Capítulo Treinta y tres
BHUMIKA
La tensión se había adueñado del dispensario. No se oía ruido al guno a excepción del ronco rumor de un cuerpo pequeño que se esforzaba por respirar. Ganam respiraba al mismo ritmo. Inspirar, espirar. Inspirar, espirar. Como si los mantuviese a ambos con vida a base de fuerza de voluntad.
—Ganam —dijo Bhumika, que acababa de entrar en silencio en la estancia.
—Kritika acaba de pasar por aquí —le susurró Ganam—. No sabe qué pensar. No quiere admitirlo delante de mí, pero la conozco bien. Se lo he visto en la cara.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Bhumika.
No estaba muy lejos de la cama. Una sábana cubría el cuerpo de Rukh, pero el chico se las había arreglado para apartar la parte inferior a patadas; o eso, o la habían retirado. Bhumika vio un tobillo delgado, vulnerable, cubierto de verde.
—Está enfermo —musitó Ganam. Estaba sentado junto a la cama de Rukh—. Dijo que Ashok… le hizo algo. Luego dejó de hablar.
Rukh estaba inconsciente. Unas nuevas venas verdosas le asomaban en la garganta.
La podredumbre se había extendido aún más, había extendido sus zarcillos por sangre y órganos. A Priya se le iba a partir el corazón.
Bhumika rozó aquel tobillo con la punta de los dedos. El chico no reaccionó, pero estaba templado, inmóvil. De pronto, Bhumika comprendió algo. Se le cerró la garganta.
Rukh. Su hija. Su hija.
El miedo no se aplacaba en su interior. Solo la apretaba más y más con cada cosa que hacían los yaksas.
—Volveré —dijo con voz queda.
Ganam, la mirada aún fija en Rukh, no dijo nada. Bhumika salió.
No fue a buscar a Ashok. No le hacía falta. Lo sentía como una sombra allá donde iba. Y, por supuesto, cuando entró en el huerto, bajo el dosel de hojas cargadas de aquel tinte extraño, de la podredumbre que la observaba con la consciencia terrible de los yaksas, Ashok fue tras ella.
La encontró con la palma apoyada contra un gran árbol que tenía una herida carnosa en el tronco. Bhumika no quiso ni mirarlo.
—¿Qué le has hecho? —preguntó—. Ashok, ¿qué le has hecho a Rukh?
—¿Sigue vivo?
—Sí, sigue vivo. —Se giró—. ¿Intentabas matarlo?
Ashok no dijo nada, nada, y Bhumika quiso gritar.
Pero no lo hizo. No era su estilo. Reunió toda la fuerza que pudo y le devolvió la mirada.
Se limitó a contemplar aquella mirada perdida y extrañamente lejana.
El modo en que de la tierra que tenía a sus pies habían surgido nuevas flores y brotes que lo agarraban con manos de verdor.
—El hermano que recuerdo era a menudo cruel —dijo Bhumika con ecuanimidad—. A menudo, un necio.
—Jamás he sido un necio —sonaba ofendido.
—A menudo —repitió Bhumika, y puso toda la ira que tenía en su interior en el énfasis de ambas palabras, aunque sintió una oleada de alivio al comprobar que Ashok seguía ahí.
Aún era brusco, aún era difícil, aún se negaba a doblegarse ante ella ni en los detalles más nimios—.
Pero el hermano que recuerdo jamás destruía a placer.
Siempre se convencía de que había un motivo para la crueldad que infligía.
Se daba una excusa. Así pues, ¿cuál es tu excusa, Ashok? ¿Qué intentabas hacer?
—No quería hacerle daño —respondió Ashok, con tono distante—. Le he dado un regalo.
—¿Qué regalo?
—Pregúntale lo que sabe —dijo Ashok—. Le he otorgado sabiduría.
—Es un niño.
—Los yaksas siempre han entendido el valor que tienen los niños —replicó Ashok.
Bhumika no se amilanó. No pensó en su hija. Ashok no pareció percatarse de que el golpe había acertado de lleno. Seguía hablando con palabras atropelladas, rápidas.
—Lo vacían todo por dentro —dijo—. El mundo entero. Los árboles, las plantas, la gente… No saben lo que hacen, Bhumika. Lo están destrozando todo, lo cambian todo, para poder sobrevivir y vencer.
—¿Qué son? —A buen seguro no podían ser los espíritus que ella veneraba. Así, no—. Ashok, ¿qué eres tú?
—No lo sé —dijo él.
Sonaba desconcertado. Bhumika jamás lo había oído así. Se le revolvió el estómago. “Tú no eres mi hermano. Esto no es mi hermano”.
—Eres mi hermano —dijo, con voz firme—. Lo eres. Pero ¿qué más eres? —Lo agarró con fuerza de los brazos—. Tienes que decírmelo. Se han adueñado de Ahiranya. Tienen de rehén a Padma y quieren a Priya. Quieren hacerle algo a Priya. Sé que es así. Si no por Padma o por mí, por Priya te pido….
—Soy una máscara —respondió con voz desesperada—. Soy una máscara. No soy Ashok en absoluto, aunque crea que lo soy. Aunque bien que desearía serlo.
Ella trató de no perder el equilibrio. Ni el control. No quería sentirse como la chica que había sido en su día, bajo la mirada de sus mayores, pequeña y dócil ante la voluntad de los demás. Se arrepentía por completo del cambio de sus circunstancias. Apenas podía respirar.
—Esto no puede seguir así —dijo y, aunque habló con un hilo de voz, esta estaba cargada de determinación—.
Ashok, si eres tú mismo, o aunque seas una sombra de lo que fuiste, ¿de verdad piensas hacer daño a los tuyos sin motivo alguno, ni siquiera por el futuro glorioso que tanto deseaste en el pasado?
¿Piensas permitir que la podredumbre se adueñe de Ahiranya por completo?
—Bhumika.
No era Ashok quien había hablado. Bhumika se giró.
—No puede ayudarte —respondió la yaksa que tenía el aspecto de Chandni.
Aquel día llevaba el semblante de Chandni algo suelto.
Tenía la piel del tono nacarado de una cáscara—.
Nosotros, en cambio, somos tuyos, del mismo modo que tú eres nuestra, mayor Bhumika.
Si tienes preocupaciones o miedos, permíteme que sea yo quien los calme.
Inspirar. Espirar. Bhumika se obligó a no encogerse, se obligó a bajar la mirada en señal de respeto y decir:
—He sido una necia. Jamás debí desconfiar de vosotros. Pero… da miedo enfrentarse a lo que una venera. Tienes que perdonar la debilidad de tu hija del templo.
El silencio de Chandni era casi una amenaza.
—Dime, hija —repuso al cabo—, ¿qué es lo que temes?
—La podredumbre —respondió Bhumika. Ojalá no le saliese la voz tan débil. Ojalá no temblase—. Va a peor. Nuestra gente morirá.
—Intentamos crear el futuro —dijo la yaksa con ojos brillantes—.
Hemos hecho un enorme sacrificio para estar aquí, de modo que ¿por qué no habríamos de remodelar el mundo?
¿Por qué no crear un espacio para nosotros, hacerlo a nuestra imagen y semejanza?
Somos tanto carne como flor. ¿Por qué no habríais de serlo vosotros también?
Aquellas palabras no pudieron golpear con más fuerza a Bhumika en aquel lugar, en lo que en su día fuera el preciado huerto de su esposo.
—Los mayores nos dieron la bienvenida en el pasado —canturreó la yaksa Chandni, como si entonase una canción. Las enredaderas se mecían a su alrededor como olas—. Los primeros de los tuyos nos dejaron entrar. Con tanta facilidad, con tanta dulzura. Encantados de recibirnos. Encantados de servirnos.
”Quizá no sabías lo que éramos cuando entraste en las aguas.
Quizá quienes te criaron no lo sabían. Pero nos dejaste entrar igualmente.
—Una mano se posó en la mejilla de Bhumika—.
Estás atada a nosotros. Hemos creado un hueco en tu interior y nos hemos instalado en él.
Al igual que nosotros, tú ya no perteneces a este mundo.
Bhumika quiso gritar. Se le erizó la piel de pura repugnancia. Pero siguió inmóvil y permitió que le tocase la cara.
—¿Y cuál es nuestro propósito? —preguntó Bhumika—.
Tienes que entender, yaksa, que de niños nos enseñaron que nuestro propósito era veneraros.
Animar a los demás a adoraros y recordaros por la gloria que trajisteis a Ahiranya…
, por el sacrificio de vuestras muertes.
Pero ahora estáis aquí y creo que quizá deseáis de mí algo más que veneración.
—La veneración jamás se pierde —respondió la yaksa como quitándole importancia.
Sonrió con la boca de Chandni, con los ojos de Chandni, cuyas comisuras se arrugaron—.
Pero no, no es veneración lo que esperamos de ti.
Tú tienes el mismo propósito que tuvieron tus antiguos mayores cuando llegamos por primera vez a las orillas de tu mundo y los hicimos más de lo que eran.
La yaksa se le acercó.
—Guerra, mayor Bhumika. Una guerra brillante, tan enorme que traerá a toda Parijatdvipa hasta nuestros brazos anhelantes.
—Estáis remodelando el mundo —constató Bhumika con voz deferente—. Todo caerá tarde o temprano en vuestras manos. ¿Qué necesidad hay de una guerra que os costará las vidas de muchos fieles?
“O que podría erradicaros del mundo, como ya sucedió en la Era de las Flores”, pensó.
Era consciente de que no podía decir aquello. Jamás había que exponer frente a alguien dotado de poder sus propios defectos. Y por más que fueran espíritus, dioses, empleaban el poder con una crueldad digna de los humanos.
—Por necesidad —se limitó a decir la yaksa. Bhumika creyó que no añadiría más, pero luego la yaksa suspiró, un sonido parecido a un susurro de hojarasca, y dijo—: Hay leyes naturales que debemos obedecer.
Leyes naturales. Eso no significaba nada en absoluto. La yaksa le ocultaba algo, lo presentía.
Asintió.
—Comprendo, yaksa —mintió.
Bhumika conocía el dolor de ser conquistada.
Sabía lo que se sentía al ver erradicada poco a poco la propia historia, la cultura y el orgullo.
Durante todo el año anterior había pensado que tanto ella como Priya y los guardamáscaras lo habían reconstruido todo.
Poco a poco, volvían a levantar Ahiranya.
Sin embargo, el país que reconstruían, cosiendo pedacito a pedacito con hilos frágiles, no era más que el sudario de una bestia antigua.
Tenía el deber de proteger a la gente de aquella tierra.
Siempre había intentado hacerlo, tanto a lo grande como en pequeños detalles.
Pero ay, qué cansada estaba. Y nada la cansaba más que el horror que la cubrió cuando la yaksa que tenía ante sí sonrió y sonrió, como si hubiese aprendido a sonreír a raíz de algún cuento.
—¿Qué necesitáis de mí? ¿Cómo puedo serviros?
—Un festín—respondió Chandni—. Tus yaksas desean un festín para celebrar nuestro regreso. Todos los nobles del país han de asistir.
Bhumika inclinó la cabeza, el estómago convertido en piedra.
—Un festín —repitió—. Así se hará.
Treinta y cuatro
SWATI
Para Swati no había descanso alguno en el camino hacia Parijat.
Cada vez que montaban o desmontaban la tienda de la empera triz, Swati tenía que supervisar el desglose de todas sus posesiones: los hermosos saris, las joyas, las armas, los libros, tintas y papel que tanto valoraba.
Si se perdía algo, sería culpa de Swati, de modo que no dejaba que nadie más interfiriese en la tarea.
Levantaron la tienda de la emperatriz en una arboleda no muy lejos de la propia Parijat, como mucho a un día de distancia.
Swati arregló los bordados del mapa de Parijatdvipa; cosió los nudos y marcas que señalaban las aldeas y campos que habían dejado atrás.
Deslió algún hilo con sumo cuidado, con la lengua asomando entre los dientes.
Podían haber pasado horas, o quizá solo minutos, cuando sintió que unos dedos le tocaban el hombro.
Se sobresaltó y dejó caer la aguja de hueso con una brusca exhalación de sorpresa.
—Perdón —prorrumpió una voz. Tardó un instante en ubicar el acento. Dwarali. Alzó la vista y vio que quien la había interrumpido era una de las arqueras de la Señora Raziya—. ¿Puedes venir conmigo? Voy a enseñarte algo que te gustará, creo.
—Tengo trabajo —dijo Swati, aunque el mapa estaba casi listo.
—¿Va a necesitar tu señora el mapa esta noche? —La mujer soltó un delicado resoplido—. No. Ven.
Swati la siguió, mayormente por curiosidad.
La arquera la guio hasta un hueco detrás de la tienda de la Señora Deepa.
Había un grupo de mujeres reunidas, todas de pie.
Vio a otras guardias de la Señora Raziya.
Otros soldados, los hombros hundidos y arcos a la espalda.
Y un puñado de criadas junto a las pocas nobles del séquito de la emperatriz Malini.
Todas echaban mano de arcos y contemplaban las dianas que habían instalado en la lejanía.
—¡Acércate! —gritó Sahar. Era una de las mujeres de la Señora Raziya, arquera y auriga. Inspiraba bastante miedo—. ¡Búscate un arco!
Algunas de las mujeres se le acercaron. Swati, titubeante, se unió.
—La Señora Raziya me ha pedido que entrene a las mujeres de la corte y las del campamento —dijo Sahar, mirándolas a todas—. Si quieres aprender, eres bienvenida. Y si no…
Se encogió de hombros.
—Si no, vete. Yo os demostraré cómo se hace y luego os enseñaremos a todas las que queráis intentarlo.
Hizo un gesto hacia los hombres y las demás guardias. Uno de los hombres saludó con la mano, y el soldado que tenía al lado le dio una suave patada en el pie y puso los ojos en blanco.
Swati juntó las manos. Dio un pasito atrás.
—¿Adónde vas? —preguntó la mujer que había ido a buscarla.
—Aquí hay muchos soldados —dijo Swati.
Bajó los ojos en señal de humildad, y al hacerlo, echó también un vistazo en derredor.
Las botas de las guardias de la Señora Raziya, las delicadas sandalias de las nobles.
Los pies de la mujer junto a ella, embutidos en botas estrellas bajo un salwar kameez oscuro.
Alzó la vista y miró a los ojos de la consejera ahiranyi, Sima.
Swati no había sabido qué pensar de las ahiranyis cuando llegaron.
Siempre había tenido una vaga sensación de que las ahiranyis eran inferiores.
No eran parijatdvipanas de verdad, por culpa de lo que habían hecho sus ancestros, y por los dioses en los que creían.
Sin embargo, las mayores del templo de Parijat eran aliadas de su señora, así que se había mantenido respetuosa.
Cuando oyó que los hombres cuchicheaban sobre brujas, había hecho todo lo que había podido para no hacerles caso.
Sima le lanzó una mirada inquisitiva.
—Si no quieres disparar, puedo llevarte otra vez a la tienda de la emperatriz —dijo.
Swati se preguntó si sería seguro caminar a solas con una mujer ahiranyi. ¿Sería capaz de maldecir a Swati con solo una mirada?
Quizás algunos dirían que no era seguro, pero Sima había acertado con una flecha al pez dorado de la Señora Raziya, había intercambiado pullas con Sahar, una mujer a la que Swati admiraba mucho por ser capaz de hacer todo lo que ella no se atrevería ni en un millar de años.
Matar, para empezar, pero también beberse un vaso entero de arrack de un trago.
Así pues, Swati se quedó donde estaba y admitió:
—Me siento un poco cohibida. No sé si seré capaz.
¿Por qué había tenido que llevarla hasta allí la arquera?
—Ven —dijo Sima—. Yo misma te enseñaré lo básico.
Esbozó una sonrisa que le dibujó un hoyuelo en la mejilla.
—Te prometo que soy una profesora más amable que Sahar. Yo enseñaba a los niños en Ahiranya.
—Ah… —Swati vaciló.
—No tienes por qué aprender —dijo Sima con aquel acento cantarín ahiranyi que tenía—. Pero cuando estás en una guerra, saber que tienes algo de poder, por más frágil que sea, aunque parezca irrelevante contra lo que se avecina…, sirve de ayuda.
Swati alzó la cabeza del todo y contempló las tiendas. El campamento de guerra. Las mujeres que la rodeaban, con rostros decididos. Sahar colocó el encoque del arco, llena de determinación, mientras explicaba en voz alta qué hacía y por qué.
Swati respiró hondo y dijo:
—Sí. Me gustaría.