La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintiocho
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Capítulo Veintiocho

BHUMIKA

A los yaksas les encantaba estar en el Hirana.

Y el Hirana tam bién los adoraba a cambio.

Sus muros resplandecían, brillantes de hojas y flores que crecían con profusión a través de las nuevas grietas abiertas en la roca.

Las efigies de los yaksas estaban cubiertas de enredaderas y dulces capullos florecidos.

A Sendhil le gustaba cuidarlos. Solía encontrar placer en contemplarlos, a medida que la vegetación se extendía suavemente a su alrededor. En cierta ocasión le dijo a Bhumika:

—Todos regresarán pronto. Todos ellos.

Ella contempló las estatuas. “Innumerables yaksas”, pensó con frialdad.

Uno por cada aldea, familia, árbol, flor.

—Me muero de ganas —replicó.

Y más que el Hirana, a los yaksas les encantaba la adoración.

Un caudal inagotable de gente subía por el Hirana con ofrendas, inclinaba la cabeza, lloraba y se asombraba ante la presencia de los yaksas.

Ningún guardia les impedía ya que deambulasen a los pies del Hirana.

Ningún guardia se atrevía, y Bhumika no les pedía que lo hicieran.

Los fieles suplicaban que les concediesen buena fortuna.

Suplicaban tener una Ahiranya mejor. Y muchos de ellos suplicaban para curar la podredumbre de sus cuerpos.

Una mujer se postró a los pies de Chandni.

Tanto ella como Sendhil, Sanjana y Nandi se sentaban en el triveni formando un semicírculo, con expresiones mansas y curiosas.

Bhumika estaba de pie tras ellos. Ashok, a su lado, llevaba el rostro cubierto con una máscara, al igual que ella. Bhumika observaba.

—Por favor, venerable —susurró la mujer, temblando.

Flores de un profundo tono violeta brotaban del moño que se había hecho en el pelo y le recorrían los cabellos hasta el cuello.

Alzó el rostro y Bhumika vio que tenía un grupito de brotes en la comisura de la boca—.

Por favor, te lo ruego. Cúrame. Te daré todo cuanto poseo. Por favor.

Los yaksas estaban inmóviles. De pronto, Chandni se inclinó hacia delante. Acarició la mejilla de la mujer con una mano.

—¿Qué ofrenda nos traes?

—Comida —respondió la mujer, con voz trémula—. Toda la comida que tengo. No…, no tengo nada más.

—Sé fiel a nosotros y te prometo que el verdor que albergas en tu interior dejará de crecer —murmuró Chandni, mirando a la mujer, que se encogió ante su contacto y luego se quedó inmóvil—.

¿Lo ves? Ya lo sientes. Eso que llamas podredumbre no crecerá más.

Vivirás. Quédate con tu comida, personita, y sigue viviendo.

—G-gracias —dijo la mujer, con lágrimas en los ojos—. Gracias.

Volvió a postrarse una y otra vez. Se puso de pie e inclinó la cabeza una vez más.

—Y cuando tengas un niño —dijo Chandni con una sonrisa amable en los labios—, tráelo ante nosotros. Veremos si es digno de criarse en el templo. Es la única ofrenda que te pido.

Bhumika no era capaz de controlar lo que sentía, la oleada de horror que la recorría. Se preguntó si los yaksas lo percibirían, si serían capaces de paladear la sal de su miedo, el frenético tamborileo de su corazón, las náuseas que aumentaban en su estómago.

Una vez que la mujer se hubo alejado, aún dando las gracias entre gimoteos, Bhumika dijo:

—Priya solía hacer algo parecido. —Ashok, junto a ella, le lanzó una mirada. Hambrienta, anhelante. Ella no se la devolvió—. Detenía la podredumbre en el interior de las personas. De las plantas. No la curaba, pero al menos sobrevivían.

Se detuvo un instante y luego dijo:

—¿Es eso lo que hacéis vosotros?

—Cuánta curiosidad —dijo Sanjana, encantada.

Chandni respondió:

—Sí, hija. A fin de cuentas, los dones de tu hermana provienen de nosotros. Igual que los tuyos.

Bhumika se apretó las manos en un intento de calmarse. Se forzó a hablar con parsimonia.

—Ojalá me hubieseis dejado mandarla llamar para que regresase a casa.

—No puede regresar a casa —dijo Sendhil—. Aún no.

“Así pues, sigue viva”. La recorrió un alivio tan violento que temió derrumbarse, en aquel mismo lugar, en aquel mismo instante. “Sigue viva, sigue viva”.

—No queremos que nadie salga de Ahiranya —dijo Nandi—. No queremos que nadie venga. Y nadie hará ninguna de las dos cosas.

Nadie sale, nadie entra. El alivio dio paso a un rápido horror reptante. Bhumika pensó en los mercaderes que solían cruzar las fronteras a menudo. En los ahiranyis que comerciaban de manera regular con ciudades vecinas.

—Nadie —repitió, de manera casi imperceptible—. Comprendo.

—Bhumika —murmuró Ashok, junto a ella. Se obligó a relajar la tensión en las manos y en los hombros. Tras su máscara, cerró los ojos y no contestó, pero él repitió—: Bhumika.

Entró un nuevo grupo de fieles y Ashok se calló. Sin embargo, siguió mirándola.

Hacía semanas que no pasaban por allí comerciantes sruganis o aloranos.

Bhumika pensó que estaban demasiado asustados como para venir, o quizá se olían que algo andaba mal.

Cuando pensó en ellos se preguntó cómo habría reaccionado el mundo exterior a la noticia del regreso de los yaksas.

¿Temerían la venida de una segunda Era de las Flores?

¿Estarían ya reuniendo armas y soldados, colaborando para volver a erradicar el poder de Ahiranya?

No podía reflexionar mucho al respecto. Tenía demasiado de lo que preocuparse en su propia casa, en su propio templo.

Aun así, acababa de recibir la respuesta.

Nadie sabía que los yaksas habían regresado. Nadie había cruzado las fronteras y seguido con vida para contarlo.

Bhumika se encontraba en el jardín de rosas del mahal, con la máscara de corona en la cara.

Alargó su consciencia hacia el verdor. Lejos, lejos, a través de espinas y tierra, a través de raíces, de los confines de su reino.

Había estado tan ocupada con los yaksas que no se había molestado en mirar. En ver.

Se quitó la máscara. Le temblaban las manos.

—Jeevan —llamó con un hilo de voz.

Jeevan estaba en el borde de los jardines, a la espera. Cuando vio el gesto de Bhumika se acercó a la carrera, con el semblante normalmente impasible dominado por la preocupación y el oscuro ceño fruncido.

—¿Mi señora?

—Tengo que darte una orden —se las arregló ella para decir.

Se llevó el dorso de la mano a la mejilla y vio que la tenía húmeda, pero le daba igual—.

Las fronteras. Ciérralas. Si alguien, sea ahiranyi o extranjero, intenta salir, que tus hombres lo obliguen a volver.

Diles a tus hombres que es su primera y principal responsabilidad. Diles que es asunto de vida o muerte.

Giró la máscara en las manos. Contempló la madera barnizada, cómo resplandecía bajo la luz del sol.

—Los yaksas —prosiguió— no quieren que nadie sepa que han regresado. No le pedirán a nadie que se quede en Ahiranya, ni solicitarán con educación que nadie se marche. En su lugar, matarán a quien intente salir. Igual que el jinete que enviaste, y que apareció muerto en mi puerta. Van a…

Él le rozó la mano con una mano mucho más grande, cubierta de cicatrices. Ella se calmó y lo miró.

—Así se hará —dijo.

—Con cuidado —replicó ella—. La máscara podría quemarte.

—No me da miedo, mi señora —dijo él con aire solemne.

—Qué necedad —opinó Bhumika—. Tendré que protegerte yo, pues.

Lio la máscara en su pallu. Él apartó la mano y dio un paso atrás.

—Vete —urgió Bhumika.

Jeevan vaciló.

—No te quedes sola —dijo—. Mi señora, ve con tu hija.

Ella negó con la cabeza.

—Iré a trabajar —replicó—. Pero gracias, Jeevan. No… —Tragó saliva. No le gustaba mostrarse vulnerable. Volvió a decir—. Gracias.

Ganam se cruzó con ella más tarde en los pasillos. Se puso a su altura con aire despreocupado y dijo:

—Rukh y yo vamos a entrenar a la hora del descanso de mediodía. Si quieres ver cómo ha progresado…

—Iré al patio de entrenamiento —confirmó Bhumika.

Al llegar, tras dejar a Padma echando la siesta, vio que los dos rebeldes se entrenaban. Las hoces destellaban al sol abrasador. Los contempló un instante desde las sombras. Luego, cuando ambos hicieron una pausa, le dijo a Rukh:

—Estás mejorando.

—Gracias, mayor —dijo Rukh entre jadeos. Se enjugó el sudor de la frente y enganchó la hoz a la cadera, un movimiento que casi empezaba a parecer nacido de la práctica—. Ganam, ¿puedo…?

—Ve —dijo él, y luego, a Bhumika—: Yo vigilo, tú hablas.

Rukh le contó que, a veces, los yaksas se esfumaban. Desaparecían en el huerto y, cuando regresaban, los árboles habían adoptado un cariz extraño, retorcido. También sucedía en el bosque. Incluso en el Hirana.

—Derriten las paredes —dijo—. Abren una abertura a un pasadizo y se introducen en él. Imagino que van a las aguas inmortales.

—Si has presenciado algo así, te estás arriesgando demasiado, Rukh —se apresuró a decir Bhumika—. Te he pedido que me ayudes, no necesito que te pongas en peligro de muerte, ¿entendido?

—No me ven —aseguró Rukh—. Nunca me ven.

—Quizá finjan que no te ven —dijo Bhumika.

Hablar con Rukh siempre le recordaba a cuando hablaba con Priya siendo ambas niñas.

Era como intentar dirigir una energía salvaje y carente de propósito hacia un fin concreto, sin avivar más las llamas que ya poseía.

Sin embargo, Rukh era de naturaleza más amable, lo cual era un alivio.

Aceptaba los consejos y los cumplidos como una planta ansiosa de agua y luz.

—Lo has hecho bien —dijo Bhumika y, tal y como esperaba, el rostro de Rukh se iluminó y el chico sonrió.

Aun así, la sonrisa no tardó en atenuarse.

—El que parece un niño pequeño. No… no sabe que lo vigilo, pero…

—¿Pero?

—Siempre quiere estar cerca de otros niños. —Vacilación—. No quiero asustarte, mayor, pero Padma le resulta interesante. Cuando Khalida la saca, él siempre las sigue.

A Bhumika se le helaron las entrañas. Pensó en Padma, dormida sobre su pecho, aquel peso cálido, la suavidad de sus rizos, el movimiento de su respiración. De repente sintió la necesidad desesperada de estar junto a su hija.

—Gracias por contármelo, Rukh —dijo.

Él la miró y asintió con decisión.

—Intentaré dar con algo mejor. —Hizo una reverencia—. Con algo más útil.

—Te lo acabo de decir —repuso Bhumika—. Ten cuidado. Nada de riesgos estúpidos. Prométemelo.

Él volvió a asentir, más rápido. Luego, como si jamás hubiesen hablado, Ganam y él volvieron a entrenar.

A Bhumika jamás se le había dado bien la pasividad.