La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y cinco
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Capítulo Cuarenta y cinco

PRIYA

—N o —dijo Raziya con voz acerada—. Emperatriz, no puedo. Mis guardias jamás se prestarán a ello.

—¿Me llamas emperatriz y aun así te niegas a satisfacer mis deseos? —Malini negó con la cabeza—. Señora Raziya, tengo buenas razones.

—¿Por qué rechazas nuestra protección? —quiso saber Raziya—. La batalla para tomar Harsinghar supondrá un peligro más allá de toda comparación, emperatriz. ¿Por qué nos mandas a la retaguardia a luchar como cobardes?

—Ya viste el baño de sangre que tuvo lugar en el Veri —dijo Malini.

—¡Razón de más para que te protejamos! —Raziya lo abarcó todo con un gesto de la mano—. Si insistes en seguir sin la defensa que suponemos mis mujeres y yo, permite al menos que la mayor Priya luche a tu lado.

En su fuero interno, Priya compartía su parecer. Pero de momento prefirió contemplar la conversación con interés, en silencio.

Malini negó con la cabeza.

—No —dijo—. Tengo un plan. No tienes por qué entenderlo ahora mismo.

La mirada de Raziya se avivó, irritada.

—Emperatriz… —empezó a decir.

—Señora Raziya —la cortó Malini—. Cuando acabe esta guerra, quiero que tus mujeres entrenen a mi guardia personal. Quiero mis propias guardias. Y quiero aprender a usar un arco con mis propias manos.

Priya contempló las manos de Malini, aquellas manos suaves y libres de callos. Aquellas manos crueles.

—Hablé en secreto con un sacerdote —prosiguió Malini—. Y te digo que, si estás a mi lado en esta guerra, nada de lo que me dijo sucederá. Si tienes fe en las Madres, por favor, no me preguntes más.

Raziya apretó los labios, pero acabó por ceder.

Las mujeres se marcharon y Priya se quedó. Si alguien pensó algo al respecto, se abstuvo de comentarlo…, aunque la mirada de la Señora Deepa flotó sobre Priya, curiosa, antes de girar la cabeza y marcharse.

La mirada de Malini se cruzó con la de Priya.

—Dime la verdad —se limitó a decir Priya.

—Los sacerdotes me han ofrecido una alianza —dijo Malini—. Y Rao ha regresado a Saketa para aconsejar a mi hermano. No te he mentido.

—Entonces, ¿te van a apoyar? —preguntó Priya—. ¿Todos esos sacerdotes de las Madres? ¿Así de fácil?

—Sí.

—¿A cambio de nada? —insistió Priya.

Sabía que Malini le ocultaba algo. Raziya lo había presentido. Al igual que todas las demás.

—Oh, claro que quieren algo a cambio —dijo Malini.

Guardó silencio de manera abrupta. De haber sido ella, Priya habría empezado a caminar en círculos por la estancia.

Tal y como estaban las cosas, apenas conseguía mantenerse en el sitio.

Sentía el cuerpo en carne viva, embargado de emoción.

Bien podría haber echado a correr, o empezado a aullar, o invocado un árbol que brotase rompiendo el suelo.

En cambio, se apretó las rodillas y mantuvo la atención sobre Malini, que parecía tan frágil como el cristal, e igual de afilada.

Estaba claro que la conversación con el sacerdote la había alterado.

Priya aguardó y, al cabo, Malini habló de nuevo:

—Quieren que me entregue a las llamas… voluntariamente.

A Priya se le encogió el corazón.

—Malini.

—Les he dicho que lo haría. —Alzó una mano para acallar a Priya antes de que protestase, antes de que le dijera que aquello era una insensatez—.

Era mentira, Priya. No tengo la menor intención de entregarme a las llamas.

Pero todo esto…, exigir la liberación de un sacerdote que intentó matarme, desviarnos hacia este templo, reunirme con el supuesto hijo sin rostro a solas…

, todo ha sido una prueba para comprobar si estoy dispuesta a doblegarme a su voluntad, a acatar sus órdenes sin pensar, obediente.

Y lo he hecho. No tienen motivo alguno para desconfiar de mí, y al mismo tiempo les sobran motivos para apoyarme.

—Curvó los labios en una sonrisa—. Creo que serán unas marionetas excelentes. Unas marionetas buenas, puras y justas.

—Pero ¿por qué? —preguntó Priya, desconcertada y horrorizada—. ¿De qué les sirve que ardas?

Malini la miró a los ojos.

—La fe es algo extraño y poderoso —respondió—. Piensa en lo que te ha hecho tu fe, en lo que te hicieron tus mayores.

—Atravesar las aguas me dio poder —señaló Priya, pese a la amargura que la embargó.

—Y las llamas que consumieron a Divyanshi bendijeron Parijatdvipa, al igual que las que consumieron a todas las Madres —replicó Malini con tono ecuánime—. La creencia de estos sacerdotes en el valor que tendrá mi muerte no está… desencaminada.

—Pero no por ello es menos monstruosa —susurró Priya.

—No. —Malini bajó al fin los ojos—. No.

—No me fío de tus sacerdotes —dijo Priya—. Pero, por otro lado, ¿por qué habría de fiarme?

—Yo sí que no confío en mis sacerdotes.

Malini se meció en el sitio y soltó todo el aire de los pulmones. Giró el cuerpo para apoyarse en Priya, que se sobresaltó ante aquel gesto repentino: el peso de Malini contra sí, la cercanía de su cuerpo, la mano que fue a apoyarse en el brazo de Priya.

—Me han pedido otro acto de fe —le susurró Malini contra la piel.

La calidez de su aliento, la rigidez de los hombros…

, todo ello no hizo sino aumentar en Priya el deseo de enroscarse alrededor de ella, de escudarla, de sostenerla como una cáscara protege la vulnerable yema del huevo—.

Cuando ataquemos Harsinghar, tengo que… tengo que luchar con todas mis fuerzas.

Pero si todo lo demás falla… si el fuego es demasiado poderoso para mi ejército…

y me temo que así será…, Priya, tengo que dejar que me capturen. Que me lleven ante Chandra.

—Malini —dijo Priya. Le retumbaba el corazón—. Eso…

—Lo sé.

—Es una trampa. Seguro. Tiene que serlo.

—Lo sé —convino Malini, con la voz amortiguada contra Priya—. Pero quizá no lo sea.

—No eres el tipo de persona que tiende a correr riesgos alocados —dijo Priya, impotente ante la mera idea de que Malini se entregase al verdugo con semejante docilidad—. Además, ¿qué sabes a ciencia cierta de ese sacerdote?

—Que tiene conexiones y poder, y que ansía aún más —murmuró Malini—.

Y que con Chandra no puede ganar más poder.

Recuerdo los sacerdotes que criaron a Chandra…

Todos eran parijatis de sangre y de precedencia.

Este hijo sin rostro tiene aún acento saketano.

No puede ocultarlo. El hecho de que haya llegado tan alto a pesar de ello es muestra suficiente de su ambición.

Teme perder la posición que ha alcanzado, pero está dispuesto a hacerlo por ambición. Por sus ideales.

—¿Ideales?

—Oh, sueña con lo mismo con lo que sueña Chandra: una Parijatdvipa mejor, remodelada gracias a la fe.

Pero difieren en cuanto a qué debería remodelar esa fe.

Para Chandra, ‘mejor’ significa un mundo que se ajuste a él, a sus deseos.

Para un sacerdote de Saketa, ‘mejor’ significa…

Bueno. —Priya sintió la sonrisa de Malini a flor de piel.

La ira que residía en esa sonrisa—. No lo conseguirá con Chandra.

—Quizás entregarte a Chandra le dé lo que no conseguiría de otro modo —logró decir Priya—. Malini, no se me da bien la política, ni el tipo de… juegos que tienes que jugar. Pero esto… No puedes hacer esto…

—He reflexionado respecto a mis opciones —dijo Malini—. Y este es el mejor camino. Quizá, solo quizá, podamos tomar Harsinghar y el trono. Pero no puedo conservar el trono si los sacerdotes de las Madres se niegan a servirme. Kartik es la clave, Priya, y este es el precio que requiere a cambio.

—Entonces deberías negociarlo con él. Acordar un precio más razonable. Está claro que jamás has regateado en un mercado —añadió Priya con un susurro.

Eso le sacó una risa inesperada y auténtica a Malini. Un sonido que le provocó a Priya una punzada en el corazón.

—He ahí el problema. La fe no admite negociaciones. Solo… obediencia.

—Soy mayor del templo —dijo Priya—. Diría que lo sé todo sobre la fe. Incluso más que tú. Kartik no es más que humano. Se puede negociar con él.

Allí había algo que Priya no comprendía, algo que impulsaba a Malini, algo que la forzaba a apretar con fuerza la tela que cubría el vientre de Priya, su aliento cálido contra el hombro de Priya.

Malini había tomado aquella decisión, pero Priya estaba segura de que había otras razones que no le había contado.

—No eres persona obediente —dijo Priya en lugar de seguir presionando a Malini, en lugar de sonsacarle la verdad.

—No. —Malini guardó un silencio fugaz y luego dijo, en tono casi inaudible—: Vas a tener que confiar en que entiendo a los sacerdotes de las Madres. Vas a tener que creer que entiendo cómo se comportan, que sé cómo manejarlos.

—Sé lo que eres —replicó Priya—. Sé que entiendes a la gente. Pero Malini, este tipo de riesgo…

Soltó todo el aire de los pulmones.

—Tendré que mantener la fe, ¿verdad?

—¿En mí? Sí.

Priya cerró los ojos.

—Creo que no me gusta mucho la fe.

Tras los párpados cerrados, en esa breve oscuridad, atisbó el sangam, y a la yaksa, y sintió un eco de terror que la recorrió.

Lo apartó de sí. No podía centrarse en ello en aquel momento.

—Y pensar que eres mayor del templo —dijo Malini—. ¡Una experta en fe!

—No uses mis propias palabras contra mí, Malini.

—Pues no me pidas que cambie mi naturaleza.

Hubo un atisbo de sonrisa genuina en su voz, una sonrisa que despertó sus ganas de mirarle el rostro. Cedió al impulso de rozar la mejilla de Malini con los dedos. Le acarició la mandíbula y, con un pequeño movimiento de la mano, le alzó el rostro. Malini la dejó hacer.

Se miraron a los ojos. Si Priya había pensado que ver el rostro de Malini le daría alguna respuesta…, bueno. A Malini siempre se le había dado bien ocultar lo que sentía. Sin embargo, en sus ojos había dulzura, una mirada tan tierna que a Priya le dolió el corazón.

—¿Qué necesitas de mí? —preguntó Priya—. Si vas a cometer esta necedad, ¿cómo puedo ayudarte?

—Necedad —repitió Malini.

—Por supuesto que es una necedad —dijo Priya—. Pero no puedo detenerte. Supongo que podría intentar que me capturasen contigo, pero no es eso lo que quieres, ¿verdad?

La sonrisa de Malini se desvaneció.

—No quiero que estés a mi lado cuando me capturen.

Esta batalla he de lucharla sola. Quiero que te quedes con el ejército.

Khalil es muy astuto y Prakash tiene experiencia.

Narayan sabe manejar las tiranteces entre los príncipes y señores saketanos para mantener sus fuerzas unidas.