Capítulo Veintiocho #3
—Frunció el ceño con gesto tan desaprobador que Bhumika sintió el impulso de echarse a reír—.
Pero hay otras historias más agradables.
—Estoy segura de que a Padma le encantará que le cuentes historias —dijo Bhumika.
Jeevan se giró para mirarla, sobresaltado, y ella sonrió. Quizás era la primera sonrisa genuina que esbozaba en lo que se le antojaron semanas. Jeevan parpadeó.
—Quizás incluso le guste esa historia de la mangosta y la serpiente. He comprobado que las fábulas para niños suelen ser horribles —añadió mientras abría otro libro— y que los niños jamás ven en ella el horror que nosotros sí vemos.
—Señora Bhumika —dijo Jeevan.
—¿Hum?
—¿Qué esperas encontrar aquí?
Ella alargó la mano hacia otro tomo. Lo abrió.
—Cualquier información sobre los yaksas que pueda usar para comprenderlos, para proteger nuestros propios intereses —respondió—.
Aunque lo cierto es que no espero encontrar nada.
A veces es necesario actuar y planear solo porque aún eres capaz de hacerlo.
Para asegurarte a ti misma que sigues luchando, aunque tus circunstancias no hayan cambiado.
Abrió un nuevo rollo. Se detuvo. Una imagen apareció ante ella al desenrollarlo.
La forma de cuerpo recubierto de raíces.
No se trataba de un yaksa. O al menos, Bhumika estaba bastante segura de que no.
Parecía demasiado humano, un mortal atado a algo más grande que sí mismo, atado por culpa de raíces viejas y profundas que se alargaban, doradas, verdes y rojas, a través de su cuerpo y más allá, hasta hundirse en aguas profundas.
Algo se agitó en los rincones de su memoria. Algo que había visto…, algo conocido.
“Si vivieran mis mayores”, pensó mientras recorría el dibujo con el pulgar y la inquietud le latía en la sangre, “¿qué me dirían de esta imagen? ¿Qué conocimientos murieron con ellos? ¿Cuáles de esos conocimientos podrían salvarme ahora?”
Se llevó el rollo con ella cuando se marcharon.
Aquella noche, algo tocó su mente en el sangam. Una llamada. Una canción.
La atraía. Bhumika recorrió en pasillo con piernas que no la obedecían.
Aquella llamada llevó de su habitación al cuarto de la cuna de Padma, donde la niña dormía.
Como si la hubiese oído llorar. Pero no había sido así.
No había más que silencio y el susurro de las hojas, y una fuerza que tiraba del pecho de Bhumika, que lo retorcía y volvía a retorcerlo.
Y allí, en el cuarto de su hija…
—Pensé que vendrías —dijo Chandni. La luz de la luna se derramaba por sus hombros. Bajo aquella luz, la oscuridad de sus cabellos era un río, una frondosidad resbaladiza bajo el agua—. Te he llamado. El sangam arrastra los ecos a la perfección.
Padma estaba despierta, en brazos de Nandi, pero guardaba silencio. Contemplaba al yaksa que la sostenía con ojos oscuros y bien abiertos.
Hielo en las venas de Bhumika.
—Te has resistido a nosotros —dijo Nandi con aquella voz de niño que tenía. Mecía a Padma con suavidad, como si se tratase de un bebé mucho más pequeño—. Te has enfrentado a nosotros en tu corazón. Has intentado averiguar nuestros secretos.
—Soy…, soy mayor del templo. Es mi deber aprender —se las arregló para decir—. Gobernar.
—Si tienes preguntas, has de acudir a nosotros. Has de aprender a confiar en nosotros —dijo Chandni, y rozó el labio inferior de Bhumika con la punta de un dedo. Un dedo demasiado blando, como fruta podrida—. Has de confiarnos tu país. Tu fe. Tu pueblo. —Una pausa—. A tu hija.
Bajó la mano.
—Nosotros la cuidaremos —aseguró Chandni—. Y tú confiarás en nosotros.
No había nada dentro de Bhumika. Nada excepto el modo en que sus ojos descendieron hasta el catre vacío, a su bebé en brazos de Nandi.
No había nada salvo el deseo de avanzar, agarrar a Padma y correr, correr.
Era un deseo animal y terrible. Toda inteligencia, control y fuerza se derrumbaron en su interior y no dejaron más que agonía. No.
—Yaksa —logró decir Bhumika—. Mayor Chandni. Por favor. Haré… lo que me pidas. Pero esto…, no.
El yaksa que no era Chandni esbozó una sonrisa triste y negó con la cabeza.
—Tu pequeña queda a nuestro cuidado, de momento.
Se oyó un ruido ahogado en un rincón de la habitación, y Bhumika reparó en que Khalida había estado ahí todo el tiempo. Temblando de terror, aunque inclinada en una reverencia.
—Yo no soy más que una criada —repuso Khalida con la voz más diminuta que Bhumika le había oído jamás—. Yaksa yaksa inmortal, por favor… permíteme que sea yo quien cuide de la niña.
—No —dijo Chandni en un susurro—. No. No sería muy acertado.
Se giró hacia Nandi. El chico dejó a Padma otra vez en el catre.
En las ventanas había enredaderas que se agitaban.
—Marchaos las dos —dijo—. Quizá la veas mañana.
Bhumika no pudo moverse.
—No hay nada que temer, mayor Bhumika —dijo Chandni—. Los yaksas han criado a muchos niños. Nuestras manos han aupado a consejos del templo completos. Descansa y confía en nosotros.
Bhumika bajó la cabeza.
—Como digas, yaksa —respondió. Su corazón aullaba.
La habían atrapado. Aquello era mucho más efectivo que colocarle un cuchillo en la garganta. La tenían. Sus propios dioses la tenían agarrada del corazón. Y era tarde, demasiado tarde, para detenerlos.