La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y siete
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Capítulo Cuarenta y siete

CHANDRA

Chandra tenía el mismo sueño una y otra vez.

Se encontraba en medio de un campo. Era de noche y el campo era de color negro a sus pies, cubierto de cenizas ardientes, bañado por la luz de las estrellas.

A su alrededor había mujeres que llevaban vestimentas rojas de boda, coronas de fuego que resplandecían en sus cabezas.

Había tantas mujeres que era imposible contarlas, la muchedumbre se extendía hasta la lejanía.

—Te estábamos esperando —decía una de ellas, con vaharadas de humo a sus pies.

Siempre era igual: lo dominaba el alivio. El júbilo. Estaba donde debía estar. Las conocía y ellas lo conocían a él.

Se postró de rodillas.

—Madres —dijo, con voz ahogada—. Madres de las llamas. Estoy aquí. Decidme qué deseáis y lo haré.

—Oh, Chandra —respondió otra, con tono compasivo—.

No somos las Madres. Las Madres no esperan a recibirte con gloria.

No eres el elegido. Los cuentos que te cuentas a ti mismo no son verdaderos solo porque así lo quieras.

¿Acaso te obedece la marea? ¿Y las fases de la luna?

No. ¿Por qué habría de imbuirte de gloria un destino implacable?

¿Solo porque crees que debes alcanzar la gloria?

—No eres el elegido —dijo otra voz. Dulce, displicente. Casi la reconoció. La había oído antes, en el palacio. Era la voz de una chica que caminaba junto a su hermana, ¿podía ser?—. Tus Madres han hablado. El dios sin nombre ha hablado. Y tú haces oídos sordos.

—Soy el elegido —insistió, y el viento ceniciento se llevó su voz y dejó su boca vacía. Susurró—: Lo soy. Me guía mi fe. Mi fe me protege.

—Fe. —Una de ellas se echó a reír.

—Fe —repitieron las otras.

—No hay nada en lo que depositar la fe, Chandra. Solo existe el vacío.

La figura se cernió sobre él. La corona goteaba fuego como si de agua se tratase. Le corría por la cara, que estaba vacía. No había nada y al mismo tiempo lo había todo.

—Estamos esperando —dijo la figura—. En el vacío, Chandra. En el vacío te esperamos.

El fuego llegó hasta la boca de Chandra. La abrasó, caliente, salvaje, agónico. Llegó a los pulmones, el vientre, las vísceras.

Chandra despertó con un aullido.

Uno de sus señores leales le dijo en presencia de la corte que debería liderar el combate contra su hermana.

—Tienes que aventurarte extramuros, emperador —pidió en tono desesperado—. No acudiste al Veri, pero has de defender Harsinghar. Tus hombres te necesitan.

—El lugar de un emperador está en su mahal —espetó Chandra—. No en medio de la mugre de la batalla. No abandonaré mi trono.

—Emperador, no sería abandonarlo —objetó el hombre—. Tu padre lideró a sus hombres a la batalla. Su padre antes que él…

—¿Acaso soy yo mi padre? —retumbó Chandra. El cansancio y la furia entremezclados le nublaban la visión—. ¿Acaso soy yo el emperador que se denigra, que se rebaja al nivel de quienes no tienen la sangre de Divyanshi? No.

Silencio. El señor hizo una pronunciada reverencia y bajó la vista.

“No pienso dejar mi trono”, pensó Chandra, con aire agresivo. “Es mío por obra de las Madres, del destino, de la sangre”. Le aterrorizaba la idea de que, si se alejaba del mahal, si salía de aquel salón, si dejaba el trono, que era su caparazón de poder, no le quedaría nada. No sería nada.

—Quitaos de mi vista —dijo—. No merecéis estar en mi presencia. Marchaos. Todos.

Los señores se fueron a la carrera. Chandra se llevó las manos al rostro y lloró.

Fue al templo.

Antes incluso de que Hemanth lo hubiese tomado bajo su tutela, el templo había sido su lugar de descanso.

Jamás había evitado rezar, como sí lo había hecho Aditya.

Jamás había dejado que las palabras del Libro de las Madres le resbalasen como agua, con una sonrisa, haciendo caso omiso de cada súplica del sacerdocio para que se quedase a aprender lo que significaba servir a Parijatdvipa.

No. A diferencia de su hermano, él había leído el Libro de las Madres una y otra vez para sí.

Había ido por propia voluntad a rezar en el templo imperial mientras su hermana y su madre preparaban guirnaldas en el altar.

Las había contemplado a ambas: la esbelta figura de su madre mientras colocaba las flores, junto con la de su hermana, aún más esbelta, a su lado, con aire devoto. Había pensado en ambas ardiendo y la idea había despertado algo en su interior. Una sensación de paz, de corrección.

Una vez se lo contó a su madre. Y ella lo miró como si fuese un extraño.

Hemanth jamás lo había rechazado. Hemanth siempre había visto quién era Chandra, lo había moldeado para ser un hombre digno de su nombre.

Le había dado a Chandra una fe sencilla y pura, tan clara como el cristal.

Los parijatis eran los elegidos de las Madres.

Chandra pertenecía a un linaje sagrado y tenía un propósito sagrado.

El único camino justo para el imperio yacía en su corazón y en sus manos.

Chandra se sentó en un banco en los jardines. Bajo los árboles, a la suave luz del sol. Bajó la cabeza y la enterró entre las manos.

Oyó a Hemanth acercarse, el suave rumor de su túnica. Sintió que la mano de Hemanth se apoyaba en su frente. Tierna.

—El mundo —dijo Chandra en medio del silencio— es más extraño y cruel de lo que yo imaginaba.

El sacerdote guardó silencio.

—Deberías haberme contado tus miedos —añadió Chandra—. Todo lo que decían tus sacerdotes. Deberías habérmelo contado hace mucho. ¿Por qué no me lo contaste?

—Porque —respondió el sumo sacerdote mientras le acariciaba el pelo a Chandra— sabía que reaccionarías así. Que temerías a los yaksas más de lo que jamás has temido a un mortal. Más que a cualquier rey vasallo que proclamase falsamente ser tu igual.

—Yo no le temo a nada —repuso Chandra con tono ahogado, consciente de que era mentira.

—Siempre has deseado orden y sentido. Y yo me he esforzado por darte ambos. La fe ha sido tu armadura, la estrella que te guía. Siento que el cielo esté repleto de malos augurios.

Chandra soltó un aliento tembloroso. Al menos tenía a Hemanth, pero hasta la lealtad de Hemanth era imperfecta. Sin embargo, Hemanth lo amaba y él amaba a Hemanth a su vez. Hemanth era mejor que toda la familia que había tenido Chandra. Podría perdonárselo. Lo perdonaría.

—Lo haré —dijo Chandra al fin—. Les diré a mis hombres, a mis guerreros, que la capturen. Que me la traigan. Y luego… la convenceré. —Se le estranguló la voz con aquella palabra. Convencerla. ¿Esperaba que le suplicase? No pensaba hacer tal cosa.

—Mi emperador es sabio —dijo Hemanth—. Siempre lo he sabido.

—A veces sueño con las mujeres que han ardido para salvar Parijatdvipa —confesó Chandra—. Sueño que… se ríen de mí. Me dicen que voy a ir con ellas. Que las Madres no me han elegido.

Cerró con fuerza los ojos para contener las lágrimas de furia.

—Dime que esos sueños son falsos. Las Madres me eligieron, ¿verdad? —preguntó, a sabiendas de que su voz sonaba a súplica, aunque le daba igual—. Soy yo quien derrotará a los yaksas, ¿verdad? ¿Remodelaré el imperio para que alcance la grandeza? ¿Haré que Parijat ascienda?

—Las Madres te han creado —respondió Hemanth—. Tu fe, tu idealismo, tu visión de un mundo mejor y el arrojo con el que intentas alcanzarlo. Sé el hombre que te han creado para ser, Chandra. Cruza las murallas. Ve a por tu hermana.

Él lo pensó. Cruzar las murallas. Su fuego en una espada, en sus manos.

Como una puñalada, una imagen volvió a él: la mujer quemada, sin rostro. La risa.

“En el vacío, Chandra. En el vacío te esperamos”.

—Enviaré a mis hombres —dijo pese al aturdimiento que lo embargaba, una sensación parecida al calor de una pira—. Me reuniré con ella ante el fuego sagrado. Y ahí reclamaré mi destino. Tal y como han decidido las Madres.