Capítulo Treinta y nueve
MALINI
—L e he dicho a Swati que no se acerque —murmuró Lata.
Depositó una cazuela humeante y dos cuencos. Abrió la tapa, que dejó escapar parte del vapor. Era kichadi, cocinado lentamente hasta conseguir una densidad amarillenta y cremosa. Tal vez había llevado consigo parte de la olla comunal que compartía todo el campamento.
—Está hirviendo vendas para los médicos. Me aseguraré de que no venga ninguna de las otras mujeres.
—Bien —dijo Malini.
Debería haber mirado a Lata, interpretado en su rostro todo lo que no decía. Pero no fue capaz.
Priya estaba inmóvil. Malini le había quitado parte de la mugre del río con un paño, pero aún tenía el cabello húmedo y revuelto, con manchurrones de agua en la almohada.
Tenía los ojos cerrados, las pestañas doradas se habían ensombrecido hasta adoptar el mismo tono marrón que su piel.
También tenía cortes en los brazos y en el cuello. Sangraba pétalos.
—Tus generales te buscan —dijo Lata con voz queda.
Malini ya había hablado con Prakash. Pero, oh, qué conversación tan extraña habían mantenido.
Nada más comprender que la batalla había terminado del todo, Prakash la había seguido y se había postrado ante ella.
Se había disculpado por todas las veces que había permitido que pusieran a prueba su fuerza y su mandato sin intervenir.
—No te traté como lo que eres —había dicho—. Eres la elegida de las Madres. La que profetizó el dios sin nombre. Emperatriz. No volveré a flaquear.
En cualquier otra circunstancia, una confesión así le habría proporcionado un gozo sin fin. Pero aquel no era el momento.
—Debería distraerlos Rao —dijo Malini.
—¿Se lo digo?
—Lata, por favor.
Malini no podía ausentarse mucho tiempo.
Lo sabía. Tenían que avanzar. Tenían que aprovechar la ventaja que aquella victoria les concedía y poner rumbo a Harsinghar antes de que las noticias de la derrota llegasen a Chandra y enviase más hombres a enfrentarse a los suyos.
Tenía el camino expedito. No podía flaquear en aquel momento.
Pero Priya no despertaba.
—Lata —dijo Malini—. Diles que me reuniré con ellos dentro de una hora. Por favor, asegúrate de que nadie venga a buscarme.
Lata inclinó la cabeza. Vaciló como si quisiera añadir algo, pero al cabo dio media vuelta y se alejó. Se oyó el susurro de la cortinilla de la tienda tras ella.
Malini había pensado que le costaría quedarse quieta, que no podría estar inmóvil. La batalla parecía recorrer todo su cuerpo, cada rugido, cada grito, el siseo de cada sable desenvainado. El húmedo y crudo sonido de la carne rajada.
Pero la inmovilidad de Priya la había inmovilizado a ella también. Malini se había enfrentado al ejército de su hermano. Había visto cómo se revolvía contra ellos un río entero, cómo un puente surgía de la nada. Priya la había salvado, como siempre hacía.
Pensó en aquella ocasión en la que estaban solas en el bosque de Ahiranya.
El modo en que Priya había sangrado y a punto había estado de morir.
Cómo habían yacido juntas al lado de un estanque de aguas claras, con los labios hinchados de tanto besarse, cómo habían hablado hasta conocerse la una a la otra.
Del monstruo en que tendría que convertirse Malini para alcanzar el poder.
Con cuidado, Malini le arrancó flores de los brazos a Priya. Luego bajó el rostro hasta el codo de Priya y cerró los ojos. Olía el río, las algas, la tierra, la sal.
Sintió una mano en el cabello. Temblorosa.
Malini alzó la cabeza de repente. Priya tenía los ojos abiertos y la contemplaba. Unos dardos de verdor le atravesaban el blanco de los ojos, como vetas de descoloración en una gema.
—Malini —susurró Priya—. ¿Estás aquí?
—Aquí estoy —confirmó Malini. Resistió el impulso de tocar la mejilla de Priya con los dedos o de llevarle la palma de la mano a la frente, para comprobar si tenía fiebre o simplemente para tocarla—. ¿Has tenido alucinaciones?
—He viajado —respondió Priya, lo cual sonaba como una afirmación—. No soy yo misma. Creo…, creo que te das cuenta.
Profirió una risa que era a medias un sollozo. Sonrió, pero la sonrisa abandonó sus labios de inmediato, como si la sangre se negase a transportarla.
—¿Qué ha pasado?
—Ahogaste a los soldados de mi hermano —dijo Malini, y guardó silencio. Quería pasarle los dedos por el pelo, alisarlo, arrancarle el verdor hasta que volviese a ser puro y oscuro de nuevo—. Salvaste a mis soldados. Nos ayudaste a ganar la batalla.
Entonces, no pudo evitar tocarla: puso una mano sobre la de Priya. La piel estaba empapada.
—Me has vuelto a salvar.
—Por eso me mandaste llamar, ¿verdad? Por mi magia. Para que te salvase —dijo Priya—. Y lo he hecho. Era mi deber.
Malini la contempló en silencio. No estaba preparada para sentirse culpable. No le servía de nada. Pero ahí estaba, enroscada en su pecho, llenando sus pulmones hasta quedarse sin espacio para el aire.
—No pasa nada —dijo Priya con una sonrisa agreste y afilada—. Yo quería salvarte.
Se enderezó de pronto y apartó la mano de Malini. Se puso en pie con dificultad, las piernas temblorosas. De las plantas de los pies le brotaban capullos. Dio un paso tambaleante y luego otro. Malini se irguió a toda prisa, alarmada.
—¿Qué haces?
—Me estoy perdiendo —Priya ahogó un gemido, aunque Malini no entendió nada de la frase—. Cada vez que me adentro más…, me convierto más en ella…, dejo de ser yo. Eso fue lo que me dijo.
—¿Quién te dijo eso?
Priya negó con la cabeza.
—Priya.
—Necesito. —Un suspiro tembloroso. Priya dio otro paso—. Mi piel. Tengo aspecto de podrida. Mierda.
—Puedes detener la podredumbre —dijo Malini—. Hacer que desaparezca.
—¿Puedo?
—Claro que puedes —repitió Malini, tratando de sonar lo más convincente posible—. No me mires así.
Priya le había lanzado una mirada de inconfundible ecuanimidad a pesar del verdor que le preñaba los ojos a la tenue luz de la tienda.
—Puede que no entienda hasta dónde llega tu magia, Priya, pero te he visto controlar la podredumbre.
—¿Y si no puedo? ¿Y si me quedo así? ¿Y si ya no soy lo bastante humana?
—Podemos seguir con esta discusión si te acuestas —dijo Malini—. Te vas a caer.
—Les lancé un río entero. —Priya se rio—. Se lo lancé… ¿y aun así crees que me voy a caer?
—Sí.
Priya se quedó inmóvil. Le temblaban las extremidades. Masculló una maldición y se derrumbó.
Malini consiguió agarrarla y le apoyó la espalda en una de las columnas de la tienda. Priya se acomodó entre sus brazos, sonriendo, mientras brotaban flores de su piel.
—Me dije que no lo hacía solo por ti —reflexionó. Parecía delirar. Las flores se retorcían en la punta de sus dedos, en el cráneo—. Me dije que lo hacía por Ahiranya, por mi familia, por mi país, por mí misma…, pero era mentira, mentira, mentira…
—Priya.
Malini pronunció el nombre con voz temblorosa.
—Lo hice por ti. Quizá por completo o quizá en parte, pero fue por ti. Por ti… no puedo…
Una retahíla de palabras incomprensibles, esquirlas de palabras, que brotaron como las rosas de la piel de Priya que se entrelazaban en las manos de Malini.
—Apenas entiendo por qué estoy tan dispuesta a arrodillarme ante ti, sea donde sea, por el motivo que sea.
No entiendo por qué quiero luchar tanto por ti.
Por qué quiero estar a tu lado. ¿Esto es el amor, Malini?
¿Así de terrible es el amor? Pero si así es, entonces te amo, como las raíces aman las profundidades y las hojas aman la luz.
Es… es como soy. Da igual lo buena que quiera ser, lo bien que quiera hacer las cosas…
, en tus brazos soy flores, por tu guerra, por ti…
—Priya. Priya. —Malini apretó el rostro contra el de Priya. Sintió cómo la piel se alteraba, el ritmo de la respiración, la promesa de que Priya está allí, viva. Le susurró junto a la mejilla—: Jamás debí pedirte que vinieras. Jamás debí permitir que fueras a la batalla.
—Pero me necesitas. Me necesitabas aquí.
—Te necesitaba —convino Malini—. Y aún te necesito. Pero no solo por tus dones. Solo por tus dones, jamás. A buen seguro tienes que saberlo.
—Lo sé, lo sé.
Sus rostros se giraron, sin llegar a tocarse, compartiendo el aliento.
Helechos reptantes se enroscaron más allá del cabello de Priya.
Parpadeó con aquellos ojos manchados de verdor.
Una extrañeza, una extrañeza horrible, y sin embargo Malini no consiguió obligarse a soltarla.
Priya separó los labios. Palabras, una vez más.
Palabras que siempre hendían la distancia entre ellas.
—Creo que en tu cabeza debe de haber una balanza donde pesas cuánto te importan mis dones y cuánto te importa el resto de mí.
Pero ahora creo…, creo que esa balanza está desequilibrada, ¿verdad?
Ha caído hacia un lado. No hace falta que asientas ni que me des la razón… Ya sé que es así, Malini. Ya lo sé.
Malini quiso decirle: “Tus dones son tú misma y tú misma eres tus dones. No te amo a pedazos, no te separo en partes componentes”.
Pero Priya habría captado la mentira en sus palabras.
Malini lo separaba todo en partes, en componentes, tamizaba a todas las personas que conocía en busca de fortalezas y debilidades, deseos y lealtades.
—¿Me odias por ello? —preguntó Malini, y acunó el rostro de Priya entre las manos—. ¿Me odias por no amarte como tú me amas?
Priya se rio. Un sonido sin aliento, de una extravagancia dulce.
—¿Tenías miedo de que muriese? —preguntó.
Ella agarró el pelo de Priya. Cabellos pesados, oscuros, resbaladizos como la seda, llenos de verdor floreciente.
Movió los dedos entre los mechones. Puso los labios en el cuello de Priya, sintió el calor en su piel, la calidez.
Olía a sudor, sal, tierra azotada por la lluvia.
Debería haber sido desagradable, demasiado humano y demasiado extraño a un tiempo.
Pero Malini no pudo hacer otra cosa que apretar con los dientes los tendones de la garganta de Priya, inspirar su aroma y pensar con hambre desesperada: “Quiero saborearla, saborearla por completo, tenerla en mi boca. Quiero, quiero, quiero”.
Priya emitió un sonido entrecortado, a medias sorpresa y a medias otra cosa. Echó la cabeza hacia atrás. Recorrió con los dedos trémulos el mentón de Malini.
—Como si una mera batalla fuese a acabar contigo —le susurró Malini a flor de piel.
No quería amar a Priya del modo en que Priya la amaba a ella. Esa devoción, esa aterradora gravedad que arrodillaba a las personas.
Pero había cosas que no podía controlar.
—Si de verdad temiese que una batalla pudiera matarte, jamás habría esperado a que ahogases a las fuerzas de Chandra —dijo—.
Si temiese de verdad que pudieses morir, jamás habría confiado en que te alzases sobre el agua para destruirlos.
Pero confiaba en ti. Y volvería a confiar en ti.
Del mismo modo en que confío en que encontrarás la manera de recuperar tu aspecto humano.
—Quizá pienses que al amarme te rompes de alguna manera —susurró Malini—. Que tu amor te obliga a inclinarte y a… servir.
Una pausa, tambaleante. Volvió a apoyar la cabeza, aún agachada, contra la garganta de Malini.
—Pero mis necesidades no pueden romperte. Ni siquiera las tuyas pueden. Podría intentar romperte un millar de veces, con todas mis armas, con todo el conocimiento que tengo de tus debilidades, y aun así…
Una mano apretó la mandíbula de Malini.
—Inténtalo —dijo Priya.
Malini alzó la cabeza y miró a Priya a los ojos.
—Intenta romperme —insistió Priya—. Si soy…, si soy tanto, si crees que soy mucho más que otra persona…, conviérteme en algo que no sea más que carne. Hazme humana. Intenta romperme. Inténtalo.
Malini no necesitó que se lo pidiese de nuevo.
Enredó los dedos en el pelo de Priya, tiró de su cabeza hacia atrás y empezó a besarla.
Sus latidos, sus tendones, la sal de su sudor, la hendidura y el resalte de la clavícula.
Malini apartó el cuello manchado de agua de la túnica para rozar con los labios aquella piel que no había tocado el sol, aquella piel que seguía fría por culpa del agua.
Los brazos de Priya la rodearon, le pasó los labios por la frente, por la línea del pelo, por los rizos. Una dulce agonía.
Hubo un estruendo al otro lado de la tienda. Malini recordó vagamente sus responsabilidades. Sus generales, que la esperaban. Lata, rígida, que estaría esperando con impaciencia en la puerta a que saliera. Se quedó inmóvil.
—Supongo que ahora no hay tiempo para intentarlo —dijo Priya al cabo un instante—. ¿O sí?
Malini cerró los ojos. Los abrió. Y se enderezó.
Priya estaba ruborizada. La sangre cálida le arrebolaba el rostro. Los pétalos habían desaparecido, pero aquella extrañeza todavía estaba presente en su pelo y en sus ojos. Aún había algo salvaje en ella.
—Me quedaré hasta que vuelvas a ser tú misma —dijo Malini—. Hasta que recuperes tu carne por completo. Y luego te dejaré descansar. Pero tendrás que ayudarme… a romperte.
Priya se echó a reír. Asomaba a su rostro el mismo deseo, vergüenza y hambre enroscada que Malini sentía en su propio cuerpo. Cerró los ojos y respiró, respiró. Malini la mantuvo sujeta. A la espera.
Vio que las hojas del pelo de Priya se marchitaban. Las flores se curvaban y se convertían en polvo.
En lugar de flores, no quedó más que piel, lacerada y magullada de la batalla, pero piel. La piel de Priya. Un cuerpo moreno y vivo.
Priya abrió los ojos. Marrones, enmarcados por unas pestañas más doradas que negras.
—Oh, Priya —susurró Malini mientras recorría con el pulgar la sombra de un moratón bajo el ojo izquierdo de Priya—. Mírate.
—Ya me estás mirando tú —dijo ella con una ternura carente de sentido.
—Has vuelto. Estás aquí.
—Estoy aquí. —Había alivio en su voz, como si de verdad no hubiera sabido de lo que era capaz—. Estoy aquí.
Malini tenía que reunirse con sus generales. Tenía que mover todo un ejército. Pero había pétalos de flores que alfombraban el suelo, y Priya estaba entre sus brazos.
Aquel anhelo, aquel deseo, era una fuerza que ascendía como la marea. No había manera de pararlo. Y Malini no quería pararlo.
—Más tarde —dijo Malini, con una esperanza titubeante que le crecía en el pecho—. Lo intentaremos de nuevo.
—Más tarde —repitió Priya—. Sí.