Capítulo Cuarenta
BHUMIKA
Jeevan la encontró en sus aposentos, ordenando sus pendientes. Eran adornos bastante pesados. Para ponérselos no bastaba con ensartarlos en el lóbulo de la oreja. Había que sujetarse hebras de oro en el pelo para mantenerlos en su lugar y equilibrar el peso.
En otras circunstancias, Bhumika habría contado con la ayuda de una criada, pero aquel día toda la casa se preparaba para el festín. Bhumika no había querido arrastrar a ninguna chica a la tarea insensata de ordenar sus galas. Así pues, cuando oyó unos golpecitos en la puerta, dijo:
—Adelante.
Experimentó placer al ver cómo Jeevan frenaba en seco, el rostro avergonzado, al verla arrodillada frente al espejo. El sari era una cascada de vino oscuro a su alrededor.
—Mi señora —dijo, y volvió la cara.
—Esas formalidades no son necesarias —le dijo ella—. Ya casi he acabado. ¿Qué noticias tenemos?
—Hemos encontrado al Señor Chetan —le dijo Jeevan—. Ha sido… difícil.
—¿Dónde disteis con él?
—En la casa de su amante —respondió Jeevan.
Bhumika emitió un sonido a modo de asentimiento.
—Así que se estaba escondiendo.
—No solo él, mi señora —dijo Jeevan. Seguía sin mirar en su dirección, así que Bhumika le hizo el favor de volverse hacia el espejo mientras trataba de engancharse otra esbelta cadenita de oro en el pelo trenzado—. He dado con dos de sus aliados en una casa de placer cercana.
—Bien que se quejan de la economía, así que me alegro de que pongan de su parte para fomentarla.
Oyó el resoplido de Jeevan, pero, al girarse una vez más, vio un rostro por completo inexpresivo.
—Jeevan —dijo con un suspiro al tiempo que la cadenita se soltaba del engarce—. ¿Podrías ir a buscar a una criada? La que sea. —Se señaló el pelo con gesto compungido—. No consigo enganchar esto.
Su rostro, que no había recuperado la expresividad, hizo un movimiento… complicado. La mandíbula se tensó. Los ojos descendieron.
—Puedo…
Y nada más.
Pero Bhumika comprendió.
—Si no te importa —dijo con dulzura—, te estaría muy agradecida.
Él se le acercó. Agarró una de las cadenitas. Sostuvo el gancho con delicadeza entre los dedos esbeltos y lo acercó al pelo de Bhumika. Ella sintió cómo tocaba una de las trenzas, un ligero placer que la recorrió, brillante.
Vio su reflejo en el espejo detrás de ella. Los ojos de ambos se encontraron.
—El Señor Chetan —dijo él, al cabo de un instante.
—Sí —dijo Bhumika cuando fue capaz de encontrar las palabras—. Llévame con él, por favor.
—Yo no quería venir aquí —dijo Chetan, con los labios pálidos de terror—. Señora Bhumika, ¿por qué has mandado a tus hombres a por mí? ¿Por qué esta condena?
—¿De verdad crees que hay algún sitio donde puedas esconderte de los yaksas?
—preguntó Bhumika—. Son nuestro mayor poder.
Viven en todos los rincones de Ahiranya, en cada raíz, en cada árbol y en cada esperanza que hemos tenido de nuestro pasado o nuestro futuro.
Quieren que todos los nobles estén presentes —prosiguió con ecuanimidad—.
Así que estarás presente, Señor Chetan, por el bien de todos nosotros y sobre todo por el tuyo.
Él la contempló. Por primera vez, Bhumika vio algo en él, una sagacidad de la que no lo había creído capaz. Quizás el miedo había afilado brevemente su cerebro hasta darle utilidad.
—Tienes miedo, Señora Bhumika —dijo—. Nunca te había visto tan asustada.
Ella no dijo nada. No tenía ningún motivo para avergonzarse de aquel miedo. Había que ser muy necia para no tener miedo de los yaksas.
—Son… ¿son reales, pues?
—Lo son.
—Parecen… mortales.
“Yo también”, pensó Bhumika. “Pero ya no estoy tan segura de serlo”.
Sin embargo, lo que dijo en voz alta fue:
—Yo les mostraría el mismo respeto que muestras a tus ídolos yaksas en tu santuario, Señor Chetan, o incluso más.
Son exactamente lo que dicen ser. No hay duda de que pretenden demostrarlo en este festín.
—Se incorporó y le hizo una señal al guardia más cercano para que acudiese—.
Tráele agua al Señor Chetan. Y ropa limpia, si tal es su deseo.
Las únicas ropas masculinas lo bastante elegantes para su estatus habían pertenecido a su difunto marido, pero el Señor Chetan no tenía por qué enterarse de aquel detalle.
—Señora Bhumika.
Algo en su tono de voz hizo que Bhumika se detuviese.
—¿Sí?
—¿Son… como dicen las historias? ¿Como dicen los Mantras de corteza de abedul?
—Son… —Bhumika buscó las palabras adecuadas, pero al final se limitó a decir—: Lo único que tienes que hacer es mostrarles respeto y veneración. No pienses en otra cosa.
—Si pueden ver dentro de nuestros corazones —balbuceó—, de nuestras mentes…, lo sabrán.
Ella sintió un dedo helado que le recorría la columna.
—¿Qué es lo que sabrán? —preguntó, lo más despacio que pudo.
El Señor Chetan cerró los ojos.
—Ya te lo dije, Señora Bhumika. Te lo dije la última vez que nos vimos.
Tu gobierno no nos ha beneficiado a todos.
Todos somos ahiranyis de la cabeza a los pies, pero Parijatdvipa…
—Hizo una pausa y tragó saliva con gesto dolorido, pesado—.
Los ahiranyis nos beneficiamos en gran medida del gobierno parijati.
Y algunos de nosotros hemos… actuado con arreglo a los intereses de la nación.
Una sensación plomiza se adueñó del estómago de Bhumika. Necio. El muy necio.
—No quiero saber nada más —dijo cuando él intentó añadir algo—. No. No alivies tus pesares conmigo. Ya es tarde para eso.
—Pero, Señora Bhumika…
—Señor Chetan —espetó ella con más ira de la que había previsto—. Pensé que te había comunicado el peligro que entrañaría actuar a mis espaldas. Pensé que comprenderías el peligro al que nos expondrías a todos.
—Tú no eres más que una mujer —dijo él, con tono agudo—. Pero ellos…, ¿qué van a hacer?
—¿Me pides que te dé algún tipo de consuelo? —preguntó, con voz incrédula—. Bueno, pues uno te doy: tendrás que albergar la esperanza de que la política humana les importe menos que a mí.
—¿Se lo vas a contar? —preguntó Chetan—. Si no lo saben…, ¿se lo contarás? ¿Vas a exigir justicia?
—No. No me hace falta. —Fue hacia la puerta, dominada por la furia—. Como bien has dicho, ya conocen las mentiras de tu corazón. Harán su propio juicio. Y tú habrás de esperar que sean misericordiosos contigo.
Bhumika no podía retrasarlo más. Empezó a caminar hacia el salón en el que se celebraría el festín. Junto a ella, Jeevan, fiel a su costumbre, la seguía como una sombra.
—Mi señora —dijo—. Estaré a tu lado en el festín.
Bhumika esperó. Cuando estuvo claro que Jeevan no iba a añadir nada más, dijo:
—Por supuesto. Estarás de guardia.
Las botas de Jeevan resonaban contra el mármol. Los pasos de Bhumika eran un rumor de seda. Caminaban a ritmo desacompasado.
—Si hay problemas —dijo Jeevan al cabo—. Si… te encuentras en peligro, intervendré. Te lo prometo.
—¿Intervenir frente a los yaksas?
—Sí.
—Una idea valiente —dijo ella—. Pero resultaría inútil.
—Por más inútil que resulte, lo haré.
—Soy capaz de cuidar de mí misma —dijo ella, con voz queda—. Y si no puedo, prefiero pensar que alguien en quien confío se queda al frente de las cosas para lidiar con las consecuencias.
Era un hermoso jardín dentro del salón, tan hermoso que Bhumika tuvo que detenerse un segundo y contemplarlo, asombrada.
Unas plantas trepadoras colgaban del techo.
En las ventanas enrejadas crecían flores.
Un lecho de dulce hierba crecía en aquel suelo que en su día no fue más que sencilla arenisca.
El mahal llevaba mucho tiempo roto a causa de la guerra, las raíces y las flores, pero los yaksas habían convertido esas flores en arquitectura.
Bhumika avanzó con paso firme y constante, entre hileras de mesas llenas de frutas maduras, ricos dhals, sabzis repletos de almendras, platos de arroz coloreados con amarillo, rojo y dorado azafrán; pasas gordas y filigranas de cebollas con motas oscuras en la superficie.
Los yaksas, de rodillas, estaban colocados al frente del festín, todos ellos sentados juntos. A su izquierda se sentaban los guardamáscaras dos veces nacidos de Kritika. A la izquierda, Ashok. Junto a él había un espacio claramente reservado para Bhumika.
Los señores de Ahiranya habían acudido a puñados. Al igual que Chetan, muchos de ellos se habían visto o bien arrastrados hasta allí, o bien engatusados por los hombres de Jeevan. Sin embargo, había otros que acudían por fe. Bhumika vio la certidumbre y la adoración en sus ojos.
Bhumika llegaba tarde; todos habían empezado ya a comer. Los platos se apilaban, con copas medio vacías de licor frente a ellos.
Ella tomó asiento y se preparó. Se forzó a esbozar una sonrisa y echó mano de la comida. Ashok le agarró la mano.
—No —le susurró. No la miraba—. Espera.
—¿Ashok…?
—Espera —insistió, y la miró a los ojos—. ¿No lo sientes? ¿No lo ves?
Bhumika contempló la comida. Y entonces lo entendió todo.
El arroz en el plato empezó a brillar, a ablandarse, hasta que su superficie se quebró.
Los frutos se marchitaron y se arrugaron como carne bajo una lluvia fría.
Ante sus ojos, la carne se abrió y derramó un líquido que parecía y olía enteramente a sangre.
El aroma se hizo más intenso, y Ashok le apretó la mano con más fuerza, como si quisiera castigarla.
Todos aquellos manjares estaban podridos.
Por un instante, toda la estancia guardó un silencio absoluto. La gente se quedó inmóvil, con las bocas abiertas, llenas, y los dedos aún sujetando los cuencos de lo que hasta aquel momento había sido comida.
Luego alguien emitió un sonido, un grito horrorizado y ahogado, y el silencio se rompió en pedazos.
Los hombres y las mujeres se apartaban de las mesas entre gritos. Bhumika se libró del agarre de Ashok de un tirón y se puso de pie. Le cayeron pétalos sobre el pelo, aunque más bien parecía carne, podrida y de olor dulzón. No podía hacer nada, absolutamente nada.
Aquella no era la lenta y horrible llegada de la podredumbre que Bhumika conocía.
Aquella era una rápida metamorfosis de carne a flor. Vio cómo se rompía la piel y florecían plantas. Vio cómo cambiaba la gente, cómo se retorcían ante sus ojos mientras el verdor brotaba de sus pieles, del pelo, y los remodelaba.
Así pues, ese era el propósito del festín.
En un extremo de la estancia, Bhumika vio que Jeevan la miraba, el rostro demudado de terror. “No te muevas”, intentó decirle con su propia expresión, con la inmovilidad de su propio cuerpo. “Quédate donde estás. No intentes ayudarme, por favor, no”.
Frente a Jeevan, una mujer se derrumbó en el suelo, volcando en la caída cuencos y platos que rodaron por el suelo mientras ella se arrastraba entre ellos.
De su piel brotaban ramas de árbol. Delante de Bhumika, un hombre se llevó las manos al rostro y profirió un horrendo sonido roto cuando no encontró más que una blandura mohosa.
—En su día confiamos —decía Chandni en aquel momento.
Su voz era tan clara y brillante como una canción.
Sus ojos incapaces de parpadear contemplaron con serena compasión la estancia sumida en gritos y en personas que se retorcían—.
Fue un error. Ya no somos tan confiados. Aun así, os traemos regalos.
—Postraos ante nosotros —añadió Sanjana con una sonrisa—. Demostrad vuestra adoración y lealtad y os aliviaremos un poco de la magia para que sigáis con vida.
—O no os postréis —terció Sendhil—. No nos adoréis. Y nuestra magia os consumirá y os atrapará. Recordaremos vuestros rostros y vuestras pieles, los llevaremos con nosotros. Pero seréis nuestros. —Tenía una expresión distante—. Elegid.
Bhumika contempló aquella estancia llena de gente.
Su gente, a la que había intentado proteger del imperio, a la que había intentado liderar, a la que había intentado dar un futuro.
Contempló el pánico reflejado en sus ojos.
Las extremidades no le respondían, temblaban sin que ella se lo dijese, pero las obligó a moverse.
Empezó a caminar. Un paso. Otro. Se colocó frente a los yaksas.
Vio a Kritika, con una mano en la boca, trémula.
Los guardamáscaras junto a ella estaban pálidos.
Ashok la contempló desde el asiento, con los ojos desorbitados, perdidos, como si no comprendiese lo que sucedía ante él.
Bhumika miró a los yaksas, que llevaban puestos aquellos rostros familiares.
Se arrodilló e inclinó la cabeza hasta tocar el suelo.
Sus joyas tintinearon. Las cadenas del pelo eran lo bastante pesadas como para mantenerle la cabeza gacha.
—¿Qué haces? —preguntó Nandi con curiosidad.
—Me postro ante vosotros —dijo ella con tono ecuánime—. Os muestro mi adoración y mi lealtad, tal y como habéis pedido.
—Tú ya eres hija del templo —repuso Sanjana, con aire divertido—. Ya estás vacía. La podredumbre no puede tocarte, hija. Ya sabemos que nos perteneces.
Bhumika alzó la cabeza.
—Como mayor de vuestro templo, es mi deber liderar con el ejemplo —volvió a decir con tono neutro—. Eso he hecho. Y eso seguiré haciendo.
Volvió a agachar la cabeza.
Tras ella, otros nobles empezaron por fin a comprender.
Uno de ellos avanzó a trompicones. Y luego, otro.
Bhumika oyó el tintineo de los cubiertos que caían al suelo.
El rumor de cuerpos en movimiento. A su alrededor se reunieron varias sombras.
Inclinó la cabeza de nuevo y todos los señores nobles de Ahiranya la imitaron.
—Bien —dijo Chandni, con ojos nacarados, sonriente—. Bien, queridos míos, bien. Habéis elegido bien.