Capítulo Cuarenta y dos #3
Tú querías regresar a nuestro glorioso pasado —replicó ella con toda la fiereza que no había podido volcar sobre él cuando estaba vivo, la fiereza que él le había negado al ser su enemigo, que le había negado al morir y dejarlas atrás a Priya y a ella—.
Y ahora que lo hemos conseguido, ¿qué piensas?
—Creo que le hablas a un fantasma acerca de cómo devolverle la vida a otro fantasma, hermana —repuso, con una gravedad y una quietud que Bhumika no había oído de labios de su hermano—.
Ya no soy real, Bhumika. Ya da igual lo que quisiese yo antaño.
Tú, en cambio, sí eres real. Y tú eres quien decide.
—Me ofreces un conocimiento que me está vedado —replicó Bhumika. Cerró los ojos y sintió la noche que los rodeaba y aplastaba.
Por dentro se encontraba en llamas. Aquello no era magia, no era el fuego de la madera sagrada.
Aquello que sentía no era pánico. No era así como se sentía una al cerrarse los muros cada vez más.
Así era como se había sentido momentos antes de internarse en las aguas inmortales siendo niña: todas sus opciones menguaban junto con el aire en sus pulmones.
—Quieres que… arriesgue todo lo que soy. Con la vaga esperanza de que alguien pueda usar el conocimiento que tengo.
—Sí.
—¿Y no hay alternativa?
—Quedarte aquí —respondió Ashok—. Si juegas la carta de la cobardía, como siempre has hecho. Si sigues a tus maestros con sumisión, como siempre has hecho.
—Y me quedo con mi hija —dijo Bhumika—. Me quedo con la gente a la que prometí proteger. Si no los abandono en pos de una vaga esperanza.
—Ay, Bhumika —dijo Ashok—. ¿De verdad crees que te devolveremos al bebé?
—¿Crees que mi hija sobrevivirá si la abandono?
—¿Y crees que tu sobrevivirás si te quedas?
—Lo dices para convencerme —replicó ella, tensa.
—Te digo lo que ya sabes. Hay un motivo por el que nos enseñaron a eliminar nuestras debilidades.
—Se encogió de hombros con un sonido que crujió como madera en un vendaval—.
Te has creado una debilidad, Bhumika. Trajiste al mundo una debilidad.
Cada vez que les falles a los yaksas la usarán en tu contra, y te culparán por ser tan necia como para haberla puesto a su alcance.
Llegará el día en que la destruyan, ya sea por accidente, ya sea por voluntad propia.
—Una pausa, un aliento, tras lo cual dijo—: Siempre dejan morir a los niños.
A fin de cuentas, eso es lo que nos ha dado forma.
¿Cuántos hijos del templo crees que han muerto por su culpa?
La estaba manipulando, Bhumika lo sabía. Lo sabía. Y sin embargo…
¿Dónde haría más bien? ¿Allí, defendiendo su hogar y a su gente? ¿Calmando a los yaksas con palabras y adoración? Seguramente sí. Era el camino por el que siempre había optado.
Quizá lograra amarlos de nuevo. Sentir que la fe en ellos crecía en su interior. Llegaría a amar a su esposo; una mentira que había arrastrado a lo largo de años y años. Hasta que dejó de arrastrarla.
Sin embargo, su esposo no llegó a saber lo que albergaba en el corazón. Los yaksas tenían su corazón en las manos. Les había entregado su corazón, se lo había arrancado. Se había convertido en una criatura de los yaksas a cambio de poder. Y tenían a Padma. A su hija. La brújula que regía su corazón.
Los muros se cernían sobre ella, apretaban cada vez más y más.
—No dispondrás de esta oportunidad mucho tiempo más —dijo Ashok.
—Porque tú ya no seguirás aquí.
—Eso es.
Ella apretó los puños lo bastante fuerte como para que le doliesen los dedos.
—¿Puedes proteger a mi hija cuando yo no esté? —preguntó Bhumika. Se sentía muy desgraciada. ¿Cómo podía preguntar aquello? ¿Cómo podía siquiera planteárselo?—. ¿Puedes mantener a mi pequeña a salvo? Es una niña, Ashok. Se merece…
—Todos merecíamos mucho —dijo Ashok—. Pero nos quemaron igualmente. Nos quemó la gente que debería habernos amado.
—¿Y crees que quiero infligirle ese tipo de dolor a mi hija? No, Ashok. Lo haré si me prometes mantenerla con vida.
—No tienes forma alguna de obligarme a mantener esa promesa —dijo él—. Y yo no tengo manera alguna de mantenerla.
—En su día salvaste la vida de tu hermana, cuando era… pequeña. Cuando tenía miedo. Cargaste con ella. —Lo miró—. Y el yaksa del que me has hablado amaba a los niños. Niños como Padma. Seas o no un fantasma, te estés desvaneciendo o no…, no dejarás a mi hija. ¿Verdad?
Él le devolvió la mirada. Algo aleteó en su rostro, algo suave y herido que le recordó a Bhumika al niño que había sido Ashok antes de que sus hermanos ardieran.
—Lo intentaré —dijo—. Eso… eso es todo lo que puedo prometer.
Ella asintió. No podía darle las gracias. Lo odiaba. Lo odiaba.
—¿Por qué tuviste que morir?
Se le quebró la voz y… Ay, lo odiaba, odiaba lo pequeña que era al perder aliados. Odiaba que usasen en su contra sus mayores fortalezas: su amor por su pueblo, su amor por la pequeña familia que se había labrado, por la posibilidad de un futuro, por su hija.
—¿Por qué tengo que llevar yo esta carga a solas?
Ashok vaciló. Alzó una mano, como si fuese a tocarla. La dejó en el aire un momento y luego la bajó.
—Porque tomé las decisiones equivocadas —respondió Ashok—.
Porque la gente que me crio tomó las decisiones equivocadas, al igual que quienes los criaron a ellos, al igual que los inmortales que construyeron nuestro mundo.
Porque somos pequeños y prescindibles, Bhumika, hasta el último de nosotros.
Porque lo único que pasa es que has tenido la suerte de llegar más lejos que los demás.
—Por supuesto que solo reconocerías haber tomado decisiones equivocadas una vez muerto —dijo Bhumika, con una risa preñada de dolor—. Por supuesto.
Se obligó a abrir los puños. Se obligó a no mecerse, a no derrumbarse. Raíces fuertes que la sujetaban.
—¿Cuándo lo haremos? —preguntó.
—Me reuniré contigo en la enramada de los huesos —respondió Ashok—. Antes del alba.
—¿Me dejarás tiempo para despedirme?
—Si lo necesitas —repuso él—. Tiempo para prepararte.
Luego dio media vuelta y se alejó de ella. Bhumika lo contempló, la curva de la columna, su silueta. Una cáscara, una piel, que llevaba un yaksa desconocido.
Se giró. Jeevan se encontraba en el dintel, entre sombras, lo bastante lejos como para que Bhumika solo pudiera ver el brillo de sus ojos.
—Lo has oído todo.
Jeevan asintió con un estremecimiento. No dijo nada. Ella habló.
—Jamás he sido persona impetuosa. No suelo correr riesgos estúpidos. Me cuido mucho de ello. Jeevan, he trabajado muy duro para asegurarme de que soy lo bastante fuerte como para hallar un camino para todos nosotros. No quiero hacer esto.
—Mi señora —dijo—. Iré contigo.
—¿A la enramada de los huesos?
—Adonde sea —afirmó él.
A Bhumika le dolió el corazón.
—No tienes ninguna deuda conmigo que lo exija. Y… mi hija…
—No lo hago por deuda alguna —repuso él, la boca firme—. No puedo proteger a la niña. Contra ellos estoy indefenso. Pero quizá pueda protegerte a ti.
Ella quiso negarse. Quiso ahorrarle lo que iba a suceder. Pero si debía perderse, no lo iba a conseguir sola.
No quería hacerlo sola.
—Quizá —repitió—. Está bien. Si así lo deseas, adelante. Puedes acompañarme.