Capítulo Cincuenta #2
El sumo sacerdote profirió otro gemidito alarmado. Ella alzó la cabeza y, por un momento, vio estrellas danzantes ante los ojos. Vio a Kartik, de pie al lado del sumo sacerdote. Su mirada era intensa. Solemne. Con toda sutileza, ladeó la cabeza hacia ella.
—Podría arrojarte ahora mismo a la hoguera —dijo Chandra—. Ese fuego ha nacido de la muerte de miles de mujeres puras y buenas. Quizá te purifique a ti.
—Te equivocas —replicó Malini—. Ah, Chandra, ¿no lo ves? Quizá tus sacerdotes sí lo entiendan. Soy pura. Soy pura de un modo que tú no puedes ni tocar, de un modo inviolable. Mi pureza reside en mi corazón. Reside en mi sangre, más allá de la mugre de tus ambiciones mortales.
Le enseñó los dientes, ensangrentados.
—No puedes utilizarme para alcanzar la gloria. No lo permitiré. Mi gloria es mía.
—Tu vida jamás ha sido tuya —dijo Chandra—. Tu vida siempre le ha pertenecido a Parijatdvipa. Te negaste a sacrificarla. Te he concedido la oportunidad de reflexionar, de arrepentirte, de elegir la muerte que mereces. Muchas, muchas oportunidades. Y sigues sin aprender, sin cambiar.
—Pregúntales a tus sacerdotes cuánto vale una muerte involuntaria —dijo Malini—. Ya verás lo que hacen sin intentas quemarme viva a la fuerza.
Él la agarró de los cabellos y tiró, girándole el cuello.
—No eres más que un niño malcriado —jadeó ella. ¿Creía que podría humillarla? ¿Avergonzarla? Había sufrido cosas mucho peores. Aquellos jueguecitos lastimeros ya no podían hacerle daño—. No tienes ni idea de lo que es la auténtica crueldad, Chandra. Quizás algún día te la enseñe.
Él se incorporó con brusquedad y la arrastró hacia delante. Sintió una punzada en el cuero cabelludo. Sus piernas se deslizaron sobre el suelo; tenía las manos encadenadas. Y aun así se negó a mantenerse en silencio: su voz reverberó en las paredes mientras el fuego de la hoguera aumentaba.
—La última vez que me trajiste aquí, te humillé —se obligó a decir. Golpeó el suelo con las caderas, con las rodillas—. Les dije a todos tus gobernantes nobles lo que eres. Mis palabras son más afiladas que cualquiera de tus espadas.
—En ese caso, tendré que arrancarte la lengua antes de quemarte —dijo él, furioso, escupiendo goterones de baba de entre los labios—. Haré lo que sea necesario por Parijatdvipa.
—Quizá —consiguió decir ella. Se obligó a respirar—. Quizá sea esa tu intención, pero no vas a poder. Solo yo puedo arder voluntariamente. Solo yo puedo hacer lo necesario. Y no lo haré —dijo en voz alta—. No lo haré a menos que tenga el trono.
El silencio era enorme, impenetrable. El fuego crepitaba. Y Chandra la miró. Los mismos ojos que ella. Las mismas cejas.
—Emperador Chandra —dijo el sumo sacerdote con voz lejana—. Lo siento muchísimo.
Chandra se quedó inmóvil. Tenía la punta de una espada en la garganta.
—Apártate de la emperatriz Malini —advirtió Kartik con tono sosegado.
El soldado que sujetaba la espada contra la garganta de Chandra no flaqueó.
Nada. Durante un momento, nada.
La espada presionó más. Brotó una cuenta de sangre.
—Apártate —repitió el sacerdote.
Chandra giró la mirada hacia el sumo sacerdote, con el rostro dolorosamente inmóvil.
Tenía una mirada suplicante.
—Siempre he hecho lo que es justo para Parijatdvipa —dijo—. He hecho lo que me enseñaron. ¿Qué… qué es esto?
El sumo sacerdote dejó escapar el aire de los pulmones. Cerró los ojos.
—Suelta a tu hermana, emperador —dijo—. Con remordimiento. Con amor. Suéltala.
Chandra obedeció.
Malini no se movió de donde estaba, con las manos aún encadenadas.
Contemplando la mirada en los ojos de su hermano, el horror que lo resquebrajó como si todo su mundo se hubiese vuelto del revés.
Había adorado a las Madres con devoción durante toda su vida.
Había seguido los dictados del sumo sacerdote con la lealtad de un perrito, rabioso contra todo el mundo excepto su maestro.
Y su fe le había dado la espalda.
Le arrebataron el sable. De pronto se veía indefenso a pesar de la presencia de sus guerreros sacerdotes, de sus hombres. De su trono.
El sumo sacerdote lloraba.
Dio un paso atrás. Kartik dio un paso adelante. Le sonrió a Malini, la más leve mueca en las comisuras de la boca. Por un instante, no se movió. Solo la miró desde lo alto.
Una orden. Eso era todo lo que necesitaba para acabar con la vida de Malini, para encerrarla una vez más, para instalar al sacerdocio en el poder.
Quizás era más de lo que Kartik había imaginado que podría conseguir por sí solo.
Era suficiente poder como para impulsar a un hombre sensato y astuto a seguir sus ambiciones, sus anhelos.
Malini estaba del todo indefensa. Una fría certeza la embargó; dejó se le viera en la cara. La más leve debilidad…, un temblor de las manos al mirar al sacerdote. ¿Acaso debía creer que tenía poder sobre ella? Que lo creyese. No era mentira.
Pero no sería así siempre. Malini se aseguraría de ello.
O bien le había tomado la medida, o bien se había equivocado.
“Solo te daré lo que quieres si accedo al trono”, pensó, la mirada clavada en la de él. “Aunque te tema…, si quieres que arda y que los yaksas mueran bajo mi fuego, habrás de colocarme en el trono”.
La mirada de Kartik aleteó.
Y luego se postró en el suelo. Todos los demás sacerdotes y soldados lo imitaron.
—Emperatriz —dijo—. Te damos la bienvenida a Parijatdvipa. Esperamos que nos guíes hacia la unidad y la grandeza.
—Sacerdote —dijo Malini, alargando ambas manos. Sonrió, como si siempre hubiera sabido que el destino la llevaría hasta aquel punto—. Libérame y te prometo que grandeza será justo lo que tendrás.