La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cincuenta y uno
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Capítulo Cincuenta y uno

PRIYA

La rodea el agua. Por arriba. Por abajo.

—Otra vez aquí, retoño —susurró la yaksa, sonriente, con dientes más de perla que de espina.

Ya no llevaba puesto el rostro de Bhumika, sino que contemplaba a Priya con un rostro idéntico al suyo, aunque hermoso y extraño, hecho de lustrosos huesos de madera, protuberantes bajo la piel. Una piel fina como una hoja bajo la cual relucía un resplandor.

—Por fin has venido.

Priya miró a la yaksa. Contempló aquella boca de espina y perla, aquellos ojos en flor.

—¿Qué es lo que te debo, yaksa? —inquirió—. ¿Qué es lo que no te he dado?

—Oh, querida mía —canturreó la yaksa, como si estuviese encantada con Priya—. ¿Qué va a ser, sino tu corazón?

—Pero… si ya me vacié el corazón. —Priya lo recordaba al estar allí. El dolor. La madera en sus costillas, las flores en su interior—. Ya es tuyo.

—No por completo.

La boca de la yaksa se entreabrió. Una flor de aguja asomó entre sus dientes y se marchitó, se desvaneció. Ella sonrió.

—No por completo —repitió.

Malini.

Parte de su corazón estaba con Malini.

—Te daré un cuchillo para que lo saques —murmuró la yaksa—. Un cuchillo para vaciarlo. Un cuchillo para hacerte nuestra.

El horror la recorrió.

—No, yaksa —susurró Priya—. Por favor, no.

—Ya me lo habías prometido —dijo la yaksa—. Me prometiste tu corazón.

—No pensé que te refirieras a esto —repuso Priya, horrorizada, impotente—. De haberlo sabido, jamás habría aceptado.

—Lo sé —dijo la yaksa con tono conciliador—.

A fin de cuentas, has hecho mucho por ella.

Lo he visto todo, retoño. Dejaste a tu pueblo.

Te postraste ante sus dioses. Luchaste sus guerras.

Yaciste con ella. Hiciste promesas con tus sueños, promesas que no puedes cumplir.

Bastó la débil excusa de un mensaje, un juramento, una alianza, para que te entregases por completo a ella.

Pero me has hecho una promesa y ya no puedes romperla.

Lo único que pudo hacer Priya fue negar con la cabeza.

—¿Sabían las mujeres que destruyeron a mis congéneres lo que se sentía al morir?

¿Sabían el dolor que les causaría el fuego?

No. —La yaksa negó con la cabeza. Pétalos dorados cayeron al agua a su alrededor, se arremolinaron y se desvanecieron en la oscuridad—.

Eligieron sacrificarse con una cálida capa de heroísmo, de bondad, de virtud, alrededor de sus necios hombros.

Desconocían el indescriptible dolor de una muerte así, hasta que fue demasiado tarde.

Decidieron su camino sin saber, del mismo modo que tú decidiste el tuyo.

Ahora solo te queda avanzar, no puedes retroceder.

¿Tenía el sacrificio el mismo poder si no se sabía lo que se sacrificaba?

¿Si se cortaba el corazón para que brotasen flores, para que la magia hundiese sus raíces en los blandos pulmones, sin comprender que se acabaría allí mismo, arrodillada frente a un dios de boca espinosa que exigía a Priya que asesinase a su amor?

A buen seguro que no. El mundo no podía ser tan cruel.

—No… no voy a hacerlo —dijo Priya. Todo cuanto albergaba en su interior se rebelaba. La idea de Malini, el roce reverente de sus manos, la forma de su sonrisa cuando la tomaba por sorpresa, vulnerable, cuando yacía junto a Priya en una capa, desparramada su suave sombra—. No.

—Mis congéneres y yo somos la fuente de todos tus poderes.

Tú no eres más que carne, el receptáculo de un poder mayor.

Eso es lo que son todos los mortales… y es una bendición, algo hermoso, pero al mismo tiempo no sois nada sin nosotros, nada relevante, nada digno de amor.

No puedo tomar lo que te niegas a darme —dijo la yaksa con una dulzura totalmente carente de compasión—.

No puedo blandir el cuchillo en tu mano contra ella.

No puedo obligarte a cortar el corazón que le has dado.

Pero puedo usarte como el receptáculo que eres.

Puedo llevar tu piel como si fuera la mía.

Puedo asesinarla. Quizá, si lo hacen tus manos, sobreviva. Si lo hacen las mías, no.

Un estremecimiento recorrió a Priya, una sensación desacostumbrada, extraña, como si un insecto le horadase la piel.

Alzó ante sí sus manos sombrías y contempló una carne que no era carne al abrirse y dejar pasar flores de ashoka, rojas como la sangre, y de azafrán.

Eran los yaksas que tenía dentro. Los yaksas que le enseñaban lo mucho que no se pertenecía a sí misma, sino al espíritu al que se había entregado.

—Tus seres queridos te esperan en Ahiranya, retoño —dijo la yaksa—.

Y yo no los necesito tanto como los necesitas tú.

Puedo matarlos a todos y desparramar sus entrañas en un hermoso diseño ante ti.

Aceptaré tus lágrimas como mi derecho. Has de tomar la decisión.

Has demostrado una y otra vez que los quieres menos de lo que la quieres a ella.

Puedes ser mi arma, vacía, y perderlo todo.

O puedes enarbolar el cuchillo y hacer lo que debes.

Priya volvió a estremecerse de pavor.

No era cierto. Sí que quería a la gente del templo.

Pensó con un horror enfermizo y aterrador en Bhumika, que le pedía que volviese a casa; recordó el peso de Padma, sólida y cálida en sus brazos; pensó en Sima, con el escudo en alto para protegerla.

En la risa de Billu, en Ganam al sacarla del marjal, en los fieros abrazos de Rukh, todo huesos y estrambótico afecto.

Eran su hogar. No podía perderlos. No podía.

¿Cómo enfrentarse a un dios que vivía dentro de ella misma?

—Por favor —susurró.

—Esto siempre ha sido inevitable —le dijo la yaksa.

Las manos de Priya se movieron como si tuvieran voluntad propia y agarraron la hoja. La empuñadura floreció bajo su mano, en busca de su piel: grandes flores, rojas como la sangre y doradas como el sol del alba.

—Siempre te necesitaré por completo. Siempre te querré por completo. Y serás mía. Conmigo encontrarás la completitud.

—Pero no el amor —susurró Priya.

Malini. Amada y traicionada, sin saberlo.

—No te preocupes —dijo la yaksa, sonriente, sonriente—. Yo seré tu amada a partir de ahora.

El beso de la yaksa la recorrió por completo.

—Soy Mani Ara, retoño —dijo la yaksa, acunando su rostro entre manos florecidas de oro—. Y tú eres mi sacerdotisa.

Priya despertó bajo la tierra, en un hoyo que había excavado con su propia magia, con sus propias manos.

Alguien la llamaba. Una voz diminuta en medio de la oscuridad.

—Sima —llamó a su vez con voz débil—. ¿Estás bien?

—Lo estoy. —Una pausa—. Creo que ambas lo estamos.

Priya oyó el gemido del auriga con cierto alivio.

Tenía un dolor ardiente entre las costillas. Se movió bajo el suelo y se movió, sintiendo cómo se ahuecaba para acomodarla.

El cuchillo en el sangam no había existido. El cuchillo no existía allí, en el mundo. El cuchillo…

Una certeza se instaló en los huesos de Priya.

Se tocó las costillas. Sintió que se le separaba la piel, extraña, antinatural, con una suavidad que no debería haber estado ahí.

Se sacó la hoja de dentro. La piel se le cerró tras extraerla.

La notaba caliente al tacto. Ahogó un grito entrecortado. Las manos le temblaban, sujetando la hoja.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada —dijo Priya—. Nada.

—¿Crees que hemos perdido o ganado la batalla?

Las manos de Priya estaban pegajosas de savia. Se llevó la hoja de espina al nudo del chunni que tenía en la cadera. Un movimiento torpe que la oscuridad volvió aún más torpe.

—No lo sé, pero solo hay un modo de averiguarlo.

Abrió la tierra. Agarró la mano de Sima y los sacó a los tres, de vuelta a la luz.