Capítulo Treinta y seis #3
—No te pido que lo dejes. ¿Tienes fuerza para sacarlo del agua? —preguntó Priya, señalándole la isleta con el mentón.
—Es lo que estoy intentando —replicó—. Pero cada vez que nos movemos, esas malditas flechas…
Como si lo hubiesen conjurado sus palabras, se oyó un silbido. Priya agachó la cabeza por puro reflejo. Las flechas, por suerte, aterrizaron lejos de ellos.
—Ya veo —logró decir. El agua la salpicaba, tenía los dedos arrugados y el cuerpo se le estremecía por la falta de calor—. Necesito que lo intentes de nuevo.
—Nos van a dar —dijo él, con voz cortante.
—Necesito que lo hagas —le rogó ella.
—No pienso morir por tus necias órdenes…
—No, pero ahora no —replicó ella—. Inténtalo dentro de un momento, porque antes voy a hacer una cosa. Cuando la haya hecho, arrástralo hasta allí y tendrás oportunidad de conseguirlo.
Él soltó una risa ahogada e incrédula.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Matarlos a gritos? Mujer estúpida.
Priya apretó los dientes. Aquel no era ni mucho menos su insulto favorito. Al menos, “bruja antinatural” implicaba que tenía cierto nivel de destreza y habilidad, aunque no sirviese para granjearle elogios.
—Te salvé la vida, ¿no? —Enseñó los dientes con una sonrisa y avanzó por el agua, alejándose de él—. Puedo hacer lo que quiera.
La última vez que había estado en un agua tan mugrienta como aquella y había tratado de poner en marcha sus dones, había quedado inconsciente.
Pero no podía pensar en ello en aquel momento.
No podía permitir que la asaltaran las dudas.
A fin de cuentas, estaba a punto de desencadenarse una matanza, a punto de que todos los esfuerzos de Malini se derrumbaran, a punto de perder la guerra.
Y si Priya podía hacer algo al respecto, por la tierra y el cielo que iba a hacerlo.
Respiró hondo, aunque menos de lo que le habría gustado, porque los arqueros parijatdvipanos del emperador Chandra, vestidos con los tonos blancos y dorados imperiales, volvieron a estirar los arcos.
Priya se hundió en el agua en cuanto las flechas empezaron a llover. Y ahí desencadenó su magia.
El agua no estaba bajo su poder. El légamo a sus pies era barro, rocas finas y espinas de pescado...
, pero tampoco contaba con muchas plantas, maldito fuera.
Aun así, Priya sentía lo suficiente: algas, un leve destello de verdor.
Las raíces de toda la vida que crecía, abundante, a lo largo de la ribera.
Y las raíces más viejas, más profundas, de los árboles de las isletas que en su día fueron islas, de árboles muertos largo tiempo atrás, cuyos troncos aún se retorcían bajo el lecho del río.
Extendió la consciencia. Y tiró. La magia se arremolinó.
No quería obedecerla. Le pedía demasiado al suelo, a las raíces, a la tierra.
Aquello no era Ahiranya, donde el verdor cantaba y se movía con ella fácilmente.
Estaba lejos de casa, más frágil, debilitada.
Pero también era obstinada, como siempre lo había sido, y no pensaba cejar en su empeño.
Expandió aún más la consciencia, se aferró con más fuerza, y puso toda su fortaleza en el movimiento de la magia que llamaba a la magia, de su alma al extenderse, del verdor al responder.
Le dolía la cabeza. Sentía como si se le fuse a partir el cráneo en dos, demasiado tenso para el poder que se desenrollaba en su interior, que la partía con raíces tan mordientes como dientes, que mascaba su carne.
“Para”, gritó absolutamente todo. “Para, es demasiado, demasiado rápido, demasiado lejos”.
Su fuerza no era suficiente. El agua era demasiado pesada.
El verdor era demasiado pequeño. Por más que se hubiese curado, por más que Bhumika la hubiese curado, Priya sintió el eco del falso fuego como una cicatriz en los pulmones.
Le costaba respirar en ese fuego. Rompía su magia, la retorcía.
Se esforzó más. Agarró la fuerza del mundo a su alrededor.
“Obedéceme”, le dijo a verdor. “Soy una mayor del templo, tres veces nacida. He obtenido mi poder con fuerza y sacrificio, y tú te has de doblegar a mí. Te doblegarás. ¡Te doblegarás!”.
Una pausa. Y un instante en el que el dolor del cráneo se convirtió en un cuchillo y todo el verdor cedió a él. Un animal inmóvil con la garganta expuesta.
Ya era suyo.
“Ven conmigo”.
Todo lo que podía tocar con su poder respiró, luchó y se alzó ante su llamada.
La tierra se estremeció. Y volvió a estremecerse.
El dolor de cabeza creció más y más y, a través de ese dolor, Priya se obligó a abrir los ojos en el agua mugrienta.
Vio a través del cambiante resplandor cómo el légamo se abría en dos.
De la hendidura brotaron raíces. Sintió, mientras el agua se movía, que la violencia del suelo lo desplazaba todo.
Alargó una mano ante sí y atrajo el suelo hacia su cuerpo.
A través del agua oyó los gritos de conmoción y horror a ambos lados del río.
Las orillas del río se hundieron hacia dentro, respondiendo a su llamada.
El agua se mezclaba con la tierra y el polvo, cada vez más oscura, a media que la tierra se agitaba y el río empezaba a derrumbarse, obligado a fluir de manera inexorable en la órbita de Priya. El agua era suya. La tierra era suya.
Aquella tirantez en el cráneo se hizo pedazos, con tanta celeridad que sintió un golpe que la dejó jadeante, con la boca abierta en el agua, los nervios crispados a causa de una agonía tan fiera que la dejó entumecida. La oscuridad se cernió sobre ella.
Silencio.
Supo que se encontraba en el sangam antes de abrir los ojos.
Yacía en la convergencia de las aguas, tumbada con los brazos extendidos y el cuerpo flotando, apenas una sombra.
Unas manos tiernas le acariciaban el pelo, lo recogían y volvían a dejarlo flotar libre.
Tenían que ser las manos de su hermana. Al girar la cabeza, momento en que el agua le salpicó la frente, vio que así era: se trataba de Bhumika, inclinada sobre ella.
—Has usado demasiada fuerza, hermanita —dijo Bhumika.
Su voz tenía una dulzura de caña de azúcar. Toda ella piel morena y cálida, pelo oscuro, labios sonrientes. Ni una sola parte de ella estaba hecha de sombra.
—En un instante, tu cuerpo necesitará respirar. Y entonces te ahogarás.
Por encima de sí misma y por encima de la silueta del rostro de Priya, veía estrellas florecidas. Se obligó a abrir la boca.
—No quiero ahogarme —consiguió decir.
—Nadie quiere ahogarse.
—No he venido aquí para esto.
Las manos de Bhumika se apartaron de los cabellos de Priya para sujetarle el rostro.
—¿Y para qué has venido? —preguntó Bhumika con curiosidad, manteniendo el rostro de Priya por encima del agua. Como si pudiese reproducir el mismo gesto en el mundo terrenal—. ¿Qué intentas hacer?
—Usar mi poder —dijo Priya—. Ganar esta batalla. Eso es lo que quiero hacer. Usar el río contra ellos. En Ahiranya habría podido hacerlo. Sé que habría podido.
—No estás en Ahiranya —objetó Bhumika—. Estás en una tierra que no han tocado los yaksas desde hace mucho. Y sigues debilitada, Priya. Has cometido un error.
Palabras de tierna reprimenda. Y sin embargo…
—Bhumika —dijo Priya—. ¿No estás… enfadada conmigo? ¿No te entristece que vaya a morir?
Alzó la vista, pero no a las estrellas, sino a los ojos de Bhumika.
—No pareces tú misma.
—Puedo darte lo que quieres —respondió Bhumika con tono calmado, los ojos casi dotados de luz propia—. Puedes tener tu fuerza. Puedes modelar las aguas con tus manos mortales. Todo eso puede ser tuyo, si lo quieres tanto como crees.
La mano de Bhumika apretó el rostro de Priya, alrededor de la mandíbula. Unas uñas afiladas se apoyaron en la carne.
—Pero cada vez que acudes a mí, nuestro vínculo se hace más fuerte.
Cada parte de ti se hace más y más mía, y cada parte de mí queda consumida a cambio.
Cambiamos y nos intercambiamos juntas, retoño.
Qué dulce me resulta, no te lo negaré. Pero has de saber que te pediré algo a cambio del privilegio del poder, del privilegio de tenerme.
Retoño.
Una cascada de recuerdos la bañó como aguas que la ahogasen: el yaksa con una boca de espinas; el yaksa que la besó; las uñas del yaksa que le rajaron la mejilla; las propias manos de Priya, abriéndose el pecho y ofreciéndose entera, todo lo que le quedaba, todo lo que le quedaba de corazón…
—Yaksa —jadeó—. ¿Por qué llevas puesto el rostro de mi hermana?
—No quiero que hables con tu hermana —se limitó a decir la yaksa vestida de Bhumika.
Sonreía con la boca de su hermana, o con algo que parecía la boca de su hermana.
Priya vio que los dientes eran demasiado blanquecinos, demasiado puntiagudos, y los labios amoratados y curvos como pétalos—. Quiero que hables conmigo.
Todo aquel tiempo. Desde la primera vez que había llamado a Bhumika en el sangam. El momento en que casi había dado media vuelta y regresado a Ahiranya, en que había visto a Bhumika y había cambiado de opinión… Todo aquel tiempo…
El pavor le inundó el vientre y se apoderó de ella hasta helarle la sangre.
Bhumika. ¿Había llegado a hablar en algún momento de Bhumika, con la verdadera Bhumika, desde que salió de Ahiranya?
¿Qué le había pasado a su hermana? ¿Qué les había pasado a todos aquellos a quienes había dejado atrás?
El horror le acarició la columna. Mentiras y más mentiras.
¿Cómo podía creer en nada de lo que hubiera visto en el sangam?
¿Cómo podía confiar en sí misma, si ni siquiera era capaz de reconocer que su hermana no era su hermana?
Priya intentó moverse, intentó ponerse en pie… y notó que la yaksa la agarraba con más fuerza.
—¿Quieres ganar? ¿Quieres matar a quienes se enfrentan a ti? —La yaksa sonreía, una sonrisa luminosa bajo la neblinosa luz de las estrellas—. Entonces hemos de trabajar juntos. Tu carne y mi fuerza.
—Mi carne —repitió Priya.