La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y nueve
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Capítulo Cuarenta y nueve

RAO

El sol se había desvanecido. El cielo se había vuelto gris blanque cino ante la noche inminente.

Por fin se detuvieron a descansar. Rao ordenó que desataran al príncipe Kunal, que se frotó las muñe cas y flexionó los dedos para desentumecer la mano.

Se preguntaba si debería echar a correr, o eso dedujo Rao, a juzgar por su mirada errática y los hombros tensos, pero a todas luces recapacitó.

A fin de cuentas, los hombres de Rao también lo observaban.

Rao ayudó a atar los caballos y a encender el fuego del campamento. Acto seguido se arrodilló frente a él. Le puso comida y agua por delante. Vio que el príncipe fruncía el ceño y bajaba la cabeza.

—Bebe —dijo Rao—. Debes de estar sediento. Si no quieres comer, al menos bebe.

Esperó. Kunal no se movió.

—No es más que agua —le dijo Rao—. Yo beberé primero, si eso sirve para tranquilizarte.

—No sé lo que esperas hacer conmigo —dijo el príncipe con voz ronca, el frasco de agua todavía intacto—, pero no te serviré de nada. No tengo nada para ti.

No era cierto y, a buen seguro, ambos lo sabían. El príncipe Kunal tenía una mirada afligida. La luz del campamento aleteaba en su rostro y dibujaba sobre él cicatrices doradas.

—Por lo que he sabido, tu hermana se ha casado —dijo Rao al cabo—. Felicidades.

Vio que Kunal apretaba los labios.

—Quizá mis felicitaciones no sean bienvenidas —añadió Rao midiendo sus palabras, y vio que Kunal apretaba aún más los labios.

—No puedo decirte nada útil —masculló Kunal.

—El emperador Chandra es un hombre difícil —dijo Rao—. Siempre lo ha sido.

Silencio.

—Solo me he cruzado una vez contigo —prosiguió Rao—. No lo recordarás. Tienes unos años menos que yo, creo. ¿Cuántos años tenías cuando tu padre te llevó de niño a Harsinghar? ¿Cinco, seis?

—Dime cómo te llamas —exigió saber el príncipe Kunal.

—Soy el príncipe Rao. Uno de los hijos del rey de Alor.

Kunal soltó una risa entrecortada.

—Un príncipe sin nombre —dijo—. El príncipe sin nombre.

—Sin nombre, no —dijo Rao con hilo de voz—. Todo el mundo sabe ya cómo me llamo. Pero con Rao bastará.

—Pues que sea Rao. Príncipe Rao, te lo suplico: déjame marchar. No me acompaña ningún ejército. Has matado a los pocos hombres que me acompañaban. No supongo ningún peligro para ti.

Rao tragó saliva para deglutir la sensación de culpabilidad que tenía en la garganta.

No había motivo alguno para aquella culpabilidad, lo sabía: los hombres del príncipe Kunal se habían negado a rendirse, y el propósito de Rao era demasiado importante como para permitirles vivir.

Ya había matado antes y volvería a matar.

Era necesario en la guerra. Pero no por ello se sintió mejor.

—No puedo permitir que vuelvas con tu padre —dijo Rao con tono afable—. Sencillamente no puedo dejarte marchar hacia el horizonte. ¿Adónde irías?

—No tengo adónde ir —dijo Kunal—. Por eso…, por eso mismo no tienes motivo alguno para retenerme.

—Los dos somos nobles. Ambos somos de familias reales. Así pues, sé muy bien que no nos criaron para sobrevivir sin nada y volver a alzarnos, príncipe Kunal. Dejarte marchar equivaldría a condenarte. Y prefiero no hacerlo.

“A menos que sea necesario”, pensó en tono lúgubre. “Y no pienso condenarte antes de que me seas de utilidad”.

—En realidad, lo que prefiero es que seas mi aliado.

—Tú mismo lo has dicho. Mi hermana está casada con el emperador. —Hablaba con tono seco—. Mi padre es leal a Chandra. Y yo soy leal a mi padre.

“Pero no le eres directamente leal a Chandra”, se percató Rao.

—Hay muchos nobles saketanos que se han aliado con la emperatriz Malini —le dijo Rao—.

Y muchos de ellos lucharon en su día contra nuestra emperatriz en el campo de batalla.

No tiene por qué avergonzarte el cambiar de lealtad en favor de la legítima heredera de la corona parijatdvipana.

No tiene por qué avergonzarte la certidumbre de que heredarás el trono de tu padre…

Una mano se cerró con rapidez en torno a la muñeca de Rao. Oyó el siseo de las espadas que desenvainaron sus hombres.

—Sabes algo de mi padre —dijo Kunal con voz tensa y los ojos bien abiertos—. Sabes algo de Saketa…, de la ciudad. Cuéntame lo que sabes, por favor.

—Sé que el ejército de la emperatriz Malini se enfrenta a él —respondió Rao sin perder la calma.

No se movió, no se encogió. Sus hombres aguardaban una señal, pero Rao pensó que no sería necesario darla—.

Lo único que puedo decirte es que deberías aliarte con la emperatriz Malini.

Lo único que puedo decirte es que, si quieres asegurar tu futuro, ese es el mejor camino. El único camino.

Kunal volvió a guardar silencio. Estaba temblando. Despacio, sus dedos liberaron la muñeca de Rao. Echó mano del agua. Dio un sorbo entrecortado, desesperado, en el que derramó bastante líquido. Le corrió el agua por el mentón. Volvió a bajar el frasco.

—Me aliaré con tu emperatriz —dijo al cabo—. He visto quién es de verdad el emperador Chandra. Lo haré. Por… por el bien de Saketa. Por nuestro futuro.

—Bien —dijo Rao—. Muy bien. Y ahora, come y descansa si puedes. Esta misma noche volveremos a ponernos en movimiento.

Le palmeó el hombro a Kunal con gesto ligero, pura camaradería amigable, y se puso en pie.

Se acercó al borde del pequeño campamento, lejos de la sombra del fuego. Uno de sus hombres estaba de guardia y afilaba las dagas contra una piedra, levantando chispas.

—Está mintiendo, mi señor —murmuró el hombre.

Rao asintió de manera casi imperceptible.

—Ve a comer —dijo—. Yo me quedo de guardia.

—No has comido aún, mi señor.

—Ya comeré luego —dijo.

Rao se quedó en el sitio, contemplando la oscuridad. No tenía hambre. Sentía en el estómago el peso de lo que lo aguardaba camino adelante, de lo que tendría que hacer.

Bien sabía el dios sin nombre lo mucho que Rao no quería hacer lo que era necesario. Pero ni la necesidad ni el dios sin nombre tenían la menor clemencia por el corazón demasiado tierno de un hombre.

Lo primero que vio Rao al acercarse a la fortaleza fue humo. Un humo que cubría de gris el cielo. Lo sentía entrando en los pulmones. Los hombres empezaron a toser. El príncipe Kunal parecía tan gris como el humo y la ceniza que los rodeaban. Él tampoco esperaba aquello.

Rao se cubrió la boca con el chal y siguió avanzando.

Cuando el grueso del ejército de Malini partió del emplazamiento que rodeaba la fortaleza saketana, dejaba a su espalda grandes planicies de hierba. También terreno rocoso, pero con algunos árboles.

De todo eso no quedaba ya más que tierra destrozada, abrasada por el fuego.

La pequeña partida de Rao se cruzó de inmediato con un grupo armado de soldados que llevaban los arcos tensados. Sin embargo, los bajaron en cuanto Rao anunció quién era.

Los llevaron hasta los restos del campamento. Un puñado de tiendas. Un grupo de hombres que deambulaba por ahí, tan escaso que Rao comprendió sin el menor asomo de duda cuán cerca estaba Aditya de fracasar por completo.

Kunal, las muñecas encadenadas y un brazo sujeto por uno de los hombres de Rao, temblaba.

Sin embargo, Rao no pensó en él en aquel instante.

Solo pudo contemplar a una figura que salió de una de las tiendas, vestida con una armadura que había visto días mejores.

Tenía el pelo algo desastrado por no cuidárselo y por los roces demasiado cercanos con las llamas. La piel estaba bronceada por el sol.

—Rao —llamó Aditya, tras lo que no hubo pausa alguna para intercambiar formalidades o reverencias, para que Rao dijese “príncipe Aditya” y le explicase el porqué de su presencia allí.

Lo único que pasó fue que Aditya le dio un abrazo aplastante, que Aditya le susurró entre los cabellos—: Sabía que vendrías.

—Por supuesto —dijo Rao con voz ahogada. Aquello era lo correcto. Era allí donde tenía que estar—. Por supuesto, Aditya.

Mahesh parecía cansado, con un aspecto de viejo que nunca había tenido antes. Su mirada se hundió visiblemente al enterarse de que Rao no traía refuerzos.

—No duraremos mucho más —dijo Mahesh a las claras—. ¿No nos has traído nada, príncipe Rao?

Rao negó con la cabeza.

—La emperatriz no podía prescindir de nada.

—Entonces rezo para que tome Parijat con rapidez —dijo Mahesh.

Miró a Aditya y añadió—: Hoy mismo hemos tenido una escaramuza.

Esos sacerdotes guerreros no se rinden. No dejan de arremeter con flechas y espadas de fuego y con sus cuerpos contra nosotros.

Son capaces de todo, siempre que crean actuar según los dictados de las Madres.

Otra escaramuza como la de hoy y me temo que los hombres del gran príncipe romperán nuestro asedio.

—El Señor Mahesh está en lo cierto —dijo Aditya en tono quedo—. Nos quedan muy pocas fuerzas.

—Habéis impedido que salgan del bastión y que avancen hacia Parijat. Eso ha supuesto una ayuda de valor incalculable. Pensaba que no lo conseguiríais. —Aditya le lanzó una mirada y Rao añadió—: Pensaba que nadie podría conseguirlo.

—Es menos ayuda de lo que piensas. —Aditya se apartó el pelo de la cara.

Su mano le dejó una mancha de mugre y sudor en la piel—.

El laberinto de ese bastión…, hay que atravesarlo para llegar hasta el gran príncipe y poner fin a todo esto.

Y Rao, solo puedo enviar pequeños contingentes, pero todos han caído rápidamente.

A pesar de los costes de esta guerra, de las vidas que hemos sacrificado para mantenerlos a raya, aún siguen escapando del bastión.

De algún modo, se las arreglan para hacerlo. No podemos detenerlos.

Aditya lo miró a los ojos. En su mirada se veía un cansancio infinito.

—Sus fuegos se extinguen. Sean lo que sean esas llamas que tienen, mi hermana estaba en lo cierto. Pero lo que no se les acaba es el agua. Ni la comida. Por otro lado, la nuestra…

Rao asintió sin pronunciar más palabra. Maldijo para sus adentros. Tendría que haber llevado suministros. Pero solo había llegado hasta allí tan rápido porque no llevaba carga alguna. Incluso llevar al príncipe Kunal lo había retrasado más de lo que habría deseado.

De pronto reparó en el peso del brazo que llevaba a la espalda. Lo embargó la vergüenza. ¿Cómo podía haberse olvidado de algo tan importante? Tendría que haber sido lo primero que le contase a Aditya, pero ver a su viejo amigo lo había desarmado.

—Señor Mahesh —dijo—. He de hablar con el príncipe Aditya en privado. Mis disculpas.

Mahesh asintió y se marchó con una rapidez que sorprendió a Rao. Sin embargo, Aditya esbozó una sonrisa algo triste y dijo:

—Ahora solo descansamos cuando se puede. ¿Ocurre algo, Rao?

Rao sacó la caja, que había llevado atada a la espalda durante todo el viaje, y la colocó en el suelo frente a Aditya.

—En cierta ocasión me mostraste una visión del sin nombre —dijo en el silencio que siguió—.

Una llegada. Una llegada inevitable. Y aquí…

aquí está la prueba. Los yaksas van a regresar.

Sus restos vuelven a cobrar vida. Tú tuviste la visión, Aditya.

A mí me han dado la prueba. Pero creo… creo que en realidad tenías que verla tú.

Abrió la caja con un chasquido. Aditya se inclinó y miró dentro.

Soltó todo el aire en un sonido suave y reverente.

Los ojos de Aditya refulgieron. Detrás de toda la mugre y el polvo, Rao vio en él tanto al príncipe como al sacerdote.

—Mi propósito —murmuró Aditya—. He estado esperando todo este tiempo, y aquí está al fin. Una guerra mucho mayor de las que estamos luchando aquí. Una guerra que me llama.

—¿Qué vas a hacer ahora que lo sabes? —preguntó Rao a su vez, tan quedo como él.

Aditya bajó la cabeza. Siguió un largo silencio que Rao fue incapaz de descifrar.

—Ganaremos aquí —dijo al fin—. Ganaremos, a sabiendas que el dios sin nombre tiene un propósito mayor reservado para nosotros. Y luego nos enfrentaremos a lo que viene.

Rao asintió, extrañamente aliviado. Aquello no era el fin. No podía ser el fin. El dios sin nombre se lo había prometido.

—Si tienes que orientarte dentro del fuerte —dijo—, tengo a alguien que podría serte útil. Pero hará falta… convencerlo.