Capítulo Cincuenta
MALINI
Lo primero que pensó al contemplar Harsinghar no debería haber sido “Por fin estoy en casa”.
Pero así fue.
Había pasado casi toda su vida en Harsinghar, entre mármol blanco y pálida arenisca, flores de olor dulzón y calles flanqueadas de árboles llenos de hojas verdes y flores doradas.
Sin embargo, era en cierto modo adecuado que la Harsinghar que contemplaba en aquel momento oliese a llamas presas en espadas.
Era adecuado que Malini no estuviese segura de si sobreviviría y vencería o de si moriría.
Se había rodeado de algunos de los guerreros más fuertes de su ejército.
Sin embargo, las fuerzas de Chandra avanzaron sin cesar, centradas en llegar hasta ella, y superaron a los hombres que la rodeaban.
Cayeron algunos soldados a su alrededor, atrapados entre botas y armas.
Malini oyó tantas voces gritando a la vez que más bien le pareció oír un rugido.
Trató de hacer oídos sordos. El viento le soplaba, afilado, en el rostro.
Tenía la espalda recta y la mano aferrada al borde del carro de guerra.
Había sido un acierto no permitir que Raziya estuviese a su lado.
Sus hombres no sabían cómo responder. Pensaron que Chandra seguiría las más razonables reglas de la guerra: creyeron que defendería su ciudad, su hogar, por encima de todo.
Sin embargo, el ejército de Chandra avanzaba con determinación, y Malini no pudo sino mantenerse firme en el carro, que no dejaba de sacudirse con el movimiento de los cuerpos a su alrededor, preso en un mar violento.
O bien la capturarían, tal y como había dicho el sacerdote, o bien una flecha no tardaría en atravesarle la garganta, o bien el carro volcaría y ella moriría.
“Cuento con Priya”, se recordó entre la pegajosa niebla de su propio miedo. ¿De qué servía el miedo? ¿Cómo podría enfrentarse a lo que sucedería a continuación con algo que no fuese todo el coraje del que disponía?
Defendieron su carro tan bien como fue posible, rodeado desde todas partes por soldados y caballería.
Sin embargo, los soldados de Chandra atravesaron las líneas de la infantería y con sus sables envueltos en llamas hendían a los hombres alrededor de Malini.
El olor del fuego y de la muerte la golpeó.
Raziya le había contado en alguna ocasión cómo había que dar caza a una presa en las montañas dwaralis.
En el momento en que el carro quedó atrapado en la muchedumbre de soldados, cuando el auriga les suplicó a los hombres que se llevasen a la emperatriz, que la pusieran a salvo, Malini recordó aquellas historias y no se movió.
“Hay que acercarse al animal. Rodearlo con una docena de hombres, aproximarse cada vez más y asegurarse de que no tiene modo alguno de escapar. Si da con un hueco, lo aprovechará, emperatriz. Así se comporta todo lo que quiere sobrevivir.
”Sin embargo, una vez atrapado, basta con una sencilla red para contenerlo. Y luego, el cuchillo”.
Malini no era ninguna presa. No había nacido para saltar en medio del fragor de la batalla bajo el carro de guerra y caer por culpa de una coz en la cabeza o de una espada de fuego clavada en el pecho. No pensaba huir. Pese a todos sus instintos, iba a tener fe.
La fe implicaba sumisión. La fe era obediencia a un poder superior. La fe era enseñarle el cuello al cuchillo, dar un paso en la más absoluta oscuridad, sin más luz que la propia necedad del corazón. Había puesto en marcha todo lo que había podido. Era el momento de correr el último riesgo.
—Suelta a los caballos —se obligó a decir. El auriga protestó, pero ella dijo—: Hazlo. Ahora.
Él agarró el sable y cercenó las riendas. El carro quedó inmóvil.
—Márchate —le dijo al auriga—. Vete…
Demasiado tarde. Más rápido de lo que Malini pudo comprender, alguien se lanzó contra el carro. Un instante después, una hoja le rajó el gaznate al pobre auriga.
El hombre que enarbolaba la hoja la dejó caer. Se giró hacia ella.
—Princesa Malini —dijo el desconocido, con sangre y ceniza apelmazadas en la frente y una melena sacerdotal suelta sobre los hombros—. Tienes que venir conmigo.
En aquel momento, la obediencia que Kartik le había pedido que tuviera le exigió lo mismo que el orgullo: que no luchase, ni gritase, ni entrase en pánico, mientras los soldados de Chandra la rodeaban. El fuego que arrastraba el viento le acarició la piel, tan caliente como frío, todo a la vez.
Desenfundó su sable y lo sostuvo ante sí.
—Llévame ante mi hermano, sacerdote —dijo.
No reconocía su propia voz. Tuvo un pensamiento doloroso y absurdo: Rao arrodillado ante ella en el camino a Dwarali. Su voz había sonado como sonó la de Rao. Como si tuviese un hueco por dentro que hubiese llenado el destino, una caracola que sonase llamando a la guerra.
—Estoy lista.
La llevaron hasta un caballo, la auparon y la sacaron de allí antes de que pudiera siquiera darse cuenta. La bajaron del caballo y la obligaron a cruzar unas puertas, y de ahí pasó a un túnel subterráneo que daba al interior de las murallas del propio mahal. Pensó en Priya.
“Si todo lo demás falla, si muero, Priya luchará contra mi hermano. Se asegurará de que muera”.
Malini no había esperado vivir tanto tiempo, ni llegar tan lejos.
El hecho de que aún quisiese ascender, el hecho de que mereciese ascender, carecía ya de significado.
Si caía, al menos se llevaría a Chandra con ella.
Al menos había encontrado el tipo de amor que rompería el mundo por ella, que lo convertiría en algo que siempre llevaría su huella.
El corredor por el que la llevaron estaba tenuemente iluminado, flanqueado de soldados que vestían armadura imperial.
Todos la reconocieron. Malini vio que el desdén y el respeto batallaban en muchos de aquellos rostros.
Algunos la despreciaban abiertamente, otros bajaban la vista.
Malini miró al frente y fue al encuentro a su destino.
En la corte del mahal imperial ardía una pira.
Habían preparado una hoguera de ladrillos de arcilla para contener las llamas.
La arcilla era fea y escuálida en comparación con la arenisca y el mármol de la corte que rodeaba la hoguera, pero a primera vista Malini pensó que alguien había hecho el esfuerzo de embellecerla cuanto fuera posible.
Había flores reunidas a los pies de la hoguera, desparramadas por el suelo.
Eran caléndulas brillantes de tonos naranja y amarillo.
El crepitar de las llamas las hacía moverse extrañamente.
Al otro lado de la hoguera había una hilera de sacerdotes. Rostros solemnes. La esperaban.
Al acercarse se dio cuenta de que las flores no eran flores en absoluto, sino llamas. Llamas que florecían, crecían y se marchitaban con la belleza de flores auténticas.
—Hermana.
Malini vio una sombra por el suelo. Sintió en la espalda la mano de un soldado que la obligó a arrodillarse. Se dejó hacer, pero alzó el rostro y se enfrentó a su hermano.
Chandra no había estado en el campo de batalla frente a la ciudad.
A Malini no le cabía la menor duda. La armadura que llevaba estaba intacta, resplandeciente, más ornamental que práctica.
Llevaba cuentas de oración en la garganta, hilvanadas con elaboradas gemas y engarces de plata y oro.
Unos hilos de perlas le rodeaban el cuello.
Parecía un emperador de la cabeza a los pies.
Sus botas resonaron, pesadas, contra el suelo al acercarse. Se detuvo ante ella. Estaba tan cerca que Malini tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, que eran justo como los recordaba: un reflejo de los de ella.
—Hermana —dijo con voz grave, retumbante—. Bienvenida a casa.
Malini había pensado en lo que le diría cuando por fin volvieran a encontrarse. Tantas palabras sagaces, hirientes. Sin embargo, al estar frente a él, lo único que pudo hacer fue soltar una risa muda y contemplar cómo se le oscurecía el rostro a Chandra como respuesta.
—Hermano —dijo. Dejó que su mirada vagase, aguda, entre los soldados que tenía a sus espaldas, el fuego y la cara de Chandra—. ¿Así recibes a tu hermana, Chandra? ¿La obligas a postrarse en el suelo, a agacharse como un perro?
Él tragó saliva de manera bien visible. Intentaba controlar su temperamento.
—Estás arrodillada —dijo— porque soy el emperador. Y tú eres mi hermana, mi responsabilidad y mi súbdita. Te arrodillas como princesa.
—No soy princesa —repuso ella—. Soy emperatriz. La emperatriz. Tendrías que ser tú quien se arrodillase ante mí.
Para su sorpresa e inquietud, Chandra se arrodilló despacio, hasta que casi estuvieron a la misma altura.
Sintió el calor de su aliento en el rostro.
Se obligó a no encogerse. En cambio, absorbió hasta el último detalle: las ojeras de cansancio en los ojos.
Las arrugas de tensión que le enmarcaban la boca.
—Te engañas a ti misma —murmuró—. Y lo sabes. No eres ninguna emperatriz. Eres impura, indigna, estás rota. Tu corazón sabe que digo la verdad.
La agarró del mentón con las manos. La repulsión ante su contacto la recorrió. Chandra no tenía derecho a tocarla. Jamás lo había tenido.
—Pero tienes una oportunidad de redimirte —le dijo—. Solo una. Acepta la hoguera, hermana. Acepta tu destino y las Madres te perdonarán. —Un latido—. Yo te perdonaré.
—Suplícamelo —susurró ella a su vez—. Póstrate ante mí con el rostro en el suelo. Llora. Quizá, si me despiertas suficiente lástima, me piense si debería entregarme a la hoguera.
Ladeó la cabeza contra las manos.
—Vamos —instó.
La mano de Chandra la aferró con brutalidad.
—Tengo tantas ganas de matarte —dijo con la voz cargada de bronca..
A pesar del dolor, Malini sonrió.
—Lo sé —dijo—. Ha pasado mucho tiempo, hermano.
Él la soltó y la abofeteó con la mano abierta. Le pitaron las orejas. Le supo la boca a sangre.
—Emperador —dijo el sumo sacerdote, alarmado—. No puedes…
—Apenas le ha dolido —repuso Chandra, fría la mirada—. Puede soportar más que eso. Podría romperle las piernas y los brazos y aun así podría entregarse a las llamas. No es menos de lo que merece, ¿verdad?
—Si quieres que arda por ti —dijo ella tras llevarse la punta de la lengua a la herida que le había abierto en el labio—, no es esta la manera de convencerme.
Volvió a abofetearla. Por supuesto que la abofeteó.