La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintisiete
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Capítulo Veintisiete

RAO

—E sto es una locura —dijo Rao en voz baja. Estaban a solas en la tienda de Aditya, pero no por mucho tiempo, y po dría causarle gran perjuicio que lo descubriesen hablando con él—. No puedes ponerte al frente de un ejército, y menos ahora, en medio de todo lo que está pasando.

—En su día iba a ponerme al frente de un imperio —replicó Aditya—. Seguro que esto es mucho más sencillo.

—Más sencillo —repitió Rao—. ¿Más sencillo? ¿Acaso no has visto el poder de las fuerzas del gran príncipe, Aditya?

—Sí que lo he visto, sí.

—Entonces, ¿cómo puedes…? Aditya. Aditya.

Rao sabía cómo sonaba: desesperado, impotente, se balanceaba en el sitio para resistir el impulso de ponerse a caminar en círculos. La quietud de Aditya lo inquietaba aún más, lo enfadaba mucho más de lo debido.

—La magia que tienen, sus defensas, su disposición a morir…

Nunca había visto nada igual. Hasta el general más experimentado los temería.

El Señor Mahesh los teme. No puedes enfrentarte a ellos.

Eres sacerdote. ¿Recuerdas cuando ardió el monasterio mientras tú aún sostenías el arco en las manos?

Ni siquiera eras capaz de reaccionar. No puedes…

—Entonces, ¿te quedarás a mi lado, Rao? —preguntó Aditya, interrumpiendo el frenesí de las palabras de Rao.

Estaba ante él con media armadura puesta, el pelo cayendo sobre los hombros y un chal azul aún liado en el brazo derecho.

Ni enteramente príncipe ni enteramente sacerdote—.

Si temes que me falte estómago para la batalla que he elegido, ¿te quedarás conmigo y lucharás a mi lado?

Rao se detuvo.

—¿Me…, me lo estás pidiendo? —preguntó—. ¿Me pides que luche por ti?

—No —dijo Aditya, calmadísimo—. Te pregunto qué planeas hacer.

—No…, no puedo —respondió Rao—. Aditya. Ya lo sabes.

—En ese caso tendrás que confiar en mí —se limitó a decir Aditya. Se sacudió el chal del brazo. Empezó a liarlo con cuidado antes de colocarlo sobre su esterilla—. Tendrás que confiar en que sigo los designios del dios sin nombre, tanto en este asunto como en todos los demás.

Un recuerdo sobrevoló la mente de Rao. La podredumbre que recorría la piel de Prem. El chal anudado en su garganta.

Rao tragó saliva y volvió a tragar.

—Cuando no se usa un músculo durante mucho tiempo, se atrofia —dijo al fin—. Y Aditya…, ha pasado mucho, muchísimo tiempo, desde la última vez que enarbolaste una espada con intención de usarla. Desde que condujiste a un grupo de hombres a la batalla. Aditya…, ¿qué haces?

—Ponerme mis ropajes de entrenamiento —respondió Aditya mientras se enfundaba una túnica—. Si quieres comprobar hasta qué punto mi destreza con la espada sigue intacta…

—No quiero entrenar.

—¿No?

El fantasma de una sonrisa recorrió el rostro habitualmente pasivo de Aditya.

No era una sonrisa sacerdotal, preñada de compasión, saber y dulzura, sino algo un poco más peliagudo.

Como si todo lo que había sucedido antes del consejo de guerra hubiese despertado alguna faceta olvidada del viejo Aditya.

—Te voy a ganar —dijo Rao, tras un latido de silencio titubeante.

—¿Con un sable? No lo creo. Con las dagas, a lo mejor. Pero en esto soy yo quien tiene ventaja.

—Atrofia —repitió Rao—. Ya no eres ni sombra de lo que fuiste.

Por un momento, Aditya le sostuvo la mirada. Acto seguido se giró hacia la salida.

—Ven —dijo, y echó a andar—. Te lo demostraré.

—No quiero público —repuso Rao, aunque en realidad quería decir: “No deberías hacer esto”. Ese tipo de frase siempre era contraproducente.

—Pues iremos a algún lugar tranquilo. —Una pausa—. ¿Conoces algún lugar tranquilo?

La zona a la que se dirigieron, a la que Rao lo guio, estaba separada del resto gracias a las paredes de varias tiendas.

Era lo bastante íntima como para entrenar lejos de ojos fisgones, y justo ese era el motivo por el que se usaba.

Rao agarró uno de los sables con los que solía practicar.

Estaba limpio y aceitado, con el filo cortante, pues se castigaba a los soldados que dejaban que el filo de un arma se desgastase.

Aun así, el peso se le antojaba extraño a Rao.

Estaba más cómodo con sus dagas. Y cuando usaba un sable solía ser el suyo propio, el que había forjado con sus propias manos.

Sopesó aquella arma prestada para ajustarse a la sensación de enarbolarla.

Aditya también echó mano de una hoja de entrenamiento.

—¿Qué haces? —preguntó Rao.

—Asegurarme de que sea una lucha justa —respondió Aditya.

—Ya no eres mi igual en la batalla, Aditya —dijo Rao—. Usa tu sable. No te bastará para ganar.

Algo brilló en los ojos de Aditya. Quizás era parte de su viejo orgullo, que volvía a emerger a la superficie. Quizás era el placer ante un desafío. Fuera lo que fuese, Rao experimentó cierta confusión al verlo.

—Usaremos escudo los dos —dijo Aditya, con aire resolutivo.

Rao asintió con brusquedad. Echó mano de uno de los escudos pequeños y se sujetó las correas a la mano izquierda. Aditya hizo lo mismo.

Se acercaron al centro del espacio acordonado. Y Rao… vaciló.

No sabía cómo empezar a atacar a Aditya.

Cuando eran niños entrenaban todo el tiempo bajo los ojos atentos de sus mentores y sabios, tan a menudo que Rao conocía todos y cada uno de los movimientos que hacía Aditya.

Le bastaba con intuir el movimiento de la mano que empuñaba la espada o la expresión de su semblante.

Sin embargo, ya no sabía cómo luchaba Aditya, que estaba plantado en el suelo frente a él, con el sable en ristre y el escudo alzado.

Le lanzó a Rao una mirada firme. A la espera.

—¿Aguardas a que sea yo quien efectúe el primer movimiento? —preguntó Rao. Aflojó un poco la postura, listo para moverse. Era una técnica más adecuada para luchar con dagas, lo sabía, pero no podía cambiar su naturaleza—. Es tu oportunidad de demostrar lo fuerte que eres. ¿No piensas aprovecharla?

Aditya entrecerró los ojos.

—Está bien —convino. Y se abalanzó sobre él con el escudo por delante.

Aquellos pequeños escudos eran recios y estaban tachonados de metal; durante su entrenamiento, Rao había acabado con sangre en la nariz más de una vez por culpa de ellos.

Agachó la cabeza y lanzó un tajo hacia delante trazando un arco en el que Aditya interpuso su propia hoja.

Se oyó el tañido del golpe, que recorrió todo el brazo de Rao.

Retrocedió y alzó el sable en un arco directo hacia el pecho de Aditya, quien volvió a bloquear el ataque.

—Te estás refrenando —dijo Aditya—. Sé que puedes hacerlo mejor, Rao.

—Sí, pero ¿y tú? —preguntó Rao.

Se enderezó y volvió a lanzarse sobre él, apuntando a la garganta. Aditya se movió como siempre se había movido, rápido y elegante, y rechazó el ataque.

—Un golpe de escudo al rostro, bloquear mis ataques con tu arma… ¿No te planteas hacerme daño?

Aditya lo miró a los ojos y curvó los labios en una mueca de desafío.

—No —dijo.

—Cabrón —dijo Rao, olvidando cuál era su lugar, olvidando que ya no eran los niños que fueron, los amigos que habían sido—. ¿De verdad piensas demostrar lo que vales obligándome a hacer todo el trabajo?

—Te he dicho que dejes de contenerte —replicó Aditya, y Rao se lanzó hacia delante con la espada en alto.

Apuntó a la cabeza de Aditya, sobre la línea de los ojos.

Una maniobra efectiva pero peligrosa, que dejaba todo su torso expuesto para un ataque.

Sobre todo, contra un oponente que se negaba a atacarlo.

Era una provocación, un desafío. “¿Ni siquiera así piensas luchar conmigo, Aditya?” Sin embargo, Aditya aprovechó el impulso, se lanzó al lado y desequilibró a Rao con un golpe con la empuñadura del sable. Rao dejó escapar todo el aire en los pulmones, retrocedió y volvió a abalanzarse…

Aditya dejó caer la espada.

—Maldición.

Rao no pudo aminorar la inercia, pero al menos trató de no empalar a Aditya.

Abrió los brazos y se estrelló directamente contra él.

Los dos cayeron aparatosamente al suelo.

Rao palmoteó, pero no pudo aferrar bien su arma, no pudo quitarse el escudo para colocarle el brazo izquierdo por debajo para separarse del cuerpo de Aditya. Se sentía como un idiota.

Intentó rodar a un lado. Aditya le sujetó el hombro con el brazo del escudo y lo dejó clavado en el suelo.

—No puedes luchar conmigo negándote a luchar —jadeó Rao.

—Ah, ¿no?

—No es honorable. Y si hay algo que valoras…

La otra mano de Aditya salió disparada. Rao aflojó la mano con la que agarraba el sable.

La mano de Aditya le aferró al brazo y lo obligó a lanzarlo lejos, fuera de su alcance.

Aditya sujetó la muñeca de Rao, con tanta fuerza que Rao sintió cómo le crujían los huesos.

Una punzada aguda le recorrió el brazo y el cuerpo entero.

Rao intentó apartarse de un tirón, pero Aditya lo volvió a inmovilizar con todo el cuerpo.

—Mi honor —dijo Aditya entre jadeos entrecortados, con los ojos brillantes— es el honor del sacerdote.

No lo definen mis viejos tutores, ni las reglas de ninguna guerra santurrona.

Mi honor es lo que me ancla aquí, en Saketa, mientras me guíe la voz del dios sin nombre.

Mientras mi corazón me diga que me quede, aquí me quedaré y aquí lucharé.

Rao, preso de una oleada de calor que no llegó a comprender, recordó las palabras de Lata cuando se la encontró en la tienda del santuario al dios sin nombre.

“Si posee la luz que buscas…”

—Aditya —dijo con suavidad—. Suéltame la muñeca.

Aditya lo contempló. Viera lo que viese en el semblante de Rao, asintió una única vez y lo soltó.

Rao giró la mano adelante y atrás para calmar el dolor. Luego cerró los dedos hasta formar un puño y le asestó a Aditya un puñetazo en la sien.

Aditya soltó un gañido que le arrancó una carcajada a Rao. Acto seguido, Aditya empezó a forcejear con él. Los dos se pateaban y jalaban como niños.

—Como se te ocurra… luchar así contra el gran príncipe —consiguió decir Rao entre risas.

Aditya lo volvió a aplastar contra el suelo. Él se puso de rodillas.

—Al menos, no se lo esperará —dijo Aditya—. Venga, Rao, levántate. Mírate, ¿te he hecho daño?

Rao estaba magullado y le sangraban los nudillos. Hacía meses que no se sentía tan bien.

—No mucho —respondió—. Puedo soportarlo.

—Como ves, aún sé empuñar un sable —dijo Aditya, mientras se enjugaba el sudor de la cara.

—Sí que sabes, sí —convino Rao.

Estaba cubierto de mugre. Antes de reunirse con el resto del consejo de guerra iba a tener que darse un baño rápido y cambiarse. A fin de cuentas, lo habían ascendido a general. Su apariencia importaba más que nunca.

—Aun así, ese puñetazo ha estado fuera de lugar.

—En cambio, yo creo que era del todo necesario —repuso Rao con voz queda—. Tenía que comprobar si recordabas tácticas de batalla de verdad.

Aditya soltó un resoplido, divertido.

—¿Queda entonces aplacado uno de tus miedos? —preguntó Aditya.

Sí, pero no los demás miedos que Rao necesitaba realmente aplacar.

Como, por ejemplo, el miedo a que Aditya no sobreviviese a aquella guerra.

Aun así, se había desvanecido el miedo a que se hubiese perdido todo lo que había sido su viejo amigo, su príncipe, el que había crecido a su lado, que tanto se había reído con él y que tanto vino había bebido con él.

—En cierto modo —dijo.

Aditya adelantó la mano. Rao la agarró y dejó que Aditya lo ayudase a levantarse de un tirón. Aditya lo agarró del hombro. Lo mantuvo en el sitio, cerca el uno del otro, jadeantes, sonrientes.

—Protege a la emperatriz, Rao —dijo Aditya.

No dijo “mi hermana”, como Rao habría esperado. Una repentina mirada de alerta asomó a sus ojos y desterró el gozo.

—Así lo haré —respondió Rao—. Como siempre he hecho.

Salieron juntos del reservado de entrenamiento.

Rao vaciló. No muy seguro de qué decir después de haber discutido, peleado y encontrado algún eco titubeante de su vieja y profunda amistad.

Le murmuró algo a Aditya, unas palabras en las que le deseaba buena suerte o buena salud, algo parecido a una despedida aceptable, y empezó a alejarse.

—Rao —llamó Aditya—. He soñado contigo.

—¿Y qué has soñado? —preguntó Rao.

—Un sueño que me envió el dios sin nombre, creo.

—Tú lo sabrás mejor que nadie, sacerdote —dijo Rao, pero no había nada cortante en su voz, solo curiosidad.

Aditya vaciló.

—Vi que tus ojos resplandecían como estrellas.

—¿Estrellas?

Aditya asintió.

—¿Y qué había sucedido para que resplandecieran así?

—No lo sé —reconoció Aditya—. Pero Rao…, quizás algún día volvamos a vernos, cuando acabe esta guerra, y seas tú quien me lo explique.