Capítulo Treinta y seis #2
Priya miró en derredor al oír un grito ahogado de dolor. Un soldado alorano y otro saketano escudaban a Narayan, mientras un tercero forcejeaba con la pernera del pantalón para intentar sacar el asta de la flecha.
No sin esfuerzo, Priya apartó la mirada de la sangre.
—Mira que te dije que te pusieras a cubierto —se las arregló para decir.
—Y te hice caso —respondió Sima. Temblorosa, la tensión la dominaba de la cabeza a los pies. Tenía el brazo flexionado para mantener en alto el escudo. Miró a los ojos a Priya con mirada firme—. Y luego volví.
Hubo un golpe en el suelo tras ella, un repiqueteo de madera contra metal. Rao y Sima dieron un respingo ante la fuerza del golpe de la flecha que impactó en el escudo.
Malini le había dicho que usase sus dones si la situación se volvía desesperada. Y aquello parecía…, bueno, bastante desesperado, ¿no? Estaban de mierda hasta el cuello.
—Príncipe Rao —dijo Priya con tono apremiante. Junto a ella, Sima respiraba entrecortadamente, los dientes apretados. Priya le puso una mano en la columna, para recordarle que tenía columna, para recordarle que respirase—. Príncipe Rao. Rao. Escúchame…
—¡No entréis a por ellos! —gritó uno de los hombres aloranos, tan alto que llamó la atención de Rao y consiguió que a Priya le temblase la voz.
Había soldados saketanos que se adentraban a la desesperada en el agua en un intento de alcanzar los cuerpos de sus compañeros. Uno de los saketanos, con el agua por las rodillas, se giró.
—¡No están todos muertos! ¡No podemos dejarlos! ¡Por favor!
Se le quebró la voz con aquellas últimas palabras.
“Concéntrate”, se dijo Priya con tono duro.
—Príncipe Rao, escúchame. No tienen el fuego de las Madres —dijo Priya con una mueca de dientes apretados.
No había tiempo para aquello. Lo dijo lo bastante alto como para que Rao la oyese y girase la cabeza hacia ella—.
Magia falsa, fuego mágico… Sea lo que sea lo que usaron en el bastión del gran príncipe, aquí no lo tienen.
De lo contrario, lo usarían contra nosotros ahora mismo.
—Sin duda, Chandra está reservando el fuego para defender Harsinghar —dijo Rao. Ya no lo dominaba el pánico. Ahora lo envolvía la afilada concentración de quien se encuentra en peligro—. Y claramente no lo necesita para matarnos aquí a todos. Tenemos que retirarnos.
—Crucemos el vado si queremos contar con alguna posibilidad de victoria —gimoteó Narayan mientras uno de los soldados le vendaba la pierna con torpeza. Trató de apartar al hombre de un manotazo. El sudor le empapaba el cabello—. Si no cruzamos, atacarán a la emperatriz y masacrarán sus fuerzas…
—Hemos perdido el factor sorpresa. La maniobra ha fallado —se lamentó Rao.
—No ha fallado —replicó Priya.
Sus palabras sobresaltaron a los hombres, que se giraron hacia ella con miradas suspicaces y dominados por el pánico.
—Saben que estamos aquí. No podemos atraparlos en una maniobra de pinza.
Pero… creen que no podemos cruzar —prosiguió, sin dejar que le temblara la voz ni flaquease su confianza.
¿Por qué habría de flaquear? Estaba a punto de darles la clave para vencer.
Tenía que creer en lo que decía—. Pronto volverán todas sus fuerzas hacia las tropas de la emperatriz en el vado.
No esperarán que los ataquen por la espalda.
—Porque no habrá enemigo alguno a su espalda —repuso Rao—. El enemigo yace muerto en el agua. Estamos muertos.
—Quienes han muerto son los hombres de Ashutosh —corrigió Priya, consciente de que hablaba con honestidad brutal—. Nosotros, no.
Tragó saliva y prosiguió, a pesar de los gritos y los sonidos de los moribundos.
—Hay que retroceder como si nos retirásemos, mis señores. Retrocedamos y dejemos que piensen que no podemos cruzar. Que los hombres del emperador Chandra centren la atención en la emperatriz. Y luego…, yo os haré cruzar.
—Priya —susurró Sima. Había empalidecido por completo—. Pri.
—Dijiste que no sabes todo lo que puedo hacer —le dijo Priya a Rao—. Pero yo sí lo sé. Y tu emperatriz, también; de lo contrario, no me habría mandado llamar. Déjame hacer lo que he venido a hacer.
Unos cuantos guerreros obedecieron la orden de retirada y regresaron a la orilla. Algunos se quedaron en el agua. O bien sangrando, o bien inconscientes, o bien porque se negaron a dejar atrás a los heridos o muertos.
Un puñado de hombres cargó con Narayan. Priya aguardó, resguardada tras el escudo, con Sima y Rao al lado. Rao mantenía el escudo firme con expresión lúgubre.
—Vuelven a avanzar con los arqueros —dijo, con voz queda.
—¿No se creen que nos retiremos? —preguntó Priya, que se maldijo por dentro.
Saltaba a la vista que se estaban retirando. De no ser por Priya, por el estúpido plan al que se aferraba, aquello sería una auténtica retirada.
—No, sí que se lo creen —dijo él con voz tensa—. Pero pueden permitirse dejar un escuadrón de arqueros aquí. Supongo que sus fuerzas son tan numerosas en el vado que se creen capaces de derrotar a la emperatriz sin un puñado de flechas más.
Bien, pues se equivocaban. Tenían que equivocarse, porque en caso contrario la batalla ya estaba perdida.
Más silbidos e impactos de flechas. Un sonido horriblemente estrangulado desde el agua. Priya ni siquiera se permitió encogerse aquella vez. Tras ella, los hombres se retiraban con un repiqueteo de armaduras y cascos, así como los chirridos irregulares de las ruedas de los carros de guerra.
Priya tensó los músculos y se irguió un poco, aún encorvada.
—Lleva a Sima hasta algún lugar seguro —dijo—. Por favor.
Rao asintió con movimientos espasmódicos.
—Preferiría ir contigo —dijo Sima. Seguía temblando, aún aterrorizada… pero sus ojos brillaban con llameante fiereza.
—Sima…
—Como tu consejera —dijo pausadamente—, y compatriota ahiranyi, como amiga tuya que soy, preferiría protegerte. Prefiero llevar un escudo para mantenerte a salvo antes que… que dejarte aquí y correr como una cobarde.
Priya negó con la cabeza.
—No te voy a poner en riesgo aquí.
—No eres tú quien decide.
—Yo también te acompaño —se ofreció Rao.
—Tú tienes que liderar a tus hombres —objetó Priya.
—Esa es una de mis responsabilidades —replicó él—.
Pero mi deber consiste en asegurarme de que ganamos esta batalla, mayor Priya…
y pienso desempeñar el papel que se requiere de mí.
Si estás destinada a vivir lo suficiente como para llevar a cabo la misión que Malini te ha encomendado, para que esta lucha acabe inclinándose a nuestro favor, entonces haré todo cuanto esté en mi mano para defenderte.
Ella se centró en las lecciones de su infancia.
“Vacíate de debilidad. Avanza”.
No iba a permitir que murieran ni Sima ni Rao. Ah, por los espíritus, no soportaría ver morir a Sima.
Así pues, dejaría atrás su debilidad, sus debilidades.
—Les costará menos descubrirnos si vamos los tres que si voy yo sola —dijo mientras señalaba la orilla opuesta con un gesto brusco—. O sea, que, si no retrocedéis, os obligaré yo a retroceder. ¿Entendido?
Priya no estuvo segura de hasta qué punto se tomó Rao en serio la amenaza, pero Sima apretó los labios.
—Priya —le imploró—. Por favor.
—Habrá otras batallas —dijo Priya—. Sima. Cuando esto acabe…, cuando ganemos, más tarde, habrá otras batallas que no se decidirán con arreglo a lo que… lo que puedo hacer. Te prometo que cuando lleguen esas batallas estarás a mi lado.
Ambas se sostuvieron la mirada. Un latido. Luego Sima dejó escapar todo el aire y aflojó la mano que sostenía el escudo.
—Está bien —accedió—. Está bien, Pri. Te tomo la palabra.
—Cuando te pongas en movimiento —dijo Rao—, también lo haremos nosotros.
Por supuesto, quería decir que Sima y él esperarían para comprobar si llegaba sana y salva hasta el agua antes de dejarla indefensa. Pero Priya ya no podía discutir más. Centró la atención en lo que tenía delante.
Respirar despacio, profundamente. Que la respiración la guiase hasta su magia.
Siguió respirando mientras se arrastraba desde detrás del escudo y empezaba a avanzar hacia el agua.
Se movía con dolorosa lentitud, la espalda encorvada, lista para arrojarse cuerpo a tierra, intentando no presentar un objetivo atractivo.
No llevaba armas, era pequeña y estaba sucia, con el pelo suelto. No era nada ni nadie importante.
Llegó hasta el agua. Las flechas no la alcanzaron.
Esperaba que Sima y Rao se estuviesen marchando, que se retirasen tal y como les había pedido que lo hicieran. Pero no podía mirar atrás.
Primero metió los pies. El agua estaba fría y oscura a causa de la sangre. Alguien flotaba bocabajo cerca de ella. Unos dedos le rozaron al pasar el dobladillo de la túnica que flotaba a medida que se adentraba.
Siguió avanzando. Los cuerpos de los hombres del Señor Ashutosh flotaban en el agua, a su alrededor.
En aquel momento ya podría hundirse. Podría alcanzar la magia. Intentar…
“Aún no”, le dijo algún instinto de voz sibilante; una voz rica, sibilina, que se retorció en su sangre y aplacó el fuego del pánico en su interior. Aún no.
Le costó nadar, debido al peso de la ropa.
Tuvo que apartar de su camino balsas, cadáveres y armamento.
Pero se encontraba casi en la curva de una de las isletas.
Y ahí…, ahí vio al Señor Ashutosh, gimoteando y moviendo la cabeza, con sangre en la boca, pero vivo.
Se habría hundido de no haber sido porque uno de sus hombres lo mantenía a flote.
El soldado, con el brazo izquierdo herido, se esforzaba todo lo que podía.
Priya maldijo entre dientes y agarró a Ashutosh bajo un brazo. Él la miró y parpadeó.
—Sal de aquí, bruja antinatural —gimoteó.
—Estoy haciendo lo que puedo para que todos salgamos de aquí —siseó ella mientras su mente iba a toda velocidad, frenética.
Primero tenía que sacar del agua a Ashutosh y sus hombres. Luego, encargarse de los arqueros. ¿Podría hacer ambas cosas? ¿Sería posible?
Miró hacia la orilla de la que había partido. Demasiado lejos. No iba a poder.
—Tú —le dijo al soldado—. Romesh. ¿Estás malherido?
Este negó con la cabeza, aunque Priya vio la sangre que le corría por la manga.
—No pienso dejarlo —dijo, con tono obstinado.