La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y cinco
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Capítulo Treinta y cinco

MALINI

Su ejército había llegado al mismísimo confín de Parijat. Antes de avanzar más, tenían que tomar una decisión.

Los generales del ejército se reunieron al alba.

El viento soplaba con fuerza, lo bastante para tener que sujetar el mapa con piedras.

Priya, que no era general pero tampoco otra integrante más de la corte interna de Malini, estaba junto a la emperatriz, con las manos a la espalda.

Despreocupado, el viento le agitaba el pelo suelto.

Si alguien pensó en poner en tela de juicio su presencia, fue lo suficientemente listo como para callarse.

El hecho de que estuviera allí era prueba suficiente de que la emperatriz la favorecía.

Rao se inclinó sobre el mapa y se apresuró a desglosar todas las opciones con las que contaban al estar tan cerca de Parijat, con el peso del ejército del gran príncipe en retaguardia y un número desconocido de hombres de Chandra al frente, y sus propias fuerzas divididas y menguadas.

—Hay dos rutas posibles —afirmó Rao—. Una nos lleva por las tierras de cultivo, cerca de la calzada principal, directos hacia Harsinghar.

—De ningún modo —dijo Narayan con el ceño fruncido—. He recorrido esa ruta en numerosas ocasiones para presentarle mis respetos al emperador. El número de puestos de avanzada y de torres vigía que nos encontraremos nos tendrán luchando día y noche.

—Todos hemos recorrido esa ruta —se apresuró a decir el príncipe Ashutosh, que se negaba a permitir que un subordinado noble saketano dijese la última palabra—. Ya lo sabemos.

Narayan asintió con gesto elegante.

—La segunda ruta os será menos conocida —dijo Rao, y señaló las líneas del río Veri, apenas un hilo azul que recorría la tela del mapa, para ilustrar lo que estaba a punto de decir—: El Veri suministra agua a Harsinghar.

Si lo seguimos, viajaremos rápido, pero la travesía será…

difícil. El terreno es escarpado y no podremos cruzarlo directamente.

—¿Podemos construir una presa? ¿Es posible matar de sed a la ciudad?

Había formulado la pregunta un hombre de ojos avispados del contingente dwarali.

—Privar a la ciudad de agua queda fuera de toda consideración —dijo Malini con firmeza.

—Estoy de acuerdo con la emperatriz —convino Rao—. Nuestros oficiales militares compartidos… y en particular los oficiales sruganis —añadió mirando con un gesto respetuoso al Señor Prakash— nos dicen que no sería fácil bloquear el río. Es… muy, muy ancho y bravo.

—Eso será un problema para los caballos —murmuró Khalil.

—Aun así, tenemos que cruzarlo —dijo Prakash; rebosaba decisión—. Viajar rápido es de suma importancia.

—Si nos descubren o nos enfrentamos en ese terreno a los hombres de Chandra —dijo Khalil, al tiempo que clavaba un dedo en el mapa con ferocidad desacostumbrada—, podemos darnos por muertos.

Cuento con buenos hombres y buena caballería.

Pero en aguas poco profundas, las fuerzas de Chandra tendrán ventaja.

Lo más probable era que los descubriesen. Malini era consciente de ello.

Resultaba imposible mover un ejército con sutileza.

Por supuesto, podría viajar con un contingente más pequeño: algunos arqueros, las mejores armas de asedio, los caballos más rápidos de los que pudiera disponer Khalil.

Eso quizá le permitiera pasar desapercibida ante los espías de Chandra mientras seguían el curso del río.

Quizá. Pero no podía tomar la ciudad de Harsinghar sin caballería y fuerza de elefantes, sin infantería completa y arqueros que hiciesen llover flechas sobre las murallas de la ciudad y se enfrentasen a los hombres de su hermano.

Pero si evitaban el río y viajaban derechos hacia Harsinghar… Bueno, Narayan estaba en lo cierto.

Malini no tocó el mapa como había hecho Khalil. En cambio, le echó un somero vistazo y comprendió la verdad para sí misma y nadie más. Si cruzaban el río, se ahorrarían días de viaje. Quizás incluso semanas, si el agua no estaba muy crecida y no había guardias en el vado.

Pero habría guardias en el vado. Aunque ahí también residía una oportunidad.

—Hay otro modo de cruzar —dijo Malini. Los hombres la miraron y se corrigió—. Tiene que haber otro modo de cruzar. Bajíos o quizás un puente. Hay dos aldeas, Veri abajo, más allá del vado. Las dos comercian con cultivos y pescado.

Malini se inclinó sobre el mapa. Los hombres dieron un paso atrás y la dejaron tocar con un dedo el lugar donde descansaban las aldeas.

Apenas dos nudos de hilo las marcaban en el mapa.

Swati los había cosido siguiendo las instrucciones de Malini, que había encontrado aquellas dos aldeas en los registros que llevaban sus oficiales y había comprendido que ahí estaba la respuesta.

—En cierto modo, se consideran solo una aldea. Comparten incluso el nombre. Pero cada una descansa en una orilla del Veri. —Alzó la cabeza—. Cruzar el vado sin caballos, pues estoy segura de que carecen de ellos, les supondría demasiado tiempo. Tienen que disponer de otro modo de cruzar.

Muchos de los hombres parecían desconcertados. Sin embargo, los ojos de Khalil destellaron.

—Señor Khalil, creo que entiendes lo que pretendo hacer —dijo Malini.

El Señor Khalil echó mano de una de las piedras que sujetaba el mapa.

—Crees que, si el ejército de tu hermano viene a por ti, lo hará aquí —dijo, y colocó la piedra en un lado del río—. En el vado, donde es más fácil cruzar y donde les será fácil atacarnos con una fuerza superior y arqueros. Es una situación así nos vencerían.

Puso un dedo al otro lado del vado, donde se colocaría el ejército de Malini… y, sin duda, sería derrotado.

—Pero lo que pretendes es enviar un contingente del ejército hacia un cruce que, probablemente, los hombres de tu hermano desconocen.

Quieres que ese contingente cruce, sin que lo descubran, y enviarlo a continuación contra el flanco del ejército de tu hermano, sin que lo vean, sin que lo esperen, y así…

Llevó un dedo a la tela bajo la piedra y apretó ambos dedos para envolver la piedra con la tela.

—Una maniobra de pinza —dijo—. El ejército de Chandra se vería aplastado por nuestras fuerzas. Hemos usado tácticas similares al enfrentarnos a los jagatays en las fronteras de Dwarali.

Khalil esbozó una sonrisa.

—Así es —dijo Malini.

Lo sabía bien. El tipo de táctica que se usaba en Dwarali, y que le habían comentado, durante algún festín, en las primeras semanas de la campaña contra su hermano, había influido a la hora de tomar su decisión.

En un primer momento había pensado que Chandra intentaría usar algo parecido para atrapar a las fuerzas de Malini: los hombres de gran príncipe atacarían a su ejército desde un flanco, y el de Chandra desde el otro.

Sin embargo, parecía que Chandra no había abandonado la seguridad de Harsinghar. Lamentable.

Pero eso no significaba que no fuera a haber guerreros parijatis a la espera en el viaje, por supuesto.

Estaban en el territorio de Chandra. El emperador lo sabía.

Y conocía, al igual que Malini, todas las rutas, caminos y hasta el último centímetro de terreno elevado que le daría ventaja sobre ella.

Sin embargo, Chandra no habría pensado en aquellas dos aldeas que compartían nombre, ni en la oportunidad que suponían. Chandra jamás había tenido que buscar refugio ni poder en los detalles nimios, en los restos que apenas merecía la pena dejar marcados en registros, mapas, recuerdos.

—Será un movimiento arriesgado —murmuró otro señor— si resulta que no hay modo de cruzar.

—Si no hay modo de cruzar, quizá fracasemos —reconoció Malini—.

Si Chandra tiene fuerzas preparadas y a la espera bloqueando ambos lados del vado, quizá fracasemos.

Siempre existe la posibilidad de fracasar.

Todos sois guerreros experimentados. Ni puedo ni pienso mentiros.

Pero, mis señores, cuento con la voluntad de las Madres.

Tengo a mi lado a los miembros más destacados de la realeza de Parijatdvipa.

El destino está de nuestro lado. No fracasaremos.

Prosiguieron el camino, días y noches de viaje rápido y desesperado, avanzando farragosamente por Parijat, por campos y aldeas, dejando atrás a aldeanos vigilantes.

La noche caía, y aunque estaban lo bastante cerca del Veri como para oír el rugido de las aguas, aprovecharon el terreno mejor defendible, como las arboledas elevadas, para acampar y descansar.

Un equipo de exploradores les llevó a Malini y su consejo justo la información que esperaba la emperatriz: había una fuerza armada que custodiaba el vado. Más pequeña de la que seguramente habrían encontrado en la calzada principal hacia Harsinghar, pero aun así nada desdeñable.

La táctica de Malini tendría que funcionar.

Mientras Malini esperaba a que alzasen su tienda, se reunió con la Señora Raziya bajo el cielo estrellado. Iba envuelta en un chal, mientras que Raziya vestía ropas ligeras, demasiado acostumbrada al frío dwarali como para que el frescor de la noche de Parijat la molestase.

—Mi esposo y yo te acompañaremos hasta el vado —dijo la Señora Raziya a modo de saludo.

—Estaré encantada de enfrentarme a lo que se avecina contigo a mi lado —dijo Malini—. Y con tus arqueras.

—¿Confías en que mis guardias te protejan? ¿Que mueran por ti si es necesario? —Raziya le clavaba a Malini una mirada escrutadora—. Porque de lo contrario, emperatriz, más vale que entrenes a tus propias guardias. Necesitas gente de confianza.

—Confío en ti —dijo Malini, aunque no añadió “no del todo, no por completo”.

En cualquier caso, ¿no bastaba que hubiese aprendido a admirar y apoyarse en la fuerza de Raziya, del mismo modo que se apoyaba en la sagacidad de Lata, la fe de Rao o la lucecilla temblorosa de la ambición de Deepa?

—Te estoy agradecida por la amistad que me has ofrecido.

Raziya asintió.

—Cuando accedamos al trono —dijo—, estaré encantada de que cumplas el juramento que selló nuestra amistad.

Más tarde, en su tienda, Malini se preparó para ir a la cama e intentó calmar sus pensamientos, que iban a toda velocidad.

Una vez preparada, se sentó en la cama y aguardó en la oscuridad.

Oyó la voz de Priya antes de captar uno solo de sus pasos.