Capítulo Cuarenta y dos
BHUMIKA
No había un solo rincón del mahal a salvo de los ojos de los yak sas .
Bhumika cruzó los pasillos, siguiendo la luz de la luna que se desparramaba por los salones, entre el denso follaje que ahogaba de las ventanas.
Las enredaderas colgaban del techo, tan gráciles como cortinas de seda.
Sentía hasta el último centímetro de verdor, cada ápice de vida en el interior de las plantas, como una extensión de sí misma.
Y la vida, que latía con una fuerza consciente, la vigilaba a su vez.
En aquel pasillo, si se quedaba inmóvil, en silencio, podía oír los lejanos sonidos de la habitación de la niña.
A veces se quedaba allí, junto a la ventana, con los ojos cerrados, concentrada en oír aunque fuese un rumor, una risa o un grito, el sonido de la voz de su hija.
Cualquier cosa. A veces, como una broma cruel, uno de los yaksas se dignaba a permitirle atisbar a Padma por una puerta entreabierta o al fondo del pasillo, en brazos.
Aquella noche, Bhumika oyó pasos. Pero no salió ningún yaksa, ni tampoco vio a Padma. Solo se trataba de Kritika, vestida de blanco, con expresión rígida. Al ver a Bhumika se detuvo y su semblante se volvió aún más rígido.
—Mayor Bhumika —dijo—. Buenas noches.
—Kritika —dijo a su vez Bhumika—. ¿Te encuentras mejor?
—No me encontraba mal —repuso Kritika.
—El banquete…
—Voy al subir al Hirana —interrumpió Kritika.
Había un gesto atormentado y desafiante en su mirada. Alzó la cabeza, la barbilla bien alta, y dijo:
—Voy a rezar junto a los yaksas, a quienes venero y en quienes confío.
Bhumika se la quedó mirando.
—Kritika —dijo—. Por favor.
Kritika echó a caminar de nuevo. Rápido, como si pudiese dejar el banquete tras de sí. Como si pudiese alejarse del gesto de Bhumika.
—He luchado por un mundo mejor, mayor Bhumika —dijo, con determinación—. No pienso rechazarlo ahora. Tengo fe.
Bhumika no dijo nada. ¿Qué podía decir? Dejó que Kritika se marchase.
Volvió a hacerse el silencio. Tragó saliva para deglutir el nudo de dolor y rabia que tenía en la garganta, y siguió avanzando.
Cruzó el pasillo y continuó hasta el siguiente. Fue hasta los pasadizos de los sirvientes, anejos a los grandes salones antaño reservados a la nobleza. No vio el rostro vibrante de Sanjana, ni el gesto amable de Chandni, ni el brillo en los ojos plateados de Nandi. Se alegró por ello.
Su gente la esperaba en las cocinas. Billu se esmeraba en atizar el fuego de uno de los hornos. Al verla inclinó la cabeza en señal de saludo.
—Las llamas no les gustan mucho —dijo, y echó algo más de combustible a las brasas que resplandecían en el horno—. Así que he pensado en ponerme a trabajar para mantenerlos alejados, ya que estaba. Mi señora.
Ella asintió.
—¿Cómo se encuentra Rukh?
Le formuló aquella pregunta a Ganam, que estaba de pie junto al círculo de sirvientes.
Era el único guardamáscara presente. Y, a decir verdad, el único al que Bhumika había considerado seguro invitar.
Khalida se sentaba con las piernas cruzadas en el suelo detrás de él, con la cabeza inclinada, como si le pesase demasiado para el cuello.
—Está más o menos bien —respondió, con gesto lúgubre—. A veces no recuerda cómo se llama su madre. Y a veces me mira como si pudiese atravesarme con la mirada. Pero luego vuelve a ser un poco más él mismo.
Bhumika sintió una mezcla de alivio y de impotencia. Fuera lo que fuese lo que su hermano le había hecho, Rukh no se lo merecía. Bhumika se alegraba de que pudiera recuperarse de esa herida.
—He intentado ver a Padma otra vez —dijo Khalida. Sonaba más apagada y cansada que tras años de servicio al regente, tras el tumulto que había seguido a su muerte—. No me han dejado entrar.
—Ah, Khalida —suspiró Bhumika. Unas lágrimas estúpidas empezaron a acumularse tras sus ojos—. Gracias por intentarlo.
Cada vez que Bhumika había intentado acercarse a su hija, la yaksa que llevaba puesta la cara de Chandni le salía al paso y la agarraba levemente del brazo.
Muy levemente. Luego le preguntaba si le importaría a su querida hija del templo volver a enseñarle el mahal, si querría acompañarla a tocar los árboles frutales del huerto, a sentir su fuerza y cambiarlos.
Si querría llevarla una vez más con los fieles para que pudiesen reunirse con una yaksa, postrarse a los pies de Chandni y rezarle como tanto deseaban.
Y Bhumika decía sí, sí, siempre obediente, y seguía sin ver a su hija.
—El festín —empezó, y se detuvo.
Todos la miraban, sentados o de pie. A la espera de que hablase.
—A estas alturas, ya sabéis lo que les han hecho a los nobles que asistieron al festín —dijo Bhumika—.
Los yaksas les han dicho que vivirán si obedecen.
Y si no, la podredumbre los consumirá. A mí los yaksas me han dicho que buscan provocar una guerra.
Me han dicho que desean propiciar una nueva Era de las Flores.
Ahora los nobles no tendrán más opción que ayudarlos.
Una pausa, y luego:
—Sabéis que tienen prisionera a mi hija.
Khalida dejó escapar un sollozo.
—Jamás imaginé que los yaksas regresarían —dijo Billu desde los fogones—. Pero, de ser así, habría pensado que crearían una Ahiranya mejor. Que conseguirían que el mundo nos respetase. Habría pensado que nos tratarían bien.
Azotó las llamas con gesto agresivo. La luz del fuego trazó dedos de luz en su rostro. Dijo:
—Me parece que no son muy diferentes del imperio. Hemos cambiado a un tirano por otro.
—Al menos son nuestros tiranos —dijo alguien.
—Ah, ¿sí? —replicó Billu—. Nadie me había dicho que los yaksas a los que he rezado toda la vida querrían enfermar a la gente. Hacer daño a los niños. De haberlo sabido, le habría rezado al dios sin nombre. Al menos, él no envenena a sus invitados.
—¿Y qué hacemos? ¿Luchar contra ellos? ¿Qué vamos a conseguir con eso?
—No os pido que alcéis la voz ni las armas contra ellos —dijo Bhumika—. Ni mucho menos.
—Entonces, ¿nos pides que obedezcamos? —preguntó Ganam—. Si quisiera servirlos estaría sentado ahora mismo junto a Kritika, mayor Bhumika, ¿lo entiendes? No estaría aquí, con gente que no me tiene en gran consideración.
—Ni siquiera Kritika está ya segura de querer servirlos —apuntó un soldado.
—Tal y como ha señalado Billu —dijo Bhumika con tono calmado—, nuestro pueblo ha sobrevivido a la opresión y a los malos tratos en el pasado. Sabemos que poseemos la fuerza para sobrevivir si es necesario.
—Pero no tendríamos que volver a hacerlo —objetó una de las criadas con voz temblorosa—. ¿No hemos sufrido ya bastante?
—No es justo —dijo alguien.
Más voces se alzaron; se interrumpían las unas a las otras. Se oyó un golpe. Bhumika se giró y vio que Jeevan había golpeado el pomo del sable contra la pared, para que todos guardasen silencio.
—Mayor Bhumika —dijo—. ¿Qué decías?
—Decía que no es justo —respondió Bhumika—.
Y que… me embarga el dolor. Había depositado grandes esperanzas en Ahiranya.
Como todos, lo sé. Pero también tengo fe en vosotros.
Tengo fe en que sobreviviréis. Tengo fe en que podéis doblegaros ante fuerzas monstruosas y aun así conservar orgullo en el corazón.
Y sé que, si surge la oportunidad de liberaros, la aprovecharéis.
—¿Y tú? —preguntó Ganam, sin quitarle ojo, evaluándola—. ¿Qué harás tú, mayor Bhumika? ¿Liderarás la guerra que quieren empezar?
Bhumika haría todo lo que le pidieran, pero nada más que aquello que le pidieran.
Retorcería sus órdenes y buscaría las más nimias grietas que le permitieran escapar de su control.
Debilitaría su dominio sobre Ahiranya y su pueblo.
Haría lo que siempre había hecho: fingir obediencia mientras afilaba sus cuchillos.
A la espera de una oportunidad. Una única oportunidad.
La idea la marchitaba por dentro. Comprendía la frustración de todos ellos, la indefensión. Compartía aquel sentimiento.
—Recordaré lo que somos —dijo—. Mantendré esa idea viva en mi corazón, como una vela.
Y cuando se oscurezcan nuestras vidas, la usaré para guiarme a través de la oscuridad.
Recordaré que somos más que aquello que nos han obligado a ser.
Somos, y siempre hemos sido, más que eso.
—Su voz se aplacó mientras todos la miraban.
El dolor y la rabia dieron paso a algo parecido a la esperanza en aquellos semblantes—. Eso es lo que haré.
”Nuestras muertes no serán valientes y estériles —añadió—. Pero tampoco perderemos la esperanza. Eso es lo que significa ser ahiranyi, lo sepan o no los yaksas. Cuando nos destruyan, nos las arreglaremos para crecer de nuevo. Tened fe en ello.
Percibió la presencia de Ashok antes de verlo. El verdor cantó y se retorció en su cabeza, una advertencia y una llamada. Y allí estaba. Esperándola al otro lado del patio de la cocina.
—Que los demás se queden en la cocina —le susurró a Jeevan—. Mantenlos a salvo.
Él vacilo, claramente reacio a dejarla sola. Sin embargo, asintió al ver su gesto apremiante y se alejó.
El espíritu que llevaba puesto el rostro de su hermano se mecía, de pie. Esperaba en el polvoriento suelo del patio y la miraba con los ojos hundidos de su hermano, siempre a disgusto, siempre exigiendo más de lo que Bhumika podía dar. Ella le devolvió la mirada.
—Te he oído —dijo—. Hablando con los otros.
—Entonces sabes que les he aconsejado que sean obedientes.
—Quiero contarte una historia —repuso. Su voz reverberó por la oscuridad—. Un cuento infantil, aunque no lo encontrarás completo en ningún libro. Solo fragmentos.
No sonaba como la voz de Ashok.
—Cuéntame —lo instó ella.
—Érase una vez un yaksa —replicó él—. Un yaksa que llegó a este mundo después de Mani Ara.
Al igual que ella, se convirtió en parte de Ahiranya.
Se convirtió en un ser de verdor. Albergaba flores.
Pero lo que amaba por encima de todas las cosas era a los humanos.
Acogía huérfanos. Los criaba como si fueran sus hijos.
”Pero los mortales son solitarios por naturaleza. Sus congéneres, los demás yaksas, estaban unidos en las aguas. Podían sentirse entre sí. Podían compartir sueños y sentimientos. Pensamientos. Los mortales carecen de esa habilidad. Así que este yaksa decidió concedérsela.
”Para contar con la magia es necesario sacrificar algo.