eran una extensión de brillante oro líquido.

El miedo atenazó el cuerpo de Rao apenas un momento antes de que su mente consciente comprendiera lo que pasaba: aquellas lámparas no contenían fuego normal.

Las llamas se retorcían de una manera lenta y antinatural.

Los brazos de Rao se quedaron inmóviles, rígidos a causa de una cautela instintiva y animal.

Alguien soltó una maldición. Y tras aquel susurro, Rao captó un sonido lejano. Botas que se acercaban.

A su espalda se oyó una risotada que más bien era un ladrido.

—Estáis atrapados —dijo Kunal, alzando la cabeza en lo que habría parecido una pose valiente y noble si Rao no la hubiese contemplado desde las nieblas de la furia y el pánico—.

Había un cable en el suelo de la entrada.

Cuando lo accionamos, mi padre supo que habíamos entrado.

Sus hombres se acercan. Podéis marcharos ahora o morir.

—Necio —se apresuró a decir Rao—. ¿Estás dispuesto a que te matemos? ¿A morir bajo nuestras espadas?

—¿Por el bien de Saketa? —dijo él con la respiración entrecortada—. S-sí.

—¿El bien de Saketa? Saketa está en llamas. La podredumbre la asola. Tus príncipes inferiores le han dado la espalda a tu padre y apoyan a la emperatriz Malini. Y han hecho bien.

—No se puede vencer al emperador —replicó Kunal, con angustia en la mirada—. Lo he visto. Lo conozco.

—No lo conoces tan bien como yo. Ni tan bien como la conozco a ella —dijo Rao, la voz embargada por la ira.

Mahesh le hizo un gesto a uno de sus hombres leales. En menos de un parpadeo, el guerrero parijati agarró a Kunal de la garganta y lo estrelló con fuerza contra la pared.

Mahesh miró a uno y otro lado: una puerta, y otra, y otra, todo un dédalo de pasillos.

—Esto es un laberinto más intrincado de lo que habíamos esperado, y este cabrón se ha asegurado de que nos perdamos bien perdidos —dijo con tono lúgubre—. La única esperanza que nos queda es encontrar al príncipe gracias a un milagro y rebanarle el gaznate para acabar con esto.

Y perder la vida en el intento. Pero ¿qué importaban ya sus vidas?

Aditya tenía la mano apoyada en una de las paredes. Contemplaba la piedra, el modo en que se curvaba hacia la cúpula del techo. Kunal, sujeto contra la pared, emitía sonidos ahogados, pegajosos, y manoteaba inútilmente.

Rao debería haberle dicho al soldado que lo soltase, pero no lo hizo. En cambio, contempló a Aditya.

Vio que este apretaba los labios con firmeza en la mirada. Luego dejó escapar el aire con aspecto doliente, disminuido. Se enderezó y bajó los brazos.

—El fuego falso del gran príncipe, de Chandra, destruyó a buena parte de nuestro ejército —murmuró Aditya. Sonaba como si estuviese perdido en sus propios pensamientos, pero había aguzado la mirada —. Imaginad…

Hizo una pausa. Hubo un silencio en el que solo se oían el chisporroteo de las antorchas y el resoplido dolorido de la respiración menguante de Kunal.

—Me pregunto —dijo Aditya al fin— lo que podría hacer el fuego auténtico.

—El fuego auténtico —repitió Rao.