La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y ocho
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Capítulo Treinta y ocho

RAO

El agua rugía.

Se oyó el sonido que haría algún tipo de peso aplastante, y de pronto…

se desvaneció el rumor del agua. Rao estaba en el suelo, cubierto de tierra, intentando recuperar el aliento.

El suelo situado en torno a él se había hundido, como si el lecho del río lo hubiese absorbido, lo hubiese molido hasta convertirlo en légamo.

Rao apoyó las manos y se levantó, preso de una rugiente energía.

Vio el puente.

Lo contempló con ojos desorbitados. Se preguntó si no se habría vuelto loco al fin. Luego, las manos de Sima en su brazo. La voz de Sima, que llegó hasta él como a través de una densa bruma, y que le decía que se pusiese en movimiento.

—¡Ha cumplido su parte! —chillaba Sima con los ojos húmedos—. ¡Ahora cumple tú la tuya!

Eso lo devolvió a la realidad. Llamó a gritos a Narayan. Les gritó a sus hombres que corrieran, que cabalgasen. El grito quedó ahogado al abalanzarse sus soldados se como un solo hombre hacia el extraño puente que cubría la extensión de agua.

Rao se subió a un carruaje vacío y echó mano de las riendas.

—Sima —dijo—. Sube aquí. Yo conduzco y tú disparas.

Ella lo contempló. Se restregó los ojos con un brazo y subió. El carruaje se estremeció y echó a andar. El caballo los guio a toda velocidad por el puente, sobre el agua. Sima alzó el arco. Pronto chocaron contra el flanco del ejército parijatdvipano como una ola en movimiento.

Las fuerzas de Chandra quedaron atrapadas entre la mitad del ejército de Rao y la de Malini.

Tras ellos había soldados aloranos y saketanos, tocados con turbantes y libreas de vasallaje.

Frente a ellos, parijatis con relucientes armaduras brillantes, sruganis y jinetes dwaralis. No había sitio adonde huir.

No hubo un punto concreto en el que afirmar que la batalla había terminado.

Solo un instante en el que Rao guiaba al caballo y Sima atravesó lúgubremente el pecho de un hombre con una flecha.

Y a continuación, como si la oscuridad hubiese descendido y hubiese liberado su mente con brusquedad, Rao se encontró bajando del carro a trompicones.

Había cuerpos por todas partes: gritos y gemidos de moribundos, aves de carroña que ya sobrevolaban, esperanzadas. Pero se había acabado. Había terminado. Y, que el dios sin nombre los bendijese, no habían perdido. No habían perdido.

Para sorpresa de Rao, el príncipe Ashutosh había sobrevivido.

Los hombres de Ashutosh estaban apelotonados a su alrededor, contemplando cómo lo atendía uno de los médicos de campaña.

El príncipe tenía el rostro ceniciento y los labios fríos, pero al ver a Rao asintió con gesto entrecortado.

Rao le devolvió el gesto, con una extraña sombra de alivio en el pecho.

No le gustaba Ashutosh, no exactamente, pero no le quedaba duda de que había muerto en cuanto vio caer las flechas en el río.

El que hubiese sobrevivido era un pequeño milagro.

El milagro de Priya, se recordó Rao a sí mismo.

No podía permitirse del todo recordarla en medio del agua agitada, con olas cristalinas a su alrededor y raíces desenterradas agitándose en espiral sobre ella.

El recuerdo hacía que se sintiese como si lo hubiesen arrancado de su propia piel.

Respiró para aplacar el pánico, la sensación de euforia mezclada con irrealidad, ambas enredadas en un nudo imposible de deshacer. Se giró hacia el vado.

Recordó la visión del dios sin nombre que Aditya le había mostrado mucho tiempo atrás, en los jardines de laca.

Aquella visión había llenado su cabeza de extrañeza y terror.

Sin embargo, lo de la batalla era… tal vez peor.

Rao se sentía indefenso, pequeño, dolorosamente consciente de que ocupaba un cuerpo mortal, huesos mortales.

Se obligó a concentrarse en todo cuanto lo rodeaba. El barro bajo sus pies. Los cadáveres desparramados a su alrededor.

Sima, al frente.

Sima avanzaba sin pausa. Cuando empezó a adentrarse en el agua, Rao comprendió que algo iba mal.

Un soldado le gritaba desde la orilla, trataba de llamarla para que volviese. Sima se había metido en el agua hasta el pecho. Rao no vio más que la silueta de los hombros, la trenza serpenteante, mientras flotaba entre cadáveres. Rao se metió en el agua e hizo bocina con las manos para gritar:

—¡No te metas ahí! ¡Por favor, vuelve a la orilla!

Sima giró la cabeza.

—No —dijo ella con un castañeteo de dientes—. Ven tú.

—¡Señora Sima!

—¡Te he dicho que no soy ninguna señora! —repuso con fiereza—. Mi señor. Príncipe Rao. Necesito…, no puedo. ¿Es que no lo ves? —Las palabras salían de ella a borbotones—. Priya no ha vuelto. Priya está por aquí, en algún lugar… Tengo que encontrarla.

—Sima…

—Ayúdame si quieres, y si no, pues no me ayudes —dijo ella, y volvió a girarse y a adentrarse aún más en el agua con determinación.

Rao se quitó la túnica y los pantalones.

Dejó la armadura tachonada en el suelo. Luego se zambulló en el agua tras ella.

Estaba fría, fétida. Se mordió la lengua y se adentró aún más, siguiendo la figura de Sima, algo más adelante.

No tardó en alcanzarla. La salpicó con la mano en un gesto que se le antojó pueril, pero que era más efectivo para llamar su atención que tocarla, sobre todo al verla embargada por un pánico que apenas podía controlar.

—Vuelve a tierra firme, Sima —suplicó—. Yo la encontraré, te lo prometo.

Al ver la duda en sus ojos, añadió:

—Si no la encuentro, la emperatriz me va a despellejar. Más me vale encontrarla.

—Pero yo nado mejor —repuso ella—. Voy…

—La encontraré —le dijo Rao—. Por favor.

Por un instante, Sima pareció dispuesta a discutírselo. Pero luego, sin dejar de temblar, asintió.

—Gracias —le dijo Rao.

Esperó hasta que hubo regresado a la orilla y se adentró más en las aguas.

El puente de raíces se arqueaba sobre él, enorme, compuesto de intrincados nudos.

La luz pasaba por los pequeños huecos que dejaban entre sí como brillantes diamantes entre la sombra que proyectaba sobre el agua.

Rao gritó el nombre de Priya y oyó cómo moría su propia voz hasta desaparecer en medio del rumor del agua contra los cadáveres, contra los puntales del enorme puente.

—¡Príncipe Rao! —Un grito a su espalda—. ¡Mi señor, espera!

Se giró y vio a uno de los hombres de Ashutosh, que lo seguía. Se apreciaba a simple vista que lo habían herido, llevaba el hombro vendado y la sangre manchaba levemente la tela.

—Sal del agua —respondió Rao—. Se te va a infectar la herida.

—He hablado con la chica ahiranyi —señaló con un gesto a Sima, que estaba de pie en la orilla, envuelta en una lona aceitada—. Sé dónde está la otra. O dónde estaba.

—¿Dónde? —preguntó Rao.

Le indicó a Rao el lugar donde había estado la isleta. No se veía nada. El soldado señaló al punto donde había visto a Priya por última vez y, tras encogerse por el movimiento del brazo, dijo:

—Nos protegió allí, con esa magia antinatural suya.

Los labios del hombre se curvaron en una suerte de sonrisa desdeñosa, pero pareció más un reflejo que una mueca de desagrado. La expresión se desvaneció y el hombre vaciló un instante. Acto seguido, se humedeció los labios y prosiguió:

—La vi hundirse en el agua. Justo… ahí. Y no volvió a salir, que yo viera. Fuera… fuera lo que fuese, mi señor, se merece un funeral decente.

—Crees que está muerta —dijo Rao, extrañamente entumecido.

—Por supuesto, mi señor. ¿Cómo no iba a estarlo?

Cierto, cómo no iba a estarlo. Cualquiera que tuviese dos dedos de frente entendería que ningún mortal podía sobrevivir tras hundirse en el agua.

Nadie podía sobrevivir sin aire en el fondo de un río.

¿Cómo era posible que Rao ni siquiera hubiese pensado…

que ni siquiera hubiera concebido la posibilidad de que Priya hubiese muerto?

Quizá la esperanza que ardía en su interior, a pesar de toda lógica, era culpa del exaltamiento de su mente tras la batalla. Aun así, no lo creía. A veces, la fe o el instinto eran regalo del dios sin nombre. Y Rao lo sentía como cierto: Priya aún no había muerto. Aún no.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó al soldado.

—Romesh, mi señor.

—Espérame aquí, Romesh. —Rao señaló a la isleta y empezó a nadar en la dirección que había indicado Romesh.

En el agua se veía un verdor que no debería haber crecido ahí: hojas grandes y tan verdes que casi brillaban debajo del agua, flores con el tono rosado de la sangre y la pálida blancura de los dientes. “Podredumbre”, pensó al principio, y luego: “Priya”.

La vio en el agua, debajo de él. Se le veía la cara. Tenía el pelo suelto. Los ojos cerrados.

Alargó de inmediato los brazos hacia ella y sus manos se cerraron sobre la nada, como si se tratase de un espejismo, una ilusión de la luz o un truco del agua.

No se permitió siquiera pensar. Respiró hondo y se zambulló a toda la profundidad que pudo.

La luz brillaba en el agua sobre los dos. Alargó las manos hacia ella…

Priya abrió los ojos. Eran negros, insondables en medio de la oscuridad, dos pozos que se tragaban toda la luz a su alrededor.

Ella también alargó las manos hacia él.

Por un instante, Rao se vio completamente desplazado de sí mismo.

Lo envolvió el pánico, fue incapaz de moverse, y de pronto…

sintió que no tenía peso. Sintió como si pudiera respirar, o como si no lo necesitase, como si sus pulmones no luchasen por llenarse de aire, como si fuese mucho más y mucho menos que carne.

Los mundos se revolvían a su alrededor. Grandes estrellas implosionaban y se oscurecían hasta desaparecer en la nada y colgaban suspendidas en una oscuridad viva y ondulante.

Se sintió como si un sacerdote del dios sin nombre lo hubiese guiado hasta una visión y lo hubiese dejado solo en ella, abandonado en medio del remolino de la voz del dios sin nombre.

“Una llegada. Una llegada inevitable”.

Aquellos ojos no eran los de Priya. Lo agarraba de la mano y dibujaba con los labios palabras que Rao no podía oír ni discernir, grandes pétalos de una canción que rompía como olas contra sus oídos.

Forcejeó con ella e intentó librarse de su contacto, pero luego recordó qué estaba haciendo y volvió a agarrarla.

Había ido allí a salvarla. Había hecho una promesa. Y si no podía… si no podía…

¿Qué haría Malini si no podía salvarla?