Capítulo Veintiocho #2
Nadie iba a salvarla de las extrañas circunstancias en las que se encontraba. Iba a tener que encontrar una solución por sí misma.
Cierta tarde en que aún hacía muchísimo calor, Bhumika pidió que le trajesen un palanquín.
Llevaba el atuendo blanco del templo, como a menudo.
Pero también llevaba el nath y los pendientes de oro, así como pulseras y collar.
Solía ir así vestida cuando tenía que tratar con los nobles.
Para lo que se proponía hacer aquel día iba a tener que mantener apariencia de misión política. Se acicaló para la mentira.
No había nada extraño en que fuese al haveli de algún noble para tener una reunión.
Para tranquilizarse, se dijo a sí misma que los yaksas no lo comentarían.
A fin de cuentas, ¿qué les importaban a ellos las políticas de los mortales?
Y en caso de que sí lo comentaran, Bhumika se limitaría a inclinar la cabeza y dar alguna bonita explicación al respecto. Esperaba que con eso bastase.
Jeevan la esperaba junto al palanquín, acompañado de un puñado de soldados que iban a transportarlo.
Cruzaron la ciudad con premura, a pesar del aplastante calor.
En el distrito de las lámparas rosadas, que en su día no había albergado más que casas de placer, había una biblioteca.
Descansaba entre hileras de edificios repletos de lámparas, si bien era un edificio de paredes pálidas y ventanas estrechas, con un interior agradablemente fresco en el que flotaba un rumor de roce de papeles,
lejanos retazos de canciones y risas de las casas de placer y zumbidos de voces que recitaban los Mantras de corteza de abedul.
Desde que Priya asumiera el liderazgo de Ahiranya, Bhumika había empezado a dedicarles a las artes un tiempo del que jamás habría podido disponer si todavía fuera la esposa del regente.
Aunque no les sobraba el dinero, Bhumika había mandado construir una biblioteca en la que pudieran estudiar sabios y poetas, en la que compartir sus obras y mantener sanas y salvas sus creaciones.
Bajo el gobierno parijatdvipano eran los sabios y artistas quienes mantenían con vida la fe y la cultura ahiranyi.
Los Mantras de corteza de abedul habían sobrevivido gracias a sus recitaciones, en forma de copias manuscritas guardadas en una u otra casa.
Bhumika comprendía bien que construir una nueva Ahiranya requeriría cimientos fuertes.
Una nación no podía sobrevivir sin comida… , pero tampoco sin alma.
Quizá Kritika creía que el alma de Ahiranya residía en el Hirana. Sin embargo, a ojos de Bhumika, residía en aquel lugar.
Se bajó del palanquín y se detuvo ante los escalones que ascendían hasta la biblioteca.
Jeevan le tendió la mano y ella la aceptó.
Él la agarró con cuidado; tenía la palma cálida y callosa.
La luz del sol brillaba a su espalda y le ocultaba el rostro, de modo que apenas se veían sus ángulos más afilados: la mandíbula pronunciada y la aguda hoja que era la nariz.
Aun así, Bhumika sentía la dulzura de su mirada sobre ella, tan palpable como el tacto de la mano.
Desde aquel día en el jardín de rosas, Jeevan había sido mucho más delicado con ella.
Bhumika se enderezó y le agarró con más fuerza la mano.
“Estoy bien”, intentó decir con aquel apretón, con la mirada.
Él bajó la cabeza y, tras un instante, la soltó.
Entraron juntos a la biblioteca. Una mujer les salió al paso junto a la entrada. Hizo una reverencia y sonrió.
—Mayor —dijo—. Bienvenida. ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Qué tal estás, Amina? —preguntó Bhumika.
—Bien, aunque me duelen un poco las manos. —Una risa compungida—. Llevo toda la mañana copiando poemas.
Mientras que una docena de escribas y criadas habían sido asesinados por crímenes contra el imperio, Amina había sobrevivido. Ella también era escriba. Tenía el cabello tonsurado y los dedos manchados de tinta.
—Me encantaría verlos —replicó Bhumika—, aunque quizás hoy no.
Se adentraron en la biblioteca. El tenue interior era agradable, en contraste con el calor de aquel día.
—Tengo que ver vuestra colección de textos antiguos.
—Por supuesto —dijo Amina, sin pestañear siquiera—. Yo os llevo.
En Ahiranya quedaban unos cuantos antiguos tomos de fe.
Los Mantras de corteza de abedul habían sobrevivido en su mayor parte gracias a la transmisión oral y al recuerdo.
Lo que en su día se había preservado con mucha delicadeza en el Hirana, grabado en piedra y guardado en rollos de hojas y tinta, había ardido junto con los hermanos del templo de Bhumika.
Sin embargo, en la biblioteca aún había textos sagrados, teóricos y filosóficos.
Guardados de manera cuidadosa y en buenas condiciones de preservación, los habían rescatado de tiendas y escondites en las mansiones más viejas y en las colecciones personales de algunos sabios.
Para sorpresa de Bhumika, algunos de aquellos volúmenes se habían salvado gracias a los sacerdotes de las Madres.
—Jeevan —dijo Amina una vez que Bhumika se hubo instalado en una mesa, rodeada de rollos y libros tan frágiles que parecían descomponerse con apenas el roce del aire—. Si quieres saludar a los demás estarán encantados de verte.
Jeevan inclinó la cabeza en un agradecimiento mudo, y Amina se marchó.
—¿Has estado aquí sin mí? —preguntó Bhumika, sorprendida.
Si no hubiese conocido tan bien a Jeevan, no se habría percatado del gesto tenso de la mandíbula ante aquella pregunta. Estaba avergonzado.
—No soy ningún estudioso —repuso.
—No pretendía juzgarte —dijo Bhumika con toda honestidad—. Mis disculpas, Jeevan.
—No son necesarias, mi señora. —Tragó saliva y añadió—: Me gustan las historias. Me gusta oírlas. Y a los escribas les gusta contarlas.
—Se te permite tener intereses propios, claro —dijo ella con voz queda—. Como también se te permite tener amigos.
Bajó la vista al rollo que tenía por delante. La escritura era arcaica; los años de humedad habían reducido la tinta a meros borrones. Leerlo todo iba a suponer un trabajo agónico.
—Puedes ir a verlos, si quieres —dijo—. Te ahorro esta tarea.
Jeevan se mantuvo inmóvil unos instantes. Luego se acomodó de rodillas al otro lado de la mesa, frente a ella.
—No, mi señora —replicó—. Me quedaré a ayudarte.
Trabajaron en silencio durante largo tiempo, lo bastante como para que los rayos del sol se inclinaran y menguaran a medida que avanzaba la tarde.
—Hay un escriba —dijo Jeevan— que ha recopilado cuentos para niños.
En cierta ocasión me contó un cuento de una mangosta y una serpiente…
, un cuento que no pienso contarle a Padma.