Capítulo Cuarenta y tres
MALINI
El templo eran tan enorme que se veía desde muy lejos. Al verlo, un viejo recuerdo despertó en ella. Conocía aquel lugar, las pie dras de arenisca dorada, las cúpulas de marfil con incrustaciones. Había algo familiar en él, pero Malini no sabía por qué.
Bajo la luz del ocaso, el templo refulgía como brasas ardientes, al igual que los templos más elegantes de la propia ciudad de Harsinghar.
Sin embargo, la necesidad obligaba a que aquellos templos inspirasen temor y asombro: estaban hechos para la nobleza y realeza de Parijat y reflejaban la grandeza del imperio, la importancia de la fe.
No había razón alguna para que un templo rodeado de franjas de terreno yermo y escasos bosquecillos raquíticos tuviese un aspecto tan recargado.
El carruaje avanzaba por el camino polvoriento y Malini alzó una mano para protegerse los ojos del destello del sol.
Escrutó la tierra que los rodeaba. No eran campos de labranza, como había pensado en un primer momento, sino tierras baldías.
El suelo era sobre todo árido y extrañamente escarpado.
Algunas formaciones rocosas asomaban por doquier como olas fosilizadas antes de romper en la orilla.
Todo el terreno estaba salpicado de agujeros.
—Aquí se libró una batalla en algún momento —murmuró Lata, junto a Malini.
—Eso me ha parecido. O un terrible desastre natural —convino Malini, que contempló una vez más los numerosos hoyos en la tierra. Se preguntó, con una sensación extraña en el pecho, si los mayores del templo habrían luchado allí durante la Era de las Flores—. ¿Lo has deducido solo de mirar el suelo?
—No es por el suelo, mi señora. Ya me gustaría tener esa habilidad —dijo Lata con una sonrisa algo avergonzada—. Reconozco la arquitectura del templo. Mira entre las cúpulas. Ahí.
Lata alzó una mano y señaló. Malini siguió la dirección. Entre las cúpulas se alzaba una torre. No era una torre vigía, ni tampoco parecía una construcción hecha por alguna razón práctica. Era delgada como una hoja, lo bastante como para trazar un corte finísimo en el cielo blanco azulado.
Ah.
Al verla, Malini recordó la historia. Antes de la batalla con la que concluyó la Era de las Flores se celebró una reunión a la que asistieron todos los nobles de las ciudades-Estado del subcontinente.
Juntos compartieron lamentaciones e iras, el tremendo miedo que les inspiraban los yaksas y el modo en que había cambiado la tierra por culpa del toque de aquellos espíritus inmortales.
Y luego los yaksas se habían presentado.
Había sido una carnicería. Los reyes y príncipes más venerables habían perdido la vida, incluyendo al padre noble de Divyanshi. El país no se recuperó de aquellas muertes, pero se alzó un templo en aquel lugar, marcado por una “torre como una hoja”, según decía el Libro de las Madres.
Malini conocía aquellas palabras muy, muy bien.
Un único sacerdote los esperaba a la entrada del templo. Era una figura diminuta y huesuda, de hombros estrechos y ojos anchos.
—Me llamo Mitul —dijo el hombrecillo a modo de saludo una vez que Malini hubo bajado del carruaje.
Tenía los ojos extrañamente pálidos, ese tono casi verde que Malini solo había visto en los rostros de los soldados dwaralis que tenían sangre de las tribus de Jagatay y Babure que acosaban las fronteras de Parijatdvipa—.
Hace tiempo que te esperamos con ansia, emperatriz.
—¿Quién me espera? —dijo Malini.
—Un mensaje te ha traído hasta aquí —respondió Mitul, bajando la mirada con educación—. Seguro que la emperatriz lo recuerda.
Las palabras rozaban el insulto, pero Malini las pasó por alto. Aun así, no pudo ocultar la rabia cuando Mitul negó con la cabeza y se colocó frente a la puerta para bloquear el camino cuando se acercaron los seguidores de Malini: sus nobles y sus guardias. Sus mujeres. Priya.
—No podéis entrar todos —advirtió el sacerdote. Al parecer, no se inmutó ante todos los hombres que había tras Malini—. Este lugar es sagrado.
—Todos los templos son sagrados —dijo Malini, contemplando al sacerdote con mirada intensa—. Y, a buen seguro, todos los templos dan la bienvenida a los nobles de Parijatdvipa.
—Solo a ti, emperatriz.
—Muy necia tendría que ser para entrar desprotegida en un lugar sagrado —repuso Malini con tono ecuánime.
—La verdadera fe requiere riesgos —replicó Mitul.
Ella permaneció quieta por un momento, en silencio. Los hombres a su espalda guardaban silencio también. Parecían remisos a llevarle la contraria a un sacerdote de las Madres.
—Una criada o un guardia —dijo Malini al cabo.
El sacerdote negó con la cabeza.
—Fe —repitió—. Al igual que Divyanshi actuó con fe, así habrás de actuar tú, emperatriz.
La fe exigía actos ciegos, actos desprovistos de cualquier lógica sobre lo que se podía arriesgar o ganar. Ay, Malini odiaba que le pidiesen algo así, del mismo modo que odiaba haber dejado marchar al sacerdote en Saketa. Aquel hombre había merecido de sobra una muerte lenta.
Pero ¿de qué iba a servir darse la vuelta y no ver lo que le ofrecían allí?
Se giró.
—Volveré dentro de una hora —dijo.
Lata inclinó la cabeza. Tenía la mandíbula tensa y los ojos alerta. Deepa pareció preocupada, pero no dijo nada. Raziya fruncía el ceño.
Los ojos de Priya parecían extrañamente lejanos.
—No hay flores en el templo —dijo en voz tan baja que seguramente Mitul no llegó a oírla.
Así pues, lo que había en el templo eran armas. Aquella idea tenía algo que la consolaba, aunque Malini comprendió que poco podrían hacer por ella, ni siquiera Priya, si alguien decidía rajarle el gaznate.
Malini subió sola los escalones y siguió al sacerdote al interior.
Otro sacerdote la esperaba.
Aguardaba en una estancia que se parecía a todas las salas de oración privadas que Malini había visto hasta entonces.
Paredes desnudas. Una ventana entramada que dejaba pasar un resquicio de luz.
Había estatuas de las Madres en el saltar, con cuerpos de la mitad de altura que una persona forjados en plata, con guirnaldas de pálidas flores a los pies.
Había velas que iluminaban el interior, e incienso que, por extraño que pareciera, olía más fresco que empalagoso.
El aroma le recordó al viento que había soplado del océano, lleno de sal y levemente dulzón.
El sacerdote que se giró hacia ella era tan insulso como el entorno.
Era de estatura media y llevaba una marca de ceniza en la frente.
No había tinta que marcase sus brazos ni manos, desnudas.
Se envolvía los hombros con un chal holgado, a causa del calor.
Llevaba el pelo atado, cada una de las trenzas liada en un hilo para mantenerla en su lugar, lo cual le dejaba el rostro al descubierto.
Este carecía de arrugas. Apenas tendría unos años más que Malini.
Hizo una reverencia y se levantó con un movimiento fluido de los almohadones en los que se sentaba, al parecer meditando.
—¿Eres tú aquel a quien llaman “hijo sin rostro”? —preguntó Malini.
Él inclinó la cabeza. Sí.
—¿Cómo te llamas? —inquirió Malini.
—Kartik —respondió él—. No me recuerdas.
—¿Debería? —preguntó Malini.
—Cuando te conocí no eras más que una niña —replicó él.
Tenía la voz profunda, con un acento que Malini no llegó a reconocer.
Saketano, quizá—. Hace muchos, muchos años.
Viniste con tu hermano al templo imperial.
Depositaste flores a los pies de las Madres y les susurraste.
Les hiciste promesas. Por aquel entonces, yo no era más que un chiquillo que se formaba en la fe y barría el suelo.
Malini no recordaba la época a la que se refería, pero parecía…
posible. Probable, incluso. Cuando era niña solía ir sola al templo imperial de vez en cuando.
Aunque no había mucho espacio en su corazón para la fe, el templo se le antojaba reconfortante: silencioso, relativamente íntimo comparado con el ruido y el ajetreo del mahal, en cuyos pasillos siempre había un torrente de cortesanos, guerreros y nobles.
¿Cuánto tiempo hacía que el sacerdote conservaba aquel recuerdo, preservado a la perfección en su memoria? ¿Era consciente de lo que aquel relato, aquel breve fragmento del pasado, le decía de golpe a Malini sobre sus deseos?
“Te conozco”, decían sus palabras. “Te recuerdo. Me importas. Y quiero importarte también”.
—Así pues, eres sacerdote real —dijo ella con un hilo de voz.
¿Había sido uno de los hombres que prepararon la hoguera para ella y que rezaron a la espera de ver si decidía arder?
Malini recordaba a la perfección ciertos aspectos del día en que debería haber ardido, mientras que otros eran un borrón—. Pero ¿te haces llamar… hijo sin rostro?
—Los nombres tienen poder —dijo él—. Tu príncipe alorano te lo confirmará.
No habrías acudido a la llamada de Kartik, que, por más leal servidor del sumo sacerdote que sea, no es el mismísimo sumo sacerdote.
Kartik no es el confidente más cercano de tu hermano y el poder que hay tras el trono.
Sin embargo, sí has venido a reunirte con el hijo sin rostro, que tiene poder en los templos que descansan en los más recónditos confines del imperio, que tiene poder entre los sacerdotes que no han ascendido bajo el reinado de Chandra, y que cuenta con hombres dispuestos a morir por él.
—Es cierto —convino Malini. Le imprimió algo de calidez a su voz, para atraerlo como la luz atrae a las polillas—.
Me alegro de haber venido, no sabes cuánto.
Pensé que tenía a todo el sacerdocio en contra.
He presenciado cómo muchos sacerdotes guerreros se han vuelto en mi contra en el bastión de Saketa…
, sacerdotes que usaron el fuego nacido de mujeres muertas para ganar las batallas de mi hermano en su nombre.
Me causa gran dolor, porque soy descendiente de Divyanshi.
Porque sé que las Madres me han colocado en esta senda.
Los mismísimos sacerdotes de las Madres no parecen capaces de verlo. De verme a mí.
”Y, sin embargo, me salvaron —prosiguió, con un peso calmado en las palabras—.
Me salvó un sacerdote vestido de soldado que no profesaba su fe como tus hermanos en la propia Parijat, sino como los saketanos.
Con la misma fe, pero con efigies distintas.
Con marcas en la piel. Yo deposité mi confianza en sus compañeros saketanos, que al parecer me vieron como yo debía ser vista: como devota fiel de las Madres.