La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y dos #2
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Capítulo Cuarenta y dos #2

El yaksa les enseñó eso a los humanos. Les dijo que, cuando bebieran las aguas, tendrían que dar algo a cambio.

Tendrían que vaciarse para dejar hueco a la magia.

Y decidieron hacerlo. El yaksa creó un templo para entrenarlos.

Los llevó a las aguas y dejó que las bebieran.

Los supervivientes quedaron atados a los yaksas, compartieron su magia, sus recuerdos, sus corazones.

El yaksa se quedó con quienes murieron. En calidad de amadas máscaras.

Se tocó el rostro con un dedo.

—Esto no es un cuento para niños —dijo Bhumika.

—Es un cuento sobre niños —replicó él—. Aunque quizá no para niños. Por otro lado, les dio forma, y te dio forma a ti.

—¿Por qué me cuentas esto?

—El yaksa tenía un secreto —respondió Ashok—.

Un secreto que jamás compartió con sus congéneres.

Se lo ocultó durante mucho tiempo: amaba a una de sus hijas por encima de las demás.

Esa hija amaba el conocimiento más que ningún otro niño a quien hubiese conocido el yaksa, y por ello le concedió más conocimientos que a nadie.

Le contó todo lo que les había enseñado a los demás niños…

, a sus hijos del templo. Y cuando esta niña atravesó las aguas, el yaksa le dio aún más conocimientos.

Le reveló todos los secretos de los yaksas.

Sin embargo, en el tercer viaje a través de las aguas, la niña estuvo a punto de morir.

Regresó con vida, pero las aguas la habían envenenado.

No sobreviviría si seguía atada a ellos.

Y el yaksa no podía soportar verla morir, por más que su sombra permaneciese con él para siempre.

Bhumika escuchaba en silencio. En algún lugar tras ella oyó los chasquidos de las llamas de la cocina. El frío del patio, de la noche, le empapaba los huesos.

—La niña no podía vivir con las aguas —dijo Ashok—, así que el yaksa se las arrancó para liberarla.

La liberó.

Bhumika pensó en el rollo que había visto en la biblioteca. El cuerpo atravesado de raíces. Pero que, a fin de cuentas, quizá no fueran raíces, sino ríos de oro, verde y rojo. Ríos de la sangre de un corazón. Ríos de alma y vida.

—¿Y qué fue de ella? —preguntó Bhumika con un nudo en la garganta.

—Se había vaciado para las aguas inmortales —respondió él—.

Por su magia. De ella no quedó más que la sombra de una chica.

Perdió la magia. Sus recuerdos eran fragmentarios.

Aún era ella misma, pero no del todo. Recordaba todo lo que él le había enseñado.

Cada historia. Cada secreto. Pero no recordaba quién era.

Ashok dio un paso hacia ella, con movimientos entrecortados. Como si no fuera consciente de sus propias extremidades.

—Al final, el yaksa volvió a atarla a las aguas.

No pudo soportar verla así. No pudo soportar no sentirla, que su alma no estuviese junto a él en las aguas.

Bhumika… —La voz de Ashok, conocida, un poco ronca, exudaba pánico—.

Te oí. Y aquí estoy, ¿lo entiendes? No me queda mucho.

Pero tengo lo que necesitas. Quieres liberar a tu pueblo.

Y yo… tengo el conocimiento necesario para liberarlo.

Albergo muchísimo conocimiento. Un conocimiento que me da miedo tocar.

No soy… yo mismo. Soy… —Respiró entre dientes—.

Sabes lo que soy. Pero tú, Bhumika, eres hija del templo. Estás atada a los yaksas. A mí.

Aquel hermano que no era su hermano la miró. Uno de sus ojos era mortal, anegado de lágrimas. El otro era madera viva, expuesta y verde, anegada de savia.

—Puedo darte lo que el yaksa les dio a esos niños —dijo Ashok-que-no-era-Ashok—. Puedo darte todos los secretos de los yaksas. Puedo darte las herramientas necesarias para destruirlos. Y luego puedo liberarte. A cambio, lo único que tendrás que dar es…

—A mí misma —susurró Bhumika—. Mis recuerdos. ¿A eso te refieres?

—Sí. Solo eso.

—Ashok, ¿es que has perdido el juicio por completo?

—Probé esta habilidad con Rukh. Él no es tres veces nacido, no es hijo del templo.

Pero tenía las aguas dentro a través de la podredumbre.

Sé que funcionará. —Su tono de voz cambió un poco, se volvió más profundo.

Una fractura de madera le recorrió la mejilla—.

Te lo debo, hija. A fin de cuentas, fui yo quien te hizo.

Un gemido de dolor. Ashok inclinó la cabeza hacia delante.

Bhumika debería haberlo sujetado. Debería haberle sujetado el rostro con las manos, haberlo mirado, haberse permitido sentir miedo por él, preocuparse por él.

“¿Qué te pasa? ¿En qué te has convertido?”

Podría haberlo hecho, pero no lo hizo. Pensó en todo lo que habían hecho los yaksas en el festín, los cuerpos estriados de madera, los ojos perdidos y asustados de Ashok, y se quedó donde estaba, tan inmóvil como el árbol más antiguo, enraizado y firme.

—¿Por qué lo haces ahora? —preguntó, en cambio, cuando Ashok alzó la cabeza—. ¿Por qué me ofreces ahora un arma?

—Porque Ashok quería una Ahiranya mejor —respondió—.

Porque Ashok tenía un sueño, un sueño por el que dio la vida, y esto no es lo que Ashok soñaba.

Porque en el festín pensé que lloraría de horror, y lo que queda de mortal en mí odia a los yaksas por lo que han hecho.

Y lo que hay de yaksa en mí sabe lo que haremos a continuación, y tiene miedo.

Ashok sudaba, unas extrañas perlas de savia que le corrían por la cara.

—Los yaksas no son los único que quieren remodelar el mundo.

No es que queramos una guerra, es que sabemos que la guerra es inevitable.

Al empezar a volver, al hacer los sacrificios necesarios para reptar de vuelta a este mundo, hemos despertado a otros.

Hemos enviado mensajes en nombres y profecías.

Hemos enseñado a los mortales los secretos del sacrificio.

Y ellos han escrito esos secretos en la sangre, en los huesos, en la tierra, al igual que nosotros.

Pero esta vez seremos más fuertes. Hemos ofrendado mucho más que los demás.

Esta vez nos haremos con el mundo entero.

Lo vaciaremos y haremos en él nuestro hogar.

Pero aún es posible detenernos; lo sabemos y tenemos miedo, porque si perdemos quedaremos destruidos.

—Ashok. —La voz de Bhumika era un látigo, lo bastante fuerte como para resquebrajar su gélida mirada. Ashok parpadeó y la miró. Ella insistió para mantenerlo presente, junto a sí—. Por favor, háblame. Explícamelo. ¿Qué quieres que haga?

Él parpadeó con el ojo mortal que le quedaba.

—Ashok —repitió—. Yo ya no soy Ashok. Lo cierto es que no. ¿Verdad?

—Todavía eres Ashok —replicó ella con una convicción que en realidad no sentía—.

Salvaste a tu hermana cuando nuestros hermanos ardieron.

La mantuviste con vida. Y luego me la entregaste.

Ya has muerto antes. Y regresaste. Moriste con nuestros hermanos.

Moriste cuando dejaste marchar a Priya. Puedes regresar de nuevo. Lo has hecho.

—Eso no era morir —replicó él con voz ronca—. No sabes lo que es la muerte. La muerte de verdad… no se parece a nada. Me despedazaron. Me erradicaron y mis huesos volvieron a unirse hasta convertirse en algo útil para ellos… y para mí.

Dio un paso hacia Bhumika.

—Bhumika —se obligó a decir—. Soy un yaksa. No soy diferente de la que lleva el rostro de Chandni, su sonrisa; de la que usa la voz de Sanjana. No soy diferente, aunque crea serlo.

—Todavía eres tú —dijo ella, pero vio su propia incertidumbre reflejada en el rostro de Ashok.

—Solo soy los restos de mí mismo. Los jirones.

Si me arrebatas esta armadura, esta piel, ya no seré Ashok.

Lo sé. Los yaksas lo saben. No saben por qué me aferro a ella, pero les despierta curiosidad.

Aguardan, para ver qué pasará. Los divierte.

Siempre has amado a los humanos, me dicen. Y es cierto. Quizás aún los amo.

Bhumika sentía el corazón desbocado, latidos dolorosos como puños.

—Eres una mayor del templo —dijo él—. Estás atada a nosotros por decisión propia, por sacrificio.

Atada por mi decisión, la decisión de un yaksa.

Podemos darte muchas cosas. Te hemos dado muchas cosas.

Fuerza. Poder. Hemos sometido la tierra y las plantas a tu voluntad.

Y puedo darte más. Puedo darte conocimiento, Bhumika, el tipo de conocimiento que podría matarnos si cae en las manos apropiadas.

Un secreto con el que se puede forjar un arma.

¿Acaso no merece la pena perderte a ti misma a cambio?

¿Qué podría hacer Bhumika con ese tipo de conocimiento? ¿Qué podría conseguir? Saber cuál era el puñal adecuado que enarbolar era una cosa, pero ser capaz de enarbolarlo era otra bien distinta. Sin embargo, le temblaron manos y voz al decir:

—Si acepto este conocimiento, ¿puedo detener la guerra?

—Puedes intentarlo —respondió Ashok—. Y eso es más de lo que puedes hacer ahora. Estás atada. Encadenada. Esto es todo lo que puedo ofrecerte.

—Si sabes cómo detener a los yaksas, si te sientes culpable, ¿por qué no intentas impedir la guerra tú mismo? ¿Por qué he de ser yo?

—Porque solo la parte de mí que es Ashok quiere detenerla. Esta… piel que llevo.

Señaló su propio cuerpo con un gesto de impotencia y añadió:

—No seguiré aquí mucho tiempo más, Bhumika. Seguro que ves que me estoy deshaciendo. No puedo irme, pero… tú sí. Por un precio.

Ella cerró los ojos, tratando de calmarse.

—Todo requiere un sacrificio —dijo él.

—Por supuesto —dijo ella—. Siempre es así, claro.

—Lo has olvidado, pero hace mucho tiempo, bajo las aguas, un yaksa te ofreció una hoja hecha de madera sagrada.

Te dije que te arrancases el corazón por ella, y lo hiciste.

—Hablaba con voz tranquila pero profunda.

Era la voz de Ashok, pero al mismo tiempo no lo era del todo.

No del todo—. Dejaste espacio en ti para el sangam.

Los ríos están dentro de ti, fluyen a través de ti.

Podemos encontrarte allá donde vayas porque llevas las aguas contigo.

Podemos vivir en ti porque llevas las aguas contigo. Pero si las aguas dejan de atarte…

—Ya entiendo —dijo ella. Cerró los ojos por un instante y volvió a abrirlos para añadir, con tono cansado—: La típica estrategia de Ashok. Que arriesgue mi salud y mi vida, y a todos los que dependen de mí, por una ínfima posibilidad de triunfar.

—Cuando me arriesgué a morir lo hice por una causa mayor —dijo él—. Por nuestra autonomía. Nuestra libertad. No hay por qué avergonzarse al asumir un riesgo.

—¡Avergonzarse! ¿Y tú hablas de avergonzarse?