La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y siete #2
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Capítulo Treinta y siete #2

—Hace tiempo que pienso —dijo él al cabo— que los aliados leales han de recibir recompensas leales.

—Una emperatriz paga sus deudas, señor Khalil —replicó ella. Esperaba que el gesto que trazó y el peso de sus palabras reflejasen el sentir del Señor Khalil—. Pero una emperatriz ha de alcanzar el trono para darle a sus palabras el peso de las acciones.

—Te recordaré esta promesa, emperatriz. —Tiró de las riendas de su montura y se giró—. Prepararé a la caballería. Lanzaremos toda nuestra fuerza contra ellos, y veremos qué conseguimos, aparte de muchos caballos muertos.

Le dio unos golpecitos en el cuello a su montura.

—Sobrevive, emperatriz.

—Lo haré —prometió ella, llena de convicción.

No había espacio para las dudas. O bien se manifestaba el milagro que le había pedido a Priya, o bien Malini no tardaría en morir. Y los muertos carecían de la capacidad de sentir remordimiento.

—Señor Prakash —dijo Malini una vez se hubieron dado las órdenes—. Ninguno de los dos somos grandes guerreros. Diría que no se nos da bien enarbolar armas en la batalla.

Él se mostró de acuerdo, con un asentimiento.

—Aun así, estaré encantada de dar forma a esta batalla a tu lado —prosiguió Malini—. Será un honor contar con tu guía, en respeto a tu edad, y oír la sabiduría en la que antaño mi padre depositó su confianza.

Parte del recelo y la aspereza que las duras palabras de Malini habían despertado en él se suavizó en aquel momento. Malini lo vio en sus ojos.

—Será un honor guiarte —replicó él.

A un lado del vado se encontraba el ejército de Chandra.

Arqueros y jinetes, carruajes resplandecientes y banderas ondeantes, todo ello en blanco y dorado imperial.

En el lado de Malini se encontraban los soldados de infantería y los arqueros en terreno elevado, listos para disparar.

La caballería dwarali se mantenía en posición, las monturas quietas. A la espera de sus órdenes.

Malini alzó una mano. Sonó una caracola.

Ambos bandos empezaron a avanzar como dos olas a punto de chocar.

Los soldados de infantería corrieron hacia delante.

El ejército de Chandra llevaba sables; el de Malini, mazas, látigos, dagas y espadas.

Pronto no hubo más que cuerpos que se estrellaban unos contra otros, flechas que volaban y oscurecían el cielo desde ambos lados del agua.

Los jinetes dwaralis se lanzaron a la carga con un grito, monturas blancas cabalgando hacia las aguas resplandecientes.

Malini estaba de pie en su carro de guerra, presenciándolo todo. Inspiró el aroma de sangre y agua. La orilla se convirtió en una espuma de barro interminable bajo el peso de cientos de pies y cascos.

Tenía un punto a su favor: los hombres de Chandra no estaban acostumbrados a los estilos de lucha de Srugna y Dwarali.

Las mazas los golpearon, cráneos convertidos en pulpa, huesos rotos bajo las armaduras.

Las flechas los alcanzaron con una velocidad brutal, los jinetes dwarali se agazapaban a lomos de sus corceles con los arcos listos para el ataque.

Los caballos dwarali no estaban acostumbrados a luchar en el agua, aunque fuese poco profunda.

Sin embargo, los jinetes tenían pericia y los mantenían firmes.

“No tienen mucha experiencia”, comprendió Malini al contemplar los soldados parijatdvipanos de su hermano con ojo crítico.

Estaba claro que los habían entrenado bien y que luchaban con fiereza.

Pero los hombres avezados en batalla, como los suyos, tenían un punto de crueldad y sagacidad del que carecían aquellos soldados.

Poco a poco empezó a darse cuenta de que a aquellos hombres los habían criado y entrenado en la ciudad imperial de Harsinghar o en los estados parijatis circundantes. Deberían haber sido la última línea de defensa de Harsinghar, no la primera.

“¿Qué estás haciendo, Chandra?”, pensó. La frustración y el pavor empezaron a hacer mella en su interior. No entendía el plan de su hermano, ni qué intenciones tenía.

Y, de pronto, dejó de pensar por completo en Chandra.

Malini sintió que el carro de guerra temblaba.

Temblequeaban el oro, el acero y la madera chapada en oro.

El caballo retrocedió, inquieto, y la mano experta del auriga apenas pudo calmarlo.

Malini separó las piernas para estabilizarse, y Raziya la agarró con fuerza del hombro, quizá recordando el carruaje volcado cuando se enfrentaron por primera vez al fuego de Chandra en los aledaños del bastión del gran príncipe.

Juntas miraron hacia el Veri, en la lejanía, al lugar donde habían avistado las flechas antes.

En un primer momento, Malini no vio nada.

Y luego las aguas empezaron a ascender. No se trataba de ningún tipo de ola natural, ni de nada que Malini hubiese visto antes, sino más bien de un muro, un escudo. Era brillante y enorme. Un espejo resplandeciente que solo reflejaba muerte.

Las aguas cayeron con un rugido en la otra orilla, movidas por una furia terrible, sobre el flanco del ejército de Chandra.

Demasiado lejos. Estaban demasiado lejos como para verlo todo a la perfección, pero el aullido explosivo del agua era innegable, el tamaño absoluto de la ola y el poder con el que arrasó la orilla.

Se llevó por delante a todas las personas que allí había, que no eran más que siluetas oscuras a la carrera, a la carrera…

, hasta que se las tragó con brusquedad.

La mente de Malini apenas pudo comprenderlo.

Estaba helada, al igual que los hombres que la rodeaban.

Un ruido partió en dos el aire, un sonido casi inhumano; el aullido de dolor y terror que profirió uno de los hombres de Chandra.

Todos los hombres que había en la lejanía estaban muertos.

“Es mucha gente”, pensó Malini. “Todos muertos. Si hubiese parpadeado, ni siquiera los habría visto morir”.

Del horror floreció de pronto un júbilo fiero.

“Ah, Priya”, pensó. “Priya, lo has conseguido”.

La ola descendió.

Y en su lugar, algo brotó del agua: un puente, ancho y fuerte. Un hilo que conectaba las dos orillas.

Entonces las aguas recuperaron toda la calma. Malini vio que sus fuerzas saketanas y aloranas cruzaban el puente por aquel lugar donde antaño no había puente alguno, una repentina muchedumbre que gritaba victoriosa.

Quiso gritar con ellos, quiso lanzar su propio chillido de victoria. Pero aún no había ganado.

Centró la atención en el ejército de Chandra.

El movimiento de un ejército en la batalla era una suerte de inercia imposible y terrible hacia delante que no resultaba fácil detener, ni siquiera ralentizar.

Los hombres de Chandra no podían limitarse a dar media vuelta y enfrentarse al enemigo que llegaba por el flanco, a los hombres de Rao.

A los soldados saketanos. Los hombres de Chandra flaqueaban, se tambaleaban por el miedo que habían despertado en ellos aquellas aguas extrañas, del mismo modo que los hombres de Malini habían temido el fuego antinatural en Saketa.

En el bastión-laberinto, el destino se le había puesto en contra. Sin embargo, aquel día estaba a su favor, y todo gracias a la presencia de Priya. Todo lo que tenía que hacer Malini era dejarse llevar por la marea.

Alzó el sable al aire y por fin dejó escapar el grito que albergaba en su interior: un sonido agudo pero agreste, como un ave de presa que alzase el vuelo sobre una liebre herida. La luz del sol se reflejó en el filo del sable y le dio a la hoja pulida el tono brillante de una llama.

—¡Por Parijatdvipa! —chilló—. ¡Por las Madres! ¡Por vuestra Emperatriz!

Oyó los gritos de respuesta a su alrededor, un sonido que no hizo sino crecer y crecer, ya triunfante, hasta ahogar en su canción a sus enemigos.