Capítulo Treinta y cinco #2
—Sima ha vuelto a irse a no sé dónde con las mujeres de la Señora Raziya. —Voz baja. Entonces Malini sí que captó los pasos de Priya, cada uno de ellos un rumor en el suelo de la tienda, avanzando—. Nadie me ha visto entrar.
—Se te da muy bien hacerte notar cuando quieres —dijo Malini, con un deje de ternura en la voz.
Priya se arrodilló junto al catre de Malini. La luz era tan tenue que Malini apenas podía verla. Aun así, era muy consciente de la presencia de Priya a su lado: la sombra oscura del cabello, la anchura de los hombros, una mano fuerte y callosa apoyada en la cama, los dedos flexionados.
—Me has mandado llamar por un motivo, Malini —dijo Priya—. ¿No piensas utilizarme?
Una emoción recorrió a Malini y la dejó sin aliento, un florecimiento hecho de calor puro. Priya debió de verlo en su rostro, porque se le alteró la respiración. Oyó un rumor de tela cuando Priya abrió los dedos y apretó la mano abierta contra la cama, los dedos estirados.
Malini se preguntó si Priya estaría ruborizada. Si se inclinaba y le posaba la mano en la mejilla lo averiguaría. Quería hacerlo. Le dolían las manos de pura urgencia, un dolor dulce.
—Te refieres a la batalla en ciernes —se las arregló para decir.
Una pausa. Luego Priya dejó escapar el aliento. Casi una risa, pero no del todo.
—Sí —dijo—. Por qué no.
—Ven y siéntate aquí conmigo, y hablemos.
Malini se hizo a un lado para que Priya pudiese tomar asiento en la cama junto a ella, para que Malini pudiese inclinarse y alcanzar en la oscuridad los objetos que siempre dejaba junto a la cama: lámpara de aceite mecha, pedernal. Un libro de registro lleno de notas arrugadas.
—Tú tienes tus defectos —dijo Malini, tratando de recomponerse—. Hay cosas que no… se te dan bien. La política. Los juegos.
Justo lo que extenuaba también a Malini, por más que fuesen su fuerte…, su propia versión de la guerra que parecía no tener fin.
—Yo ya lo sabía cuando te pedí que vinieras. Pero pensé que valdría la pena arriesgarse. Necesitaba una aliada en quien pudiera confiar, una aliada más fuerte que ninguna otra. Aún la necesito.
—Tienes muchas aliadas, Malini —dijo Priya con voz queda—. No soy mejor que ninguna de ellas.
“Tú eres la que lo tiene todo. Toda mi confianza. Estoy segura de que lo sabes”.
—La falsa modestia no es lo tuyo, Priya.
Seguro que sabes que mis aliados son… —Se detuvo—.
Siempre he sabido que, en cuanto el viento sople en contra, se disgregarán por completo.
Y lo que ha pasado en Saketa, el fuego, estuvo muy cerca.
De aquí en adelante será peor. No podremos evitar algún combate antes de llegar a Harsinghar.
Y cuando lleguemos a Harsinghar, si es que lo conseguimos…
Malini dejó escapar todo el aire.
—Eres más fuerte, ¿verdad? ¿Es por la magia?
Priya no dijo nada.
—Vi lo que eras capaz de hacer en Ahiranya antes de recibir todos tus dones —prosiguió Malini—. No hace falta que finjas.
También había llegado a sus oídos el incidente con los soldados de Chandra cuando trataban de incursionar en Ahiranya. Las espinas que los habían atrapado. Las sogas hechas de enredadera.
—Cuando Chandra envíe sus fuerzas contra nosotros, mi propio ejército sufrirá grandes pérdidas.
No contamos con toda nuestra fuerza. Nos ha dividido en dos, nos ha escindido entre Saketa y Parijat.
—Qué amargura, saber que Chandra lo había hecho bien—.
Cuando crucemos el Veri, nuestras fuerzas menguarán de nuevo.
Pero Priya, tú eres un arma contra la que Chandra no puede defenderse.
No te esperará porque ninguno de mis servidores, digan lo que digan, comprende lo que eres capaz de hacer.
Por eso me gustaría reservarte. Quiero que estés lista para cuando lleguemos a Harsinghar.
Aun así, en caso de que sucediese lo peor en el Veri, si nuestra maniobra fallara, ¿estarías dispuesta a emplear toda tu fuerza para salvar mi ejército? ¿Lo harás como mi aliada?
Aliada. Como si esa palabra bastase para describir ni la mitad de todo lo que era Priya. Sin embargo, Malini no podía pedírselo basándose en lo que había entre ellas: un puñado de besos furiosos, un cuchillo en el corazón, una flor rota en la garganta, un anhelo que jamás parecía aplacarse.
Había algo indescifrable en el rostro de Priya. Algo cauteloso. Asintió al cabo de un instante. Sí.
—Soy más fuerte en Ahiranya —dijo Priya en un susurro. Una confesión—. Estoy…, todo mi poder…, está atado a la tierra de Ahiranya. Pero sí. Soy más fuerte de lo que recuerdas. Incluso aquí, lejos de mi hogar.
—¿Me vas a contar tus debilidades, Priya?
—¿Acaso no conoces ya la mayoría? ¿No te has esforzado por descubrirlas?
—dijo Priya de inmediato. Malini se envaró.
Priya lo notó sin asomo de dudas, dado lo cerca que se sentaban la una de la otra, y soltó una maldición, tras la que dijo, visiblemente incómoda—: Lo siento.
Ha sonado más duro de lo que pretendía. Ah, Malini, por los espíritus. No sé qué hacer…
—¿Acaso no conoces la mayoría de las mías?
Priya parpadeó mientras la miraba.
—¿Qué?
—De mis debilidades, Priya. ¿Acaso no las conoces igual que yo conozco las tuyas?
Priya la miró y la siguió mirando, y de algún modo aquella mirada las acercó más. Malini sentía el aliento de Priya, el fantasma de un beso en la piel.
—Sí —asintió Priya, despacio—. Antes las conocía.
—Aún las conoces. —¿Por qué sonaban aquellas palabras como una súplica? Malini se obligó a echarse hacia atrás, a enderezar la columna—. ¿Me perdonas, Priya?
—¿Perdonarte por qué?
Malini no dijo nada. No estaba segura de qué era lo que más quería que le perdonase: pedirle que acudiese a su lado, obligarla a dejar el hogar que quería defender, no haber cumplido aún el juramento de liberar Ahiranya…
Perdonarla por todo lo que había pasado desde que Priya llegase a Saketa.
Por lo que había hecho y lo que iba a hacer.
Malini iba a hacer cosas, sin duda, que le causarían daño a Priya. Estaba en su naturaleza.
—Malini —dijo Priya.
Sintió los dedos de Priya acariciarle la mejilla.
Primero una mano, luego la otra: el tacto de Priya contra la piel.
Priya, que abría las manos y sujetaba el rostro de Malini.
Pero no pudo hacer otra cosa que mantenerse quieta, inmóvil en manos de Priya, porque si cedía, cedería por completo: no sabía si se aferraría a Priya y empezaría a llorar o a besarla hasta que no les quedase aliento a ninguna de las dos. La incertidumbre la asustaba.
—Te perdono por llamarme a la batalla —murmuró Priya—. Te perdono por querer mi poder, por querer utilizarme, pero luego… no hacerlo. Te perdono por el día en que me utilices. Y quiero recordarte que no temo convertirme en tu arma. Te conozco.
—Solo conoces una de mis caras.
—Sí. La cara que tengo ahora mismo entre las manos —respondió Priya—. La auténtica.
Así pues, Priya no la odiaba. Qué necedad, qué terrible, que Malini hubiese llegado a un punto en el que Priya le importase tanto que no la odiase. Que, a cierto nivel, de alguna manera, el corazón de Priya aún fuera suyo.
En aquel momento podría haberla tocado. Podría haberle dicho: “Quédate”. Podría haber girado la cabeza y haberle besado la palma de la mano. Las puntas de los dedos. Podría haberla atraído hacia sí y luego haberla inclinado sobre la cama.
—Ve con Rao al alba —dijo, en cambio—. Ve con él y buscad el modo de cruzar. Eso es lo que te pido.
—Sí, Malini —respondió Priya. Sonó como «Sí, emperatriz». Algo oscuro y anhelante ardió en la sangre de Malini. Una sonrisa floreció en la voz de Priya al ponerse en pie y salir tan calladamente como había llegado, con pasos tan susurrantes como su voz—. Lo que tú digas.