La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y uno #3
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Capítulo Cuarenta y uno #3

Eso desestabilizó un poco a Priya, que se quedó sin aliento.

—Pues toma lo que desees —contestó ella. El deseo la embargaba con un dolor que la recorría por completo—. Tómalo, Malini. Estoy aquí.

—Ven conmigo a la cama —susurró Malini.

¿Cómo iba a negarse Priya? ¿Cómo podría siquiera?

Hubo cierta vacilación en Malini: en el modo en que recorrió con las uñas la garganta de Priya, casi aferrándola, en círculos, agarrando pero sin agarrar.

En la presión casi dolorosa de la mano en la cintura de Priya mientras la tumbaba en la cama.

El extenuante calor de su boca, la ternura, el modo suave como una pluma en que le besaba las comisuras de los ojos, las mejillas, la forma de la oreja.

“Cuánto deseo”, pensó Priya, con el corazón a punto de estallar.

No tendría que haberse emocionado tanto.

No tendría que haber querido sonreír tanto, ni deshacerse en risas de júbilo, por más calor que sintiese por todo el cuerpo, por más que quisiese mostrarle la garganta y las muñecas para que se adueñase de ella, separar las piernas e invitar a Malini a tomar aquello que quisiera, todo.

“Cuánto deseo…, y yo solo quiero que tomes lo que desees”.

No sabía si Malini se había acostado ya con alguien.

Pero no quiso preguntarle, y tampoco estaba segura de que le importase.

Lo único que importaba era el aquí y el ahora, el acto de unir suavemente su rostro al de Malini, los ojos de Malini prendados a los suyos, hasta que Priya no pudo ver nada que no fuera la profunda oscuridad de esos ojos, el rubor en esas mejillas. La boca hinchada.

—Deja que te enseñe cómo puedes romperme —dijo Priya. Alzó una mano hasta la mejilla de Malini, para sostenerla con tanta ternura como siempre había querido, y apenas fue capaz—. Por favor. Déjame enseñarte.

Malini asintió de una manera casi imperceptible. Priya la sostuvo apenas un instante más, absorbiéndola por completo, y luego empezó a abrir la blusa de Malini con dulzura, a deslizársela hombros abajo.

—Así —susurró Priya mientras desanudaba los perfectos pliegues del sari de Malini y lo apartaba de su cuerpo, mientras tocaba y besaba aquella flexible piel, aquellos huesos, la leve tracería plateada de estrías y marcas en su piel,

mientras desnudaba por completo a Malini y la colocaba sobre la cama.

Malini contempló todo el proceso, y su mirada no tembló ni una sola vez.

Había una paciencia calmada y hambrienta en esos ojos, que aprendían a medida que Priya la tocaba, a medida que el cabello de Priya le acariciaba los muslos y la nariz de Priya rozaba la suave piel de las curvas.

Le sonrió a Malini, y la mirada oscura de Malini le respondió con calidez.

Alargó una mano y tocó con el pulgar la curva de la ceja de Priya.

—¿Me das permiso para pasar? —preguntó Priya con suavidad, ruborizada por el mero hecho de pronunciar aquellas palabras.

Sin embargo, Malini no se ruborizó ni se apartó. Se limitó a sostenerle la mirada a Priya mientras esta separaba las piernas y llevaba una mano, suave, inexorable, a la cabeza de Priya. Sus dedos se enredaron deliberadamente por toda la oscura longitud de sus cabellos.

—Priya —susurró, y eso casi la desarmó por completo, casi la arrancó de sí misma, como si su propia piel no pudiese contenerla—. Priya. Mi amor. Enséñame.

Se le acercó, y Priya fue de mil amores.

La cama se arrugaba bajo ellas dos. Las ropas de Priya le pesaban sobre la piel empapada de sudor.

Priya había pensado, quizás había pensado en el silencio de las noches desveladas, cuando se permitía a sí misma pensar esas cosas, que la primera vez sería muy dulce.

Amable. Y, sin embargo, las uñas de Malini se le clavaban en el cráneo con una urgencia fiera.

Malini la contemplaba, la devoraba con los ojos, hasta que de pronto dejó de mirarla.

De pronto Malini jadeaba, enrojecida la garganta, y echaba la cabeza hacia atrás y arqueaba el cuerpo entero y lo relajaba, y las manos la apretaban aún más, hasta que Priya no sintió nada más que a ella, el sabor de Malini, y no quiso nada más que a ella.

—No pares —ordenó, y Priya no paró. No paró hasta que Malini ahogó una maldición y tironeó de Priya hacia arriba para volver a deshacerse en besos.

—Quítate esto —dijo Malini con impaciencia cuando separaron las bocas.

Priya no pudo sino obedecer. Se desprendió de su sari hasta quedar tan desnuda como Malini, que se enderezó junto a ella y posó sus manos sobre ella al instante, manos calientes contra los omóplatos, la curva de la espalda. Los muslos. El placer la inundó como luz.

—Malini —dijo, hundiendo el rostro en sus cabellos—. Malini.

—Priya.

Priya atrapó las manos de Malini entre las suyas. Las sostuvo entre ambos cuerpos. Inspiró, solo para recordarse que aún podía hacerlo, y llevó las muñecas a las manos de Malini.

Malini se quedó inmóvil.

—Te conozco, Malini —dijo Priya con voz grave de puro deseo. Casi sin aliento—. Sé lo que quieres. Te prometo que te lo entrego libremente.

Un latido. Dos. Malini apretó las muñecas de Priya, algo que Priya podría haber roto con facilidad, cosa que no pensaba hacer. Malini acercó la boca a la garganta de Priya. No hubo vacilaciones, solo dientes y labios y lengua, dolorosamente fieros, devotos.

—He aprendido la lección —susurró Malini—. Ya sé cómo romperte. Deja que te lo demuestre.

Priya empezó a romperse al sentir la boca de Malini contra su cuerpo, al sentir aquellos dedos largos y elegantes, al oír la voz de Malini contra su piel, amantísima y amorosamente cruel a un tiempo.

“Así, Priya. Así. Quiero oírte. Ahí. Justo así. Priya. Mi amor. Así”.

Más tarde, ambas yacían juntas en la penumbra.

Enroscadas entre sí. Se quedaron así mucho tiempo, hablando de todo y de nada a la vez.

De la nueva vida de Priya como mayor. De los cambios que Malini había experimentado desde que se convirtió en emperatriz.

Fueron palabras dulces, más dulces que nada que se hubieran dicho hasta entonces.

Hacía mucho que no disfrutaban del regalo de estar juntas completamente a solas, enredadas la una en la otra.

—Tienes una cicatriz —dijo Malini, al cabo.

—Me pasó algo muy raro en la batalla —admitió Priya—. Algo que no esperaba.

—Ya me pareció.

Priya resopló.

—Sí, pensé que te darías cuenta a raíz de todo el… —Se abarcó el cuerpo con un gesto vago—. Ya sabes.

—Lo sé —convino Malin con una sonrisita.

Su mirada recorrió el rostro de Priya y descendió poco a poco, por la garganta, el torso y los brazos, casi como un contacto físico. Por último, volvió a mirarla a los ojos.

No fue una mirada intensa, allí no había ansias. Y, aun así, la mirada le hizo un nudo en el estómago a Priya y le calentó la sangre.

—Pero no me refería a la batalla. Me refería a… Saketa. Cuando cayó el fuego —logró decir Priya.

Agarró la mano de Malini y se la colocó en la curva de la cadera.

—Aquí —dijo—. ¿Lo sientes? Es como una… una punta de flecha.

—Sí que lo siento —admitió Malini, que recorrió con el pulgar aquel bulto en la cadera de Priya, aquella carne sobre el hueso.

—Fue… fue por mi magia.

—No tienes por qué explicarme tu magia —dijo Malini, eligiendo cuidadosamente las palabras.

—Y, sin embargo, quieres saber —señaló Priya.

—Siempre he querido saber.

Una inspiración honda.

—Fue por el fuego —aclaró—. El fuego me detuvo un momento. Me arrebató la magia.

—Pero te has curado —murmuró Malini.

Priya negó con la cabeza.

—Lo único que importa es… es si quieres que esté en la batalla…

Dejó vagar la voz. Los dedos de Malini le acariciaron levemente los labios.

—No quiero hablar más de batallas —zanjó Malini.

—¿No? —Una sonrisa—. ¿No estás siempre pensando en cómo podrás ganar?

—Priya —dijo Malini con la risa atrapada en la voz—. Estás aquí, ¿no? Ya he ganado.