La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y siete
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Capítulo Treinta y siete

MALINI

Al otro lado del vado, en una brillante extensión de luz solar, se encontraba el ejército de Chandra.

—Tienen más hombres de los que pensábamos —informó Prakash con voz lúgubre. Desde el carro al lado del de Malini, Prakash contempló el ejército con un gesto lleno de determinación—. Debe de ser el grueso de las fuerzas de Chandra, pero…

—Chandra no está aquí —dijo Malini, respondiendo a la pregunta que Prakash no había formulado—. No veo rastro alguno de su carro de guerra, ni de su estandarte.

—Quizá no quiera hacerse notar —sugirió Prakash.

—Oh, no, no. Mi hermano siempre quiere hacerse notar. Si estuviera aquí, lo sabríamos. Está claro que se niega a enfrentarse a mí en campo abierto. —Sintió el desdén en su propia voz como un veneno—. En qué baja estima tiene a su propia familia y a los hombres que se enfrentan a él.

Contempló el movimiento de las banderas lejanas en sus astas, blancas y doradas igual que las suyas propias.

Imperial contra imperial. Pero mientras que su ejército estaba compuesto de parijatis, sruganis y dwaralis vestidos ostentosamente con sus propios colores y sus propias armas a mano, los integrantes de las fuerzas de Chandra eran parijatis del primero al último.

¿Por qué había enviado a tantos? ¿Contaba con un ejército lo bastante nutrido como para defender Harsinghar sin aquellos hombres?

Por supuesto, eso daría igual si aquella fuerza derrotaba a la de Malini allí mismo, en el Veri, donde su superioridad numérica la arrasaría.

—Aguantaremos aquí —dijo Malini—. Propondremos negociar.

Cuanto más tiempo ganaran, más tardarían en empezar a luchar, y más tiempo tendrían Rao y las fuerzas saketanas para cruzar el río y atacar desde la retaguardia a las fuerzas de Chandra.

Malini perdería muchos hombres, era consciente de que su estrategia comportaba bajas inevitables, pero valía la pena minimizar los muertos de su bando tanto como se pudiera.

—Por supuesto —dijo Prakash.

Abrió la boca para decir algo más, pero un grito repentino hendió el aire. Y luego, otro. Junto a Malini, Raziya se inclinó hacia delante y entornó los ojos.

—Emperatriz —dijo con tono brusco. Alzó una mano y señaló.

Malini apretó las manos contra las paredes del carruaje de guerra y giró la cabeza.

El Veri era un río con meandros, pero tan plano que más bien parecía una cicatriz de plata que cruzase el paisaje.

La curva del río, donde cruzaban Priya y los demás, quedaba oculta tras los accidentes geográficos del paisaje, lo cual ayudaba a la emboscada que querían llevar a cabo.

Y, aun así, Malini vio lo que se acercaba.

Fue imposible no verlo: más adelante en el Veri, en la dirección que habían seguido las fuerzas de Rao y Ashutosh el alba, un caudal de sombras negras caía en arco más allá del agua.

Se desplazaban con suficiente gracilidad como para ser pájaros.

Pero no se trataba de pájaros. Eran flechas, toda una bandada de flechas que lanzaban los arqueros al servicio de Chandra.

“Rao”, pensó Malini, entumecida. “Priya”.

Qué idiota había sido para permitir que dos de las personas a quienes más quería fuesen a luchar sin ella, para no tener que presenciar sus muertes.

¿Habrían entrado en el agua? ¿Estaban cruzando o los habrían advertido para que retrocediesen?

Cayeron más flechas. Malini apretó aún más las manos, con tanta fuerza que sintió que el filo del carruaje se le clavaba en las palmas y la piel se le empapaba de sudor. Había sido una necia.

Se oyeron gritos de júbilo desde la otra orilla, así como el sonido de las armas al prepararse, el repiqueteo de las armaduras y el barritar de los elefantes a los que azuzaban a base de tirones de riendas para que avanzasen.

No habría negociación alguna. Las fuerzas de Chandra habían descubierto la maniobra de Malini, o bien la habían sospechado, y se habían preparado para ella.

Solo tenían que enfrentarse a ella en el vado. No habría enemigo alguno a su espalda. Frente a ellos solo tenían un enemigo cuyas fuerzas estaban debilitadas. Los aplastarían solo por su superioridad numérica.

Cayeron más flechas.

Se oyó un ruido de cascos: Khalil se acercó, flanqueado por dos de sus hombres.

—Hay sangre en el agua —consiguió decir uno de los dwaralis, que resollaba casi tanto como su caballo—. Están…, no he podido acercarme, pero he visto… soldados en el agua…

Prakash soltó un juramento.

—¿Se encontraban todas nuestras fuerzas en el río? —preguntó Malini con voz hueca.

—No… no creo. —Tragó saliva, parpadeó y dijo—: No, emperatriz. No sé cuántos de ellos estaban fuera del agua y a salvo, no llegué a verlos, pero…

—Has hecho bien —dijo Khalil con brusquedad—. Reúnete con el resto de la caballería y prepárate.

El jinete se marchó y Khalil centró la atención en Malini.

—Bueno, emperatriz —dijo—. Necesitamos un plan nuevo, y que sea rápido. ¿Cuántos hombres estás dispuesta a perder aquí?

—No podemos retirarnos —objetó Prakash—. Nos…, nos perseguirán, Señor Khalil. Podríamos morir como animales, cazados.

—Si la emperatriz sobrevive, siempre habrá esperanza de ganar nuevas batallas en el futuro —repuso Khalil.

Tenía la mirada clavada en los ojos de Malini.

Interpretaba su expresión, la juzgaba. Pero aguardaba su respuesta—.

Además, mi señor…, Dwarali cuenta con los caballos más rápidos. Estaría dispuesto a correr el riesgo.

—Si das la orden, emperatriz —susurró Raziya—, te pondremos a salvo tan rápido como podamos.

Sus mujeres, a caballo, con brillante armadura, escuchaban. Esperaban.

No había tiempo para pensar en nuevas estrategias, ni para planear el siguiente paso con cuidado y lógica.

Y, sin embargo, Malini lo vio todo: ahí, de pie en el carruaje, oyó el sonido de las caracolas, los gritos de los moribundos, el siseo y repiqueteo del armamento, todo junto en la absoluta advertencia de la tormenta de guerra en ciernes.

Vio todos los caminos que se abrían ante ella.

La derrota, lenta e inevitable, si huía.

Derrotada, rápida y fieramente, si se quedaba.

A menos que…

Pensó en la fuerza de Priya, en su firmeza y poder. Acarició la flor negra que llevaba en una cadenita en la garganta, la flor negra que las manos de Priya habían hecho con su propio dolor. Inspiró.

—Incurrimos en una falta de confianza —dijo—. Aún hay hombres vivos en el cruce de la aldea. Y van a conseguir pasar al otro lado.

—Los han masacrado —dijo Prakash—. Los han atrapado…

—No a todos —repuso ella. Sintió un regusto metálico en la lengua; sangre, terror.

Fuera lo que fuese lo que su cuerpo intentaba decirle, no podía permitirse sentirlo—.

Se han perdido vidas, pero hay muchos soldados que siguen vivos.

Cuando crucen, nos pondremos en movimiento y aplastaremos las fuerzas de Chandra, tal y como habíamos planeado.

—Aunque crucen, que no van a poder, su aparición ya no supondrá sorpresa alguna, emperatriz.

—La voz de Prakash tenía una tonalidad extrañamente apagada, el rostro lúgubre—.

Sin el elemento sorpresa, no podemos ganar.

Las fuerzas de tu hermano saben que tratamos de rodearlas. No dejarán la retaguardia desprotegida…

—Las fuerzas de mi hermano saben que han hecho llover flechas sobre mis soldados y que mis soldados están muertos, heridos o atrapados en la orilla —dijo Malini—.

Las fuerzas de mi hermano creen, al igual que tú, que el resto de nuestros guerreros que quedan en la orilla no podrán cruzan.

Que la única fuerza con la que cuento es la que ven ahora mismo: los hombres que me rodean.

Tus hombres. Aprovecharemos esa impresión contra ellos para combatir con todas nuestras fuerzas.

Estarán tan concentrados en nosotros que ya será demasiado tarde cuando vean que el enemigo al que creen derrotado se les acerca por la retaguardia.

Silencio.

—Emperatriz… —comenzó Prakash con tono incómodo.

Al mismo tiempo, Khalil dijo sin tapujos:

—Depositas tus esperanzas en lo imposible.

—Conozco la valía y la fuerza de mis hombres.

Prakash soltó un suspiro tembloroso.

—Puede que estemos eligiendo la muerte.

—Señor Prakash, no cuentas con corceles dwaralis —replicó ella a las claras—.

Como tampoco los tienen mis soldados parijatis.

Puede que tanto yo como los hombres del Señor Khalil sobrevivamos, y puede que incluso su esposa sobreviva, así como las mujeres de su esposa…

, pero para ti, la única disyuntiva es morir huyendo o morir en batalla.

Si no confías en mi juicio, confía al menos en que esto es verdad. Y toma una decisión.

No había tiempo. No había tiempo. Sin embargo, los soldados de Chandra aún no habían cruzado el vado.

Preparaban los arqueros, mientras que los de Malini empezaban a tomar posiciones a lo largo de la orilla.

Las guardias sacaban los escudos, preparadas para defender el carruaje de Raziya y Malini.

Así pues, Malini contó con suficiente tiempo para ver derrumbarse la expresión de Prakash, y para contemplar la determinación que se apoderó luego de ella. Prakash cuadró los hombros y dijo:

—En ese caso, confiaré en tu juicio, emperatriz.

—General —dijo ella a su vez e inclinó la cabeza—. ¿Y tú, mi general dwarali?

Khalil estaba en silencio, la mirada sombría, pensativo. Miró, pero no a Malini, sino a la mujer que había junto a ella. Hizo un gesto de asentimiento.

Fuera lo que fuera lo que habían compartido, aquello bastó.

—Tal y como has dicho, emperatriz —dijo al fin—. Mi esposa y yo podemos huir, y tú también. Y creo que incurres en falsas esperanzas. —Una mueca en los labios, una sonrisa carente de humor—. Ya he usado antes esta táctica, y sé que no te ha salido bien.

—Señor Khalil —dijo ella—. Hace tiempo que te tengo por uno de mis aliados más poderosos.

Has llegado hasta aquí. Aguardaste contra toda esperanza a que Aditya aceptase su destino en Srugna.

Me has acompañado a cada paso del camino mientras yo me esforzaba por alcanzar el mío.

Y mi destino, mi propósito, no me ha fallado aún.

¿Serás aquí también mi aliado? ¿Confiarás en mi destino?

—No soy ningún adorador del dios sin nombre. No puedo depositar mis esperanzas en su profecía —dijo él.

—Pero sí que eres fiel de las Madres, y yo soy Sus manos.