La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintinueve
53%

Capítulo Veintinueve

GANAM

Quién le iba a decir a Ganam que acabaría convertido en espía de la viuda del regente de Ahiranya.

Pero así era la vida, supuso. Impredecible.

Podías pasarte la mayor parte de la vida luchando para liberar un país, y vivir para ver el día en que era liberado.

Y luego, por pura casualidad, presenciar también el regreso de los dioses, y ver a un antiguo líder regresar de entre los muertos.

Y así, aprendías que el mundo con el que habías soñado era más de lo mismo.

Podredumbre, tiranos y los ojos siempre abiertos, alerta, en busca de peligro.

Así eran las cosas.

Se acercó al estudio de la mayor Bhumika. Había dejado a Rukh en el patio de entrenamiento, contemplando el cielo nocturno.

—Sé que la mayor Bhumika te dijo que vigilases a los yaksas —le había dicho Ganam—, pero tienes que andarte con cuidado, chico.

—Le dije que así lo haría —aseguró Rukh—. O sea, que así lo haré, quiero decir.

—Pues con esta ya son dos mentiras. —Ganam suspiró. Le puso una mano en la cabeza a Rukh y añadió—: Sin Priya por aquí, no hay manera de controlarte. Ya verás cuando vuelva; te va a moler a palos para que entres en razón.

Hablaría con la mayor Bhumika. Había ensayado lo que iba a decirle. Enviar al chico a otro lugar. Ponerlo a trabajar en alguna casa. O en esa biblioteca que se había construido. En algún lugar donde no pudiera buscarse un problema.

Si se quedaba mucho más tiempo por allí, los problemas irían a su encuentro tarde o temprano.

Había una lámpara encendida en el despacho. Vio luz bajo la puerta, abierta apenas un resquicio. Se oían ruidos amortiguados en el interior. Si Bhumika estaba hablando con algún noble, Ganam no quería inmiscuirse.

Echó un vistazo al interior.

En un primer momento pensó que veía algo que era mejor no ver.

Jeevan estaba arrodillado, y Bhumika se inclinaba hacia delante, como si estuvieran a punto de abrazarse…

o besarse. Pero luego vio que Bhumika apretaba el brazo de Jeevan y que sacudía los hombros.

Se estremecía mucho, muchísimo, y Jeevan le susurraba:

—Mi señora…, mi señora Bhumika. Respira conmigo. Respira…

Ella soltó un agudo sollozo.

—No puedo —confesó. El dolor en aquella voz le erizó el vello en la nuca a Ganam—. No puedo, Jeevan. Mi bebé. Mi niña. Mi niñita…

Jeevan le acariciaba el pelo a Bhumika. Ella se derrumbó, embargada por la tristeza.

Era mejor que Ganam no presenciase aquello. No tenía derecho. Pero… Maldición. Padma. ¿Qué le había sucedido?

Retrocedió a trompicones, dominado por el frío. En silencio. De la manera más silenciosa de que fue capaz. Entumecido, cruzó los corredores del mahal hasta dar por fin con Khalida, que lloraba en las cocinas junto a Billu. Su señora le había dicho que se marchase. Le contó a Ganam todo cuanto sabía.

Niñas arrancadas de sus madres. El amor usado como arma. Ganam se había unido a la rebelión para salvar su país de cosas como aquella. Y, sin embargo, ahí estaba.

Así eran las cosas. Así era la vida. Más de lo mismo en un ciclo sin fin, brutal. Sin embargo, sintió en su interior la misma rabia que había sentido hacía años, cuando había jurado arriesgar su vida para conseguir un mundo mejor.

No iba a permitir aquello.

—La recuperaremos, Khalida —le prometió—. Recuperaremos a la pequeña, sana y salva. Espera y verás. He aquí mi promesa. No importa cuánto tardemos. Así se hará.