Capítulo Cuarenta y cuatro
RAO
Rao contempló a Priya. Destacaba en medio de la luz del sol, los brazos cruzados y la cabeza gacha como si estuviese perdida en sus pensamientos.
Sima estaba de pie junto a ella, jugueteando con la punta de la trenza con los dedos.
En cualquier caso, Sima parecía mucho más alterada que Priya.
Sin embargo, Rao había visto suficiente de los dones de Priya como para suponer que, de algún modo, de algún modo , la atención de Priya estaba centrada en Malini, allá donde estuviera dentro del templo.
—Parece que la emperatriz se ha hecho enseguida amiga de esa —dijo Prakash.
El calor lo afectaba más que al resto. Se había sentado bajo una sombrilla. El auriga lo abanicaba.
Rao emitió un sonidito gutural, y Prakash lo interpretó como señal de ánimo, tal y como Rao había esperado.
—La tiene más cerca que a su propia sabia —añadió, refiriéndose a Lata—. Está a su lado en todo momento.
—La mayor Priya resultó herida —murmuró Rao.
—Pues ya no está herida, príncipe Rao —repuso Prakash. Se enjugó el sudor de la frente—. Hay hombres que no ven con buenos ojos que tenga en tan buena consideración a una bruja ahiranyi.
—Tiene pocas mujeres con una posición similar con las que hablar —dijo Rao como respuesta—. Cuando su corte se establezca en condiciones, las cosas cambiarán.
Prakash se echó a reír.
—En lugar de casar a nuestras mujeres para establecer alianzas, enviaremos a nuestras hermanas e hijas a la corte como emisarias para ganarnos el favor de la emperatriz —dijo, como si se tratase de una broma. Negó con la cabeza—. Será muy extraño tener a una mujer en el trono.
—Príncipe Rao. —Una voz clara y aguda. Rao se giró y se enfrentó a la mirada del sacerdote Mitul—. ¿Me acompañas?
—¿Yo?
Mitul inclinó la cabeza.
Rao contempló a los demás. Todos parecían tan confundidos como él mismo se sentía. Pero lo único que podía hacer era asentir.
Subió los escalones de arenisca del templo. Siguió a Mitul por la arcada hasta un corredor ribeteado de columnas, y luego por pasadizos cada vez más estrechos que parecían no llevar a ninguna parte.
—Me parece que no me llevas con la princesa —aventuró Rao con tono precavido.
—No, príncipe Rao.
—No conozco bien los templos de las Madres ni las tradiciones de tu fe —dijo Rao, exagerando el acento alorano, como si no lo hubiesen criado en el corazón de la fe de las Madres de las llamas junto con los príncipes imperiales de Parijatdvipa—.
¿Para qué me necesitas, si no soy más que un fiel del dios sin nombre?
Mitul no dijo nada en un primer momento. Guio a Rao por un caminito junto al patio de un jardín central hasta una estancia silenciosa, con muros tallados en pálida y reluciente piedra.
—Yo no he sido siempre sacerdote de las Madres —dijo Mitul—. Como tampoco lo ha sido el sacerdote que la emperatriz ha venido a ver. Yo también soy alorano.
Rao sintió una fugaz sorpresa. Jamás había conocido a un alorano que fuese sacerdote de las Madres. Su pueblo veneraba al dios sin nombre. Pero Aditya se había convertido en sacerdote del sin nombre y había dejado de lado a las Madres de las llamas, así que supuso que lo contrario no era imposible.
Rao no estaba seguro de qué reacción esperaba el sacerdote, así que se limitó a asentir. Habló con voz atenta y curiosa:
—¿Y cómo ha llegado un alorano a ser sacerdote de las Madres? —preguntó.
—El dios sin nombre guía nuestros destinos —repuso Mitul—. Y a mí me ha guiado al servicio de las Madres. Aquí he encontrado a otros que comparten mi visión.
Lo había expresado de un modo bastante críptico, pero Mitul miraba a Rao con ojos pálidos.
—Crees tanto en el dios sin nombre como en las Madres de las llamas —añadió el sacerdote.
—Por supuesto.
—¿Y en los yaksas?
—No se trata de creer o no —respondió Rao—. Los yaksas, las Madres de las llamas, el dios sin nombre…, todos ellos existen, ¿verdad? No es que esté en desacuerdo con tu… camino. Pero venero a las Madres de las llamas y rezo al dios sin nombre. Así me han criado.
—¿Y a los yaksas?
—Pues creo que han desaparecido —respondió Rao.
—Ay, príncipe Rao. —Mitul amagó una sonrisa—. No, no han desaparecido.
Por un instante, Rao creyó no haber entendido bien.
—No han desaparecido —repitió Mitul. Sus ojos pálidos parecieron atravesar a Rao. Se giró y se adentró aún más en la estancia junto con Rao—. Deja que te muestre la valía de este templo y el motivo por el que los sacerdotes de las Madres lo cuidan con tanto amor.
La tensión se abría paso por el cuerpo de Rao. Era una sensación a medio camino entre el miedo y la esperanza con la que recorrió la estancia entera, en silencio.
El dios sin nombre. De alguna manera, estaba seguro de que el dios sin nombre lo había llevado hasta allí.
—El fuego de las Madres quemó e hirió de consideración a los yaksas —dijo, con una cadencia sacerdotal, casi propia de un narrador, en la voz—.
Pero hubo yaksas que, al morir, dejaron caer sus cuerpos en la tierra de Ahiranya.
De esos cuerpos crecieron árboles, o eso creen los ahiranyis.
Mucha gente desprecia a los ahiranyis porque adoraban a monstruos.
Pero la verdad que encierran los yaksas no es diferente de la de nuestros dioses. Tan solo es más oscura. Más cruel.
”Tenemos a uno de esos yaksas aquí —prosiguió Mitul—. Un yaksa moribundo que fue traído a este templo. Un yaksa que dejaron morir en el suelo del templo. Su cuerpo no ha sobrevivido intacto al paso de los siglos. Ya no es más que madera…, extraña y caliente, pero madera, al fin y al cabo.
Tocó con los dedos una larga caja que descansaba sobre una mesa de gran tamaño.
—Pero hará cosa de una década, la madera empezó a cambiar.
Alzó la tapa de la caja. En el interior, Rao vio tierra… tierra rica y blanda. Y encima de la tierra…
Un brazo.
En un primer momento, Rao pensó que era un brazo humano.
Que el dios sin nombre lo ayudase, en el curso de la guerra había visto una buena cantidad de brazos cercenados.
Sabía qué forma tenía un brazo cortado, el absoluto horror de una extremidad que salía volando en pleno campo de batalla, humana y viva, fresca, con los dedos flexionados y los nudillos magullados, cubierta aún con la armadura rota de algún pobre soldado.
Aquella cosa de la caja parecía un brazo: tenía cinco dedos que se flexionaban hacia la palma.
Una muñeca con huesos protuberantes, la sombra de venas bajo la piel, venas que llegaban hasta el codo sobresaliente.
Un antebrazo cercenado con cortes aserrados.
Pero incluso bajo la tenue luz se veía que las venas estaban llenas de savia.
La piel no era piel, sino madera. Si aquello lo había tallado alguna mano, cosa que Rao sabía que no era cierta, debía de haber sido una mano experta que lo había otorgado de una apariencia de vida espectral.
Raíces blancas y verdes surgían del muñón y se hundían en la tierra.
Estaba vivo.
—Los sacerdotes de las Madres criados en Parijat no comprenden qué significa aquello que tienen delante —dijo el sacerdote—. Ven este brazo y no comprenden. Nosotros, que servimos a las Madres pero que también venimos de otras ramas, de otros credos, lo vemos claramente. Nosotros comprendemos.
Mitul le lanzó una mirada firme.
—Esto —dijo—. Te pertenece. Ahora es tuyo.
Alzó la caja y se la tendió. Por puro reflejo, Rao dio un paso atrás.
—Habría que enseñarle esto a la emperatriz.
—Es tuyo.
—Debería ser suyo. Tiene que… Hay que avisarla de inmediato.
—La emperatriz ya lo sabe —dijo Mitul—. Y si aún no lo sabe, mi maestro se lo dirá. Él sabe mucho de estos asuntos.
—¿Por qué me lo das a mí? —preguntó Rao—. ¿Por qué a mí, de entre todos los hombres que esperan frente a este templo? ¿Por qué quieres deshacerte de él?
—Esto no es un templo del dios sin nombre, aunque el dios sin nombre habla en todas partes —repuso Mitul—.
Tú has nombrado y coronado a tu emperatriz.
La has seguido a lo largo de meses en una guerra sin fin.
Y ahora por fin está cerca de Harsinghar y del trono.
Ha sido la voz del dios sin nombre, y de las Madres, la que me ha dicho que tienes que ser tú.
Tú también lo sabes, príncipe Rao. Lo oyes en tu corazón.
Le tendió la caja una vez más y dijo:
—Sabes lo que hay que hacer.
Rao lo contempló.
—¿Acaso el dios sin nombre no habla en tu corazón? —preguntó el sacerdote con voz amable—. ¿Acaso no te muestra el camino?
Rao sabía lo que decía su corazón. Pero no quería hacer lo que su corazón lo impulsaba a hacer.
Tenía un deber que cumplir allí, en el camino que se abría ante él, en la batalla que aguardaba a Malini en Harsinghar.
Si había una voz en su corazón, una voz que siempre tironeaba de él, que siempre lo hacía retroceder, una y otra y otra vez, no tenía el menor derecho a escucharla. No tenía derecho a seguirla.
Lo que hizo fue alargar las manos y aceptar la caja de piedra junto con el brazo cercenado del yaksa. La caja le encajó en las manos como si fuese allí donde perteneciese.
Salió a los jardines centrales del templo.
No se parecían a los jardines monásticos dedicados al dios sin nombre; no había hierba resplandeciente ni árboles cargados de frutas, como tampoco había zócalos llenos de agua en los que buscar visiones.
Había flores y nada más que flores: capullos de jazmín que florecían suavemente, vibrantes rosas y hiedras amarillas bañadas por el sol, tan encantadoras como venenosas.
Al otro lado del jardín se encontraba Malini.
Estaba de pie, resguardada a la sombra de las columnas del templo.
Fuera lo que fuese lo que el sacerdote le había dicho, no había hecho mella alguna en ella: parecía tan calmada como siempre.
El viento agitaba las dobleces pálidas de su sari y llevaba un par de pétalos de flores recogidos del santuario en el pelo.
Miraba hacia Rao, y cuando este le devolvió la mirada, el ceño de Malini se arrugó levemente.
Rao se preguntó qué había visto en su rostro.
—No esperaba verte aquí —comentó Malini. Dio un paso al frente sin la menor prisa. El ceño seguía fruncido, inamovible—: ¿Has venido a buscarme?
—Malini —dijo él—. No, en realidad no.
Ella no dijo nada. Lo miró y siguió mirándolo, con esos ojos oscuros que eran un reflejo de los de Aditya, de los de Chandra.
—Voy a ir con Aditya —informó Rao. Le costó sacar aquellas palabras de su interior—. Tengo que…
Apretó la caja entre las manos. No podía mentirle a Malini. Le debía al menos eso: la verdad. La razón por la que su lealtad estaba quebrada.
—El sacerdote me ha dicho que los yaksas van a volver. Me ha dado…
No pudo explicarlo, así que se limitó a abrir la caja. Malini se asomó. Su rostro quedó inmóvil.
—Un brazo de madera —murmuró.
—Un mensaje —dijo él—. La prueba de que las visiones de Aditya eran ciertas.
Y, para mí, prueba de que tengo que seguir mis instintos, lo que el dios sin nombre me ha dictado en el corazón.
—Dejó escapar un suspiro entrecortado y añadió—: Malini, tengo que volver con Aditya. Tengo que volver a Saketa.
—Eres mi general alorano —dijo Malini—. Si tú no estás aquí, ¿quién liderará a tus hombres?
—Mis comandantes son sabios y capaces —replicó él. Malini no quería separarse de los soldados de Rao, pues. No le sorprendía—. Te los confío. Mi padre me apoyaría en esta decisión.
—Ah, ¿sí? —dijo Malini, con desapego. Lo miró, tomándole la medida.
Una frialdad hasta entonces inédita asomó a su tono de voz cuando dijo—: A mí también me han hablado de los yaksas, Rao.
Dime, y sé todo lo sincero que puedas: ¿crees que se acerca una amenaza?
¿Una amenaza mucho más grande que la que representa Chandra?
—Lo creo —afirmó él.
—¿Y crees que la respuesta está con Aditya y no conmigo?
En su tono de voz de adivinaba una extraña urgencia.
—Creo que hay algo que Aditya debe hacer —se explicó él—. Creo que tiene un propósito. Y que, si tu propósito es la corona, esto no tiene nada que ver. Tengo… tengo que ayudar a Aditya a encontrar su propósito.
—Ay, Rao —murmuró ella, la amargura y la ternura entrelazadas juntas en la voz—. Siempre tan dispuesto a ayudar.
—Si ese es el papel que desempeño en la vida, no es tan malo —replicó él—. Lo único que te pido…, emperatriz…, es que me des permiso para cumplir ese papel.
—¿Acaso no huirás de noche si te lo niego?
Curvó los labios en un gesto que no era una sonrisa. Era demasiado cómplice como para serlo.
—Creo que no lo haría —respondió él tras una breve vacilación. Ella la captó. Por supuesto que la captó.
—Si dices eso es que no te conoces a ti mismo —repuso—. Has seguido a tu nombre por todo el imperio. Me buscaste por tu nombre. Y ahora que te ha sido entregado un nuevo propósito, lo sigues sin piedad, sin importar lo que yo requiera de ti. Así pues, nada habré de requerirte.
Él no acertaba a decir nada. Era verdad, el tipo de verdad capaz de golpearlo, rápida y brutalmente, como una flecha.
—Puedes llevarte el mínimo indispensable de hombres que necesites para llegar a Saketa sano y salvo —dijo Malini tras un instante.
—Gracias.
—No me las des. Has de hacer lo que fuerzas mayores que nosotros han dispuesto. Y, por lo visto, yo también.