La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y uno #3
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Capítulo Treinta y uno #3

—Ya he decidido quedarme —dijo, depositando la caja sobre las rodillas—. No temo a la muerte.

—Pues deberías —se apresuró a decir Malini—. Quien teme a la muerte, lucha por sobrevivir. Y, cuanto más luches, mejor será para todos nosotros. Así pues, si no sobrevives por ti mismo, hazlo por todos nosotros. Por mí.

—Lucharé con todo lo que tengo —replicó Aditya.

—Te han dicho ya cuántas de nuestras fuerzas puedo dejar aquí —dijo Malini—. Pero si necesitas algo más…

—No. —Aditya negó con la cabeza—. Nos las arreglaremos, hermana.

—¿Os las arreglaréis? —repitió ella—. Esto es una batalla.

—Lo sé —convino—. Y para la batalla me entrenaron.

—Entonces tienes que hacer algo más que arreglártelas.

Tienes que hacer mucho más que eso. ¿Has entrenado con Rao?

¿Ha bastado para ganarte su confianza? A mí no me basta, Aditya.

Ahora que conozco la guerra, te suplico que recuerdes tu antiguo yo y que como tal acudas a la batalla.

No como el sacerdote que no pudo obligarse siquiera a prender una flecha.

—Te enfada que no sea quien fui en su día —señaló Aditya.

—No estoy enfadada contigo.

—Sí que lo estás —repuso él—. Casi no puedes obligarte a visitarme. Y cuando me visitas, hermanita, miras a través de mí en busca de un hombre que ya no soy yo. No eres la única. No eres la única que echa de menos a ese hombre.

¿Querría decir que él también se echaba de menos a sí mismo? ¿O se refería a Rao? Malini no preguntó.

—Pero no deberías enfadarte —prosiguió, sin dejar de mirarla a los ojos—.

Porque si volviese a convertirme en ese hombre, que es el heredero legítimo de tu imperio, perderías todo lo que has ganado.

Tu ejército. Esa corona que te espera. Por más fuerza, ambición y voluntad que tengas, sabes tan bien como yo lo poco que tardan los hombres en cambiar de lealtad según lo que creen saber.

Malini no dijo nada.

—¿Vas a pedirme que ceje en este empeño? —preguntó Aditya ante su silencio—. ¿Que viaje contigo y luche a tu lado como un príncipe de Parijatdvipa, a sabiendas del riesgo que supone para ti?

Malini podía imaginarlo bien: Aditya junto a ella en la batalla, imbuido de pura gloria, sobre un caballo blanco.

Aditya a lomos de un carro de camino a la batalla, noble príncipe de la corona de la cabeza a los pies.

Y de la cabeza a los pies, el hombre que los demás señores nobles querrían ver sentado en el trono.

Aditya era un peligro. Mahesh se había encargado de demostrarlo. Y aun así…, aun así…

Malini no dijo nada. A fin de cuentas, no había nada que decir.

Él sonrió con ojos tristes pero llenos de sabiduría.

—No —dijo—. No me lo vas a pedir. Te alegra que me quede aquí. Así pues, hermana, no me reprendas por elegir un camino que te protege. Que te protege de Saketa, del ejército que dejas a la espalda… y de mí mismo.

—No te he pedido que te sacrifiques por mí —susurró Malini.

—Un acto de amor no requiere pedir nada —repuso Aditya—, pero te lo prometo. Actúo por el dios sin nombre, como siempre hago. Es la voz de mi dios la que me dice que me quede aquí. Y aquí me quedaré. Además, ¿quién sabe? Quizá sobreviva a esta guerra. Quizá quiera el destino dejarme libre.

—Y entonces, ¿qué? ¿Qué será de ti?

—Encontraré otro monasterio que me acoja —dijo—. Y viviré allí el resto de mis días. Iré a la mismísima Alor y buscaré el corazón de la fe. Una vida de paz.

La sonrisa se acentuó. Era una mueca suave y nostálgica.

—Tu corona es tuya, Malini, hermana. Nunca se me ocurriría arrebatártela.

Malini ya no era capaz de seguir hablando con él. Había esperado… Bueno. No sabía qué había esperado, y ahí residía el error. No quería que regresase el hermano que había sido en su día, aunque parte de ella sí lo deseaba. O quizá no.

Quería el hermano que nunca había sido. Un hermano que hubiera visto cómo la habían herido y que la hubiera escudado cuando ella misma no podía protegerse. Quería de él un amor que Aditya ni había podido ni podría darle jamás, porque era un amor que Malini había necesitado hacía mucho.

No quería que muriese. En la muerte no había posibilidad alguna.

Solo el fin.

Dio media vuelta, dispuesta a marcharse, pero se detuvo a la salida de la tienda. Si no era capaz de poner en palabras aquella maraña de amor, rabia y resentimiento, al menos podría decirle una cosa:

—Después de que ardiese tu monasterio… —empezó—. Después…, soñé con Alori y Narina. Me dijeron que mataría a mis dos hermanos. Y me perdonaron. Pero yo nunca he planeado hacerte daño.

Se detuvo un instante y añadió:

—Tu existencia ha sido para mí una espina clavada.

Pero nunca he querido hacerte daño. No he hecho nada para llevarte a este punto, Aditya.

No te pedí que te quedases en Saketa, ni tampoco te he pedido que te ofrezcas voluntario.

No te he puesto ningún cuchillo en la garganta.

No te he hecho prisionero. Sé bien lo que es estar aprisionada.

—Le tembló la voz, afilada a causa del dolor y la furia—.

Te quiero, hermano. Aunque quizá sería más fácil si no te quisiera.

Silencio. Y luego, la voz de Aditya tras ella:

—Buen viaje, Malini.

—Buen asedio, Aditya —respondió ella.