La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Treinta
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Capítulo Treinta

ASHOK

Aquel día, Kritika era la única que se sentaba junto a Ashok en el Hirana. No había rastro de los yaksas . Solo estaban ellos dos, en calidad de mayores del templo, a la espera de que los fieles subie ran los escalones de la montaña.

Cuando se hubo marchado el último peregrino, Kritika también se marchó y Ashok se puso en pie lentamente. Respiró el frío aire que lo rodeaba. El frío de la noche había empezado a adueñarse del Hirana. Ashok se giró.

Ganam estaba cerca del peligroso borde del triveni, abierto al cielo y a una caída por la cara escarpada de acantilados que rodeaban el Hirana. Aun así, Ganam no parecía asustado. En apariencia era el guardia de Ashok, pero tenía las manos vacías, entrelazadas a la espalda. El gesto grave.

—Mañana habrá más —dijo—. Y aún más fieles pasado mañana. La podredumbre empeora. Se extiende más rápido que un incendio.

Recorrió a Ashok con una mirada que, en cierto modo, era despectiva y respetuosa al mismo tiempo.

—Algo ha empeorado en Ahiranya —prosiguió Ganam, como si no le resultase inevitable hablar—. Y nadie lo sabe. Qué extraño, ¿no?

La podredumbre empeoraba. Los yaksas habían regresado y la podredumbre empeoraba, recorría Ahiranya con dedos reptantes. Y el propio Ashok había vuelto a la vida. Todo ello era señal de… algo. No quería reflexionar al respecto. No quería plantearse qué implicaba aquello.

Sin embargo, en lugar de entregarse al descanso, de tirarse en la cama y escuchar las lejanas aguas y la respiración durmiente de alguien o algo en su interior, Ashok se dedicó a pasear por el mahal. Escuchando el susurro de las hojas, las flores que se giraban hacia él.

Había una mujer que paseaba por el pasillo algo más adelante.

Se quedó inmóvil al verlo. Luego se apartó de su camino con un par de palabras de adoración.

Sin embargo, aquella pausa había traicionado un sentimiento de culpabilidad.

Ashok se acercó a ella y se percató de lo cerca que estaba de las habitaciones marcadas con las flores plateadas que crecían de noche, las flores que pertenecían a Chandni. Una señal de prohibición.

Había ido a ver a la niña. A la hija de Bhumika. Ashok estuvo seguro.

La criada temblaba, con la cabeza gacha. Sin embargo, el pallu que llevaba, y que le cubría el rostro respetuosamente, no conseguía ocultar la expresión de los labios. La rabia. Aquella chica odiaba a Ashok por servir a los yaksas. Lo odiaba por lo que los yaksas ya habían hecho.

—Vete —le dijo.

Ella seguía ahí, inmóvil, como una liebre sometida al escrutinio de un halcón.

—No he visto nada —le dijo Ashok, y puso énfasis en el “nada”, con una mirada dura—. Haz el favor de obrar con más sentido común, mujer, y lárgate antes de que cambie de opinión. De lo contrario, te arrepentirás.

Ella emitió un sonido que era en parte chillido y en parte asentimiento. Se las arregló para hacer una reverencia torpe y breve, y luego se marchó tan rápido como le permitieron las piernas.

Él contempló la sombra de la chica sobre el mármol, que revoloteó hasta desaparecer bajo las luces de las lámparas que descansaban en los apliques de las paredes.

Ashok se dirigió al huerto. Ya no había paz alguna allí. Todos los árboles, uno tras otro, habían sucumbido a la podredumbre.

Allí no nacería nada ni nadie, Ashok lo sabía. Aún no había llegado la hora.

Aun así, contempló los árboles y pensó en las aguas, profundas y antiguas.

Aguas que habían vaciado a niños y les habían otorgado poderes.

Aguas cósmicas en las que se encontraban los universos, y las raíces que mantenían todo unido.

La podredumbre se alimentaba de las aguas mágicas.

Los yaksas provenían de esas aguas. Y Ashok…

Sentía cada una de las plantas que los rodeaban. Sabía, aunque no sabía cómo lo sabía, que eran una extensión de sí mismo, al igual que eran una extensión de… otros. A través de ellas y a través de su propia piel, intentó alcanzar a Bhumika. Sentirla. Pensar en ella.

Una imagen relampagueó en su mente: un cuerpo mortal.

Zarcillos azules y verdes que se diluían en un rojo sangre, que lo agarraban de la garganta, de la muñeca.

De la cabeza y el corazón. Los dedos de Bhumika acariciaban papel, recorrían palabras emborronadas que parecían tinta borrosa en el ojo de su mente.

El recuerdo lo recorrió como agua de pozo, empapó todo lo que era, lo consumió, tan parte de él como todo lo que tenía dentro.

“Raíces”, pensó con una voz que no era la suya. Una voz vieja. Un vacío hecho de madera golpeada por un rayo. “Todos estamos unidos. Alimentamos al mundo entero y su gente con esas aguas, y ahora nos llevan dentro de sí. Y mientras los consumimos, les permitimos beber a cambio…”

Había algo. Algo en el límite mismo de su memoria, de su consciencia. Algo tan enorme que amenazaba con erradicar su frágil ser. Con…

Un murmullo de hojas a su espalda. Se giró.

Nandi estaba allí. Parecía tan sereno como siempre. La luz de la luna teñía de un brillo extraño sus ojos, las hileras de dientes en su boca al abrir los labios.

—He visto que alguien te vigilaba —dijo, y le propinó un empellón a la persona que lo acompañaba para que diese un paso adelante.

El chico soltó un chillido y cayó al suelo.

No debía de tener más de diez u once años.

Si Nandi hubiese sido mortal, no habría podido retenerlo.

El chico era delgado y tenía la podredumbre dentro.

Se apresuró a ponerse en pie, pero no trató de correr.

Muy inteligente por su parte. Ashok lo habría detenido y no habría sido agradable.

—Siento haberte molestado —se disculpó el chico, con aire envarado.

—No me tienes tanto miedo como antes —señaló Ashok mientras se sacudía la túnica para desprenderse de la mugre—. Ni tampoco me admiras tanto.

El chico le lanzó una mirada cautelosa, alerta.

—Te acuerdas de mí —dijo.

—Claro que sí, Rukh —respondió Ashok con tono agradable, y enseñó los dientes con una sonrisa. Apoyó la espalda en un árbol—. Has sido un necio, chico. Como siempre.

—No… —La voz del chico se quebró—. No sabía que pensases en mí lo suficiente como para considerarme un necio.

—Te tengo tomada la medida. No tardé mucho en hacerlo en mi primera vida, como tampoco he tardado en esta. Eres el mismo. —Le lanzó a Rukh una mirada oblicua—. Los yaksas sabían que los vigilabas. Eres buen espía, pero no lo bastante bueno.

—Todos los vigilan —se defendió el chico, con un hilo de voz—. Los… los admiramos. Los adoramos.

—¿Cómo se me ocurrió mandarte a espiar a mi hermana con lo mal que se te da mentir? —se maravilló Ashok.

Dio un paso al frente. La podredumbre que había dentro del chico parecía extraña. La podredumbre…

—Mi hermana inmovilizó la podredumbre de tu interior, ¿verdad? La ahogó hasta aquietarla.

Rukh no se movió. Ni siquiera parecía respirar. Contempló a Ashok, quien a su vez lo contemplaba a él.

—¿Cómo lo hizo? —El chico guardó silencio. Antes de su muerte, ¿cómo se las había apañado Ashok para obligar a la gente a hablar?—. Dímelo, o de lo contrario te haré algo. Quizá te rompa el brazo.

Por lo visto fue una amenaza verosímil, porque Rukh dijo:

—No sé cómo lo hizo. Supongo que igual que los yaksas.

Ashok alargó una mano. La palma hacia arriba, los dedos flexionados. Le hizo un gesto para que se acercase.

—Ven aquí —dijo—. Quiero sentirlo por mí mismo.

Ashok siempre había sido capaz de oler el miedo, siempre había podido usarlo para obtener lealtad u obediencia, para acobardar a un enemigo hasta obligarlo a rendirse.

Había conseguido que muchos hombres adultos gimoteasen y suplicasen antes de acabar con sus vidas.

Y Rukh no era más que un chico, alerta y envarado, que miraba a algún lugar situado a sus espaldas. Podría manipularlo.

No escaparía.

—Ojalá pudieras ver cómo crecen las raíces de tu interior —murmuró Ashok. Dio un paso al frente—. Dame la mano, chico.

Rukh permaneció inmóvil, de modo que Ashok sujetó su mano, rígida y reticente. Giró la palma y alzó la extremidad hacia la luz de la luna.

Sintió que la magia se retorcía en el cuerpo del chico. Magia yaksa.

—Podría arrancártela —dijo—. Liberarte. Pero nuestra magia está entrelazada contigo y no sé qué quedaría de ti.

—Extraerla equivaldría a matarme —repuso Rukh con una voz que apenas tembló un poco—. Me lo dijo Priya.

—¿Crees que sería capaz de matarte?

—¿Qué podría hacer yo para impedírtelo?

Ashok resopló.

—Cuántas agallas en una criaturilla tan pequeña. —Apretó aún más y dijo—: Nada. No podrías hacer para impedírmelo.

Rukh emitió un sonido animal y trató de zafarse. Ashok apretó un poco más.

—No —dijo Ashok.

—Si… si vas a hacerlo…, querría que fuese rápido.

Le temblaba la voz, pero tenía expresión desafiante.

—No —dijo Ashok con tono conciliador—. No. No voy a hacerte más daño. Ella no me lo perdonaría.

Ella. Priya. De algún modo, eso aún le importaba.

—Todo tiene un precio —prosiguió—. Todo requiere un sacrificio. Tenía que asegurarme. Lo comprendes, ¿verdad?

Rukh lo contempló con expresión vacía, sin entender. Ashok empleó la magia para llegar hasta él, para tocar su interior.

Priya había agostado los vínculos entre Rukh y la magia que había dentro de él. Ashok, por su parte, hizo más que eso.

“La podredumbre proviene de las aguas”, dijo la voz antigua en su corazón. “Las aguas llenan a los mortales con magia.

”Las aguas los llenan de nosotros. De nuestros regalos. De nuestro conocimiento.

”Cuando las aguas retroceden dejan tras de sí una marca. La memoria del agua.

”El vacío.

”Cuando las aguas se marchan, reclaman un pago”.

Ashok alcanzó la magia del interior de Rukh. Vertió más en su interior, más conocimiento, más fuerza, más podredumbre florecida, más de los ríos cósmicos que los habían cambiado a ambos. Contempló cómo se alzaban las hojas en la columna del chico, lo oyó gritar…

Y lo arrancó de las aguas. Lo dejó hueco.

Un grito de agonía escapó de los labios de Rukh. Se resistió e intentó escapar del agarre de Ashok. Luego se derrumbó, cayó de rodillas.

Ashok se arrodilló junto a él.

—Mírame, chico —dijo—. Despierta.

Y se lo repitió. Otra vez. Y otra. Por fin, Rukh abrió los ojos.

Lenta, dolorosamente.

—Dime lo que has aprendido cuando te he arrastrado a las profundidades —exigió Ashok—. Dime lo que has visto. ¿Qué recuerdas? ¿Recuerdas algo?

Rukh cerró los ojos con fuerza.

—Sé quién eres en realidad —dijo, la voz tensa—. Sé… sé muchas cosas…

—Porque yo te las he enseñado —repuso Ashok.

Notaba sus propios latidos tras los ojos. “Dime quién soy”, quiso suplicarle. “Dímelo”.

—¿Recuerdas el nombre de mi hermana? No, no me refiero a la Señora Bhumika —dijo Ashok al ver que la mirada de Rukh vacilaba, confusa—. De mi otra hermana. ¿Recuerdas cómo la conociste? ¿Recuerdas cómo llegaste a confiar en ella lo bastante como para traicionarme y darles la espalda a mis rebeldes?

Silencio. Silencio aterrado. Una respuesta harto elocuente.

—¿Qué se siente al no recordar? ¿Qué se siente ahora que las aguas te la han robado y han dejado en su lugar la historia de mis secretos?

Rukh no dijo nada. Con el rostro ceniciento, respiraba con rapidez, respiraciones superficiales. Si se había recuperado lo suficiente como para temer lo que le había pasado, para Ashok ya era buena señal.

—Gracias —dijo Ashok. Le puso una mano en la frente—. Y ahora, descansa.

Dejó que todo volviese a su lugar. Las aguas volvieron a derramarse a través de Rukh, que volvió adonde debía estar, bajo el yugo de los yaksas, donde Ashok podía sentir la presencia de la podredumbre en él. Volvía a ser él mismo.