Capítulo Treinta y uno
MALINI
Había demasiada gente que exigía la atención de Malini.
Una cacofonía de ruidos; la rodeaban las mujeres de su corte, los nobles y los oficiales.
Al cabo salió de la tienda del consejo. Mientras atravesaba el gentío, Malini examinó la multitud con los ojos.
Al dar con Priya, intercambió una mirada con ella. Tendió una mano a modo de invitación.
—Mayor Priya —dijo—. Acompáñame, por favor.
Priya no vaciló. Ajustó su paso al de Malini y la siguió hasta la tienda.
Lata apareció al otro flanco de Malini. Ella se giró y le dijo en voz baja:
—Déjame un momento. Sola.
No dijo “con Priya”, pero Lata paseó la vista con cuidado entre las dos, con los ojos preñados de comprensión, y dijo:
—Habrá mucha gente que querrá hablar directamente contigo, emperatriz.
—Pues diles que tendrán que esperar —replicó Malini.
—Quizá quieras hablar con ellos —aventuró Lata—. Más tarde.
—Emperatriz —dijo Priya—. Si haces falta aquí…
Malini no la dejó terminar. Agarró la muñeca de Priya, le clavó con firmeza las uñas en la piel y tiró de ella hacia la tienda a su espalda. La cortinilla de la entrada se cerró tras ellas.
El interior de la tienda estaba vacío.
Malini dio media vuelta. No miró hacia la cortinilla, ni presto atención a los sonidos al otro lado del lienzo. Confiaba en que Lata cumpliría con su cometido.
En cambio, acunó el rostro de Priya entre las manos y sintió la completitud inmaculada de su cara entre los dedos. Contempló aquellos cálidos y encantadores ojos marrones.
—¿De verdad te encuentras bien? —preguntó—. Sé sincera, Priya.
—¿Qué significa estar bien cuando hay una guerra en marcha? Estoy lo suficientemente bien, Malini. He… he perdido algunos hombres. Hombres a los que conocía. Con los que vivía en Ahiranya. Nuestra tienda está calcinada. Todas mis posesiones han desaparecido. Y…
Soltó una maldición y Malini vio cómo apretaba la mandíbula, los huesos protuberantes bajo la piel.
—Había traído hachís, ¿sabes? Y vino. No tengo ni idea de si queda algo. Supongo que da igual.
—Lata te buscará un sitio para dormir —dijo Malini—. Y nos aseguraremos de que reúnas con aquellos de tus hombres que hayan sobrevivido, te lo prometo.
—¿Y si me quedase aquí contigo? —preguntó Priya. Le mostró a Malini una sonrisa aguada con cierto tono burlón en la voz ahogada por el humo—. Como cuando estábamos en Ahiranya y te servía. Podría dormir en el suelo. Ni siquiera repararías en mi presencia.
—Priya —dijo Malini con un ápice de ternura desesperada en el pecho—. Siempre reparo en tu presencia.
Un latido. Le apartó un mechón de pelo oscuro de la cara a Priya, sin querer soltarla, deseando tocarla un poco más.
—Además, ya no eres criada, mayor.
—No —dijo Priya—. No soy ni tu criada, ni la de nadie.
—Priya… —Vaciló, pensando en el orgullo de Priya, en el consejo de guerra. Cerró la mano sobre el pecho de Priya. Sabía la respuesta a la pregunta que se disponía a formular; aun así, quería formularla. Quería que Priya se lo confirmase de viva voz—. ¿Te ofende que no te haya nombrado general?
Eso le arrancó una risa a Priya.
—¿Y para qué quiero yo ser general parijatdvipana?
Ahiranya no pertenece a tu imperio. No, estoy mejor como estoy.
Además, ser uno de tus siervos parece un trabajo bastante peligroso.
—Sonrió aún más, con aire malicioso, y susurró—: Ha sido asombroso verte entre esos hombres.
Tejes unas telarañas hermosas. Incluso cuando las percibo, no puedo sino admirarlas.
Malini no le había contado sus planes y maquinaciones a nadie. Se había cerrado cada vez más; era consciente de ello. Había endurecido el corazón y cerrado las puertas que daban a él, para que nadie pudiese conocerla de verdad.
No podía arriesgarse a que le hiciesen daño. No podía arriesgarse a darle a nadie la fuerza necesaria para traicionarla.
Pero Priya le había salvado la vida una y otra vez. Priya le había permitido enarbolar un cuchillo contra ella. La había besado tras una cascada y la había visto por completo, todo lo que había de cruel en ella, todo lo roto y lo malo. Y, aun así, la amaba.
—Te contaré lo que quieras —dijo Malini, dejando que la ternura que sentía se contagiase a su voz—. Pregúntame y te lo diré.
Priya le devolvió la mirada. Separó un poco los labios, una tentación, una invitación.
—Emperatriz. —Llamaron desde la entrada. Era la voz de Lata, aguda y alta. En menos de un aliento, Malini bajó las manos y Priya apartó el rostro—. El príncipe Rao está aquí.
—Me reuniré con él fuera —dijo Malini. Luego volvió a mirar a Priya—. Priya, tengo que…
Ella negó con la cabeza.
—Voy a buscar a Sima. Y tú… —Hizo una pausa y se llevó la mano a la mejilla, donde los dedos de Malini la habían rozado. Luego bajó la mano—. Tienes trabajo que hacer. Te dejaré trabajar.
Malini se reunió con Rao bajo la respetable protección de una sombrilla en el exterior que ofrecía un ápice de sombra, aunque los dejaba a la vista de quien quisiera observarlos.
Rao parecía diferente. Había dejado la ropa que llevaba antes y vestía una sencilla túnica con dhoti.
Tenía el pelo húmedo. Debía de haberse lavado.
En la lejanía, a su espalda, la tierra que rodeaba el bastión del gran príncipe aún resplandecía a causa de las llamas, un resplandor que lo enmarcaba.
—Hablemos aquí un momento —dijo Malini tras la reverencia de Rao, que se acercó a ella bajo la sombrilla.
Malini empezó a hablar de sus mujeres—. Considero que la mayor Priya pertenece a mi círculo de confianza, pero también necesito que esté presente en las batallas venideras.
Y me gustaría que las acometiese contigo a su lado.
Malini confiaba en Rao y, por lo tanto, en sus hombres, más que en nadie.
—¿Qué piensas de ella? —preguntó.
—Todavía recuerdo el día en que nos conocimos —respondió Rao—. Era… franca. Difícil. —Una pausa—. Me gustaba.
—Claro que te gustaba —comentó Malini, con la voz preñada de afecto—. No te gustan las chicas calladitas de sonrisa tonta, ¿verdad, Rao?
Él apretó la mandíbula.
—Si me estás acusando de albergar algún tipo de… interés…, no me hará gracia.
Malini se mordió la lengua para evitar soltar una risotada. Al hablar, lo hizo con voz sospechosamente ahogada, pero no hubo modo de evitarlo.
—No, no, por supuesto que no sugiero nada, Rao. Estoy segura de que tus intenciones son del todo puras.
Rao asintió. Pareció algo azorado.
—Nadie la molestará mientras viaje conmigo —dijo.
—Seguro que así será.
—La trataré como trataría a cualquier caudillo noble.
—No espero menos.
—Pero quizás haya rumores —dijo con cautela— que no podré contener.
—Vaya en el contingente en el que vaya, habrá rumores. Habrá rumores incluso si viaja sola. Al menos contigo, Rao, sé que no habrá riesgos de que se produzcan más incidentes que requieran mi… intervención.
Rao emitió un sonidito para expresar que estaba de acuerdo.
—¿Por qué la has mandado llamar? —preguntó con curiosidad en la voz, pero también con algo muy parecido a la exasperación—. No vas a buscarte más que problemas.
—Chandra tiene su fuego —respondió Malini casi de inmediato—. Y yo la tengo a ella. Es un arma que no esperarán. Da igual lo que Chandra crea saber sobre Ahiranya, no ha visto los dones de Priya como los he visto yo. Me concede una ventaja que necesito con desesperación.
Dos verdades residían en el corazón de Malini. Había formulado la más fría de las dos.
Pero la otra era esta: “La necesito. Porque en su día me vio, vio todo lo que yo era y lo que podía ser, y aun así me deseaba. Y aún me ve y me desea, más allá del abismo que debería hacernos enemigas. El abismo que no consigue que nos enemistemos, que es incapaz de lograrlo”.
Aquella otra verdad era como una herida, como un frágil corazón al descubierto.
La asustaba y maravillaba a partes iguales.
Rao asintió. A juzgar por el modo en que apartó la vista y contempló el campamento y a los soldados que recogían la impedimenta, no se lo creyó, pero debió de decidir que no valía la pena discutir.
—¿Qué habrías hecho si el Señor Mahesh no se hubiese presentado voluntario para quedarse atrás? —Rao bajó la voz para que nadie las oyese—. ¿Lo habías planeado así? ¿Habías planeado que Mahesh y Aditya se quedasen y arriesgasen la vida?
—Había planeado que se quedase Mahesh —admitió Malini, sin esfuerzo ni vergüenza algunas—. Aditya, no. Aditya me sorprendió tanto como a ti. Jamás se había ofrecido a luchar hasta ahora. ¿Cómo me iba a esperar algo así?
—A mí no me sorprendió —dijo Rao—. En cuanto lo dijiste, supe…, me temí lo que iba a hacer. Además, Malini, por favor: tenías que saber que se iba a presentar voluntario. Era una trampa perfecta para él. Una misión imposible, un servicio que podría destrozarlo… ¿Cómo iba a resistirse?
La golpeó una duda tan dolorosa como un impacto. Se le cortó la respiración. Priya había hablado con admiración de las telarañas que tejía. ¿Había tejido Malini aquel plan sin ser consciente de él?
“No”, se dijo a sí misma con fiereza. “No, yo amo a mi hermano. Jamás haría algo así. No ha sido premeditado”.
—No pienso en Aditya en esos términos —espetó Malin—. ¿Por qué habría de hacerlo? De lo contrario, si pensase en él y en lo que hace, en lo que representa…, tendría que matarlo. Tendría que hacerlo pasar por un accidente. Necesitaría que fuese algo menos obvio que dejarlo aquí.
Y señaló el lejano y resplandeciente bastión, enfadada.
—¿Y no entiendes que dude de ti? —preguntó Rao—. ¿No ves que esto podría ser una trampa que le has tendido?
—Jamás habrías pensado tal cosa de mí cuando éramos niños —pretextó Malini, haciendo lo posible por que el comentario no le doliese—. Jamás.
—Por aquel entonces no te conocía —repuso Rao con tono apesadumbrado—. No te conocía como ahora.
“Y tampoco te abrumaba tanto el amor que sientes por mi hermano”, pensó Malini. “No te habrías apartado del camino”.
Sin embargo, decidió no hablar de aquello que Rao no entendía.
—No soy la guardiana de mi hermano —dijo Malini. Quizás, en otro mundo, en otra época, él habría sido el guardián de Malini.