Capítulo Cuarenta y uno
PRIYA
Priya se lo había prometido a Malini: más tarde.
Pero había promesas más antiguas. Promesas más importantes.
En algún lugar, Bhumika seguía fuera del alcance de Priya.
Llevaba fuera del alcance de Priya desde que pusiera un pie fuera de Ahiranya.
Bhumika no había intentado alcanzarla. Bhumika no le había enviado mensajes. Y una yaksa le había robado el rostro.
Priya tenía que regresar a casa.
Comprendió en aquel momento, mientras paseaba lenta y cuidadosamente por la oscuridad del campamento, que debería haber escrito una carta.
“Lo decía de verdad. Todo lo que soy es tuyo.
”Pero mi familia, mi hermana…
”Lo entiendes, ¿verdad, Malini? No puedo quedarme. Lo siento”.
Por los espíritus, se odiaba a sí misma por marcharse. Odiaba pensar en lo que sentiría Malini cuando descubriese que Priya se había marchado…, que la había dejado atrás sin una sola palabra.
Estaba casi en el borde del campamento cuando oyó una voz.
—Pri. —Un susurro—. Detente.
Se giró. Sima estaba tras ella.
—¿Cómo me has encontrado? —susurró a su vez Priya.
Sima se le acercó.
—Estabas durmiendo en la tienda de la emperatriz, así que me puse a dormir fuera —respondió con un encogimiento de hombros—. Esos guardias son unos inútiles. Ni siquiera se han movido al marcharte tú.
—He hecho un agujero para salir —explicó Priya. Había bastado con el cuchillo y un poco de sus dones. Esperaba que Malini no se percatase de la raja que había dejado en un rincón de aquella tienda móvil extremadamente grande y lujosa.
Sima husmeó en el aire.
—Lo mismo da. —Se detuvo y le puso una mano a Priya en el brazo—. ¿Adónde vas?
—A casa —dijo Priya.
—¿Qué? —preguntó con voz conmocionada. La escrutó con la mirada—. ¿Por qué?
Priya pensó en los yaksas, en el horror del rostro de Bhumika al cambiar, al darse cuenta de que su hermana era una máscara y nada más. Se le secó la garganta. Le dolía todo el cuerpo por la batalla, pero también por la añoranza. No sabía cómo explicarlo.
—Bhumika —logró decir, y luego empezó a llorar de pronto. Ahogó un grito y se llevó una mano a la boca.
—Maldición. Lo siento —barboteó por debajo de la mano—. Estoy tan… cansada… que… mi magia…
—¡Pri! Mierda, no tienes por qué disculparte. Tranquila. —Sima la aplastó en un fuerte abrazo—. ¿Qué le ha pasado a la mayor Bhumika? ¿Está herida? No solloces, vas a conseguir que venga alguien, y entonces no podremos marcharnos, si eso es lo que queremos.
La apretó con más fuerza y añadió, al comprenderlo de pronto:
—Priya, ¿ibas a marcharte sin mí?
—Deja que te lo explique —jadeó Priya.
—Sí, explícate, por favor.
—En cuanto deje de llorar… Dame un minuto.
Consiguió cortar el llanto. Se limpió el rostro con el dorso del brazo y, de manera trompiconada, se lo explicó todo a Sima. El sangam. La yaksa. El rostro robado de Bhumika. El silencio de Bhumika.
—Los que están en casa —dijo Sima en voz aguda cuando Priya acabó—. Podría haberles pasado cualquier cosa.
—Por eso tengo que ir —dijo Priya, con la voz aún tomada por las lágrimas—. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes por qué no es seguro que vaya nadie conmigo?
Sima quedó sumida en un silencio prolongado. Agarró con fuerza el hombro de Priya. Algo oscuro e indefinible le sobrevoló el semblante y los ojos. Al cabo, dijo:
—¿Y si te quedas? ¿Y si te quedas aquí, con el ejército de la emperatriz?
—¿Qué? —preguntó Priya, conmocionada—. ¿Cómo… cómo voy a hacer eso?
—Si están en peligro, si ha sucedido algo…
, ¿qué vas a hacer tú sola? —Sima tenía aspecto compungido, pero la resolución se adueñaba de ella poco a poco.
Con voz decidida, añadió—: Hemos venido aquí porque Ahiranya necesita aliados, así que más te vale ganar aliados.
Consigamos que tu emperatriz suba al trono, para que, si ha sucedido algo horrible, podamos hacer… algo. Arreglarlo.
—Cuento con mi magia —dijo Priya.
—Tu magia casi te mata —replicó Sima.
—Si me quedo, no será para ganar aliados —admitió Priya, con la voz ronca de tanto llorar, a causa de la cruda sensación que tenía dentro—. No; si me quedo, no será por eso.
Se quedaría por Malini. Por aquel sentimiento egoísta y desesperado que le había confesado, tan horrible y feo como era, a Malini, entre sus brazos, mientras las flores le brotaban de la piel.
—Puedes quedarte por más de un motivo, Pri —dijo Sima—. Si ambos motivos son los correctos, no por ello serás una mala persona. Además, yo no me quedo solo para ganar aliados o un ejército.
—¿No?
—No. —Sima acarició la mejilla cuajada de lágrimas de Priya con el dorso de la mano, con mirada tierna—. También me quedo por ti. Veamos si podemos regresar a la tienda sin que nos vean.
El ejército volvió a ponerse en movimiento.
Priya viajó en el carruaje personal de Malini, envuelta en un pesado chal que Malini en persona le colocó con cuidado sobre hombros y cuello.
Lata hizo un comentario amable sobre aquel arreglo, señalando con razón que los generales y sus hombres se percatarían y empezarían a hablar, pero Malini se limitó a decir que Priya les había prestado un gran servicio y que había sufrido mucho por ello.
Si a los generales del ejército les desagradaban los actos de su emperatriz, eran más que bienvenidos a decírselo a la cara.
Nadie le dijo nada. Priya aguantó todo el traqueteo del carruaje, arrebujada en un lateral, mientras recorría el bordado del chal con los dedos.
Flores sobre flores entrelazadas con filigranas de enredaderas que se arremolinaban en nudos.
Estaba claro que aquel chal lo había tejido una mano experta.
Priya podría trazar el contorno de aquellos diseños durante horas, y no llegar a encontrar el lugar donde empezaba o terminaba el hilo.
Malini, a su lado, mantenía la espalda recta y miraba al frente con la mirada vacía. Sin embargo, apoyaba la mano en la cadera de Priya, pesada, segura.
Aquel día no hubo rastro alguno de soldados parijatdvipanos en el camino.
Extremaron precauciones al acampar. Malini tuvo que ir a reunirse con los generales.
Dejó a Priya descansando en su tienda. Priya yació quieta durante al menos media hora hasta que hubo de aceptar que no estaba cansada en absoluto.
Su cuerpo y su mente se sentían tan pletóricos como podían.
Era carne humana, sangre, pensamientos. Ya no le iban a brotar más flores de la piel. Se sentía… normal.
Sin embargo, no pudo hacer nada para aplacar la inquietud que se había instalado en su corazón. Dientes afilados. Una boca de flores violáceas. Una yaksa que la sujetaba en medio de una oscuridad líquida.
“No quiero que hables con tu hermana. Quiero que hables conmigo”.
El recuerdo la estremeció. Lo apartó e intentó pensar en cosas más reales. Cosas que no le helaran la sangre. El impacto de las flechas. El peso de un escudo. Romesh enseñando los dientes y rodeado de agua teñida de sangre.
No era mucho mejor, pero tendría que bastar. Al menos, aquellos recuerdos la mantenían dentro de su piel.
Se enderezó y se bajó de la cama. De pie, se recolocó el sari nuevo. Se apretó la trenza del pelo. Al salir de la tienda se topó con Sima. Estaba sentada delante, con los guardias.
—Pri —dijo, y se puso en pie—. ¿Cómo te sientes?
—No te lo vas a creer, pero me siento perfectamente.
Era noche cerrada, el cielo negro como la brea, pero el campamento estaba bien iluminado gracias a las antorchas. El fuego alumbró la mirada inquisitiva de Sima.
Priya miró al otro lado del campamento, buscando.
Los hombres de Ashutosh estaban más cerca de lo que habría esperado, aunque tenía sentido.
Su señor seguía en la tienda dispensario.
Cuidaban bien de él aprovechando un alto en el camino.
Priya vio a Romesh. Llevaba un brazo vendado, pero las vendas no tenían sangre. Buena señal.
Los hombres de Ashutosh también se fijaron en ella.
Priya echó a andar hacia ellos. Sima se colocó a su lado.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Por supuesto.
Sima resopló. Tal vez se lo estuviera pasando en grande.
—Supongo que, si de verdad queremos ofenderlos otra vez, será mejor que lo hagamos juntas.
—No vamos a ofenderlos —dijo Priya—. Vamos a hacer amigos.
—Claro. —Sima parecía escéptica.
Llegaron hasta donde estaban los hombres, que las miraron sin levantarse del suelo. Todos estaban en silencio.
—¿Os importa si me uno a vosotros? —preguntó Priya, con voz amigable—. No me lo tomaré a mal si no me lo permitís.
Su manera de decirlo rebajó un poco de la tensión que imperaba entre ellos, lo cual era interesante. Priya no sabía que fuera capaz de tal cosa.
—Me has salvado la vida dos veces —dijo Romesh—. Si quieres sentarte y compartir nuestro vino, no te lo impediremos.
Los hombres le hicieron sitio. Priya y Sima se sentaron. Se hizo un silencio incómodo y tenso. Este se prolongaba en exceso. Uno de los hombres tosió y se removió, inquieto.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Sima a Romesh.
Habló con voz suave. Priya sabía que temía ofenderlo. Él parpadeó, como si le sorprendiese.
—Mi señor me ha dado opio —respondió—. Así que no me siento como una mierda, o al menos no mucho. Esa es la verdad.
—No deberías decir ‘mierda’ delante de una señora, hermano.
A Sima se le crisparon los labios.
—No soy una señora —dijo.
—Consejera de señora, pues.
Una mano le dio un palmetazo en la cabeza a Romesh, y le arrancó una nueva palabrota.
—A este lo han criado mejor. No te formes una imagen negativa de Saketa por su culpa.
—Claro que no —se apresuró a decir Sima.
—Sabemos maldecir en zabano tanto como vosotros —repuso Priya con tono cortante—. Mientras que no nos llaméis mierda a nosotras, os prometemos que no nos enfadaremos.
—Tú no te comportas como una noble —dijo Romesh, como si se mostrase de acuerdo—. Tampoco lo haces como lo que cabría esperar de una sacerdotisa como tú.
—¿Qué? ¿Pensabas que sería algún tipo de monstruo?
Trató de quitarle hierro al comentario con una sonrisa.
—Es que convertiste el río en una bestia. Construiste algo de la nada.
Había cierto tono desafiante en su voz, pero no todo era inquietud. Tal vez la respetase un poco. Eso era buena señal.