La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y seis
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Capítulo Cuarenta y seis

KUNAL

—¿ Así es como he de enterarme? —susurró Kunal—. ¿ En se creto, por boca de mi hermana?

Varsha tenía el rostro demudado.

—No te lo va a decir, hermano —dijo. Se refería al emperador—. Yo ni siquiera debería saberlo. Si no lo hubiese oído hablando con el sacerdote, yo tampoco sabría nada.

Saketa se encontraba bajo asedio. Cientos de los hombres leales a su padre habían muerto, muchos de ellos a causa del mismo fuego que el emperador Chandra les había asegurado que sería su arma imbatible.

—Tengo… tengo que regresar a casa —dijo Kunal—. Tengo que ir a proteger a padre. A proteger a Saketa. He de hablar con el emperador.

—Jamás te permitirá marcharte —dijo Varsha.

Estaba ruborizada y no dejaba de mover las manos en el regazo.

Parecía a punto de llorar, cosa que Kunal sabía que no era señal de nerviosismo, sino de rabia—.

Quizá te permita marchar una vez que padre haya hecho todo lo que le ha pedido, cuando el príncipe Aditya haya muerto y la princesa Malini haya sido derrotada, pero no lo sé. No lo sé.

—Si esperamos, no quedará nada de Saketa.

Pensó en la falta de humanidad del emperador, en la timidez creciente de su hermana, que se volvía deliberadamente más y más pequeña, hasta quedar borrada. En el olor constante a humo. A hoguera.

—Podemos irnos juntos —dijo de manera impulsiva—. Podemos irnos a casa, Varsha. Padre nos protegerá cuando lleguemos. A fin de cuentas, ¿qué beneficios le está dando ahora el emperador en realidad?

—Hermano —la interrumpió ella—. Ya llevo un hijo suyo en las entrañas.

Un latido de silencio.

—Oh —logró decir Kunal.

—Pero sea como sea, no puedo marcharme de aquí.

Soy su esposa. Le pertenezco, ¿lo entiendes?

Padre cerró un trato y yo he de respetarlo.

Pero si le doy un hijo, un futuro emperador de Parijatdvipa…

—Mantuvo la mirada cruzada con su hermano—.

Si me gano su afecto y confianza, si quiere recompensarme, Kunal, no hay límite en todo lo que podría ganar Saketa.

—Crees que no debería ir a ayudar a padre —dijo Kunal al fin—. Crees que debería quedarme aquí, donde el emperador quiere que esté. Un… un rehén venido a más, rehén en todos los aspectos menos en el nombre. ¿Eso es lo que crees de verdad, Varsha?

—Has de hacer lo que creas que es correcto —dijo ella, bajando los ojos—. ¿Qué… qué puedo hacer para detenerte?

“Pues decirle a tu esposo que me he escapado”, pensó él. “Decir una sola palabra delante de esas criadas que ha mandado a espiarte”. Pero no, no tenía sentido darle ideas. Por más simplona que fuera, Varsha sabía que no debía hablar de aquello delante de nadie más que su hermano, su familia.

Escapó del mahal gracias a un par de sobornos. Solo se llevó consigo un puñado de guardias y el caballo. Se fugó en plena noche. Viajó aprovechando la oscuridad, la luz de las estrellas. Estaba resuelto a llegar a casa, a ayudar a su padre.

La suerte le duró casi una semana.

Luego se cruzó con unos desconocidos en el camino. Un grupo de hombres a caballo.

—Amigos —dijo Kunal con un asentimiento—. Si me permitís pasar…

No se movieron.

—No te acerques más, amigo —repuso el hombre que iba sobre el caballo más rápido. Al igual que sus compañeros, llevaba ropas sencillas, una sencilla túnica gris con dhoti. Tenía un rostro tan agradable como olvidable, y ojos grandes y alertas—. ¿Qué te trae por aquí?

—Nada de tu incumbencia —dijo Kunal, alzando el mentón.

—No es más que una pregunta sencilla —gruñó otro de los hombres.

Él no quería pelear. Lo que quería era cabalgar tan lejos como pudiera, tan rápido como pudiera, hasta regresar junto a su padre.

—Me voy a casa —dijo Kunal a regañadientes.

—A casa —repitió el desconocido. Paseó la vista por el tono verde de la túnica de Kunal, los atisbos de bordados en metal que destellaban entre la seda.

Kunal se estremeció. Había pensado que llevaba ropa modesta, tan anodina que sería invisible, al salir del mahal imperial.

Sin embargo, a ojos de aquel desconocido, comprendió que su túnica era inconfundiblemente saketana.

Que el cinto estaba diseñado para llevar látigo, aunque no tuviese ninguno a mano.

Que el metal de su chaqueta, aunque no fuese plata ni oro, conservaba un lustre pulido que resplandecía como un faro encendido.

—Tienes pinta de que tu casa está más allá de la frontera —dijo el desconocido.

—No es ningún crimen ser de Saketa —replicó Kunal—. Y tú, amigo…, me parece que tú también estás lejos de casa. Muy lejos.

—Oh, muy lejos —convino el desconocido—. Bien, si somos viajeros, ¿qué te parece si compartimos una comida? Mis hombres planean descansar. Eres bienvenido entre nosotros.

—Una comida —repitió él—. Estaría más dispuesto a aceptar si tus hombres bajasen las armas.

—Tus hombres no han bajado las suyas —repuso el desconocido—, así que me temo que no será posible.

—Dejadme pasar —insistió Kunal.

—Te diriges a la ciudad de Saketa —dijo el desconocido. Como Kunal no dijo nada, el tipo asintió para sí—. Dime cómo te llamas, por favor.

—Sunil —respondió Kunal.

—Yo tenía un amigo —dijo el desconocido, como si Kunal no hubiese hablado—.

Era un príncipe inferior de Saketa. Entrené con él muchas veces.

Y pasé algún tiempo en su casa. A veces, otros nobles llevaban a sus hijos de visita mientras yo estaba allí.

En Saketa hay príncipes inferiores hasta debajo de las piedras.

—Una pausa—. Reconozco tu rostro, príncipe Kunal.

Kunal debería haber espoleado el caballo. Debería haber echado mano de la espada.

Pero lo superaban en número y estaba cansado, asustado. No pudo.

—Me temo que vas a venir conmigo —dijo el desconocido. Sacó un chakram de la cintura. Tenía mirada amable, casi contrita, al alzar el arma al aire—. Te ruego me disculpes, pero no puedo dejarte machar.