La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y ocho #2
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Capítulo Treinta y ocho #2

“Priya”, dibujó a su vez con sus propios labios. En busca de su voz. Algo se la había arrebatado de un zarpazo de la garganta. “Priya. Sea lo que sea lo que estés haciendo…, para, por favor”.

Ella parpadeó. Se estremeció y soltó el aire de los pulmones. Y de pronto, de manera abrupta, terminó.

Los pulmones se agitaban. El cuerpo agonizaba por tomar aire.

Priya era un peso muerto en sus brazos. Rao la sujetó y pataleó contra el cieno para impulsarse con ella hacia arriba.

La arrastró más y más hacia la superficie.

Salió del agua y dio una entrecortada respiración.

Le giró el rostro a un lado, tratando de captar su respiración con una sola mano.

Con dedos torpes le abrió la mandíbula a la fuerza para vaciarle la boca de agua.

Ah, ahí estaba: la más leve bocanada de aire en su boca.

Fue entonces cuando vio las flores. Le brotaban de los labios: capullos pequeños y medio abiertos de un agresivo color dorado. Pétalos engarzados en sus cabellos. Priya parpadeó y Rao vio finísimas telarañas de verdor bajo los párpados.

Con un sobresalto, casi la dejó escapar. Gracias fueran dadas al dios sin nombre, consiguió contener el impulso.

No podía permitir que nadie la viera así. Tenía que llevarla hasta Malini.

—¡Romesh!

—¿Mi señor? —preguntó Romesh desde la isla—. ¿La tienes? ¡La tienes!

—No está muerta —respondió Rao—. Pero tampoco está… presentable. Necesito a Sima, la otra mujer ahiranyi. Busca un bote si puedes y tráela aquí conmigo. Nadie más. Dile que traiga una lona.

—Puedo ayud…

—No —dijo Rao con brusquedad, y luego, más amable—. Estás herido. Si enfermas, tu príncipe me culpará a mí. Además, es mi deber salvaguardar el honor de la mayor Priya, ¿comprendes?

Romesh se dirigió a la orilla sin más objeciones.

Rao sujetó a Priya y aguardó. Aguardó y no pensó en la muerte de Prem. No pensó en los remolinos de madera en su piel, en su risa, en el hueco que el dolor le había escarbado en el pecho, en el vacío que había dejado.

—Quédate conmigo, Priya —dijo, y eran palabras algo inútiles. Priya respiraba y sangraba flores. Su pelo se arremolinaba en el agua—. ¿Qué va a hacer tu pueblo sin ti?

No supo durante cuánto tiempo la sostuvo allí, sintiendo el movimiento de las costillas al respirar. Al cabo, un pequeño bote improvisado surcó las aguas. Sima lo guiaba sin mucho tino. Rao asentó los pies en la orilla e impulsó a Priya hasta tierra firme, cubriéndola con el cuerpo.

—¿Qué va a hacer Malini sin ti? —susurró, se enderezó y le dijo a Sima con dureza—: Cúbrela.

Sima alargó las manos hacia Priya. Al ver a su amiga, abrió mucho los ojos, pero no dijo nada. Apretó la mandíbula y ayudó a Rao a subirla al bote. Hecho esto, le apartó las flores con cuidado. Y, con el mismo cuidado, cubrió el cuerpo de Priya con la lona. Priya parpadeó.

—Chisss —dijo Sima, con voz firme—. No digas nada, Pri. Es una orden. Vamos a llevarte a tierra.

La boca de Priya se movió sin emitir sonido alguno. Luego volvió a cerrar los ojos.

Rao se quedó en el agua y guio el bote. Sima mantenía quieta a Priya.

—¿Se lo vas a decir a alguien? —le preguntó Sima de repente—. Mi señor, ¿se lo vas a decir a alguien?

—La mayor Priya es una aliada importante para la emperatriz Malini —respondió él lentamente—. Y la emperatriz no querrá que nadie lo sepa.

Durante un momento casi interminable, no hubo nada más que el chapoteo del agua contra los flancos del bote al avanzar. Luego, en voz baja, Sima dijo:

—Gracias.

Rao mantuvo la mirada fija en la orilla. Ya casi estaban ahí.

—No hay por qué darlas —le dijo.

Cuando llegaron, Rao no esperó a que acudiesen soldados en su ayuda. Él mismo alzó a Priya en brazos.

—Necesito un caballo —ladró.

Uno de sus hombres se acercó con una yegua ensillada. Con la ayuda del soldado y de Sima, Rao montó y sujetó a Priya frente a sí. Por más difícil que resultase mantener el equilibrio con su peso, la llevaría él mismo.

—Sima…

—Ya daré con el camino. —Sima volvía a temblar. El coraje la abandonaba, y solo quedaba el frío. Aun así, Rao confiaba en la expresión que asomó a su semblante, la absoluta terquedad y determinación que traslucía—. Vete, mi señor.

Y se fue.

Malini ya no se hallaba en el campo de batalla sembrado de cadáveres, sino a salvo, en el campamento.

Para alivio de Rao, no se encontraba en su tienda, sino en el exterior, rodeada de sus guardias.

El Señor Prakash se arrodillaba ante ella con la cabeza inclinada.

Al alzarla, pronunció unas palabras que Rao no alcanzó a oír.

Lo que sí captó fue la completa emoción que le embargaba el rostro, una maravilla pura y llena de asombro.

Sobre él, en la tienda, alzaron las banderas de Malini, el blanco y dorado imperial parijatdvipano brillaba cegador bajo el sol. Rao obligó al caballo a detenerse. Pensó en lanzarle un grito a Malini, pero luego cambió de idea. Llamar demasiado la atención no sería… inteligente.

Sin embargo, Malini ya los había visto. Giró la cabeza.

Abrió los ojos como platos, pero luego se calmó y adoptó una máscara de tranquilidad al tiempo que se acercaba a Rao a toda prisa.

Tenía el sari cubierto de mugre y de sangre, y un viento sucio de polvo le había descolocado el moño.

Unos rizos sueltos le enmarcaban el rostro.

—Priya —dijo.

No era una pregunta, aunque su voz dejaba entrever que Rao no le había oído jamás, un abismo en el que residía una emoción. Rao se apresuró a contestar.

—Está viva, emperatriz.

—Traed a un médico —le dijo Malini con tono ecuánime a un guardia que la había seguido.

—No será necesario —dijo Rao, y miró a Malini a los ojos con la esperanza de que captase la advertencia en los suyos—. Necesita… descansar, emperatriz. Nada más.

Malini le hizo un gesto al guardia, que permaneció inmóvil.

—Llévala a mi tienda, Rao —ordenó Malin—. Señor Prakash, más tarde reanudaremos nuestra conversación. Mis disculpas.

El Señor Prakash inclinó la cabeza. Si tenía alguna opinión acerca de lo que acababa de ver, Rao no fue capaz de adivinarla, ni tampoco tuvo tiempo de analizar sus gestos.

Solo se preocupó de bajar del caballo, cargar con Priya y llevarla a la tienda.

Uno de los guardias de Malini le abrió camino. Ella le dijo que esperase fuera.

En el interior, Lata hablaba con Swati y le ordenaba que ayudase a reunir más suministros para la tienda de enfermos. Cuando Lata los vio llegar, le tapó los ojos a Swati lo más deprisa que pudo. Swati soltó un chillido de alarma.

—No te preocupes, Swati —la calmó Lata. Paseó la vista entre Rao, Priya y Malini—. ¿Emperatriz?

—Agua —dijo Malini. Cruzó la estancia y alisó la sábana de su catre—. Y traed comida también. Swati, tu presencia aquí no será necesaria. Tú quédate, Lata.

Sin detenerse a comprobar si la obedecían, prosiguió:

—Rao, tiéndela aquí.

Él la tendió, pesada como era y empapada de agua del río como estaba, mientras Lata acompaña a Swati a la salida.

—La has envuelto como un cadáver —dijo Malini.

Cruzó los brazos, pero no antes de que Rao viese lo mucho que le temblaban los dedos.

—Está cubierta de… flores —dijo Rao con tono brusco. Vaciló un poco ante lo absurdo de la situación. El río había aplastado a los soldados. Raíces que brotaban del légamo y construían por sí solas un puente. Una visión. Priya sangrando flores—. Tenía que ocultarla.

Apartó la lona y el agua embarrada manchó el catre. Las manos de Malini acudieron al cuerpo de Priya, pero flotaron por encima, sin tocarlo, mientras su dueña absorbía cada detalle de la mujer ahiranyi: el polvo de verdor en los ojos, los pétalos en los labios, en el pelo húmedo.

—Gracias, Rao —dijo—. Estoy seguro de que tendrás muchos asuntos de los que ocuparte.

Rao sabía reconocer cuándo lo despachaban.

—Cuídate, Malini —dijo con delicadeza.

Una advertencia. Ella no dijo nada.

Lo último que vio antes de cerrar la cortinilla de la tienda a su espalda fue que Malini le tocaba la mejilla a Priya: cuatro dedos que acariciaron la piel blanda, la mirada fiera e insondable.