Capítulo Cuarenta y cinco #3
Priya encontró a Sima sentada con Lata. Cuando se acercó, Lata se puso de pie y le hizo a Priya un asentimiento a modo de saludo antes de alejarse.
—¿De qué estabais hablando? —preguntó Priya.
Sima negó con la cabeza.
—Da igual. ¿Qué sucede, Pri?
Priya dio un paso al frente y se arrodilló.
—Por favor —rogó Priya—. No me sigas a la siguiente batalla. La última fue… dura.
—Terrible —convino Sima.
—Esta será peor —advirtió Priya. Había visto el semblante de Malini angustiado, casi destrozado ante la idea de que tanto el éxito como el fracaso estaban muy cerca, pero que este último se acercaba aún más—. Me… me sentiría mucho mejor si no entrases en batalla. Como la Señora Deepa.
—Yo preferiría ser como la Señora Raziya —repuso Sima—. Y liderar mi propio ejército diminuto.
Sima se acercó a Priya.
—Me hiciste una promesa, Pri —añadió con voz tranquila, firme—. Me prometiste que estaría a tu lado en la próxima batalla. Bueno, pues la próxima batalla ya está aquí.
—Sí que lo está, sí.
—Y no pienso permitir que rompas esa promesa. Puedes decir lo que quieras, pero voy contigo.
—Sima —murmuró Priya, impotente.
—Es elección mía —dijo con un tono que no admitía objeciones. Aun así, la contempló con atención, a la espera de su respuesta.
—Esta vez no acudirás desprotegida a la batalla —dijo Priya al fin—.
Nada de echar mano de un escudo en el último minuto, ¿de acuerdo?
Y con el arco no bastará. Tenemos que darte algo más.
Algo mejor. No podrás acudir a mí, así que tendremos que asegurarnos de que puedes protegerte a ti misma. Yo me encargaré de arreglarlo todo.
Sima sonrió y le dio un golpecito en el brazo a Priya.
—Gracias —dijo.
—No hay por qué darlas —respondió Priya—. Nos protegemos la una a la otra.
En la última etapa del viaje del ejército hasta Harsinghar, Priya se acercó a Ashutosh. Le ofreció la reverencia que le haría a un igual, hombros rectos y cabeza inclinada. Rodeado de sus hombres, Ashutosh se inclinó a su vez, con expresión cautelosa.
—Príncipe Ashutosh —dijo Priya—. Me debes un favor.
Él entrecerró los ojos.
—Por supuesto que no te debo nada.
—Te salvé la vida. —Le sonrió en un intento de parecer encantadora…, aunque solo consiguió que Ashutosh crispara las cejas. Quizás había compuesto una expresión de repugnancia—. Vamos, ambos somos líderes de un ejército, ¿no? Somos compañeros. Guerreros al servicio de nuestra emperatriz.
Él ensanchó las aletas de la nariz.
—Dime qué quieres.
—Una armadura —respondió ella—, para mi compañera ahiranyi. Una armadura que la mantenga con vida.
Un latido.
—Y algo más —añadió—. Algo para la batalla. En caso de que seas lo bastante valiente y creas que tus hombres estarán dispuestos a trabajar con la bruja ahiranyi que les ha salvado la vida.
—Deja de hablar de salvar vidas, te lo ruego —murmuró él, y a continuación dijo—: Habla. Y no vuelvas a poner en duda el valor de mis hombres.
Uno de los hombres de Ashutosh a los que había curado en Saketa era bastante bajito. Tenía una armadura de sobra, algo hendida pero utilizable. Se la dieron a Priya para que la usase Sima.
Fue Priya quien ayudó a Sima a vestirse, a atar las placas por encima del salwar kameez, ajustando nudos fuertes entre la tela y el metal para mantenerla en su sitio.
—Deberías haber pedido algo igual para ti —dijo Sima.
Priya negó con la cabeza.
—Yo ya llevo armadura —replicó.
Además, ni Ashutosh ni nadie del ejército tenían nada que pudiese protegerla del fuego. Lo único que la había salvado en Saketa había sido la yaksa que llevaba puesta la cara de Bhumika… la magia yaksa en su interior.
No estaba segura de querer que la salvase de nuevo.
Pero haría todo lo que tuviera que hacer. Aquel día, Sima y ella subieron al carro. Lata las observó con un tinte oscuro en los ojos y el chal bien sujeto alrededor de los hombros con manos tan apretadas que los nudillos estaban blancos.
—¿No te necesita la emperatriz? —preguntó Priya.
—La emperatriz ya se ha despedido de mí, y de todas nosotras —dijo Lata—. Incluyéndote a ti. He tratado de disuadirla otra vez, al igual que lo ha intentado la Señora Raziya.
Miró a Priya a los ojos.
—Debería haber sabido que, si no pensaba luchar a tu lado, tampoco nos aceptaría a ninguna de nosotras.
—Cómo sois las sabias —dijo Priya con una sonrisa—. Siempre me habían hablado de vuestra clarividencia.
—Es el don y la maldición de todos los que buscan el conocimiento —respondió Lata con tono cortante—. Quizá volvamos a vernos, mayor Priya.
La gravedad se había adueñado por completo de su semblante.
—Espero que nos volvamos a ver —añadió—. Pero he de admitir que nuestra situación parece bastante funesta.
Priya quiso decir algo valiente, o quizá gracioso. Quiso echarse a reír, mostrar los dientes, decirle a Lata que por supuesto que iba a sobrevivir, que no había necesidad de decir ‘quizá’. Pero sabía cómo estaban las cosas, al igual que Lata. Así que eso fue lo que dijo:
—Quizá.
Lata inclinó la cabeza y dio un paso atrás. El auriga chasqueó los dientes y alzó las riendas. Se pusieron en movimiento, el carro aceleró por el terreno, rodeado del estruendo de un ejército al completo.