Capítulo Cuarenta y ocho
PRIYA
Harsinghar apareció en la lejanía. El ejército no se detuvo a con templarlo, pero Priya, tras el cuerpo del auriga, captó atisbos de mármol blanco y chapiteles dorados.
Sintió la llamada de árboles antiguos de grandes ramas colgantes y raíces lo bastante cercanas a la superficie como para sentir los pasos por encima, o el sol que brillaba sobre ellas.
Cerró los ojos e intentó no sentir nada más que el verdor: los árboles, las flores y las suaves enredaderas que circundaban ventanas y columnatas.
Cada resquicio de verdor entonaba una canción reconfortante.
Estaba rodeada de armas. Podía hacer lo que Malini le había pedido. Podía sobrevivir a aquello.
—Deberías abrir los ojos —dijo Sima.
—Aquí no tengo que impresionar a nadie —dijo Priya, lanzando aún la consciencia hacia el verdor.
—No, Pri. Mira.
Priya abrió los ojos.
Un mar de resplandecientes tonos blancos y dorados se extendía hasta donde alcanzaba la mirada.
El ejército parijati rodeaba la ciudad formando un brillante muro de armaduras iluminadas por el sol. Enormes banderas parijatdvipanas de franjas doradas y blancas se agitaban bajo la brisa. Estaban a la espera.
Las llamas iluminaban sus sables, alzados sobre los soldados.
—No parece que el emperador esté dispuesto a negociar —comentó Sima.
—No. —A Priya se le secó la boca. Se pasó la lengua por los labios e inspiró aquel aire en el que ya flotaba el olor del fuego—. No me daba la impresión de que le gustase negociar, la verdad.
—Sujetaos —dijo el auriga con tono lacónico—. Me han ordenado que os lleve tan cerca de las murallas de la ciudad como pueda.
Priya asintió con gesto brusco. Le rozó la mano a Sima.
—Mantén el escudo en alto.
—No te preocupes por mí —dijo Sima. Apretó la mano de Priya apenas un instante y luego la soltó—. Déjame preocuparme por ti aunque sea una vez.
Priya sentía miedo por Sima. Y por sí misma. En realidad, por todos ellos. El carro de guerra avanzó a trompicones. Ella contempló a los jinetes que las rodeaban. Casi todos eran vasallos de Ashutosh.
Sonaron las caracolas. La infantería echó a correr, levantando una polvareda con los pies. Priya oyó el estrépito rugiente de las botas y el metal, y… gritos. Por supuesto que hubo gritos.
Se le hizo un nudo el estómago. Cada vez que parpadeaba veía a la yaksa tras los ojos.
El carro dio una sacudida vertiginosa. El auriga soltó un juramento y viró con fuerza a la izquierda mientras un montón de soldados empezaba a apelotonarse tras ellos.
—¡Ya casi estamos! —exclamó el auriga.
Tenía la cara cubierta de sudor, pero fruncía los labios con gesto resolutivo. Priya soltó el aire y se agazapó en el suelo del carro de guerra. Sima se arrodilló a su lado, con un chirrido de la armadura.
Había una presión inusual en el aire. Una pesadez causada en el viento que aullaba contra las banderas, los cascos de los caballos que retumbaban en el suelo y los barritos de los elefantes.
—Me aseguraré de que no te toca nada —dijo Sima en un susurro, junto a Priya.
—A mí solo me preocupa una cosa —repuso Priya con la voz ya algo agitada, como si corriese a toda velocidad. No se había sentado en el suelo del carro junto a Sima, que seguía agazapada y con un gran escudo enganchado al brazo—. Si el fuego me toca…
—No te tocará —respondió Sima—. No lo permitiré.
Priya cerró los ojos.
—Tú y tu escudo, nada más. Vamos, Sima. No me pongas paños calientes.
—Y tú no subestimes mi fuerza —replicó Sima—. Tú y yo vamos a salir de esta. Vamos a sobrevivir.
—Si yo no…
—Priya, no…
—Si yo no lo consiguiese —dijo Priya con tono más firme—, quiero que tú estés bien. No mueras por mí. Pase lo que pase.
—Eres mi mejor amiga —dijo Sima con voz casi inaudible.
—Sima.
Ella le apretó la mano.
—No tienes tiempo para discutir conmigo.
Se puso de pie a la sombra del auriga y contempló el rabioso campo de batalla.
—El ejército se acerca —observó Sima.
Priya sintió una sacudida del carro. Oyó un estrépito de metal. Y gritos.
Vio el fuego que cruzaba el cielo en las alturas como una estrella fugaz.
Contuvo la respiración. La mantuvo dentro de su cuerpo, la soltó.
Inspirar, espirar. Inspirar, espirar, inspirar, espirar, como una ruega que gira, como si en lugar de intentar alcanzar el sangam, se dispusiera a agitar sus aguas, levantar una espuma violenta.
Echó un pie hacia atrás, una rodilla en el suelo.
Echó mano de la magia y la sostuvo.
Planes que había susurrado como si fuesen palabras de amor. Planes de batalla, en la oscuridad, junto a Malini. En aquel momento, a la luz del día, tendría que cumplirlos.
Esperaba que los hombres de Ashutosh fuesen tan valientes como había afirmado.
Priya le había preparado una armadura a Sima, pero para sí había preparado otro tipo de defensa. De detrás de las orejas se había colocado capullos de flor. Semillas cosidas y dobladas en el chunni y la túnica.
Semillas encajadas también en los brazales de las armaduras de los soldados.
En los cuellos y los turbantes, en yelmos y botas.
Tal y como Priya se lo había pedido, los hombres de Ashutosh habían accedido a llevar las armas de Priya encima.
Sí que habían sido valientes: habían confiado en la bruja que había salvado la vida de su señor. Bien.
Priya empleó toda su fuerza.
Las semillas y capullos empezaron a crecer. De las mangas de Priya brotaron espinas que le derramaron gotas de sangre de brazos y hombros. Sintió un dolor que la centró.
La aterrorizaba el tipo de poder que necesitaría para tomar aquella ciudad.
Sin embargo, hasta que llegara el momento en que la batalla estuviese perdida a todas luces, hasta que no hubiese alternativa, Priya podía recurrir a algunos viejos trucos.
Romper la tierra. Lanzar raíces. Lanzar andanadas de espinas y ramas para que pinchasen y atasen al enemigo.
¿Qué era la tierra, el mero suelo, comparada con el peso de un río?
La tierra se abrió, una franja que bien podría haber causado un rayo.
De su interior salieron disparadas espinas que se expandieron en abanico con el elegante patrón de las venas que recorrían una hoja.
Priya tuvo que mirar; se puso de pie, agarrada al borde del carro mientras alzaba la otra mano… y apuntó con sus poderes.
Espinas y raíces se alzaron de las profundidades del suelo.
Aquellas raíces atraparon piernas y cuerpos.
Las espinas penetraron en la carne, apuñalaron extremidades y luego tiraron con violencia hacia el suelo.
Los cuerpos caían. Sima se giró hacia el lado, con el escudo en alto para mantenerlas a salvo.
Por los huecos que dejaban el escudo, la armadura y la sombra protectora de Sima, Priya vio que las espinas crecían de las armaduras de los vasallos saketanos.
Si estaban aterrados o temían los poderes de Priya, no dieron muestra de ello. Se limitaron a avanzar.
El ejército de Chandra disponía de fuego consciente. Sin embargo, las plantas de Priya tenían mente propia. Y aunque no resistiesen el fuego, siempre podían salir disparadas como flechas y hendir la carne del enemigo. Podían romper una garganta, una columna.
Cuanto más se esforzaba Priya, con más fiereza luchaban los hombres de Ashutosh. Los látigos resplandecían al aire y trazaban arcos de sangre a su paso.
Se le empezó a nublar la vista. Cerró los ojos una vez más y se concentró.
Seguían cayendo flechas ardientes. Priya sintió un impacto en el suelo junto a la rueda, a su izquierda. El fuego subió dibujando un arco. Sima soltó una maldición e interpuso el escudo hacia abajo en un intento de bloquear las llamas. El carro entero cimbreó.
Una violenta sacudida recorrió el vehículo.
Priya oía el estruendo y los gritos de la batalla. Más y más alto.
—¿Estamos perdiendo? —preguntó.
—¡No tengo ni idea! —contestó a gritos Sima mientras se agachaba. Alzó más el escudo, por encima de las cabezas de ambas. Frente a ellas, el auriga soltó un juramento.
A lo lejos, Priya oyó un lamento de caracolas. Un coro.
Habían capturado a la emperatriz.
“Malini”, pensó Priya. Fue un pensamiento impotente, como una llamada al vacío.
Parte de sí no había creído realmente que Malini fuese a permitir tal cosa. Pero Malini le había dicho que lo haría, y llevaba mucho, mucho tiempo sin mentirle.
—Llévanos algo más cerca de la ciudad —le gritó al auriga, que se apresuró a asentir.
—Tienen más fuego —gritó.
Sima miró a Priya y le dijo al auriga:
—Creo que tenemos que… evitar…
Sus palabras se vieron interrumpidas. Un enorme goterón de fuego impactó en el suelo justo frente a ellos. El carro de guerra salió despedido. Priya sintió el azote del viento caliente en la cara.
Uno de los vasallos de Ashutosh cayó del caballo y rodó bruscamente por el suelo con un terrible grito embargado por el pánico.
Priya cerró los ojos con fuerza y alcanzó el verdor que el soldado tenía enredado en la armadura.
Lo agarró con su magia y arrastró al soldado lejos de las llamas gracias a la tierra, el verdor y todo lo que pudo utilizar en aquel instante, en ese mismo aliento.
Abrió los ojos, que quedaron deslumbrados por la luz del fuego, y vio que otro soldado se inclinaba desde el caballo y agarraba al caído en un movimiento desesperado, para luego auparlo con toda celeridad.
“Van a morir todos”, pensó Priya con algo parecido al terror.
Volvió a extender la consciencia, a llegar a todo el verdor que pudiera sentir, para invocar una ola que hiciese retroceder a aquellos hombres, que los apartase de las llamas.
Brotaron terrones de tierra, como olas, que los resguardaron en cierta medida.
“Retroceded”, pensó. “Toda la fuerza con la que contáis no es nada comparada con ese fuego…”
Hubo otro estallido que reverberó en los oídos de Priya.
Oyó el grito de Sima, su voz convertida en una campana distante.
Antes de que el calor llegase siquiera a tocarla, aunque se abalanzaba sobre ella, con el brillo dorado del fuego, se abalanzaba…
, Priya alzó una mano en el aire. Interpuso la tierra frente a ellas, un muro oscuro, una ola, que no fue suficiente. No fue suficiente.
La tierra se sacudió. Había hecho demasiado. Ya era demasiado. El carro rodó y los caballos chillaron.
Y cayeron, cayeron, cayeron…
Priya regresó a las aguas cósmicas. A aquellos brazos que la aguardaban.
—Retoño —susurró la yaksa—. Hora de pagar las deudas.