Capítulo Cuarenta y tres #3
”Tienes que arder —prosiguió Kartik—. Tu muerte voluntaria será un arma incomparable contra los yaksas. Pero tu hermano cree que, si te niegas y lo desafías, será necesario hacer otros sacrificios equivalentes en tu lugar.
Las mujeres a las que había asesinado para crear armas. El fuego que había abrasado a los hombres de Malini cuando voló con alas extrañas desde las murallas del bastión-laberinto. El fuego en su sable, regalo de los hombres de Kartik, que titilaba y se apagaba.
—Tu hermano preferiría matarte, o dejarte morir, ahora que ha creado un fuego falso. Pero ese fuego falso no va a salvarnos. Del mismo modo que tampoco nos salvará tu muerte si no es voluntaria, si te arrebatan la vida.
—Entonces, comprenderás —dijo Malini con una calma en la voz que no sentía en realidad— que de ningún modo me prestaré a ello mientras Chandra viva y ocupe el trono.
—Ningún sacerdote ha deseado jamás tu muerte involuntaria —replicó con una ternura biliosa—. Siempre hemos respetado tu valía. Siempre hemos buscado que te sacrifiques voluntariamente. Si ese es el precio de tu entrega voluntaria, dímelo. Es todo lo que te pido.
—Si el sumo sacerdote y el círculo de confianza que sirve a Chandra no me apoyan de todo corazón, no pienso entregarme a las llamas —dijo Malini para romper el silencio que siguió tras las palabras del sacerdote, sintiendo su propio horror de manera lejana.
Su determinación para vencer era mucho más fuerte.
—¿Y estarías dispuesta si te sirviésemos con amor y lealtad? —preguntó—. Dime, heredera de Divyanshi: si te pones la corona y te sientas en el trono, ¿estarás dispuesta a morir por él?
—Ha sido la voluntad de las Madres la que me ha llevado a la guerra con Chandra —dijo Malini—. Han sido los sacerdotes de las Madres quienes me han traído hasta aquí. Por Parijatdvipa y por la fe, asumiré el trono. Y arderé para salvarnos. Lo juro.
Él sonrió y asintió.
—En ese caso, enviaré un mensaje a mis aliados en Harsinghar —dijo—. Y cuando llegues a la ciudad, cuando te encuentres a las puertas, mis aliados te encontrarán.
—¿Y cómo llegará ese mensaje con suficiente rapidez?
—Llegaré antes que tú a Harsinghar —dijo él, divertido—. Tienes que mover un ejército. Yo no soy más que un hombre, y las lámparas en las torres de los templos encenderán mi mensaje para mí si no lo consigo llevar personalmente.
—¿Qué garantías…? —Malini hizo una pausa, negó con la cabeza y se respondió a sí misma—: La fe. Me vas a decir que mi única garantía es la fe.
—Exactamente, heredera de Divyanshi —corroboró él—. Todavía hay una batalla ante ti. Tus hombres morirán igualmente. Pero cuando te capturen, y así lo harán, las tornas se volverán a tu favor. Y yo te diré cómo será.
Kartik le dijo lo que sucedería. Y cuando acabó, Malini pensó en la batalla en ciernes. Pensó en los hombres muertos, en el suelo ensangrentado, en la mirada cansada de Rao. Pensó en Aditya, y aun en Saketa, tratando de mantener a raya al enemigo que tenía en retaguardia.
Sabía que Chandra había despilfarrado toda una horda de hombres en la batalla del Veri.
Pero aún contaba con aquel fuego que, por más falso que fuera, seguiría devastando a su ejército antes de apagarse.
Seguiría costándole el grueso de sus fuerzas, esos aliados que había llevado consigo solo con la promesa deshilachada del mito que la rodeaba, áureo y glorioso.
Aún era terriblemente probable que perdiese.
Tendría que confiar en aquel hombre. En aquel sacerdote que le hablaba como si la conociese.
Que decía que era buena. Responsable. Pura.
Si todo lo demás fallaba, Malini tendría que poner su vida en manos de aquel hombre.
Le hormigueó la piel, si bien aún albergaba en su interior una certeza fría y segura.
Iba a trazar sus propios planes, por supuesto.
Si estaba en su mano, se aseguraría de que Chandra moría.
Si el sacerdote la traicionaba, se aseguraría de no morir indefensa, de no ver toda su obra deshecha.
Por las Madres, y por su propia naturaleza asesina, algunas de sus ambiciones vivirían más que ella.
Para ello necesitaría la ayuda de Priya.
Pensó en Priya. Priya, que era mayor del templo. Priya, fiel a los yaksas, que amaba a su pueblo y a sus dioses florales.
Sintió una terrible comprensión que se abrió paso entre sus costillas.
No podía contarle la verdad a Priya.
Le pediría a Priya que luchase por ella, quizás incluso que muriese por ella, en base a una mentira.
Que entrase en batalla no solo por los vínculos entre sus países, sino por amor.
Por la confianza que había depositado en Malini hacía mucho, cuando permitió que enarbolase un puñal contra su corazón.
Cuando besó a Malini en el bosque y le dijo que no tenía el poder de hacerle daño.
“Pero yo sí que tengo ese poder”, pensó Malini. Le dolía el corazón. Tenía ganas de vomitar.
Malini siempre había sabido en lo más profundo de su alma en qué iba a convertirla aquella misión.
Rozó con las puntas de los dedos la flor que llevaba bajo la blusa…
, un gesto impotente. Amaba a Priya. Era un sentimiento oscuro y arraigado en ella, con su propia corriente subterránea, que siempre la alcanzaba y siempre tiraba de ella hacia las profundidades.
Pero necesitaba ganar aquella guerra. Lo necesitaba mucho más de lo que necesitaba la ternura o el amor.
Lo necesitaba con un fuego que ardía y gritaba los nombres de sus hermanas de corazón.
Lo necesitaba porque el cuchillo de su hermano la había encontrado y había cercenado de ella toda la bondad mucho antes de que hubiese conocido la forma de un amor amable y acogedor.
Si tenía que arriesgar a Priya por cobrarse la venganza…
, si tenía que ponerla en peligro para vencer y ver muerto a su hermano… ,
… que así fuera.