La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cuarenta y uno #2
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Capítulo Cuarenta y uno #2

—Sí que lo hice —convino ella—. Pero cualquier puede causar daño. Basta con que utilice la herramienta adecuada. Cualquiera puede convertirse en un monstruo si blande un cuchillo. Yo llevo el mío bajo la piel. Lo único que hago es… cortar de otra manera.

Aquellos hombres no tenían por qué saber que Priya también era capaz de cortar con un cuchillo de verdad, de manera experta y cruel.

Sima le puso una mano en el hombro a Priya.

—Mi señora se ha tomado alguna copa de más —dijo, aunque Priya no había bebido nada—. No le hagáis caso.

—No, no, si tiene razón —repuso otro de los vasallos.

—Ah, ¿sí? —preguntó Priya.

—Eres una guerrera, como nosotros. —Agitó el vino para dar énfasis.

Romesh la contemplaba, cauteloso, en medio de las nieblas del vino y el opio. Aun así, le ofreció la botella. Priya la aceptó y bebió. No pensaba rechazar su hospitalidad.

Se acomodó algo más en el suelo, se apoyó en los pies y dijo:

—Está bueno. Y decidme, ¿sabéis echar pulsos?

—Todos los soldados saben echar pulsos.

—Tengo un poco de arrack —dijo Priya. En realidad, no lo tenía; ya no: todo había ardido. Pero estaba segura de poder buscar un poco si lo necesitaba. Malini le daría casi todo lo que le pidiera—. Si gano, tuyo es. Si ganas tú, me llevo una botella de vuestro vino.

Señaló con un gesto las botellas que los soldados tenían a sus pies.

—El arrack es asqueroso —apostilló Romesh. Un murmullo se extendió entre los otros hombres, que se mostraron de acuerdo—. No pienso apostar un buen vino saketano por esa bebida.

—¿Y qué me decís de algo de hachís? —preguntó Priya.

Él la evaluó con la mirada.

—Por eso —dijo— estaría dispuesto a apostar un poco de vino barato.

—No es un trato justo.

—Lo tomas o lo dejas.

—Está bien, está bien. —Priya se inclinó hacia delante, lista para fijar el brazo en el suelo—. No debería costarte nada derrotar a una mujer pequeña como yo con la mano izquierda.

Sonrió. Él resopló.

—Vaya sarta de sandeces. Te he visto lanzarle medio río a un ejército.

—Para eso no usé los brazos.

—¿Y cómo sé que no vas a hacer trampas?

—Tendrás que confiar en mi honor —dijo ella.

—Siempre he pensado que los ahiranyis no tenían honor.

Hablaba con tono neutro, la mirada fija en la de ella.

Aquel era el tipo de desafío que Priya era capaz de comprender.

—Pon mi honor a prueba y lo veremos —dijo.

No era un enfrentamiento justo. Priya era bastante fuerte, pero Romesh era más corpulento y no usaba el brazo herido. Aun así, ella se resistió más de lo que había esperado. Para cuando doblegó su mano y la hizo tocar el suelo hasta contar tres, los demás saketanos se habían congregado para mirar.

—Venga, mi premio —dijo Romesh, con una sonrisa.

—¿Con este brazo, después de la paliza que me has dado? —Priya se masajeó el brazo con gesto teatral—. Ven a buscarme mañana y te lo daré. A no ser que quieras probar otra vez…

—Creo que no deberías —comentó un hombre con tono de ligera reprimenda—. Te vas a hacer daño.

—Entonces, que lo haga Sima —dijo Priya.

—¿Yo?

Priya se giró para mirarla y alzó una ceja en tono desafiante. Así que Sima dijo:

—Ah, sí. Yo.

—¿Le vas a pedir a tu consejera que se ponga a echar pulsos con un montón de hombres? —preguntó Romesh.

—Oye, que Sima es mi consejera y la responsable principal en cuanto a pulsos —protestó Priya—. Casi es de la familia.

—Nos conocemos desde niñas —dijo Sima—. Creo que podré ocupar el lugar de mi señora por esta vez.

—Bien, queda apostado —fue la respuesta de Romesh, que arrancó vítores entre la multitud.

Priya se apartó y Sima se sentó. Carraspeó.

—Soldado, si permites que una dama se atreva a darte un consejo…

—Adelante —dijo él, mientras ponía el brazo en posición.

—Nunca es buena idea —comentó Sima al agarrarle la mano— apostar nada a un pulso contra una antigua lavandera.

El campamento era un hervidero para cuando Priya regresó a la tienda de Malini. Los guardias de la entrada la dejaron pasar sin hacer comentario alguno.

Habían encendido nuevas lámparas que teñían la tienda con un cálido resplandor. Y en medio estaba sentada Malini. Se había quitado la corona de flores y las joyas. No llevaba más que el sari. La trenza le serpenteaba por el hombro y se deshacía en pequeños rizos.

Se miraron a los ojos.

—Has salido —dijo Malini, con una voz cuidadosamente neutra.

—Tengo vino saketano.

Priya se adentró más en la tienda, pasó por el lienzo y la mullida alfombra, aquel armatoste de seda monstruosamente caro y tejido a mano que yacía bajo la cama de Malini.

Vio las manchas que su incursión al río había dejado sobre ella, un goteo serpenteante desde un borde de la cama, un semicírculo de oscura tinta acuosa.

Le gustaba verlo, aunque no quiso pensar por qué.

—Ah, ¿sí? —preguntó Malini.

Estaba sentada junto al escritorio bajo, rodeada de mapas. Se encontraba sola, al menos. No había rastro alguno de su círculo de confianza. Tenía delante un trozo de papel con palabras escritas en tinta que recorrían su superficie.

—Vino saketano barato —añadió Priya.

Lo levantó, despreocupada, y pensó en Malini durante su encierro. Malini, a quien habían obligado una y otra vez a beber vino drogado, envenenado, que causaba alucinaciones. Vaciló sin pronunciar palabra alguna, no muy segura si se había pasado de la raya.

Sin embargo, Malini la contemplaba, muy quieta, con ojos más oscuros que nunca bajo la luz de las lámparas.

—Deberías compartirlo conmigo —dijo.

Alargó una mano y Priya cruzó la estancia. Le puso la botella de vino en la mano. Malini agitó la botella.

—Está medio vacía.

—Sima y yo hemos bebido un poco —admitió Priya—. Era justo.

—¿Y eso?

—Sima lo ha ganado echando pulsos.

Malini alzó una ceja.

—¿Contra quién?

—Uno de los hombres del príncipe Ashutosh —respondió, con un encogimiento de hombros—. No te preocupes, parecían impresionados.

Priya volvió a mirar en derredor. El sonido del campamento parecía muy lejano desde allí. Había incienso encendido, una fragancia rica y suave a sándalo.

—¿Dónde está tu séquito?

—Están de celebración —dijo Malini—. Igual que tú.

—¿Y no deberías hacerlo tú también?

Priya se sentó a su lado, con las piernas separadas frente a ella. Se apoyó en los codos, casi tumbada en el suelo. Echó la cabeza hacia atrás y sintió la calidez estrellada del alcohol que la recorría.

—Siempre deberías celebrar cuando sales bien parada de una batalla.

—Puede que tengas razón —convino Malini—, pero no quería celebrar con ellas. Quería… reflexionar. Y quería esperar.

Dejó vagar la mirada, que recorrió el contorno de la mandíbula de Priya. Su garganta.

Abrió el vino con un movimiento grácil de las manos.

—Y ahora estás aquí.

—Aquí estoy —susurró Priya.

Malini se inclinó hacia ella. Alzó la botella y le colocó el frío gollete en los labios a Priya.

—¿Quieres beber? —preguntó.

—Creo que ya he bebido bastante —respondió Priya a media voz.

Sin embargo, alzó la mano y movió la botella junto con Malini. Sintió la caricia del vino en los labios, la dulzura que le estallaba en la lengua. Luego, las dos bajaron juntas la botella. La dejaron en el suelo. Y Malini acunó el rostro de Priya entre las manos y lo giró hacia sí.

El beso fue… tierno. Priya no pudo encontrar las palabras para definir ese beso. Apenas un roce de los labios, poco más que la caricia del aliento de Malini sobre la piel, su aroma a humo, a sal, a dulce aceite de jazmín.

Malini se inclinó hacia ella y le rozó el brazo con los dedos.

Una leve caricia. Casi una pregunta. Priya no dijo nada y la caricia de Malini descendió brazo abajo.

Sus dedos aún eran suaves, libres de los callos que provocan las armas o el trabajo físico, pero el contacto era firme.

Los dedos ascendieron y las uñas le arañaron la piel, trazando una lenta y firme línea de fuego a su paso.

Priya no pudo evitar proferir un sonido agudo de anhelo.

—¿Todavía quieres ver si soy capaz de romperte? —preguntó Malini—. ¿Aún quieres que lo intente?

Había un susurro casi de reverencia en su voz, en la forma de su boca, en la mirada. Priya se sintió más embriagada que por el vino; una alquimia extraña le recorría el cuerpo.

—Sí —dijo—. Siempre. Sí.

Malini giró la cara de Priya hacia ella y volvió a besarla. Un beso largo y generoso que le abrió la boca a Priya, que la embriagó de deseo, que la hizo sentirse más humana y más presente en su propia carne de lo que había estado en mucho, mucho tiempo. Quizás en toda su vida.

Saboreó el vino en los labios de Malini.

—Mira —murmuró Malini.

Agarró la mano de Priya y llevó sus dedos a la cadena que le colgaba del cuello. Los guio por la clavícula, hasta la cáscara de flor que descansaba entre sus pechos.

—Aún lo llevas —consiguió decir Priya.

Le resultaba difícil pensar cuando Malini estaba tan cerca de ella. Se hacía difícil pensar entre la leve y cálida niebla del vino, la melena de Malini, que se escapaba de la trenza y se desenrollaba con dulzura, y aquel cuello desnudo.

—Pues sí —dijo Malini—. Me recuerda todo aquello a lo que he sobrevivido. Y lo que me falta por hacer. Y también me recuerda a ti.

Estrechó la mano de Priya. Por más fuerte que fuese la mano de Priya, encallecida por culpa de la guerra y el trabajo, encajaba a la perfección en la de Malini.

—No estaría aquí de no ser por ti.

—Malini —dijo Priya un hilo de voz.

—Me gusta llevar un pedacito de ti conmigo.

Un poco de tu magia. A veces, cuando me tumbo a dormir, siento que late como un corazón.

Siento que es tu corazón, sobre el mío. Parece emitir una calidez que me empapa.

—Vaciló. Dibujaba pequeñas siluetas con el pulgar sobre la piel de Priya—. Me hace sentir humana.

Priya no pudo evitar que Malini la agarrase de la mano y la guiase por su suave piel, sobre la sedosa tela de la blusa, sobre la forma de su cuerpo por debajo de la ropa: la curva de sus pechos, que ascendían y descendían al respirar.

La estrechez del costillar. El terciopelo que era el estómago de Malini.

La curva de su cadera, cálida incluso a través de la tela del sari.

—Estoy cansada de desear y no tomar aquello que deseo —dijo Malini. Sincera y clara.