Capítulo Cuarenta y cinco #2
Sus fuerzas combinadas nos darán la oportunidad de hacernos con Harsinghar, aunque nuestras esperanzas son…
pocas. Chandra está preparado. Sabe que mi ejército está diezmado.
Cuenta con el fuego antinatural. Pero yo… , yo te tengo a ti.
Una pausa. Un aliento.
—Si todo lo demás falla, Priya…, si no hay nada más que hacer, he de pedirte que actúes.
Que uses tus poderes para ayudar a mi ejército a vencer.
—Malini la apretó con más fuerza contra sí, le agarró la tela casi con un espasmo—.
Si muero, o si me pierdo… al menos sabré que no vas a permitir que mi hermano se quede con el trono.
—No puedes depositar tanta fe en mí —dijo Priya de inmediato. “No estoy a la altura de lo que crees que soy”, pensó—. Y te lo he dicho…, te lo he mostrado…, el fuego puede hacerme daño…
—Podemos prescindir de algunas fuerzas aloranas que te protejan —dijo Malini—.
O saketanas. Lo que necesites, Priya. Su misión será defenderte.
Un semicírculo de escudos y arqueros que cuente también con guerreros con látigos o dagas y que mantengan a raya las fuerzas y el fuego de Chandra.
Y si puedes poner en práctica tus poderes a través de una barrera…
—No puedo derrumbar una ciudad entera —se apresuró a decir Priya. El corazón volvía a martillearle. El peso de Malini contra sí casi la ahogaba. No podía hacer lo que Malini quería. No podía—. Apenas sobreviví a manipular el río, Malini…
Dejó morir la voz. Malini seguía apoyada contra ella. Era, comprendió Priya, como si Malini temiese que, si la soltaba, Priya fuese a desvanecerse por completo.
—Será el último recurso —dijo Malini.
Priya respiró y sintió un dolor sin nombre en los pulmones.
“¿Cómo puedes mirarme con tanta ternura y pedirme que muera por ti?”
—¿Qué habrías hecho si no hubiera venido? —preguntó Priya—. ¿Qué habría pasado?
—Me habría enfrentado a cada batalla con todo lo que tengo —respondió Malini—.
Habría luchado con la fe y la lealtad de Mahesh.
Habría visto a Rao intentar darme la espalda y volver a la luz de mi hermano una y otra vez.
Y habría seguido luchando, Priya, por todo lo que quiero, por todo lo que merezco. Y habría perdido.
Cerró los ojos tras un parpadeo.
—Aún puedo perder. Pero no puedo permitir que Chandra venza. Que sea Aditya quien se siente a la fuerza en el trono, si así ha de ser. Que yo muera, pero que Chandra no venza.
Malini le pedía que usase un tipo de poder del que carecía.
El tipo de poder que había usado en el río…
Provenía de los yaksas. Se lo otorgaban los yaksas. Y lo hacían a cambio de un precio.
La yaksa del sangam había querido algo de ella. La yaksa la había obligado a jurar que entregaría… algo. Más de lo que tenía. Más que su corazón.
¿Qué le quedaba por entregar? ¿Qué podrían querer de Priya los yaksas, que estaban más allá del mundo, que habían desaparecido, a cambio de la fuerza para ganar la guerra de Malini?
¿Y estaba Priya dispuesta a entregarlo?
—No puedo creer que tengamos esta conversación así —dijo Priya al cabo.
—¿Así cómo?
—Contigo aferrada a mí.
—Yo no estoy aferrada a ti.
—¿En serio?
—“Aferrada” no suena muy digno. —Malini sonaba contrariada.
A pesar del miedo, a pesar de todo, Priya sintió una punzada de ternura. Rodeó la cintura de Malini con una mano. Quizá Malini pensó que quería apartarse de ella, porque la agarró con más fuerza y le clavó las uñas en el vientre, con la tela arrugada entre las manos.
—Si no puedo aferrarme a ti, no puedo aferrarme a nadie —dijo Malini con un hilo de voz—. Y aquí, ahora, ¿qué más puedo hacer?
“Ay”. Priya tragó saliva.
Qué solitario era tener poder. Qué solitario.
De pronto, Priya se alegró de tener aquel hogar que había dejado atrás.
Del mahal desastrado del regente. De tener a Billu, que reinaba en las cocinas; de las miradas de Khalida.
De tener a Ganam, gruñón, firme y seguro; e incluso de tener a Kritika, con aquel fanático deseo de crear un mundo mejor.
De tener a Rukh, que cada día estaba más alto y fuerte, más seguro de sí mismo por día que pasaba; mientras Padma aprendía a mover las piernas diminutas y a formas la sombra de las palabras, mientras agarraba el mundo con los dedos como si hasta el último fragmento fuese una maravilla.
Quizá para cuando Priya regresase a casa, Padma ya caminaría bien.
Y hablaría. Por más miedo que tuviese por su familia, sobre todo por Bhumika, aún albergaba la esperanza de que la esperase algo dorado y verdadero.
—Entonces agárrate a mí —dijo Priya, y llevó los labios a la ceja de Malini, a la mejilla, a la mandíbula. La llevó hasta la cama.
Horas después, en la oscuridad que sobreviene cuando las velas ya se han apagado, Priya se giró por fin y presionó la frente contra la de Malini. Volvió a compartir el aliento con ella.
—Lo haré. Si es necesario, lucharé con todo lo que tengo.
En la siguiente respiración de Malini la recorrió un estremecimiento. Llevó una mano a la mejilla de Priya. No dijo nada, mientras Priya le contaba planes de batalla como si fuesen historias de amor.
—Cuanto todo esto acabe —dijo al fin Malini, con una voz que era más bien un roce de seda, una bocanada frágil en los labios y las manos de Priya—. Cuando haya sobrevivido y sea emperatriz…, cuando tengas todo lo que te he prometido para ti y para Ahiranya…
Silencio. Malini acunó la cintura de Priya con una mano y alargó los dedos, como si pudiese abarcarla por completo, sujetar a Priya y quedársela.
—He soñado con colocarte una guirnalda —confesó Malini, una confesión diminuta, secreta—. Flores en tu garganta. Y que tú me pongas otra a mí. Que las dos nos hagamos promesas. He soñado con nombrarte mía. Mi corazón. Mi esposa.
Priya tragó saliva. Le dolía el corazón. Era como si todo el cuerpo le doliese al compás.
—Qué crueldad permitirse soñar algo así —susurró—, ¿no?
—Sí —convino Malini. Sonaba desdichada, aunque tierna, tierna porque le pertenecía a Priya—. Y, sin embargo, en su día, en Ahiranya estaba permitido que las mujeres se casasen entre sí. Y mis necios sueños no pueden olvidarlo.
Priya parpadeó para contener las lágrimas.
Qué tontería por su parte. Eran como niñas, ¿verdad?
Anhelaban aquello que no podían tener, mientras cosas más grandes que ellas mismas estaban remodelando el mundo, fuerzas que podrían erradicarlas a ambas sin el menor esfuerzo.
Había algo vivo en la piel de Priya, en su alma.
Había un trono a la espera en el futuro de Malini. Y sin embargo. Y, sin embargo.
Agarró la mano de Malini que descansaba en su cadera y la guio hacia arriba, hasta colocarse los dedos de Malini en la nuca. Hasta que Malini se la acercó, hasta que los dedos de Priya se movieron y recorrieron las costillas desnudas de Malini, sus pechos, la flor en su garganta.
“Esta es mi guirnalda”. Los dedos de Priya presionaron la cadena que rodeaba el cuello de Malini, la flor que colgaba de ella. La mano de Malini sobre su piel. “Y esta es la tuya”.
Quizá Malini lo comprendió, porque acunó la nuca de Priya y le dio beso profundo y dulce. Dibujó un círculo con toda ternura en la columna de Priya.
“Esta podría ser la última vez”, comprendió Priya. La última vez que yacían una junto a la otra en la oscuridad. La última vez que ambas estaban juntas y vivas. La última vez que se besaban.
Cómo esperaba que no fuera así.
La mañana llegó, fría y pálida, y el ejército se preparó para la guerra.