La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y dos
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Capítulo Treinta y dos

CHANDRA

La noticia llegó a altas horas de la noche, mientras Chandra es taba encamado con su esposa.

Uno de los guardias los inte rrum pió, reticente; hizo una reverencia y mantuvo la mirada gacha con decisión, aunque un biombo pintado y unas pesadas cortinas de seda protegían a Chandra y salvaguardaban el pudor de su nueva esposa.

—Unos mensajeros traen noticias de la guerra, emperador —dijo el guardia—. De tu hermana.

Chandra bajó de la cama y escuchó a través del biombo lo que venía a decir el mensajero, mientras sus sirvientes lo vestían: un turbante de rígido brocado sujeto con una piedra lunar del tamaño del puño de un niño; un collar de piedras de oración,

cada una de ellas hechas de oro y plata entrelazados y tallada con el nombre de una de las Madres; un achkan de seda blanca y un dhoti de pálido oro.

Su padre, recordó, jamás había vestido de manera tan formal y lujosa en su dormitorio.

Los consejeros a los que permitía el acceso a sus aposentos interiores solían verlo más relajado, con sencillas ropas de algodón y sedas ricas pero sencillas.

Chandra siempre había despreciado semejante falta de formalidad.

El papel del emperador consistía en ser más que los hombres que habían jurado servirlo: tanto en naturaleza como en propósito.

Y en el vestir. Desde su ascenso al trono se había empeñado en no seguir el ejemplo de mediocridad de su padre.

En aquel momento se alegraba de aquella decisión.

La armadura le recordaba quién era, la vida que las Madres habían decidido que llevara.

La corona evidenciaba la santidad y propósito que se le habían encomendado.

Aquella armadura le permitió mantener a raya su propia furia mientras el mensajero tartamudeaba la información que habían recabado los espías de Chandra,

así como soldados de puestos fronterizos y leales sacerdotes que habían escapado del aprisionamiento en el campamento de Malini para darle las noticias.

Su hermana seguía viva. Su hermana aún gobernaba aquella horda de traidores. El fuego sagrado no había matado a su hermana. El bastión del gran príncipe seguía asediado. El gran príncipe no obtendría la fácil victoria que Chandra le había prometido.

Incluso con el fuego bendito que había enviado a matarla, incluso cuando sus seguidores deberían haberle dado la espalda y haber reconocido a Chandra como el único emperador legítimo que podía reclamar el poder, su hermana había sobrevivido. Su hermana aún acaudillaba a aquellos necios.

Su hermana se dirigía a Parijat.

Ordenó a un guardia que condujese a Hemanth a su presencia y les dijo a los demás que se fueran. En el silencio que siguió, Chandra se acercó al balcón, apartó la gasa que mantenía fuera los insectos y salió al fresco aire de la noche.

Desde allí veía el mismo paisaje que vio en su día su padre, así como todos los emperadores habidos antes que él: la enormidad del propio mahal, con pequeñas casitas para los sacerdotes aquí y allá,

así como docenas de íntimos patios llenos de flores de aguja y jazmines que crecían profusos y lujuriantes.

Los jardines de su madre, que en aquel momento no eran más que negrura y el leve brillo latente de las brasas moribundas en la tierra que iluminaba la luz de las estrellas.

Los muros del mahal, una extensión resplandeciente de blancura.

Y la ciudad de Harsinghar al otro lado, de mármol y arenisca teñida de oro y azul bajo la luz de la luna.

Mantuvo la mirada fija, sin parpadear, hasta que el suave viento nocturno le irritó los ojos y el punzante aroma a ceniza llegó hasta él.

No había viento que no arrastrase ceniza. En aquel mahal, no.

El guardia regresó.

—Sal conmigo al balcón, sacerdote —dijo Chandra.

Hemanth obedeció al instante.

—Has recibido malas noticias —aventuró el sumo sacerdote.

—¿Te has enterado? —preguntó Chandra—. No, claro que no te has enterado. Mi hermana regresa a casa, sacerdote. Verás tu deseo cumplido, a fin de cuentas.

—Mi deseo —replicó Hemanth— no es más que tu bienestar. Y el de Parijatdvipa. Como siempre ha sido.

Se acercó hasta colocarse junto a Chandra en el borde de la balconada. Chandra sintió la mirada de Hemanth, su preocupación.

—¿La acompaña un ejército?

—Así es. —Chandra apretó los dientes. Le dolió la mandíbula, que latía llena de tensión, de rabia—.

Todos esos necios que quieren más de lo que merecen.

¿Acaso no comprenden cuál es su lugar? ¿No son conscientes de su propósito en el mundo que Divyanshi construyó para ellos?

No me respondas. —Soltó una risa amarga y atribulada—.

Ya sé que la respuesta es no. De lo contrario, se postrarían ante mí, me servirían y se regocijarían por ello.

Hemanth guardó un silencio prolongado. Luego dijo, con tono de consuelo:

—Alégrate de que venga. Considéralo una señal. Las Madres la envían allá donde tenga que estar, para que cumpla con su deber hacia ti y hacia todos nosotros.

“Si las Madres actuasen de verdad a mi favor”, pensó Chandra, “la habrían matado en el bastión del gran príncipe. Se habrían asegurado de que el fuego bendito arrasase con todo su ejército”.

La idea lo avergonzó al instante. Aquello no era culpa de las Madres, como tampoco lo era de Chandra. No, todo era culpa de su hermana, de las aberrantes decisiones de su hermana, de que hubiese rechazado el destino que le aguardaba. Su hermana era una maldición. Siempre lo había sido.

—Emperador —dijo Hemanth. La voz quebró el silencio que se había instalado entre los dos—. ¿Qué piensas hacer? ¿Vas a recibirla? ¿Hablarás con ella?

—Preferiría clavarle una daga en el corazón —respondió Chandra—. Preferiría clavarle una flecha en la pierna y verla morir lentamente. Preferiría estrangularla con mis propias manos.

—Te ha causado mucho dolor —comentó Hemanth con tono compasivo.

Chandra cerró los ojos. Asintió. Sí, sí que se lo había causado. Se alegraba de que Hemanth lo comprendiese. Se alegraba de que el sacerdote siempre hubiese visto su corazón, el que yacía bajo aquella rabia, bajo aquel implacable deseo de un mundo mejor, de un pueblo mejor.

—Sabes que te lo pediré de nuevo —dijo Hemanth, y posó una mano en el brazo de Chandra con gesto amable—. Por favor, emperador, piensa en el poder que te otorgará si muere por propia voluntad.

—Piensa en el poder que ya tengo —replicó él.

—No te apartes de la grandeza —dijo Hemanth—. No apartes Parijatdvipa de la grandeza. Sé que tienes la capacidad de ayudarla a aceptar su muerte de manera voluntaria y gozosa.

“Pero ¿tengo la voluntad de contemplar cómo muere?”, pensó Chandra. No estaba seguro. No estaba seguro de que Malini mereciese la muerte.

—Eres un buen hombre, Chandra —dijo Hemanth, usando por fin su nombre, cosa que solo hacía en contadas ocasiones, en momentos en los que quería hablarle en tono íntimo y cercano.

Insistió—: El mejor de todos los hombres.

Guíala. Enséñale lo que debe ser. Deja que tus sacerdotes te ayuden.

Las Madres la envían hacia ti. Escúchalas.

Chandra odiaba a su hermana. La odiaba. ¿No había dicho ya bastante? ¿Acaso no era el emperador? Aquella decisión era suya, como elegido de las Madres de las llamas. Nadie más podía tomarla. Ni siquiera el sumo sacerdote.

Apartó el rostro de Hemanth.

—Emperador —dijo Hemanth con voz queda—. Por favor, ¿no quieres escucharme?

Chandra guardó silencio.

—Me he resistido a hablar de esto, emperador —añadió Hemanth en vista de que Chandra se negaba a contestar—, pero cabe la posibilidad de que Parijatdvipa se enfrente a un peligro mayor que meras armas de hombres mortales.

Chandra soltó una risa brusca, un sonido que se le escapó a la fuerza de entre los dientes.

—Bastante problema son ya los hombres.

—Emperador —dijo Hemanth. Suspiró—. Es tarde y tu corazón está atribulado.

Ven al templo mañana. Rezaremos juntos; tú y yo.

Mis sacerdotes van a recibir una nueva remesa de flores.

Haremos juntos una guirnalda para Divyanshi.

Te dejaré apartadas las mejores rosas y caléndulas.

Y luego hablaremos. Y te referiré… los miedos de los que mis sacerdotes me han hablado.

—Si vas a tratar de convencerme del destino de mi hermana, no será necesario —dijo Chandra con un tono producto del cansancio pero que también sonaba a advertencia—. Entiendo tu punto de vista. Y ya me has dejado claro que crees en mí sin reservas. Que acatarás mi voluntad.

—Como sacerdote, como tu sacerdote, es mi deber decirte todo cuanto esté en mi mano para guiarte, iluminar el camino ante ti —dijo Hemanth con el tono de reprimenda afectuosa de un padre—. Mañana, emperador. Luego podrás hacer lo que quieras con lo que te cuente.

El sumo sacerdote se marchó. Chandra regresó a su cámara.

Su esposa aguardaba al pie de la cama, ajustándose aún los pliegues del sari.

Llevaba el pelo suelto, sobre los hombros.

Chandra contempló los pequeños dedos que colocaron la tela en su lugar.

Contempló la arruga de concentración en el ceño de su esposa.

Ella se detuvo, vio que la miraba y le lanzó una mirada nerviosa de pestañas entornadas.

Su esposa era tímida. Aquella obediencia sobresaltada lo irritaba, pero la toleraba.

Era lo bastante bonita y no se quejaba ni intentaba manipularlo cuando la llamaba a su cama.

Cumplía con su papel. ¿Qué más iba a pedirle dentro de lo razonable?

Demostrarle que estaba irritado, ya fuese de palabra o con violencia, sería tan satisfactorio como romper el ala de un pajarillo de plumaje anodino.

Y, sin embargo, en aquel instante, la idea de romper algo hasta inutilizarlo sonaba de lo más agradable. Chandra pensó en los huesos de la muñeca, de los antebrazos. Contempló cómo movía los delicados dedos hasta dejarlos quietos.

Desterró aquellos pensamientos y aquella rabia de su cabeza. No iba a hacerle daño.

No era ese tipo de hombre.

—Vete —le ordenó con brusquedad—. Déjame.

Ella le lanzó una mirada fugaz. Luego bajó la vista y dijo:

—Que duermas bien, esposo.

Y se marchó a toda prisa.

Chandra no durmió. Mandó llamar a sus oficiales militares, que llegaron cansados y descompuestos, pero que se pusieron a trabajar al momento, a discutir qué había que hacer a continuación.