La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta y uno #2
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Capítulo Treinta y uno #2

—Si de verdad no lo habías planeado —Rao hizo una pausa y dejó escapar el aliento—, podrías haberte negado. Le podrías haber encomendado la misión a otro. Aún podrías hacerlo.

—Sí que podría, sí —convino ella—. Podría haberlo humillado. Haber rechazado su ofrecimiento y haberlo avergonzado. ¿Habría sido ese el acto de una hermana amantísima?

—No te burles de mí, por favor —rogó Rao con la mandíbula apretada.

—No me burlo ni de ti ni de él —respondió Malini en tono ecuánime, obligándose a mantener la calma—. Solo te digo que mi hermano es responsable de sus actos y puede tomar sus propias decisiones.

Lo que ni podía ni pensaba decirle a Rao era que se sentía aliviada.

Horriblemente aliviada, con una carga menos sobre los hombros, y a pesar de ello culpable por sentirse así.

Se alegraba de no llevar consigo hasta Harsinghar el peligro que suponía su hermano.

Se alegraba de no tener que pensar en él, escondido en una habitación oscura, meditando y rezando, a la espera de que llegase a él un futuro diferente, mientras ella esperaba a que los demás hombres se agrupasen en torno a él y decidiesen rajarle el gaznate a la emperatriz.

Malini no había tratado de matar a Aditya. Al dejarlo vivir, le había hecho un servicio mayor del que cualquier otra hermana que compitiese por el mismo trono habría sido capaz. No le debía más de lo que ya le había dado.

Y él, su hermano, le había dado un regalo.

—¿Vas a quedarte aquí con él? —preguntó Malini.

—¿Me pides que me quede, emperatriz?

—Déjate de protocolos —dijo Malini a media voz—. Nadie nos oye.

Rao soltó un suspiro y dijo:

—Malini.

—Sí.

—¿Te gustaría que me quedase con él si yo te lo pidiera?

Malini oyó la vulnerabilidad en su voz, como una fractura en un cristal. Se obligó a no mirarlo a los ojos, un pequeño acto de compasión, al decir:

—Te he nombrado general de mi ejército. Si quieres que Alor tenga voz en la batalla inminente…

—En ese caso, quizás uno de mis hermanos… —dijo él con voz queda, como si supiera que no tenía sentido ni sugerirlo, y aun así quisiera intentarlo—. Si le envío una misiva a Alor, a mi padre, quizás alguno de ellos venga.

—No hay tiempo. —“Como bien sabes”, pensó ella—. Y necesito a tus hombres. Te necesito a ti.

—En ese caso, no te lo pediré —dijo Rao.

Se hizo el silencio entre los dos. Malini no pudo evitar darle la espalda y empezar a dar vueltas, el cuerpo entero embargado por una temblorosa sensación de pánico que no pudo contener. Así que Rao no quería quedarse junto a ella y ayudarla… De todos modos, ¿qué importaba?

—Malini… —comenzó él al fin.

—No —dijo ella como respuesta—. Mahesh le servirá a Aditya de apoyo fiel.

“Aunque a mí no me ha servido”, pensó, pero añadió:

—Aditya podrá recurrir a él. Conténtate con esa idea.

—Así lo haré —respondió él—. Al igual que me contento al saber que ganarás la guerra antes de que le hagan daño.

Qué cosa más rara, pensó Malini, que los cumplidos por boca de Rao sonaran siempre más bien a desesperación.

Como si contemplase todos los éxitos de Malini, todas las batallas ganadas, todos los nobles enemigos burlados, y sintiese miedo.

A veces, a menudo, Malin quería desentrañar ese miedo para averiguar cómo funcionaba.

Quería preguntarle: “¿Qué temes tú, que me nombraste y me diste la oportunidad de apoderarme de mi corona? ¿Nos temes a mí y a mis decisiones? ¿Temes aquello en lo que me convertiré? ¿O temes aquello en lo que se convertirán los hombres como tú?” .

En vez de todo eso, Malini dijo:

—Me voy a ver a Aditya. ¿Se encuentra bien?

—Hemos entrenado. Ha sido… —Se detuvo y negó levemente con la cabeza—. Está bien.

Había algo en su voz. Algo que no iba dirigido a Malini.

Ella le lanzó una mirada y le ofreció una sonrisa. Lo conocía. Valía la pena recordarle de vez en cuando lo bien que lo entendía.

Él carraspeó.

—Te dejo, pues —dijo—. Creo que no tardaremos mucho en estar listos para partir.

Después de que Rao se marchase, Malini mandó llamar a un guardia.

—¿Sigue todo tranquilo en el bastión?

—Sí, emperatriz.

—Bien —dijo ella—. Llevadme con el príncipe Aditya.

La tienda normalmente frugal de Aditya se encontraba llena, por una vez, del típico caos que Malini se había acostumbrado a tener en su propio espacio: mapas de Saketa y esbozos detallados del laberinto en flor de la fortaleza saketana.

Los oficiales militares despachaban información a toda velocidad: cómo se iban a disponer las tropas, qué suministros se quedarían en el sitio y cuáles irían con la fuerza más numerosa de hombres que se llevaba Malini.

La emperatriz se sorprendió de ver que Mahesh aún no estaba allí, postrado y besándole los pies a Aditya.

Una idea cruel. Malini se permitió disfrutarla.

—Hermano —dijo.

Toda la estancia guardó silencio.

Malini contempló a los oficiales que la miraban.

—Dejadnos —ordenó, y todos se apresuraron a marcharse, dejando a su paso, papel, tinta y libros de registro.

En medio de todo aquello, Aditya transmitía una calma absoluta. Vestía una túnica desastrada y manchada de sudor, con la espada al flanco.

Se parecía mucho a su antiguo yo, al hermano pretendiente al trono junto al que había crecido. Malini sintió una punzada de afecto en el corazón. Y eso la enojó de un modo que escapaba a su comprensión.

—Tengo un regalo para ti —dijo.

Se había detenido en su tienda para recogerlo, sin hacer caso a las preguntas de Lata y a los tímidos ofrecimientos de té o de sorbete por parte de Swati. Se había llevado la caja de ónice, que cargaba consigo. Le pesaba en las manos. Aditya la aceptó y frunció el ceño. La abrió.

—Ceniza —dijo, con tono precavido.

—Esto contenía el supuesto fuego de las Madres —dijo Malin—. Ya viste lo que les dije a los hombres. Y era verdad. Pero esto… —Empujó la caja hacia él—. Con esto quiero asegurarte que no se trataba del fuego de las Madres. Que no es imposible derrotarlo.

Aditya asintió. Con pasividad, a la espera de que ella hablase.

—Voy a derrotar a Chandra —dijo Malini—. Avanzaré hacia Parijat tan rápido como pueda. Tengo a mi espalda una gran fuerza, y a las Madres, y al dios sin nombre. Lo derrotaré. Solo tienes que sobrevivir hasta entonces, y todo el poder del imperio parijatdvipano te apoyará.