Capítulo Cincuenta y dos
BHUMIKA
Se adentraron en el bosque. Los rodeaban árboles profundos y oscuros cuyas ramas parecían girarse para interponerse en su camino. La maleza crujía a sus pies. En las alturas, un esmaltado de hojas oscuras que dejaban pasar la luz.
Lo último que había hecho antes de marcharse del mahal fue escribir una carta.
Priya:
Quizá ya estés muerta y yo haya caído en la crueldad de no guardar luto por ti. Aun así, creo que sigues viva. Espero que sigas viva. Y aunque también espero que jamás regreses aquí, sé que lo harás si sigues con vida.
Cuando regreses, espero que puedas perdonarme por dejarte atrás.
La enramada de los huesos los esperaba. Los huesos repiqueteaban en las alturas, anudados a los árboles con lazos amarillos y rojos. Aparte de eso, la enramada entera estaba en silencio; ni siquiera se oía el canturreo de los pájaros.
Ashok aguardaba, de pie entre un salvaje florecimiento de hiedras venenosas que parecían crecer de la nada y que se le enredaban en los cabellos y los pies.
—¿Por qué nos hemos reunido aquí? —preguntó Bhumika.
—Es un lugar de tránsito —respondió—. Partiendo desde aquí puedes llegar lejos.
La enramada eran la entrada a un camino que las manos de los yaksas crearon hacía mucho, y al mismo tiempo una tumba donde venían a morir los animales enfermos de podredumbre.
Maldita y extraña, la enramada parecía un lugar adecuado para que Bhumika dejase su vida tras de sí.
Alzó la cabeza y contempló los huesos blanquecinos que colgaban sobre ellos a modo de advertencia a los incautos: habéis venido a un lugar en el que no se adentraría nadie sensato.
—¿Y qué hago ahora? —preguntó.
—Arrodíllate —dijo Ashok—, y empezaremos.
Jeevan guardó silencio mientras Bhumika se arrodillaba en el suelo. Alzó la vista hacia su rostro. La mirada de Jeevan era grave, cargada de pesar y de confesiones nunca pronunciadas sobre las que Bhumika no quiso reflexionar. En aquel momento, no.
—No temas por mí, Jeevan —le dijo con tono suave.
Él no dijo nada. Solo la miró a su vez.
—Crees que me estoy sacrificando —prosiguió Bhumika.
Se enderezó para que su espalda quedase recta, firme, sin hundir los hombros. Una postura lo bastante noble, esperaba, al menos vista desde fuera. No quería que Jeevan temiese por ella. No quería temer por sí misma.
—Es que te estás sacrificando —dijo Ashok—. Eso es lo que requiere de ti la magia.
Jeevan bajó la mirada. Bhumika dijo:
—No. Sacrificarse sería quedarse aquí y tratar de obtener cierto nivel de seguridad para nuestro pueblo.
Mi pueblo —se corrigió, porque fuera lo que fuese Ashok, ya no era parte de su pueblo, ya no era un mortal aterrado que se enfrentaba a una fuerza inmortal lo bastante grande como para aplastarlos con el más leve aliento, el más vago deseo—.
Sacrificarse sería hacer algo así todos los días a sabiendas de que fracasaría de manera irremediable.
”Los parijatdvipanos creen saber lo que es sacrificarte —prosiguió—. Grandes gestos de autodestrucción. Eso es lo que creen. Idealizan el sacrificio. Pero no es así. Sacrificarse implica lentitud, implica luchar, aunque sepas que quizá no valga para nada.
Pensó en toda la gente que había dejado en el mahal. Pensó en Padma, riéndose, con el corazón de Bhumika sujeto en sus perfectos y diminutos puños. Sintió que su corazón se retorcía y se rompía al decir:
—Esto, no. Esto es la libertad. Esto es huir.
No era más que una estúpida oportunidad.
Ashok resopló.
—Llámalo como te plazca —dijo.
—No sabré por quién he de guardar luto —repuso—. Durante mucho tiempo. Quizá nunca llegue a saberlo. ¿Qué mayor bendición podría pedir?
Y entonces, en contra de todo lo que había dicho, apartó el rostro de aquel hermano que ya no era su hermano y se cubrió el rostro con las manos. Y lloró.
Oyó pasos. La voz de Jeevan, que dijo:
—Un momento. Solo un momento…
—Un momento, Ashok —le rogó Bhumika con la voz estrangulada—. Y estaré lista.
Más pasos. Bhumika sintió que Jeevan se arrodillaba ante ella.
—Mi señora —dijo. Ella no respondió y él murmuró—: Bhumika. Se ha ido.
Bhumika lo miró entre los dedos. Jeevan alargaba la mano con la palma hacia arriba. Bhumika se obligó a contener las lágrimas, respiró para ahogar el sencillo pesar que la había abrumado, y colocó las manos sobre la de él.
—Aunque tú no puedas guardar luto, yo lo guardaré por ti —dijo Jeevan con voz queda—. Y cuando concluya tu tarea, te traeré de regreso. Lo juro; mientras siga con vida, así lo haré.
Ella lo contempló: aquel rostro severo que escondía una ternura que residía en su interior, la espalda recta, la mirada firme.
Al mirarlo a los ojos, de pronto, se quedó sin respiración.
Creyó que él creía de verdad en lo que decía, y se alegró por ello.
Que Jeevan aún albergase esperanzas, por más que ella ya no pudiese.
Se inclinó hacia delante y posó sus labios en los de él.
Fue apenas un roce levísimo. Sintió el calor de su aliento.
Las manos de Jeevan agarraron de pronto las suyas y la sujetaron como si temiese que fuera a desvanecerse si la soltaba.
Sin embargo, Jeevan le devolvió el beso con suavidad, con una ternura que le provocó una punzada en el corazón, una punzada por todo lo que podría haber sido y jamás llegaría a ser.
Se apartó de él.
—Gracias —le susurró.
Fuera lo que fuese lo que había crecido brevemente entre los dos, se merecía más que el beso que le había dado, arrodillada en el suelo, a punto de perderse a sí misma.
Sin embargo, Jeevan se limitó a acariciarle la mejilla con el pulgar para enjugarle las lágrimas.
Luego le soltó las manos. Se puso de pie y dio un paso atrás.
Apartó el rostro y contempló la arboleda con el rostro ensombrecido.
—Ashok —dijo Bhumika. Tenía la garganta seca.
Pensó que quizá se sentiría avergonzada. Y, sin embargo, cuando su hermano apareció y lo miró, comprobó que no había expresión alguna en el rostro de Ashok. No quedaba nada realmente humano en aquellos ojos, nada que pudiese avergonzarla.
—¿Ya estás lista? —preguntó Ashok.
No. No. Aquello era una locura.
—Sí —dijo, y alargó las manos.
Él se arrodilló junto a ella y la agarró de las manos.
Bhumika entró en el sangam, no con la lenta facilidad de siempre, entre respiraciones equilibradas, sino con la brusquedad de un golpe en la cabeza, de un cuerpo arrastrado bajo el peso inexorable de un río. En un instante estaba dentro de su piel, y al siguiente ya no.
Estrellas en las alturas, madejas y bandadas de estrellas enredadas en un estallido resplandeciente. Ríos que serpenteaban a su alrededor. Y, al igual que antes, no sintió a Ashok. No lo vio ni pudo tocarlo.
Tenía sentido, por supuesto. Bhumika comprendió.
No era Ashok. Solo llevaba puesta su piel, sus sueños, el polvo de sus recuerdos. Solo iba vestido con su aspecto. Era un yaksa, antiguo y extraño, a quien el corazón de su hermano había confundido.
Y Bhumika había depositado su vida en manos de aquel ser.
Bajo ella, en el agua, las flores crecían y se elevaban a través del líquido oscuro para enredarse a su alrededor, donde la sombra de su cuerpo se mezclaba con el agua.
Un anillo amarillento en su cintura; caléndulas del color del fuego.
Hiedra venenosa de un penetrante color amarillo, tan acogedor como peligroso: veneno puro.
Unas manos se le apoyaron en los hombros.
—No mires —dijo una voz tras ella. No era del todo la voz de su hermano, sino algo que subyacía en ella. Dos ecos gemelos—. No mires, Bhumika. No sé lo que vas a ver.
—No voy a mirar —dijo ella.
Allí no había realmente sol, no había ninguna luz genuina, pero aun así sentía como si pudiera ver el reflejo de ambos en el agua. Su propia forma, rodeada de algo cubierto de hojas con la firmeza de un árbol viejo y retorcido a causa de vientos extraños y maliciosos.
—¿Cómo empezamos?
—Ya te has vaciado para nosotros. Ya estás vinculada a los yaksas, por los ríos, por la podredumbre y por el vacío. —Las flores crecían con más rapidez, más profusas. Llenaban las aguas y empezaban a trepar por ella, a retorcerse por su cuerpo, a remodelarla, una flor tras otra—. Ya hemos empezado.
La última flor le tocó la boca. Ella abrió los labios. Y…
El conocimiento se derramó en su interior.
El modo en que los yaksas se habían abierto paso de un mundo a otro. Mani Ara, la primera, con su sonrisa de espinas y sus ojos de flor. Y los demás, florecientes, crecientes, reuniendo seguidores. El modo en que el mundo cambiaba por donde pasaban. El modo en que el mundo se convertía en suyo…
Oyó un grito, lejano, en el sangam. O lo sintió. Algo se había dado cuenta de lo que estaban haciendo. Alguien había centrado su atención en ella y Ashok. Alguien se acercaba.
El conocimiento se derramó en su interior.
Se derramó, y ella recordó… haberse extraído el corazón.
Haberse vaciado por dentro. Aquello era lo mismo y, de alguna manera, peor, mil veces peor.
El conocimiento la inundó y con él llegó el entendimiento: entendió al inmortal que llevaba la piel y los recuerdos de su hermano como si le pertenecieran.
No era aquel un conocimiento sencillo. Era tan antiguo como los yaksas, e igualmente complejo.
Era algo que no podía guardarse en tomos, que jamás habían recitado los poetas.
Era pura memoria: la sensación de tener el suelo bajo los pies.
La primera vez que aquel yaksa había derramado sangre.
El mundo del que habían venido y el mundo que intentaban construir.
Los sacrificios que habían hecho para llegar hasta allí. El negro pesar de sus corazones.
“Sé cómo podéis morir”, intentó decir Bhumika. “Lo sé, lo sé, lo sé”. Pero el conocimiento había avanzado a dentelladas por su interior y había colmado sus vacíos.
—Tengo que hacerlo antes de que te encuentren —dijo Ashok-que-no-era-Ashok y, de pronto, Bhumika se derrumbó hacia su propia piel de nuevo—. Tengo que…
Guardó silencio mientras Bhumika alargaba una mano para tocarle la cara. Al apartarla, vio que la tenía llena de musgo y empapada en sangre.
—Se está desprendiendo —observó.
Él la contempló con ojos tan amarillos como las flores que la habían consumido.
—Ya lo tienes —dijo él—. Tienes todo lo que sé.
Le tocó el rostro a su vez, un movimiento reflejo al de ella.
—Adiós, Bhumika —se despidió.
Ella sintió que algo se retorcía. Algo en su interior guardó silencio. La embargó el vértigo.
Al abrir los ojos, vio árboles. Estaba en brazos de alguien.
—¿Adónde quieres que te lleve, mi señora? —preguntó el hombre que la sujetaba. “Jeevan”, susurró su mente, pero el nombre se convirtió en polvo, huyó de ella.
—No puedes… llamarme así. Ya no —susurró. Sus ojos se negaban a mantenerse abiertos, pero lo intentó.
Oyó la respiración del hombre. La maleza aplastada bajo sus pies mientras la llevaba en brazos tan rápido como podía, como si temiese que los yaksas les pisasen los talones.
—Bhumika, pues —dijo él—. ¿Adónde vamos?
Tenía un lago de puro conocimiento en la cabeza. Una historia con las raíces cortadas. Se lamió los labios, resecos.
—Seguiremos el sendero del buscador —respondió—. Y luego… a Alor. Llévame a Alor.
“¿Quién es Bhumika?”, pensó. Y luego, nada. Nada. Lo último que vio fue el cielo nocturno sobre ella.