Capítulo Treinta y seis
PRIYA
Priya y Sima viajaron juntas en un traqueteante carro de guerra por la ribera del Veri, que se desplazaba y resplandecía a la cre ciente luz del alba. Priya se esforzó por no prestar atención al prín cipe inferior Ashutosh, que cabalgaba algo más al frente junto al príncipe Rao.
Fue Rao quien se adelantó hasta la aldea junto al río y le pagó a una mujer para que le enseñase cómo se llegaba al cruce. La mujer los guio mientras miraba de reojo, nerviosa, cada pocos pasos. Priya no podía culparla.
El cruce hasta el que los llevó no llegaba a ser un vado, no era tan poco profundo como para pasarlo con facilidad a pie o a caballo.
Sin embargo, era un recodo en el río en el que se rompía el caudal, que se ralentizaba, y donde varias isletas asomaban de entre las aguas como si de las vértebras de una enorme columna se tratase.
Había botes en la orilla, artefactos ligeros dotados de remos, pero bien construidos y con suficiente espacio y fuerza como para llevar un caballo a cada viaje, o bien un puñado de hombres.
Incluso el armamento más pesado, siempre que se llevase con cuidado.
Priya, contenta por librarse del carruaje, se acercó al borde del agua. Incluso desde allí se veía oscura, levantando espuma contra la orilla. Sima se detuvo a su lado y le dio un golpecito con el hombro.
—Ese cabeza de lechuza parece a punto de causar problemas otra vez —murmuró.
El cabeza de lechuza en cuestión era Ashutosh, que se adelantó hasta colocarse junto a Rao.
—Si una de nosotras se acerca, quizá pueda oírlos —dijo Sima.
—¿Te da curiosidad?
—Por supuesto —dijo ella—. ¿A ti no?
Por supuesto que sí. Sin embargo, Priya tuvo que reprimir una risa ante la idea de que Sima o ella misma se acercasen a los dos sin que las advirtiesen. Por desgracia, los días en que no llamaba la atención quedaban ya muy lejos.
—Limitémonos a acercarnos —dijo—. De todos modos, tengo que hablar con el bueno del príncipe inferior.
—Alor es famosa por sus ríos —decía Rao con paciencia apenas fingida.
Ashutosh resopló.
—Perdóname, príncipe Rao —dijo con un tono de voz que sugería que estaba a punto de decir algo que de hecho sería imperdonable, pero le daba igual—.
Tú ya no conoces Alor, ni mucho menos sus ríos.
¿Quién podría culparte por ello, al haberte criado en el mahal?
Por otro lado, mis terrenos están rodeados de lagos.
Mis hombres han sido entrenados para esto.
Nos adelantaremos y aseguraremos la ribera opuesta. Tus hombres nos seguirán después.
—¿Y qué piensa el Señor Narayan de este plan? —preguntó Rao.
—Narayan no es mi superior en rango —contestó Ashutosh, con tono brusco.
—Es el general saketano de la emperatriz —replicó Priya. No pudo evitar disfrutar de la mirada que le lanzó Ashutosh, quien de todos modos inclinó la cabeza en rígido gesto de respeto. Ella correspondió con una sonrisa—. No me cabe duda de que estará encantado de ayudar.
—¿Le digo que venga, mis señores? —propuso Sima, con voz cantarina.
—Sería de gran ayuda, gracias —dijo Rao con un asentimiento.
Sima dio media vuelta y se marchó.
—Príncipe inferior —prosiguió Rao, y miró de nuevo a Ashutosh a los ojos—. Si estás dispuesto a asumir el riesgo de avanzar antes que mis hombres, te estaremos agradecidos.
—No supondrá riesgo alguno —le aseguró Ashutosh—. Mis hombres están bien entrenados. ¿Y tú, mayor? —preguntó, centrando la atención en Priya sin el menor disimulo—. ¿Con qué piensas contribuir a nuestros esfuerzos?
—Estoy aquí bajo la protección del príncipe Rao —respondió ella, a sabiendas de que no le daría a aquella frase interpretación alguna—. ¿Se recuperan bien tus hombres, mi señor?
Ashutosh tragó saliva.
—Sí —se obligó a decir—. Vendrán conmigo cuando crucemos.
—Me alegra oírlo.
Ashutosh asintió una vez más y dijo con tono cortante:
—Príncipe Rao.
Luego se alejó.
Rao la contemplaba. Priya lo miró a los ojos con una extraña sensación de desafío.
—Príncipe Rao, ¿va algo mal?
Él negó despacio con la cabeza.
—Eres amiga de Malini —susurró.
Amiga. ¿Lo había dicho con algún énfasis especial? Priya no estaba segura, pero asintió.
—En cierto modo.
Él soltó un zumbido de reconocimiento.
—Es que no te pareces mucho a ella —dijo—. Eso es todo. Eres muy… franca.
“Oh, sí que me parezco a ella”, pensó Priya, aunque no dijo nada. Contempló la orilla opuesta, la maraña de árboles lejanos y la espesura lujuriante que llegaba casi hasta la orilla. “Es solo que yo llevo la rabia por fuera”.
Allí las aguas eran decididamente menos turbulentas.
Uno de los hombres de Ashutosh se había adentrado en ellas y había confirmado que no había corrientes que supusieran una amenaza.
Una isleta lo bastante grande como para que descansase sobre ella un puñado de hombres, si bien repleta de árboles cubiertos de enredaderas, serviría como punto de descanso natural.
Allí podrían ocultarse. Si avanzaban despacio y con cuidado, podrían cruzar más o menos sin ser advertidos.
Priya permaneció a la orilla del agua un largo instante, sintiendo el canturreo del verdor a su alrededor, el peso y movimiento del agua en la ribera y todo lo que crecía de ella.
Empezó a alargar la consciencia para remodelar el mundo a su alrededor.
Sin embargo, aquellas aguas no tenían la quietud de los marjales de Ahiranya, ni la extraña magia de las aguas inmortales.
Aquellas aguas eran… poderosas, llenas de energía y voluntad propia.
Intentar alterarlas le provocó un doloroso latido en la cabeza.
Priya dejó a Rao con Narayan, que acababa de llegar junto con una multitud de arqueros.
Esperaron, vigilantes, mientras Ashutosh y sus hombres se desprendían de las partes más pesadas de las armaduras y cubrían el metal con lonas impermeables.
Se adentraron en el agua hasta el pecho y arrastraron los botes llenos de suministros tras de sí.
A regañadientes, Priya se sintió impresionada al ver que Ashutosh estaba tan dispuesto a entrar en el agua como el resto de sus hombres.
A medida que avanzaban en medio de la corriente, Priya se agazapó al borde del agua.
Respiró más lenta y profundamente, no lo bastante como para entrar en el sangam pero sí para alargar los extremos de su magia.
Tardó una vergonzosa cantidad de tiempo en alcanzar la otra ribera, sentir las ráfagas de vida entre el cieno del fondo de la ribera, la maraña de plantas que respiraban en la orilla.
En sentir lo que aguardaba al otro lado.
Oh. Oh, mierda.
Se enderezó de golpe y tropezó con nada en absoluto, con sus propios pies.
—Sima —dijo, y la agarró del brazo—. Tienes que retroceder. Ponte a cubierto.
—¿Por qué? —Los ojos de Sima se oscurecieron de preocupación—. Pri, ¿qué pasa?
—Hay hombres esperando al otro lado —consiguió decir. Logró zafarse de Sima y se giró—. Ponte a cubierto, por favor.
—¡Priya, espera!
Pero Priya no podía esperar. Corrió hacia Rao y Narayan, abriéndose paso entre la multitud de hombres que los rodeaban.
—¡Hay enemigos que esperan para emboscarnos en la otra orilla!
Rao la miró, boquiabierto.
—¿Qué?
—Que hay…
—Ya te he oído —dijo él—. Dime dónde.
Ella estiró el brazo en un movimiento desesperado, y Rao se agachó un poco para seguir la dirección en la que señalaba.
Tras él, Narayan murmuraba algo a sus hombres y les indicaba adónde dirigir las flechas, que preparasen los escudos, que se dispusiesen en hilera en la orilla y le hiciesen una señal al príncipe inferior Ashutosh, si podían. Solo por si acaso. Solo por si acaso.
—No veo nada —dijo Rao.
Y quizás así era. Quizá no había nada visible ahí, a simple vista, a ojos mortales. Pero Priya sentía la suave hierba aplastada bajo las botas, el modo en que movían los pies lo bastante lejos como para estar fuera de su alcance.
—Pues mira mejor —dijo.
Observó cómo Rao se fijaba con más atención y vio que los ojos se le salían de las órbitas. Rao se puso tenso de repente. No hacía falta conocerlo muy bien para distinguir el pánico.
—Avisadlos —masculló—, que vuelvan. Narayan, hazle una señal al príncipe Ashutosh.
—Ya está demasiado lejos —dijo Narayan. Empezó a desprenderse de la armadura con movimientos torpes a causa del pánico—. Iré tras él y le diré…
—No seas necio —le reprochó Priya, sorprendida de oír su propia voz, de sentir cómo movía los labios—. Tus hombres te necesitan aquí. Encended una antorcha, prendedle fuego a algo, llamad su atención.
Narayan negó con la cabeza. Rao dijo:
—No podemos arriesgarnos a alertar a los enemigos que hay a la otra orilla, si es que no lo hemos hecho ya.
—Pues claro que lo hemos hecho ya —dijo Priya. El lejano retumbar de pies. Docenas. ¿Cientos? Estaban a la espera—. Príncipe Rao, ya saben que estamos aquí. Diles que vuelvan.
Pero ya era tarde. Priya aún estaba hablando, moviendo la boca, cuando alzó la cabeza y vio las flechas que rasgaron el cielo.
Un rumor. Las flechas se estrellaron contra el agua.
Priya sintió que Rao la agarraba del brazo y la colocaba tras de sí como si fuese capaz de protegerla, como si Priya necesitase protección. Mierda, ¿dónde estaba Sima? Le había dicho que buscase protección, pero ¿le había hecho caso? ¿Se había alejado lo bastante?
En el agua vio que las figuras de hombres y caballos se hundían en medio de una cortina de flechas y sangre, entre gritos que se veían interrumpidos.
Hubo otra andanada de flechas, tan densa que el cielo se ennegreció.
El agua se agitó con espuma y sangre. Alrededor de Priya, los aloranos y saketanos agarraron los escudos tras las órdenes de Narayan y los alzaron al cielo.
Priya oyó un grito. Se giró y vio que había sido Narayan; una flecha le atravesaba el muslo.
Priya agarró del brazo a Rao y tiró de él hacia abajo.
—Agáchate —dijo—. Sabes cómo funciona esto, deja de escudarme.
—¡Priya!
La voz de Sima. Esta cayó de rodillas a su lado y dejó caer un pesado escudo con un repiqueteo.
Rao murmuró algo que podría haber sido una maldición o un agradecimiento, agarró el escudo y lo alzó frente a ellos tres.
Lo sujetó con un brazo. Sima hizo lo mismo con su lado. Lo sostuvieron entre los dos.