La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y tres #2
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Capítulo Cuarenta y tres #2

Como la persona que quería salvar Parijatdvipa.

Me pidieron que obedeciera, y yo obedecí.

Y, por mi devoción, me enviaron aquí. A ti.

Se le acercó un paso. La mirada del sacerdote era firme, penetrante, como las miradas de todos los sacerdotes. Aun así, Malini lo comprendió, comprendió sus anhelos.

—No quiero que el motivo de mi presencia aquí permanezca en secreto por más tiempo. Quiero el apoyo de los sacerdotes cuando acceda al trono. No puedo gobernar Parijatdvipa sin vosotros. Ni quiero.

—¿Reconocerías semejante debilidad? —Su voz era suave, casi amable—. Para ti soy un desconocido, aunque tú para mí no lo seas.

—Ningún sacerdote de las Madres me es realmente desconocido —dijo a su vez Malini—.

Tengo la sangre de Divyanshi, la primera Madre de las llamas.

Sentí Su voz en mí cuando me hice con el manto de emperatriz.

Si los sacerdotes de las Madres son las manos y los ojos de las Madres y sirven su voluntad, tú y yo somos casi familia.

—Palabras generosas —dijo—. Pero tú estás dispuesta a matar a los miembros de tu familia. Y a matar sacerdotes también.

—Sacerdotes del dios sin nombre que murieron por voluntad propia. Estoy segura de que no denigrarás su sacrificio al afirmar que fueron asesinados por mi mano.

Él inclinó la cabeza para aceptar sus palabras.

—Soy huérfano, heredera de Divyanshi —dijo.

Malini se percató de la elegancia con que había evitado referirse a ella como princesa o emperatriz—.

No tuve a nadie antes de que el templo de la Madre sin rostro me aceptase.

Sin embargo, fue el sumo sacerdote quien me colocó en el puesto que ahora ocupo.

Quizá sea lo más parecido a un padre que tengo.

Él apoya sin reservas a tu hermano Chandra.

—Y, sin embargo —dijo Malini—, aquí estoy.

—Quizá te haya tendido una trampa —replicó él, dando voz a las sospechas de Malini—, para volver a ponerte a disposición de tu hermano.

Ella negó con la cabeza.

—Me dieron un regalo —dijo—. Una caja de piedra con una flor de fuego mágico en el interior.

—Un buen cebo —reconoció él—. Un pequeño regalo de fuego bendecido por las Madres. Una forma fácil de ganarse tu confianza. ¿Acaso no habías pensado en ello? Seguro que sí.

—Pensé en ello, sí.

—¿Y no has traído guardias contigo? ¿Ningún soldado? Una persona tan poco preparada quizá no sea digna del trono.

—El fuego en sí no era el regalo —dijo Malini, haciendo como que no había oído aquella provocación.

No pensaba revelar tan fácilmente las defensas y armas que tenía a mano—, sino la muerte del fuego.

Sacerdote, sostuve la llama en mi propio sable.

Sentí su fuerza y calor. Y vi cómo se marchitaba hasta desaparecer.

Así no se comporta el fuego por el que murieron las Madres, el fuego que nos salvó de los yaksas.

Me sé hasta la última frase del Libro de las Madres.

No me cabe la menor duda al respecto. “No se pudo sofocar el fuego de las Madres —citó—. Ardió como arde el sol. Ardió con fuerza bendita”.

—“Llevaba en su interior los corazones de las Madres —prosiguió él, y adoptó la misma cadencia en las palabras. Malini estuvo segura de que había un destello de aprobación en sus ojos—. Lo devoró todo, ardió con furia hasta tragarse a los yaksas por completo, sin dañar al pueblo de Parijatdvipa.

Y una vez muertos los yaksas, el fuego de las Madres se esfumó”.

—Me mandaste el fuego a modo de mensaje —dijo Malini cuando las palabras del sacerdote se apagaron hasta que solo quedó el silencio—.

Sabes bien, sacerdote, que el fuego que ha creado mi hermano no es el fuego de las Madres.

Sabes que Chandra no es el heredero legítimo de Parijatdvipa, aunque él crea serlo.

Y que, quizá, los sacerdotes de las Madres también lo han creído durante demasiado tiempo.

Solo puedo suponer que quieres de mí algo que Chandra no puede darte.

El sacerdote mantuvo el gesto aprobador. Inclinó la cabeza.

—Te sabes bien las escrituras —murmuró.

—Como deberían saberlas todos los parijatdvipanos —replicó Malini, la voz preñada de convicción—.

Quiero servir a Parijatdvipa. Quiero acaudillar Parijatdvipa, como sé que las Madres quieren de mí.

Tú sabes lo que quiero de ti y de tus compañeros, sacerdote.

Yo sé que quieres ayudarme. Lo siento. Pero vivimos en el mundo, por más defectos que este tenga, e intentamos proteger a los nuestros.

El sacerdocio parijati ha ganado bastante poder bajo el gobierno de mi hermano.

Poder militar. Político. Me hago cargo de que mantener la lealtad hacia él podría ser…

atractivo. Así pues, he de preguntarte: ¿qué necesitas de mí? ¿Qué puedo darte?

Él guardó silencio. Malini se acercó otro paso.

—Todo lo que he hecho, lo he hecho por la fe —continuó—. Deposita tu fe en mí, sacerdote. Es lo justo.

Él inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Se acerca una guerra —advirtió.

—No te refieres a mi guerra con Chandra —murmuró Malini.

—No, no me refiero a esa guerra. Aunque son los sacerdotes a los que he entrenado quienes sirven en las batallas de Chandra.

Ah. Eso explicaba su ascenso en la jerarquía del sacerdocio real, pese a ser de origen saketano.

—En su día, los sacerdotes que están por encima de mí, el sumo sacerdote entre ellos, creyeron que la lucha por una Ahiranya mejor recaería en mano del emperador, que se enfrentaría a nobles desleales. Hombres que habían olvidado sus juramentos a las Madres. Pero yo siempre supe que no sería así.

Una pausa, tras la cual añadió:

—Quizá viste cosas antinaturales o extrañas en Ahiranya.

O tal vez el príncipe Aditya te mostró visiones del dios sin nombre.

O has visto lo que se avecina en presencia de la podredumbre.

—Hablaba con cadencia firme, constante, segura—.

Sabes lo que yo sé. Sabes que se avecina un enemigo ancestral.

Esa es la guerra que hay en el horizonte.

El dios sin nombre, las Madres, la propia Madre sin rostro…

, todos hablan con la misma voz. Los yaksas regresarán.

La podredumbre lo anuncia. Llegarán y volverá a estallar la Guerra.

Se le erizó el vello en la nuca. Los yaksas.

En su interior experimentó una terrible sensación de que todo caía en su lugar, como si lo había visto en Ahiranya y todo lo que había presenciado desde entonces se reajustase para tomar nuevas formas en su cabeza y su corazón.

La podredumbre florecía por todo el imperio, la gran magia de Priya.

Ríos volcados, enredaderas que se abrían paso por la piel.

Solo eso ya podía considerarse milagros y horrores; pero todo junto, engarzado en una guirnalda, constituía una advertencia. Un presagio.

—No puedes estar seguro de ello —dijo en tono reflexivo, negándose a creerlo. No obstante, ya sabía que era cierto. El pavor le inundaba el cuerpo; el frío la embargaba.

—Sí que lo estoy —dijo él—. Si vas a buscar al príncipe Aditya, él te dirá lo mismo. Su dios sin nombre le ha hablado del mismo modo que yo te he hablado a ti. No tengo dudas. Los yaksas van a regresar, y tratarán de hacerse con el control de Parijatdvipa una vez más.

¿Había sabido Aditya que algo así iba a suceder?

¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué no la había advertido?

¿Lo había intentado, todas las veces que habían hablado de su fe y su poder, y simplemente Malini no le había prestado suficiente atención?

No podía reflexionar al respecto en aquel momento.

No podía permitir que el recuerdo de su hermano, el sacerdote, la distrajese del otro sacerdote que estaba ante ella.

—Y quieres que yo esté al frente de esa Guerra —dijo.

Le dio un vuelco el corazón. Estaba segura de que así era. Lo estaba.

—Quiero que la ganes —dijo—. Por Parijatdvipa. Por tu pueblo. Me gustaría que la ganases con toda la misericordiosa fuerza de tu gran predecesora.

—Quieres que me entregue a las llamas —adivinó.

No la sorprendió tanto como debería. Aunque sintió un entumecimiento horrorizado que se abría paso a través de ella, aunque su cuerpo se quedó aún más helado y el recuerdo del humo le llenaba la garganta…

En lo más profundo de su ser, siempre había sabido que el fuego volvería a por ella.

—Quieres que acepte la hoguera —dijo.

—Por propia voluntad y llena de gozo —añadió él. Se inclinó hacia delante, con unas maneras suaves que la calmaron, aunque no deberían haberlo conseguido—. Tienes el mismo aspecto que Divyanshi, ¿sabes?

—Ya me lo han dicho. Muchas veces.

—El sumo sacerdote pretende crear un mundo mejor, más fuerte…

, más genuino, con arreglo a las esperanzas y los sueños de las madres que ardieron por nosotros.

En Chandra, el sumo sacerdote vio la capacidad de crear ese mundo.

Pero también la vio en ti cuando eras una niña.

Eras buena —dijo Kartik con absoluta certeza, con una intimidad en la voz que no tenía derecho de poner—.

Buena y responsable. El sumo sacerdote y todos los venerables sacerdotes del templo imperial le insistieron a Chandra sobre la importancia de mantener tu pureza de espíritu, y así lo hizo Chandra.

Intentó convertirte en lo que has de ser.

Un símbolo digno para la gloria de Parijatdvipa.

El heredero de Divyanshi, tu hermano, quiso que ardieras para que tu pureza fuese eterna, y con ella la de Parijatdvipa.

Cuando te negaste, tu hermano sufrió mucho.

—Estaba en mi derecho —replicó Malini, en lugar de contestar con toda la verdad: que no había pureza alguna en la furia que lo había empujado a quemar a sus hermanas de corazón; que enmarcar un odio violento en la fe no disminuía la brutalidad o monstruosidad de ese odio.

Que su dolor había sido mucho mayor y mucho más valioso que ese remedo de corazón mezquino que Chandra tenía en el pecho—.

Si Chandra hubiese sido de verdad fiel a las Madres habría aceptado mi decisión. Pero no fue así.

Kartik inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Cierto —convino—. El emperador Chandra tiende a…

concentrarse en sus decisiones. Su visión es como una flecha.

Ahora ha empezado a comprender que la guerra para conseguir una Parijatdvipa mejor no se luchará contra príncipes y reyes.

Ni contra una hermana al frente de una revuelta.

Comprende que ha regresado una lucha ancestral.

Pero los años de creer que se enfrentará a una guerra entre mortales lo han…

apartado del camino. Y no será fácil hacer que cambie de parecer.