Capítulo Treinta y seis #4
—Tu carne —dijo la yaksa con dulzura. La uña trazó el contorno de la mejilla de Priya.
La sombra de un dolor caliente siguió el trazo de aquella uña.
—Mi fuerza.
—La última vez, cuando pensé que eras…
Priya hizo una pausa, buscando las palabras. “Cuando pensé que eras mi hermana. Cuando pensé que eras tan humana como yo. Cuando no comprendí que eras una yaksa, con todo lo que eso implica”.
—Experimenté una sensación… extraña, en el cuerpo. Me sentí extraña. Lo atribuí a mi debilidad.
—No es debilidad —murmuró la yaksa—. Pequeño brote. Dime. ¿Qué es la adoración?
—Vaciarse —susurró Priya.
—¿Y qué es el poder?
Priya no respondió. El poder podía ser muchas cosas. Si pensaba en poder, pensaba en Bhumika, que se dejaba la piel para mantener unidos todos los trozos de Ahiranya. En Malini, siempre caminando en el filo, que aprovechaba el poder de Priya para reafirmar el suyo propio. Y Priya… se lo permitía.
—No lo sé —respondió.
Se sentía irremediablemente pequeña en manos de la yaksa.
—Retoño —dijo la yaksa con ternura—. Eres una mayor. Has de saber que el poder es una magia como ninguna otra. Requiere sacrificio.
Sacrificio.
Las aguas se arremolinaron a su alrededor mientras la cara de la yaksa seguía cambiando: de carne a madera, de pelo a enredaderas, párpados colmados de liquen.
—¿Y si me niego? —preguntó Priya—. ¿Permitirás que me ahogue?
—Ah. —La uña de la yaksa volvió a recorrerle la mandíbula.
Posesiva—. No. La muerte no está tan mal, retoño.
Me quedaría contigo igualmente. Serías una piel estupenda, un buen receptáculo con buenos huesos.
Pero no. Te quiero tal y como estás, viva.
Pero esta batalla se perderá y habrá muchos muertos por culpa de tu negativa.
La yaksa se inclinó más hacia ella. Su cabello era una capa que las envolvía. Enredaderas y oscuridad.
—No me importa que mueran los mortales —dijo la yaksa—. Estos mortales me dan igual. Pero a ti no.
A Priya no le importaba mucho el maldito Ashutosh, ni Romesh, ni los demás soldados, aunque no quería que muriesen. No le importaban. Pero. Pensó en Sima y en Malini. En la Señora Raziya y el príncipe Rao. Y dijo:
—¿A qué te refieres, pues? ¿Qué precio debe pagar mi carne si ya me he vaciado para ti?
—Has regalado algo que es mío —dijo la yaksa.
Hubo un eco: un gran redoble que sacudió todo el sangam. La sombra de Priya se descompuso en jirones que volvieron a unirse con un sorprendente chasquido. La yaksa gruñó y volvió a agarrarla de la cabeza.
—No te queda tiempo, pequeña. Pero tienes que recuperar eso que es mío. Prométemelo.
Hacerle una promesa a una yaksa. Un juramento que no podía romperse.
Priya no podía sentir el corazón desbocado ni los pulmones crispados, pero sí que sintió miedo, el tipo de miedo que no necesita un cuerpo para cobrar forma.
Pensó en Sima, a la orilla del río, esperándola.
En Malini, contemplándola con un deseo que era más profundo que las aguas inmortales.
En las aguas auténticas que la rodeaban, pesadas y llenas de sangre.
En las personas que flotaban muertas en ellas.
De un modo lejano, sintió que su cuerpo la llamaba.
—Lo prometo —dijo. Sintió que había cometido un error nada más decirlo. Y, sin embargo, era la única baza de que disponía. La única—. Lo juro, yaksa.
Los ojos de la yaksa relucieron con un brillante tono bermellón. Sus manos hundieron a Priya bajo los tres ríos del sangam. Ella inspiró, una horrible inspiración que le llenó los pulmones con aguas cósmicas. De pronto estaba llena, completa, cambiada. Estaba…
… emergiendo del Veri. Escupió agua. Mostró los dientes en una risotada que más bien era un aullido y alzó las manos al aire, llevándose el légamo del fondo con ella.
Sintió que el agua se alzaba con la tierra. Sintió que Romesh trepaba hasta la isla, sudando y sangrando, con el príncipe Ashutosh en los brazos. Sintió que los árboles que había por encima de su cabeza se rompían, se retorcían y adoptaban una nueva forma. Un escudo, un caparazón.
Sintió que las aguas se separaban en torno a ella, que las raíces que había sacado de la tierra formaban un alto puente, un camino abierto que los hombres de Rao y Narayan podrían cruzar para llegar al flanco de las fuerzas de Chandra, que seguían a la espera.
Podrían cumplir exactamente lo prometido. Malini no caería.
Pero el agua… no podía aguantar inmóvil eternamente. Así que hizo lo único que pudo. La soltó y la envió adonde mejor le serviría.
Lo vio todo en fragmentos:
El suelo se tragó a los hombres de la otra orilla.
El agua se derrumbó sobre ellos, cada vez más rápido, todo su peso guiado por la naturaleza y el poder antinatural de Priya.
El agua que golpeó la orilla con un rugido, una bestia que se los tragó a todos mientras el viento le arremolinaba el pelo a Priya y la magia aullaba a través de su cuerpo, espinas rabiosas en su sangre, en sus huesos.
Oyó… gritos.
La voz de la yaksa. un canturreo que sonó en su cabeza como una canción:
“Bien, retoño. Bien. Así”.
“Bien”, pensó Priya sin el menor sentido a su vez. “Bien. Hecho está”.
Y luego se permitió cerrar los ojos y su cuerpo volvió a derrumbarse.