Capítulo Treinta y dos #2
Estaban en el enorme salón del mahal imperial, donde sus clérigos y sacerdotes guerreros mantenían una hoguera de fuego sagrado, de fuego de las Madres.
Allí, sus oficiales y señores leales lo aconsejaron.
Antes ese mismo salón fue un hervidero de señores, príncipes y reyes de toda Parijatdvipa: aloranos, sruganis, saketanos, dwaralis.
Todos ellos hinchados con un orgullo desmedido.
Todos ellos al frente del imperio, mientras su padre se apartaba del camino.
Pero en aquel momento, todos los rostros que había ante Chandra eran parijatis.
Los parijatdvipanos de otras ciudades-Estado que quedaban era lo bastante sagaces como para reconocer qué lugar ocupaban: servicio y obediencia a Chandra.
Eran bien conscientes de que no debían considerarse sus iguales.
Chandra se había planteado por un momento si debería sumar al príncipe Kunal a sus filas.
El príncipe se postraría, eso lo sabía; bajaría la cabeza y mostraría obediencia.
Pero había algo en el hijo del gran príncipe que despertaba sus recelos.
Cierta rabia despiadada, depredadora, en su mirada de príncipe, que le indicaba que Kunal no merecía el privilegio de acceder a su círculo de confianza.
Además, la lealtad del príncipe Kunal era contingente al éxito de su padre contra Malini, a la protección de las llamas que Chandra le había regalado.
Al poder. A la vida que Chandra había alargado para él: comida de Parijat, de sus campos fértiles y seguros, ajena a la plaga que había arruinado tanto a Ahiranya como a Saketa.
A Chandra no le interesaban las lealtades contingentes.
Quería hombres de fe. Quería hombres que depositasen su fe en él.
El sumo sacerdote le había enseñado a Chandra que las Madres de las llamas lo amaban, que le hablaban a él por encima de todos los demás, que lo guiaban hacia su destino.
Y Chandra había oído el amoroso susurro de las Madres, en el crepitar de la hoguera, que durante un instante resplandecía de azul sobre plumas doradas.
Tal y como un viejo y experimentado señor le había explicado a Chandra, con tono bronco, aunque respetuoso, a buen seguro la princesa no seguiría la enorme calzada principal hasta Harsinghar.
—Sus fuerzas están diezmadas, emperador —dijo mientras dos sacerdotes guerreros entraban en la estancia con un tonel, lo abrían y vertían a la hoguera más llamas mágicas, que destellaron y relucieron—. Preferirá ser cauta. Si tus hombres leales la localizan y destruyen sus fuerzas por el camino…
—Las fuerzas del gran príncipe la atacarán por la retaguardia —dijo otro señor—. No va a permitir que la princesa traidora marche en dirección a Parijat…
—El bastión sigue bajo asedio —interrumpió una voz queda. Un consejero militar—. No podrá seguirla ni de inmediato ni con facilidad.
Chandra los escuchó mientras debatían, con sus sacerdotes guerreros dispuestos a su alrededor. Uno de ellos se inclinó hacia delante y le susurró:
—El Señor Sushant quiere hablar contigo, emperador. En privado.
—Que espere —respondió Chandra en tono despectivo.
—Emperador —dijo el hombre—. Dice que no puede esperar. Estaba muy alterado.
—Está bien —espetó Chandra, y se volvió hacia sus consejeros, que se habían interrumpido al oírlo alzar la voz—. Proseguid. Volveré en un momento.
Si a Sushant se le había ocurrido mandarlo llamar para nada, se limitaría a ordenar que le rajaran el gaznate. Era un precio razonable por dilapidar el tiempo del emperador.
Sushant provenía de una antigua familia parijati que había perdido la gloria y la fortuna hacía mucho.
Había sido Chandra quien les había dado su apoyo a él y a los suyos.
Les había concedido la riqueza de un noble traidor al que había ejecutado, y le había dado acceso a su círculo de confianza.
A cambio, Sushant se había convertido en un seguidor amantísimo y de lealtad irreprochable, que había aportado su experiencia de toda una vida al frente de una hacienda rural a la tarea de supervisar la agricultura de Parijat.
A pesar del frescor del aire al alba, Sushant sudaba; tenía el bigote visiblemente húmedo. Hizo una pronunciada reverencia cuando Chandra se acercó y luego alzó la cabeza.
—Emperador —dijo—. Gracias por acceder a reunirte conmigo a solas.
—Has de considerar que te tengo en gran estima, Sushant —dijo Chandra con voz grave—, para requerir mi tiempo de esta manera, como si fuera yo siervo tuyo.
Sushant se apresuró a hacer otra reverencia.
—Perdóname, perdóname —balbuceó—, pero mis hombres…, los granjeros de una hacienda cercana… Tienes que ver…
El señor echó mano de un saco que descansaba a sus pies. Lo abrió del todo. Chandra se asomó al interior… y retrocedió bruscamente.
—¿Qué es eso? —se apresuró a decir.
Las manos de Sushant temblaron al volver a cerrar el saco.
—Podredumbre, emperador —dijo—. La podredumbre de Ahiranya. La podredumbre que asola Saketa… ha llegado a Parijat. No… no sé hasta dónde se ha extendido.
“Un peligro mayor que meras armas de hombres mortales”, había dicho Hemanth. Allí estaba, ante él. Podredumbre en sus propios campos de cultivo. En su propio país.
De pronto sintió náuseas. Algo así no tenía que suceder en Parijat, en la tierra de las Madres. En la tierra que su reinado había bendecido.
—¿Y qué he de hacer? —preguntó.
—E-emperador —respondió Sushant—. No… No lo sé. No lo sé.
—Acompáñame —dijo con tono cortante.
Regresaron con los consejeros, que se inclinaron al verlo entrar y esperaron a que les diese permiso para volver a alzarse.
—Hablad —los apremió. Uno de ellos se encogió visiblemente—. Decidme lo que habéis planeado.
—Creemos que Malini podría cruzar el río Veri —expuso uno de los consejeros—. Hay un vado. Si le salimos al encuentro allí, quizá podamos debilitar sus fuerzas.
—Debilitar —dijo Chandra—. No quiero debilitar sus fuerzas. Quiero destruirlas. ¿Entendido?
Silencio por parte de los consejeros. Ni siquiera parecían querer mirarlo.
De alguna manera, todo aquello era culpa de su hermana.
De alguna manera, la maldición que suponía había caído sobre su tierra también.
Malini no merecía arder. No merecía ascender.
No merecía el dolor. Lo único que merecía era la nada. Ser nada.
—Emperador —dijo Sushant. Todos los ojos se volvieron hacia él—. Mi gente proviene de las tierras que rodean el Veri. Quizá… Quizá podría sugeriros otro modo de salirle al encuentro. Y de derrotarla.
Sushant empezó a hablar. Y Chandra, con punzadas de dolor tras los ojos y en el corazón, escuchó con puños apretados.
Cómo le gustaría cerrar los dedos en torno a la garganta de su hermana.
El enfermizo temor que lo había recorrido a la vista de aquellos frutos podridos se había transformado en una rabia tan absoluta que lo único que podía hacer era darle rienda suelta.
Su hermana se lo merecía.
Al día siguiente pensaba hablar con Hemanth. Dejaría que Hemanth le refiriese todo lo relativo a la podredumbre en Parijat, pues estaba claro que el sacerdote pensaba abordar ese asunto con él.
Y confiaría en el conocimiento que, sin duda, las Madres habían depositado directamente en su corazón.
“Yo soy la respuesta, no mi hermana. Mi hermana, jamás”.
Enviaría a sus hombres al Veri. Todos los hombres que pudiese permitirse.
Y la aplastaría. La erradicaría.
No se merecía arder, no se merecía ascender. No, lo único que merecía Malini era morir.
Chandra acudió al templo mucho después del alba. Al llegar vio a Hemanth, que se le acercó, sonriente, a darle la bienvenida. Y comprobó que la sonrisa se desvanecía al verlo a él.
—Emperador —lo saludó.
—Sumo sacerdote —dijo Chandra a modo de respuesta—. Dime cuál es esa amenaza mayor que los hombres mortales. Dime lo que me has ocultado hasta ahora.
Chandra arrojó el saco al suelo. Unas flores podridas asomaron por él. El olor a carne comida por la podredumbre llenó el aire.
El sumo sacerdote no se amilanó. Contempló las flores y alzó el rostro para mirar a Chandra a los ojos. Parecía que siempre había sabido que aquel día llegaría.
—Ay, emperador —dijo, con tono contrito—. Esto no es más que una ínfima parte de mis temores.